Fragmento:
Las semanas siguientes, la atmósfera del piso se volvió cada vez más pesada. A medida que Marcos se instalaba, notaba detalles que el primer día le pasaron desapercibidos: la grieta en la pared que parecía agrandarse; algunos peldaños de la escalera, húmedos y resbaladizos; y sobre todo, la acústica peculiar que impregnaba el pasillo. Cualquier paso, cualquier murmullo en el tercer piso tardaba segundos en disiparse, como si no encontrara dónde alojarse y rebotase en las capas del edificio.
Duración: 12:11
El tren de las 22:47 descendió al andén con una bocanada de vapor y un chirrido que parecía una queja. Eso era la vida en la ciudad: todo se queja, la atmósfera, las paredes, hasta la gente. Marcos, con la jaula del gato en una mano y la mochila colgada al hombro, se sintió tentado de dejarlo todo allí mismo y volver a salir a la superficie, a respirar, pero la recomendación del veterinario era clara: gato enfermo, casa nueva. Espacio. Luz. Como si en Madrid uno pudiese comprar luz en un supermercado.
El andén estaba casi vacío. Una pareja discutía bajito cerca de la escalera mecánica, y solo un anciano con el rostro borroso bajo el sombrero parecía reparar en Marcos. El tren rugió otra vez y se fue, llevándose el poco calor. El eco fue lo único que quedó, rebotando durante más segundos de los que parecían lógicos.
Marcos chequeó la dirección que había apuntado en su móvil. Calle de Segismundo 134, tercera planta, y un papel amarillento con el aviso: “Al llegar, NO USE el ascensor después de medianoche.” No se le olvidaría, aunque no entendía por qué esa instrucción le resultaba tan llamativa.
Lo que no sabía es que ni él ni su pequeño gato iban a dormir esa noche. Ni las siguientes.
*
El piso era minúsculo, una especie de suceso arquitectónico: pasillos alargados, dos habitaciones sin ventana, alguna humedad reciente en la esquina del techo. Pero el alquiler era soportable y, al menos, había sitio suficiente para ambos. Tras unos minutos con la lámpara del móvil, Marcos fue deshaciendo cajas cerca de la cocina. El gato olisqueaba la puerta que daba al fondo del pasillo. Casi resignado, Marcos la abrió: solo vio la escalera de servicio, metálica, descendiendo a una oscuridad que, a esa hora, le parecía impropia en pleno centro de la ciudad.
Alrededor de las once, mientras el gato dormía acurrucado encima de una maleta, Marcos decidió bajar al portal a sacar la basura. El reloj digital de la entrada parpadeaba las 23:57 en verde. En el oscuro rellano del primer piso encontró la puerta del ascensor abierta por un palmo, como esperando. Dudó, pero la orden seguía bien fresca, así que tomó la escalera, mientras el ascensor parecía temblar levemente, un ruidito de cables tensos y una luz opaca dentro.
En la planta baja, justo en el vestíbulo, vio de reojo una sombra fugaz. Pensó que sería alguien de la limpieza, pero el conserje –un hombrecillo de gesto cansado– negó con la cabeza cuando él preguntó.
—¿A quién ha visto, muchacho? Aquí ya no queda nadie a estas horas.
Cuando regresó, el reloj del vestíbulo ya marcaba las 00:09. La puerta del ascensor estaba abierta de par en par, pero no había nadie. El hedor metálico flotaba en el aire, y escuchó, durante un segundo, lo que parecían voces lejanas, una risilla o un susurro indescifrable. Le recorrió un escalofrío. No volvió a mirar hacia el ascensor esa noche.
*
Las semanas siguientes, la atmósfera del piso se volvió cada vez más pesada. A medida que Marcos se instalaba, notaba detalles que el primer día le pasaron desapercibidos: la grieta en la pared que parecía agrandarse; algunos peldaños de la escalera, húmedos y resbaladizos; y sobre todo, la acústica peculiar que impregnaba el pasillo. Cualquier paso, cualquier murmullo en el tercer piso tardaba segundos en disiparse, como si no encontrara dónde alojarse y rebotase en las capas del edificio.
Algunas noches, el gato brincaba al pasillo y se quedaba mirando la puerta de la escalera con el lomo erizado, las orejas caídas hacia atrás. Marcos había llegado a escuchar pequeños golpecitos en los tubos del radiador, los mismos entre las 02:00 y las 04:00. Comenzó a dormir menos y peor.
Y entonces, como suele suceder con las verdaderas tragedias, la costumbre empezó a volverse inquietante.
*
Una madrugada, tras beber un vaso de agua y encender la radio para huir del silencio, Marcos escuchó un retumbar. Era sordo, lento y rítmico, como pasos en un pasillo vacío. Provenía, sin duda, de la entrada: hacia la puerta metálica de la escalera de servicio. La abrió con rapidez, pero no encontró nada, salvo esa ráfaga de aire frío que huele a sótano y olvido. Al cerrar, percibió en el suelo una línea de polvo y una huella fugaz… pero apenas la tocó, desapareció, como si el propio edificio se la tragara.
Al día siguiente, preguntó al conserje.
—No es la primera vez que lo comenta un inquilino —dijo el viejo, apenas mirándolo—. Aquí pasan cosas cuando alguien se muda. Luego, se va olvidando. O se van los que preguntan.
No aclaró más, y Marcos decidió no insistir. Pero algo lo empujó a visitar el sótano. Era pura necesidad de comprender, de racionalizar lo que solo parecía raro porque el insomnio y el traslado le alteraban los nervios. Tomó una linterna y bajó.
El sótano del edificio era largo, húmedo y laberíntico: filas de trasteros oxidados y viejos tubos de hierro. Bajo la bombilla descubrió una puerta sin pomo, solo una manija podrida. Al acercarse, sintió en la garganta una opresión cálida, casi nauseabunda, como si la atmósfera del sótano quisiera entrar en sus pulmones. Pegó el oído a la puerta. Nada.
Iba a darse la vuelta cuando el susurro lo sacudió como un latigazo: una voz infantil, lejana, canturreando una canción en otro idioma. Alejó la linterna y retrocedió tan rápido que tropezó. Solo más tarde, ya en el ascensor, advirtió que llevaba las manos sucias de hollín o de otro detrito indescifrable.
Al llegar a su piso, el gato no apareció. Miró debajo de la cama, de los muebles; llamó su nombre en la cocina y el baño, nada. Solo los pasos, los mismos de la noche anterior, rasgando la acústica del piso. Y una luz parpadeante, muy leve, filtrándose bajo la puerta de la escalera.
No logró dormir.
*
Al tercer día, los ruidos se tornaron claros: cadenas. El arrastre inconfundible de cadenas pesadas deslizándose sobre hormigón. Los golpes ahora tenían ritmo, y la humedad parecía impregnar el pasillo todo el tiempo. A Marcos comenzó a dolerle la cabeza. Decidió llamar a la inmobiliaria, pero la línea daba sin parar. Dejó mensajes. Nadie contestó.
Siguiente intento: salir del piso, buscar un hotel, tomar un descanso. Pero cuando fue a hacer su maleta, encontró la puerta atascada. Es decir, la cerradura sencillamente no encajaba la llave. El gato apareció entonces, debajo de una caja: tenía el pelo enmarañado y húmedo, como si hubiera salido del fondo de un pozo. Olía raro.
Respiró hondo y trató de calmarse. No era posible que algo real estuviera sucediendo. Era estrés, trasiego, agotamiento. El ascensor rompió el silencio con un chirrido tan agudo que Marcos dio un brinco. Bajó corriendo. La puerta abierta, interior en penumbra. En la esquina del ascensor: marcas, como de uñas, un surco que no debió aparecer en una noche.
Marcos avanzó en dirección contraria, decidido al menos a alcanzar la calle. Sin embargo, el portal estaba cerrado; el conserje, dormido o ausente; y por primera vez comenzaba a sentir un miedo liso, tangible.
Pasó la tarde encerrado en la habitación más alejada de la escalera, con el móvil sin cobertura y la televisión emitiendo ruido blanco.
A medianoche, los ruidos se hicieron coros. El gato maulló con angustia, ternura, desesperación. Al otro lado del pasillo, una sombra delgada y de movimientos casi líquidos se deslizaba bajo la puerta. Marcos, paralizado, solo pudo mirar mientras lo imposible se desenrollaba frente a él: por la rendija de la puerta la sombra fue derramándose, materializándose en una figura humanoide que apenas sugería un rostro. Ojos, boca, pero sin rasgos definidos. Un retazo de aire frío, una ausencia de algo fundamental en el mundo, un error. Se apoyó en la puerta y respiró; la presencia se mantuvo un momento, y luego se escurría de vuelta al pasillo, como si buscara el camino más profundo.
El gato permaneció petrificado el resto de la noche. Y Marcos, sin dormir, se acurrucó junto a él preguntándose si el pasadizo existía de verdad, si la ciudad estaba agujereada por túneles imposibles donde el tiempo y la lógica se doblaban.
*
La mañana siguiente, el apartamento parecía otro lugar. Había olor a tierra mojada, las persianas vibraban sin viento. El gato, débil, no quería moverse de la esquina. Marcos se acercó esta vez con una cuchilla y desmontó la tapeta de la puerta de la escalera, buscando el origen de los pasos. Movió el foco de su móvil y vio, a la altura de los pies, un diminuto agujero en el rodapié. Calor, humedad, hasta olor a óxido: ahí estaban las huellas del otro lado.
Entró una ráfaga de aire, y del otro lado escuchó claramente la melodía infantil, la misma que oyó en el sótano la otra noche. Lento, como si le costara entenderlo, se dejó caer al suelo: bajo la moldura yacía una moneda antigua. Tallada, con rostros deformes. Un escalofrío recorrió su espalda.
El miedo empezaba a ser una compañía cotidiana. Salió de nuevo al pasillo, y –siguiendo al gato, que parecía haber recobrado parte de su energía– llegó hasta la puerta del ascensor. El reloj de la pared marcaba las 12:02. El ascensor tembló, y en su espejo, Marcos vio reflejado algo que no era suyo: una figura blanca, infantil, inmóvil, justo atrás de él.
Chocó contra la pared y tartamudeó un grito, pero, al girar, no había nadie. Nadie, salvo el reflejo que aún persistía, con un leve movimiento, como saludando. La puerta del ascensor, que nunca terminaba de cerrarse, se detuvo a medio camino.
—¡No! —gritó, y fue el grito más auténtico de su vida.
La voz replicó, ecos sobre ecos: “Ven abajo.”
Marcos, aterrado, corrió por la galería, bajó la escalera apurado, y se detuvo sólo cuando se topó de nuevo con el portal, bloqueado. El conserje ya no estaba, o nunca había estado. El reloj olía a ozono. Trató de pedir ayuda, pero el móvil era una losa negra entre sus manos: sin señal, sin tiempo.
El pasillo se hizo denso. Las bombillas explotaron una tras otra en un chasquido húmedo. El ascensor volvió a temblar, y, como si respondiera a una orden oculta, comenzó a bajar solo, crujiente, sin tripulante. Se detuvo, chirrió, y la puerta se abrió de nuevo, como esperando.
En el fondo de la cabina, en la oscuridad opaca, una figura aguardaba: la misma sombra, infantil y anciana a un tiempo. Ojos sin fondo, sonrisa sin mundo. Voz sin boca.
—Ven.
Afuera, la escalera de servicio se iluminó por un instante. El gato, fiero e inexplicablemente decidido, se arrojó por la puerta abierta; Marcos lo siguió por puro instinto, por la pulsión absurda de que sólo lo que nos arrastra puede salvarnos.
El ascensor se cerró a su espalda con un golpe tan seco que supo que nada volvería a ser normal.
*
Horas, días, tal vez semanas después, una empresa de mudanzas localizó el piso en Calle de Segismundo 134. Encontraron todas las pertenencias en orden, la comida del gato intacta, documentos sobre la mesa, la televisión desconectada. Pero ni rastro de nadie. Apenas, en el suelo del pasadizo, la huella borrosa de dos presencias: una humana y otra animal. Los informes policiales concluyeron que se trataba de una fuga voluntaria.
El edificio permanece vacío desde entonces.
Al caer la noche, el ascensor tiembla solo, a veces sube y baja sin que nadie lo llame, y bajo la puerta de la escalera, desde la rendija, se oyen leves notas musicales que nadie reconoce y que ninguna reparación ha logrado silenciar.
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