Portada del relato Las campanas de San Atilano
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Fragmento:


El rumor comenzó entonces. Era el viejo canto gregoriano del Dies Irae, aunque distorsionado, pronunciado por voces que parecían salir del suelo humedecido. Valenti se obligó a mirar a su alrededor. Los bancos estaban perfectamente vacíos, y sin embargo, por un momento, creyó ver en la penumbra figuras sentadas, encapuchadas, blancuzcas, efímeras como el humo.

Duración: 09:29

Las campanas de San Atilano
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Texto de ajuste de pausa.

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Quién, si no es un infeliz derrotado por el tiempo, se atrevería a regresar después de la medianoche al convento de San Jerónimo, ese cuerpo de piedra negra plantado en la colina como una ruina voluntariamente olvidada por su creador. Pero la señora Valenti, que jamás aceptó argumentos de vivos ni de muertos, se detuvo junto a la verja de hierro, aferrándose al bastón tan firmemente como si este pudiera impedir que la luna se refugiase tras el campanario y la dejara sola.

Eran exactamente las doce, y el viento olía a ceniza y cera. Poca gente en Ruán se atrevía a recordar en voz alta la historia de la gran campana, la que había sido fundida en 1812 con metales y huesos traídos desde el cementerio. Nadie, excepto tal vez, el padre Eudes, y ahora ni siquiera él podía hablar, confinado en su lecho desde la tarde en que los gritos, según se rumoreaba, salieron de la torre en lugar de descender del coro.

La verja cedió bajo la mano de la señora Valenti con un quejido grave, que se disipó sin eco bajo el dosel de árboles torcidos. Siguió caminando por el sendero tapizado de hojas viejas y húmedas, que crujían bajo sus pasos y se pegaban a la tela negra de su falda. No llevaba luz. Decía no necesitarla, porque el miedo era la mejor antorcha: uno ve lo necesario si teme perderse.

La puerta de la iglesia estaba apenas entornada, como si esperara pacientes a quienes buscan refugio o castigo. Entró, sintiéndose pequeña y, al mismo tiempo, inevitablemente observada. Desde la penumbra, la nave se alargaba hasta el altar, y la única illumination venía de la luna, colándose por los ventanales como una acusación plateada. Avanzó hasta la primera fila de bancos, notando que el aire se hacía más frío y denso.

El rumor comenzó entonces. Era el viejo canto gregoriano del Dies Irae, aunque distorsionado, pronunciado por voces que parecían salir del suelo humedecido. Valenti se obligó a mirar a su alrededor. Los bancos estaban perfectamente vacíos, y sin embargo, por un momento, creyó ver en la penumbra figuras sentadas, encapuchadas, blancuzcas, efímeras como el humo.

El sonido calló con la brusquedad de una cuerda que se rompe. En ese instante, la campana grande, la de la torre norte, sonó una sola vez. El bronce vibró abriendo una grieta imposible en el silencio, tan profunda que Valenti sintió cómo los huesos de sus antebrazos se estremecían. El eco retumbó en la bóveda y descendió sobre ella en forma de aire helado, impregnado de incienso y moho antiguo.

—¿Qué busca aquí, madame Valenti?—susurró una voz detrás de ella, tan pegada a su nuca que sintió el calor de una respiración que sabía a azufre y a escarcha de candelabro.

Se giró, instintivamente, aunque sabía que en aquel lugar convendría no hacerlo. Frente a ella estaba el padre Duval, pero no era el mismo hombre que ella conoció años antes, de mejillas sonrosadas por el vino y la fe sencilla. Su piel, grisácea, parecía aferrarse a los huesos del cráneo, y los ojos, profundamente hundidos, centelleaban con un desprecio apenas contenido.

—Necesito una respuesta —le dijo Valenti—. Mi hija... mi hija desapareció tras la misa mayor hace tres noches. Nadie en Ruán ha hablado de ello. Todos murmuran, esconden la mirada. Aquí no existe la piedad.

El padre sonrió, o lo intentó. Era apenas una mueca de perro que muestra los dientes al polvo.

—Aquí no existe nada que los hombres hayan traído —musitó—. Dentro de estos muros, solo la voluntad de aquellos a quienes los hombres olvidaron.

Las palabras, en vez de tranquilizarla, la llenaron de una ira ciega; casi colocó el bastón entre los ojos hundidos del sacerdote, pero una sombra se deslizó entre los bancos, deteniéndola. Ambos miraron hacia el altar. Allí, sobre la tarima de madera negra, una figura se levantó lentamente, como obligada desde el más cruel de los sueños. Era su hija, vestida con el hábito deteriorado de una novicia, mirando al vacío como si un hilo invisible la sujetase a la tierra y al mismo tiempo tratara de arrancarla de ella.

Valenti gritó, pero el sonido nunca abandonó su garganta. Avanzó hacia el altar, sintiendo que el aire se volvía pesado, cada paso más costoso. Detrás suyo, la presencia del padre Duval se distorsionó. Ahora era más alto, más huesudo, y un hedor de tumba abierta la envolvía.

A medida que se acercaba, veía cómo a la figura de su hija le caían lágrimas negras, gruesas, impregnadas de la misma substancia densa y aceitada que se empleaba para amortajar a los muertos. La niña murmuraba, con el tono de alguien poseído, los fragmentos del antiguo salterio, palabras invertidas, imposibles; nombres de ángeles extinguidos.

Cuando Valenti la alcanzó, sintió cómo el frío del altar trepaba por sus dedos. Intentó abrazarla, llamar su atención, pero la figura se deshizo en sus brazos como una pieza de pergamino consumida por el fuego. Solo quedó entre sus dedos la esclavina deshilachada del hábito y un olor fétido, profundamente animal.

A lo lejos resonó, una vez más, la campana, pero esta vez el bronce no retumbó sobre la iglesia, sino en la cabeza misma de Valenti, que cayó de rodillas, sintiendo que todo su pasado y su recuerdo se desmoronaban con cada oscilación del badajo invisible. El horror no era solo la ausencia de sentido, pensó mientras lloraba, sino la certeza absoluta de que una presencia la vigilaba desde el fondo de la nave: una sombra que no era del todo humana, ni del todo espectral. Algo que la iglesia misma, los muros, el altar, habían gestado en el olvido, como un tumor o una oración depravada.

El padre Duval se acercó entonces. Sus pasos ya no eran humanos, ni su rostro podía fingir otro de los pecados cotidianos. Los dedos, largos y delgados, se posaron sobre su frente. Ardieron como carbones, destilando sobre Valenti una jaculatoria en latín que reconoció, pero cuyo significado literal escapaba; algo así como “por la sangre que jamás fue redimida”.

La tormenta comenzó entonces. Afuera, el mundo de Ruán parecía alejarse, como si aquella iglesia existiera solo a medias en la tierra y a medias en algún reflejo corrompido de la voluntad divina. El viento derribó las pocas imágenes de santos todavía en pie: San Sebastián, San Ignacio, el propio Cristo, cuyos rasgos se derretían bajo la lluvia como cera caliente.

La señora Valenti no podía moverse. Era mantenida en pie únicamente por la mirada del sacerdote, que ya no era un hombre siquiera, sino una boca, una voluntad que surgía a través del hueco de la sotana, un agujero en la noche que devoraba toda luz. La figura extendió una mano, y del altar brotó un hilo de sangre oscura, que dibujó símbolos arcanos sobre las tablas del suelo y ascendió en espiral hasta empapar los pies de ambos.

—¿Dónde está mi hija? —suplicó por fin Valenti, arrancando la voz desde el fondo de su pecho.

El viento respondió, pero no con palabras, sino con imágenes: vio a su hija huyendo por la sacristía, cubriéndose el rostro; vio a las sombras encapuchadas acercándose, trayendo carbones encendidos y cálices rebosantes de un vino espeso y putrefacto. Una de las figuras —quizá Duval, o un eco anterior a Duval— marcó la frente de la joven con el símbolo antiguo de una cruz invertida y murmuró una letanía de traición y condena. Vio entonces una puerta, pero no era humana: daba a otra iglesia, una iglesia dentro de la iglesia, cuyas paredes estaban hechas de costillas y donde las tumbas no tenían fondo.

El viento cesó. En la iglesia de San Jerónimo solo quedaron el eco de su propia respiración y la mirada fija del padre-duende, la espectral criatura de piel de ceniza. Esta vez, Valenti no tuvo energía para gritar ni llorar, apenas para comprender.

—Usted preguntó por misericordia. Aquí solo hay justicia —murmuró la criatura, y los bancos comenzaron a crujir, como si cien fieles invisibles se pusieran en pie. El retablo ardió con llamas azules; un enjambre de susurros llenó el aire, recitando oraciones sin esperanza.

El padre extendió una vez más la mano hacia ella, y Valenti sintió que caía, caía en un pozo sin fondo, donde cada recuerdo era arrancado como una piedra. En la nada, escuchó al fin la voz de su hija. No era grito ni lamento; era una oración, pronunciada al revés, sin fe ni redención.

La mañana la encontró postrada sobre el altar, con el rostro arañado y las manos llenas de fragmentos de piedra y hueso. La iglesia, ahora iluminada por la luz gris de la aurora, era silenciosa y aparentemente intacta. La última campana, oxidada y sola, marcó en ese instante la hora prima.

La señora Valenti no volvió a hablar. Nadie la oyó pronunciar jamás lo que allí vio, pero cada vez que la campana sonaba, los perros del pueblo aullaban y los niños se persignaban, temiendo que la justicia, la única que reinaba entre aquellas piedras, pudiera desear también, algún día, devorarlos a ellos.

Y en San Jerónimo, incluso hoy, el viento arrastra el nombre de una niña ausente y un canto gregoriano distorsionado, recordatorio de que no toda la fe es salvación: a veces, es solo un lento descenso, una larga caída bajo las bóvedas de algo infinitamente más antiguo y oscuro que el propio infierno.

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