Portada del relato Voces bajo la tapia
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Recordé entonces a Michael. De niños, siempre dibujaba puertas pequeñas en sus cuadernos.

Duración: 09:48

Voces bajo la tapia
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Desde muy joven, aprendí que en la familia Hargreaves se evitaban ciertas habitaciones y que el ala este de la casa solo recibía limpieza superficial, rara vez ocupada por risas o voces. Mi madrina, la tía Eleanor, decía que la luz era mala en aquellos pasillos, que alguna vez sirvieron a funciones hoy olvidadas. Sin embargo, sentía que la debilidad de la luz era una excusa: las ventanas estaban intactas, solo que las cortinas permanecían cerradas, y los pestillos, oxidados como si nadie se hubiera atrevido a abrirlos durante décadas.

Llegué a la mansión familiar, en realidad una casa grande pero descuidada, tras la muerte de mi abuela Gladys. Era octubre, y el campo alrededor del pueblo de Rowley respiraba esa humedad agria que anuncia las lluvias. No recuerdo haber tenido una razón clara para aceptar la invitación de Eleanor; quizás el morbo de asistir a la lectura del testamento, quizás el vago deseo de entender por fin las historias que se murmuraban tan bajo en las reuniones familiares.

La casa temblaba discretamente con cada ventarrón, y los suelos de madera crujían más de lo que recordaba. El día de mi llegada, la última asistenta se marchaba apresuradamente, sus ojos más brillantes de lo razonable, su maleta chirriando tras ella. Apenas me saludó. Encontré a Eleanor en la biblioteca, iluminada por el resplandor polvoriento de una lámpara. Su rostro —marcado por una delgadez que llegaba a la transparencia— conservaba aún la timidez de los secretos mal soportados.

Conversamos poco. Durante la cena, mencionó de paso lo complicado que sería encontrar a mi primo Michael, ausencia que, al parecer, no sorprendía a nadie. “De pequeño, era raro”, comentó encogiéndose de hombros. “Siempre imaginando cosas... siempre escapando de algo que solo él veía.” No pregunté más; el cansancio de un viaje lluvioso y las sombras alargadas del comedor sugerían dejar algunas conversaciones para el día siguiente.

Aquella noche dormí mal. Me despertó la sensación de un ruido: pasos apresurados en el piso de arriba, donde nadie debía andar. Pensando que era el viento —eso me dije muchas veces—, logré volver a dormitar poco antes de que amaneciera.

Al día siguiente, tras un desayuno apenas tocado y el desfile protocolario de un abogado sombrío, me encontré a solas de nuevo. La casa se sentía expectante. Me atreví entonces a explorar el ala este. No había estado allí desde niño. El corredor era más estrecho de lo que recordaba y un olor agrio —como tierra mojada mezclada con algo dulzón— persistía incluso por encima del polvo. Al pasar junto a una puerta apenas entornada, algo en mi pecho se apretó: la sensación inexplicable de que detrás de esa madera descascarada se encontraba un testigo mudo de muchos años.

Empujé la puerta; el bombín chirrió protestando una vez más. Dentro, el cuarto estaba en penumbra, con muebles bajo sábanas envejecidas, y lo que parecían cajas de juguetes apiladas en un rincón. Un aire frío flotaba allí, como si la habitación rechazara cualquier intento de calor. Me fijé en la pared opuesta a la ventana: había una fila de baldosas sueltas, apenas perceptible si no se observaba con atención. Me agaché, apoyando la oreja contra la superficie fría. Juraría que oí un susurro.

“¿Hola?”, murmuré, avergonzado de inmediato.

No hubo respuesta, pero el susurro persistía, quizás solo en mi cabeza, mezclándose con el rumor del viento. Algo me hizo levantar la mirada hacia la esquina: unos dibujos infantiles, apenas visibles tras años de humedad, formaban formas torpes—personas, árboles, una puerta, mucho más pequeña de lo normal, pintada de azul.

Recordé entonces a Michael. De niños, siempre dibujaba puertas pequeñas en sus cuadernos.

Salí nervioso, y pasé el resto del día ojeando papeles y cartas antiguas en la biblioteca. Casi todas mencionaban la casa, la familia, pero ninguna refería directamente ni a Michael ni a los muchos parientes de quienes solo se hablaba para referirse a “los que no volvieron”. Por la noche, el viento subió, y de nuevo escuché pasos arriba, pero esta vez, sentí claramente que no terminaban en el pasillo sino que bajaban, cruzando las paredes, como arrastrando algo.

Al tercer día recurrí al desván. No sé por qué; alguna fuerza suave pero persistente me empujaba a buscar. Era un cuarto bajo, cubierto de polvo. El aire tenía la textura de la resignación. Juguetes viejos, ropa apilada y cajas de papeles. Cerca de la única ventana, una colección de cuadernos infantiles. Los revisé, y de nuevo: pequeñas puertas de color azul en todas partes. En uno de los cuadernos, Michael había escrito:

“Si me pierdo, estaré atrás de la tapia azul. No quiero volver porque aquí nadie grita por las noches.”

Las palabras me sacudieron. Fui directo al ala este, buscando azulejos azules —la “tapia azul”. Al tocar el muro donde las baldosas parecían sueltas, sentí vibrar la pared. Susurros, la voz de un niño, y una corriente helada, seguí susurrando el nombre de Michael. No habían pasado ni diez segundos cuando la baldosa cedió ligeramente. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Guantes puestos, retiré la baldosa —con más dificultad de la prevista— y hallé tras ella un pequeño espacio rectangular. Lucía más como un escondite improvisado que como una grieta natural. Dentro, recogido y desmoronado, hallé un pequeño cuaderno: era el diario de Michael.

Durante años no se había tocado ese hueco. El diario describía, en una escritura cada vez más frenética, noches de gritos procedentes de la casa, puertas que se abrían hacia habitaciones que daban a ninguna parte, y el miedo constante de escuchar, tras la tapia azul, voces que no eran familiares, voces susurrantes de aquellos “que se fueron sin despedirse”. Michael afirmaba que Eleanor sabía, que la abuela Gladys le había llevado una vez hasta el muro. “No debes contar nada de lo que veas”, había escrito, “o ellos te llamarán también”.

El horror, pensé, estaba en la posibilidad de una fe última: Michael no había desaparecido en el mundo, sino que se había desdibujado dentro de la casa. Tuve una visión breve y terrible, casi física, de pasillos con puertas pequeñas que no llevaban a armarios, sino a intersecciones de la memoria, lugares donde se podía quedar atrapada una infancia asustada. Y las voces de otras ausencias —tíos, primos, niñas y niños cuya historia personal nunca se contaba, sino que se sugería.

Pasé el resto de la noche auscultando ese hueco. La casa entera parecía respirar, muros saturados de palabras nunca dichas y habitaciones formadas para guardar, no objetos, sino ecos. Cada vez que trataba de dejar el lugar, el aire se volvía tan frío, tan inmóvil, que resultaba casi orgánico, como si la misma arquitectura esperara que concluyera algo.

A la mañana siguiente, tomé decisión de enfrentar a Eleanor. La encontré de pie en el corredor, mirándome fijo, sus manos temblorosas.

—Tú también has comenzado a oír —dijo.

No respondí.

—La abuela decía que aquellos a quienes la casa amaba terminaban quedándose. Y los que no, desaparecían. —Su mirada se deslizó hacia el muro donde había encontrado el hueco.— Por eso nadie toca estas paredes. Por eso tapamos las puertas azules, aunque reaparecen.

Intenté convencerla de permitir una investigación, de informar a la policía, pero sus ojos vacíos solo reflejaban la fatiga de quien ha aprendido a convivir con una herida nunca cerrada.

Esa tarde recorrí el pueblo en busca de algún testigo, alguien que recordara a Michael, a los otros nombres no mencionados. Encontré a la señora Howes, la antigua maestra. Al mencionar el apellido Hargreaves, frunció el ceño.

—Siempre hubo algo raro con esa familia. Los niños jugaban en la tapia azul... pero nunca estaban todos al final del día.

Me habló de viejas historias, de desapariciones nunca investigadas en serio —demasiados parientes mudos, archivos extraviados, la sensación repetida de que la casa misma absorbía, escogía.

Esa noche decidí marcharme, pero la casa parecía cada vez más cerrada, más pesada. Al intentar dormir, el viento arremetía con mayor fuerza, y en mis sueños una fila de figuras infantiles caminaba por los pasillos, deteniéndose frente al muro azul. Oía el sonido de uñas rasgando las piedras, nombres susurrados en una cadena interminable: Michael, Sarah, Daniel...

A la madrugada, antes de la primera luz, me incorporé súbitamente. Alguien —algo— llamaba bajito desde el hueco. Reconocí la voz de un niño, antigua y lejana, que me pedía: “No cierres. No olvides”.

Salté de la cama y, por última vez, recorrí el ala este, deteniéndome frente al muro. Había allí una nueva baldosa suelta. No me atreví a tocarla. La locura —o el horror verdadero— residía justo en la pregunta que no quería hacerme: ¿y si esa tapia no era solo una tapia? ¿Qué se había quedado detrás?

Decidí partir sin mirar atrás. No he vuelto, pero cada vez que paso frente a una pared de azulejos, siento el eco de aquellos susurros, la certeza de que algunas desapariciones no son olvido, sino transmigración, memoria entre las piedras. Y que ciertos secretos familiares tienen su propio pulso, su propio modo de perpetuar el linaje: no en la sangre, sino en el miedo inscrito en los muros, esperando a los que —como Michael— aún saben oír.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.