Fragmento:
No recuerdo el momento exacto en que comprendí que la perdería, que ninguna fuerza humana consumiría el brote amargo de su destino. La tía Agustina, la mujer más anciana de la villa, fue la primera en pronunciar en voz alta el diagnóstico silencioso: “Mal de ojo. Y fuerte”. Su sentencia era como una piedra arrojada en la laguna: ondas de rumor la repitieron, multiplicando su peso y su peligro. Mi hermana había enfermado, sí, pero fue el miedo, más que la fiebre, quien le robó los colores a sus mejillas.
Duración: 10:18
Era aquella una montaña insólita, aunque tan real como las cicatrices que grababa en el paso de los años sobre la pequeña villa a sus pies. Ronces, pedrizas y remiendos de nieve perpetua marcaban sus laderas altísimas, pero era la cima la que, resplandeciente de sal y luz, erosionaba la memoria de cuantos la miraban durante demasiado rato. Nadie en la villa ignoraba la advertencia: “Las nubes descienden llorando por los inocentes que subieron sin protección”.
Nunca aprendí si la protección se refería al cuerpo o al alma. Esa incertidumbre fue la primera grieta en mi propio acantilado interior, y la razón, también, del destino que elegí.
El aire, en mi niñez, olía siempre a madera y leche recién cocida; nadie abría mucho las ventanas en la estación seca, cuando el polvo salino del pico descendía y se pegaba a los mechones y a las uñas. Algunos culpaban al mal de ojo de la larga pobreza: ancianos cuyos peces nacían muertos, niños febriles sin vacuna, adultos que murmuraban nombres en su delirio final. Que la piedra vigilaba era una certeza que se conjugaba en el plural temeroso del “nos pasa”, nadie se atrevía a individualizar las tragedias, como si al nombrarlas salieran serpientes furiosas de la montaña misma.
No soy un hombre religioso. Pero he aprendido que toda comunidad necesita candidatos para el sacrificio, y toda cima, peregrinos. El año en que los corderos murieron tras la última nevada, cuando los arroyos de sal quemaron el maíz antes de germinar, el dedo invisible del pueblo señaló a mi hermana, Ana. Tenía apenas quince años, pero la debilidad y la culpa ajena la hicieron parecer mucho mayor.
¿Cómo nació ese odio? Dicen que se la había visto llorar junto a la piedra grande de la plaza, esa cuya superficie refulge con brillo mineral en la luna llena. Dicen que su llanto partió en dos la suerte de todos nosotros. Pero no me corresponde juzgar leyendas: para mí, solo quedaba la evidencia de que la miraban con la cautela salvaje con la que el ganado rechaza a una res recién nacida, presintiendo en sus ojos la condena de la manada.
No recuerdo el momento exacto en que comprendí que la perdería, que ninguna fuerza humana consumiría el brote amargo de su destino. La tía Agustina, la mujer más anciana de la villa, fue la primera en pronunciar en voz alta el diagnóstico silencioso: “Mal de ojo. Y fuerte”. Su sentencia era como una piedra arrojada en la laguna: ondas de rumor la repitieron, multiplicando su peso y su peligro. Mi hermana había enfermado, sí, pero fue el miedo, más que la fiebre, quien le robó los colores a sus mejillas.
Por las noches, la montaña parecía más cerca. Algunas personas hablaban en sueños; otras cubrían los espejos con paños negros, temerosos de ver en ellos algún movimiento apartado de su propio reflejo. Los perros, antes bravos centinelas, aullaban bajo la ventana de Ana y huían del regazo de mi madre, como si olfateasen en la carne enferma un presagio tan antiguo como las galerías de sal bajo el monte.
En el cuarto de Ana, la atmósfera era espesa y densa. Aun con la ventana entreabierta, el aire no se movía. Recuerdo pasar las noches sentado a su cabecera, observando la sal cristalizar en la comisura de sus labios cuando el sudor seco volvía a lamer su piel. Mis plegarias, de niño incrédulo, consistían tan solo en observaciones mudas: la luna ascendía sobre la cima, y la sombra de la montaña caía hasta besar el cristal. Era como si una segunda montaña invisible, hecha de miedo, se aplanara sobre nosotros.
El único remedio proponible fue el más antiguo: la subida. La montaña sagrada –la “Abuela”, como decían los más viejos– no entregaba sus secretos, pero parecía exigir un tributo de vez en cuando. Nadie subía solo. Yo, que no era aún adulto ni niño, fui nombrado acompañante; tal vez creían que la sangre compartida bastaría para aplacar a lo que habitaba en la cima.
Nos preparamos la mañana de la partida: Ana, envuelta en mantos gruesos que la hacían parecer un fardo tembloroso; yo, demasiado asustado para llorar ni protestar, con las mejillas ya polvorientas de la caminata. La tía Agustina nos había ungido la frente con aceite y ceniza –una costumbre para “cerrar el ojo ajeno”–, aunque su mirada, tras esto, seguía siendo de adiós precoz.
Ascender fue peor de lo que imaginé. Hay algo en los caminos de piedra pura que engaña las distancias y corrompe el tiempo: avanzábamos entre surcos calcáreos, cada paso más lento que el anterior, aunque la cima parecía inalcanzable, flotando como una nube sólida sobre nosotros. El sol y la sal, confabuladas, quemaban la piel, y el sudor pronto dejó de salir; solo quedaban costras blancas en las pestañas, y una sed reseca que empapaba los pensamientos con irritación y delirio.
Vimos animales muertos a mitad del sendero –cabras, algún rebeco–, pero sus huesos no brillaban como debían. Les faltaba la pátina azulada que identificaba la sal de la montaña, y supe entonces que habían caído bajo otra voluntad. Ana murmuraba en sueños, y a ratos sentía que su aliento se volvía invisible, como si ya no perteneciese a este mundo ni a mi memoria. Sin embargo, ninguno de los dos podía regresar. Abajo, el pueblo necesitaba la señal, el sacrificio, la resolución del miedo.
Dormimos casi a la intemperie una noche, aferrados uno al otro por pura inercia baja la sombra voraz de la cima. Soñé con ojos dentro del polvo: pupilas diminutas que flotaban y se multiplicaban con cada respiración, y cada parpadeo traía nuevas pesadillas. El viento, allí arriba, llevaba voces tan suaves como fragmentos de vidrio, y no me atreví a pedirle a Ana que describiese sus propios sueños. Las manchas en su piel se iban tornando violáceas: eran como mapas secretos, rutas invisibles en las que sólo ella sabía leer el destino.
Al tercer día, los pies parecían de otra persona; olvidé cuánto tiempo llevábamos subiendo. El sendero se estrechó, bordeando una caída mortal donde la sal, blanca como leche cuajada, se acumulaba en remolinos. Por primera vez, Ana habló con claridad. “Está aquí”, dijo, como quien anuncia la llegada de un animal salvaje. Miré a mi alrededor; inicialmente, no vi más que la misma superficie erosionada, plagada de restos de líquenes y extrañas vetas de sal azul. Después me fijé en una roca solitaria, de forma casi triangular, del tamaño de un hombre doblado. Y supe –no porque lo hubiese leído en alguna parte, sino en esa forma bruta e innegable de la verdad que seca la boca– que debíamos acercarnos.
No sabría decir si fue el cansancio, la fiebre o la superstición, pero la piedra parecía temblar ligeramente, como si un corazón atrapado en su interior latiera de vez en cuando. Bajo el resplandor casi etéreo de la luz filtrada por la sal, los contornos de la roca palpitaban entre la realidad y el ensueño. En su superficie vi esbozada una hendidura: una fisura, o tal vez un ojo estilizado, que reflejaba mi propio rostro distorsionado hasta lo irreconocible.
Ana se acercó y, en un acto absolutamente propio del delirio, posó la palma de su mano sobre la hendidura. Un trallazo de viento nos rodeó, cálido y húmedo pese a la altitud, como el aliento de un animal enloquecido. Una sensación de presión, como si la montaña misma se inclinase para escuchar, nos aplastó a ambos. El cielo se cubrió de un azul turbio, y los ecos de la villa –las campanas, los gritos, los cantos de los locos– subieron por el valle y se precipitaron al abismo.
Vi en los ojos de mi hermana un resplandor niebla. Era el mismo resplandor de antaño, ese que el pueblo temía más que a la peste: el reflejo de la sal maldita, de la sal que guardaba dentro los secretos podridos de generaciones. Sin hablar, Ana cayó de rodillas y vomitó una sustancia blanca, pegajosa y granulosa, que chisporroteó allí donde tocó el suelo. No hubo gritos ni llantos. Solo supe que, en ese instante, el peso del mal de ojo nos fue transferido de manera invisible pero absoluta.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, ni cómo logramos el descenso. Ana nunca habló de lo ocurrido en la cima. Durante el trayecto de regreso, cada palabra parecía costarnos una herida mortal. Sorprendentemente, su fiebre disminuyó; los tonos de vida regresaron a sus mejillas, aunque sus ojos ya no tenían el color limpio de antes, sino la transparencia opaca de la sal pulida.
La villa nos recibió con silencio culpable y una extraña mezcla de alivio y recelo. Nadie preguntó demasiado, y nadie volvió a mirar directamente a Ana. La sequía terminó, pero la prosperidad nunca regresó realmente: simplemente, el ciclo de desgracias mutó, como si la montaña hubiese aceptado su parte pero exigiese ahora otro tipo de peaje.
Años más tarde, cuando ya creí que la historia había acabado, noté en el espejo que mis propios ojos variaban algunos días de color: un azul más frío, reflejo inevitable de la cima. Encontré, en el hueco de la primavera, antiguas cabras con manchas de sal en la lengua. El mal de ojo, supe entonces, no había sido nunca cuestión de una sola persona. Era la montaña entera la que miraba, hambrienta, desde el corazón de la sal. Y, de tanto evitar la mirada, ningún habitante de la villa aprendió jamás a cerrarla por completo.
En la oscuridad, cuando ninguna lámpara perturba la noche, escucho todavía el golpeteo suave de minerales triturándose bajo el peso de lo invisible. Si uno es paciente y no parpadea, puede ver, en los cristales que se forman en las esquinas de las ventanas, diminutas huellas, como de dedos infantiles, presionando hacia dentro. Juran algunos que, si alguien muere desdichado en la villa, los vidrios aparecen empañados sólo por dentro, y cálidos al tacto.
Por mi parte, tengo miedo de dormir de nuevo al pie de la montaña. No por las pesadillas –he aprendido a convivir con ellas, a reconocer sus recovecos–, sino porque, en cualquier claridad furtiva entre el sueño y la vigilia, podría descubrir el ojo reflejado en el vidrio. O peor aún, podría sentir el peso de la montaña inclinarse suavemente, pidiendo una historia nueva, otro tributo, otra víctima para el mal de ojo que nunca se sacia completamente.
Nunca más volví a subir, y sin embargo, cada noche, la montaña parece más cerca y la sal, más amarga.
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