Fragmento:
En la oscuridad, oigo ruidos en la escalera. Es como si alguien viniera arrastrando un costal lleno de piedras. Las voces de mis padres se disuelven cada vez que me acerco a la puerta. Ahora escribo en el diario por si me pasa algo. No quiero ser olvidado. No quiero que la única que me recuerde sea esa voz aguda que sale del hueco debajo de mi cama.
Duración: 09:58
13 de abril, 1989
Papá otra vez no fue a la iglesia el domingo. Mamá dijo que no debíamos preguntarle nada. Es esa época extraña otra vez, la de las lágrimas en el desayuno y el olor a vinagre caliente por toda la casa. Pero encontré la caja de Missae, nuestra antigua niñera. Mamá la echó hace tiempo, pero sé que le importa aún porque a veces la nombra en sueños, y entonces despierta gritando, y me abraza demasiado fuerte, tan fuerte que me duelen los huesos.
Hoy, sin querer, empujé la caja de Missae del armario del comedor. Estaba cubierta de polvo. Dentro encontré libretas forradas con papel de colores, y uno de esos pequeños rosarios con cuentas oscuras que tanto le gustaban. Las libretas huelen agrio, como cuando se mezclan lágrimas y sudor. En la última página dejó algo escrito en un idioma raro. Mientras leo, siento la piel de gallina en los antebrazos. Creo que no debería haber abierto la caja, pero ahora es demasiado tarde.
14 de abril
Esta noche soñé con la iglesia vacía. Caminaba por el pasillo entre las bancas y sentía que alguien me miraba, pero no estaba en los vitrales ni en las imágenes, sino en el suelo, justo bajo mis pies. Me detenía a mirar y el piso se abría, sólo un poco, como una rendija húmeda. Un chillido, como de un ratón, salía de ahí y sentía deseos de saltar dentro de la grieta.
Cuando desperté, tenía la boca llena de sangre y un diente me cayó, uno de los de adelante, pero ya soy mayor, no debería perder dientes, ¿verdad? Lo dejé bajo la almohada, aunque la señora de los dientes nunca ha venido a mi casa después de que Missae fue expulsada.
15 de abril
Papá y mamá discutieron por la noche en susurros. Oigo siempre mi nombre, pero es diferente, como si alguien más lo dijera por ellos. Abro las libretas de Missae, repasando esas palabras torcidas, rodeadas de dibujos de velas y garras negras. Intenté imitarlo con mi lápiz infantil, pero el grafito se rompía cada tres letras. Entonces, la voz en mi cabeza se activó: ¿Quieres que vuelva la niñera buena? ¿Quieres que papá vuelva a sonreír?
Hoy no quiero hablar con nadie, sólo quiero que termine este frío extraño que hay en mi cuarto, aunque es abril y la primavera cuelga en los cerezos.
17 de abril
Hoy me quedé dormido en misa y soñé que los santos se levantaban de sus pedestales. Bajaban al suelo, su piel de yeso brillaba como mares de leche podrida. Se echaban a reír, pero no tenían bocas, sólo hendiduras donde las bocas irían. En el sueño, Missae estaba de pie junto al altar. Sostenía una caja de dientes, dientes de leche, todos limpios, todos contorneados de rojo. —¿Quieres tu fe de vuelta?—me preguntó. Cuando abrí la boca para responder, sentí que se me caían los dientes sueltos, uno tras otro. Caían en sus manos, y luego en su boca, que era una herida vertical y temblorosa.
18 de abril
Papá lleva tres días sin salir del dormitorio. Mamá me ha pedido que limpie mi cuarto, porque “la niña del diario” no soportaría tanta suciedad. Pregunté quién es la niña del diario, pero mamá me miró de modo extraño.
Hoy encontré, dentro de la libreta verde, un sobre pegado a la última página. Había cabello dentro. No sé si es de Missae o mío, pero se pegó en mi mano cuando lo saqué, y una mariposa negra salió de la caja. Voló despacio hasta la cruz de la pared y se quedó allí.
19 de abril
He empezado a escribir rezos al revés, como en los dibujos de la libreta. Dice Missae que si lo haces así puedes hablarle al otro lado, donde los santos caminan cabeza abajo y tus padres no pueden oírte llorar. Escribí la oración y lo sentí venir: primero, el olor a aceite quemado, luego ese frío que se me mete por debajo de la piel, hasta la columna. Después del rezo invertido, la mariposa se cayó de la cruz y murió dando espasmos.
En la oscuridad, oigo ruidos en la escalera. Es como si alguien viniera arrastrando un costal lleno de piedras. Las voces de mis padres se disuelven cada vez que me acerco a la puerta. Ahora escribo en el diario por si me pasa algo. No quiero ser olvidado. No quiero que la única que me recuerde sea esa voz aguda que sale del hueco debajo de mi cama.
21 de abril
Hoy encontré a mamá haciéndose cortes en los dedos. Me dijo que era para, “volver a sentir”. Pero sé que está mintiendo. Hay algo en la sangre debajo de sus uñas, una forma, un signo que conozco del cuaderno. Quise preguntarle qué era eso pero justo entonces el teléfono comenzó a sonar y salió corriendo.
Leí el diario de Missae, la entrada escrita en el idioma raro dice: La luna tiene diez dedos y ninguno bendice la frente de los niños. No mires bajo la cama si hueles albahaca y vinagre. No respondas cuando te llamen por tu nombre desde el fondo del pasillo. No aceptes regalos de las monjas sin mandíbula.
Por la noche, la mariposa volvió a la vida.
22 de abril
Mamá se pasa las noches llorando. Ayer la vi entrar al cuarto de papá con la caja de Missae. La luz por debajo de la puerta parecía respirar, cálida como la sangre, temblorosa. Oí voces que no eran ni de mamá ni de papá. Sonaban como de niños, pero les faltaban los dientes.
Soñé que la iglesia ardía por dentro, pero nadie gritaba. Solo los bancos de madera crepitaban. Missae caminaba entre las llamas con la caja en las manos y la mariposa negra cosida en la frente. Detrás de ella, venían niños de todas las edades, y cada uno dejaba caer un diente en un cáliz de oro.
Mamá me despertó antes de que viera qué había dentro del cáliz.
23 de abril
Hoy, la vieja monja de los domingos, la que tiene los ojos siempre cerrados, me regaló un caramelo de menta tras la misa. Recordé lo que leí. No acepté el caramelo, pero ella me sujetó del brazo y me dijo: —El demonio comenzó con una virgen y un diente. Si ves al hijo volver a nacer, no mires a los ojos a tu madre.
Me solté y corrí a casa. La mariposa negra me esperaba en la escalera.
24 de abril
Todo es más frío ahora. Papá no sale del cuarto, y cuando lo vi hoy, parecía un maniquí cubierto con sábanas, quieto, la mirada perdida en el techo.
La caja de Missae está abierta sobre mi cama y los dientes que se me han caído han empezado a organizarse en hileras sobre el diario, pequeños templos que muerden el papel. Ayer lo conté: siete dientes, todos blancos y limpios por fuera, pero cuando los miras bien parece que se mueven, como si respiraran.
Leí la última incompleta oración invertida con la lámpara apagada para que nadie me viera. Sentí que la mariposa cruzaba volando sobre la página y el cuarto se volvió todavía más negro. No un negro vacío, sino ese negro espeso y ruidoso de los túneles después del último tren.
Recé para que Missae viniera a buscar sus cosas.
26 de abril
Mamá está diferente. Sus ojos se han llenado de sangre y duerme de día. Yo me quedo horas mirándola desde la puerta. Otra vez soñé con la caja de Missae. Esta vez, la abría en la iglesia y todos los bancos se llenaban de niños de mi edad, todos sin bocas, todos sangrando por la encía. Al abrir la caja, salía humo negro y las bancas se llenaban de dientes, uno por cada niño, y uno de ellos se levantaba y venía hacia mí.
Quería gritar pero en mi sueño tenía la boca cosida.
27 de abril
He intentado devolver la caja a la iglesia, pero la iglesia ahora está cerrada todo el tiempo. Nadie viene más y no hay misas. Cuando intento tocar la puerta, el pomo está helado, húmedo, deja mi mano temblando.
Hoy encontré el diario de Missae en la nevera, junto a la carne de cerdo. Al abrirlo, sentí un golpe en la cabeza. Me desmayé y soñé con un sótano lleno de rezos grabados en las paredes. Missae estaba allí, de rodillas, arrancándose los dientes para colocarlos en el suelo y formar palabras. Pero las palabras se arrastraban, enormes lenguas pálidas, y lamían la sangre hasta que la piedra quedó limpia.
Cuando desperté, la mariposa negra revoloteaba sobre mi pecho.
30 de abril
Papá murió anoche. Dicen que fue el corazón, pero cuando lo encontraron, le faltaban los dientes y no había sangre. Mamá se encierra en el baño con el rosario de Missae y rezos incomprensibles. Yo me quedo abrazado a la caja.
Una nueva línea de dientes se formó en el alféizar de mi ventana. Alguien ha escrito mi nombre con sangre en la pared.
Última entrada
Esta puede ser la última vez que escriba. Hoy mamá entró en mi cuarto mientras dormía. Lloraba y reía al mismo tiempo, y tenía la mariposa negra adherida en la frente, justo donde Missae la tenía en mis sueños. Se sentó junto a la cama y empezó a cantar una canción antigua, una que Missae me tarareaba:
“Los ángeles no tienen dientes,
ni sombra bajo la lengua,
pero tú tienes uno para dar,
y otro para guardar.”
Me pidió abrir la boca. Dijo que tenía que cumplir la promesa, que Missae volvería si seguimos el ritual. Sentí sus dedos entre mis labios, buscando un diente flojo, y pensé en la sangre espesa, en los rezos invertidos, el olor a vinagre y albahaca, la mariposa ya posada sobre mi pecho, latiendo.
Así termina mi diario. La caja está vacía. No queda ningún diente. Siento frío en las encías y en la cabeza. Ya no tengo miedo, sólo deseo dormir, y que en mis sueños aparezca Missae, y me diga que todo ha terminado.
Pero sé, en la sangre que chupa la mariposa, que esto nunca termina.
Que después de la última infancia, hay otra casa más fría al fondo de la iglesia, y que allí, la caja siempre espera abierta, y los rezos vuelven a comenzar, siempre escritos al revés.
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