Fragmento:
El hospital regional donde trabajaba como guardia nocturno tenía tres años. Era blanco, funcional, barato; nunca alguien lo describiría como acogedor. Casi no olía a hospital —más bien, a detergente marino y pintura reciente—, aunque había un ligero picor en el aire, un rastro químico casi dulce, que recordaba las noches extrañas de su infancia, cuando enfermaba y su madre le frotaba el pecho con Vicks mientras abrían las ventanas a la humedad. La diferencia era que aquí, en el hospital, no había ventanas que abrir. Todo era sellado, hermético.
Duración: 11:09
Empezó con una nota en el refrigerador. Un post-it amarillo chillón, escrito con la caligrafía angulosa de Pilar, su esposa. "Saca la basura antes de irte, por favor. Xoxo". Samael lo miró mientras mascullaba por la prisa. Si ese pedazo de papel hubiera sido un presagio —y en los días y noches que siguieron lo pensó una y otra vez— era un presagio tan insípido como la vida que llevaba hasta ese momento.
Dejó el tazón a medio lavar, acató la orden, echó la bolsa tibia en el contenedor azul, y echó el seguro a la puerta con esa extraña sensación de vuelta fácil, de día habitual, de insomnio incipiente. Pilar ya no estaba en casa, se había ido temprano, y él debía llegar al hospital a las once para el fatídico tercer turno.
El hospital regional donde trabajaba como guardia nocturno tenía tres años. Era blanco, funcional, barato; nunca alguien lo describiría como acogedor. Casi no olía a hospital —más bien, a detergente marino y pintura reciente—, aunque había un ligero picor en el aire, un rastro químico casi dulce, que recordaba las noches extrañas de su infancia, cuando enfermaba y su madre le frotaba el pecho con Vicks mientras abrían las ventanas a la humedad. La diferencia era que aquí, en el hospital, no había ventanas que abrir. Todo era sellado, hermético.
Samael llegó unos minutos antes. Tardó demasiado en encontrar la tarjeta de horario, con ese molesto código de barras. Las luces del pasillo parpadeaban arriba y abajo; los tubos viejos murmuraban con un zumbido constante, como si temblaran de frío. Ignoró a Jaime, el guardia del turno anterior, que recogía sus cosas en la entrada mientras hablaba con voz baja por teléfono. No le gustaban las despedidas.
Eran las once y trece. La cámara del recibidor lo enfocaba mientras él pasaba, y luego un destello azul cruzó la pantalla. Era la primera vez que lo notaba: una sombra borrosa deslizándose junto a él, aunque no detrás, sino delante. Pero afuera no había nada, sólo la noche invernal y los arbustos; el eco de los trenes que pasaban dos kilómetros al este.
Samael revisó la ronda. Los cuartos 103 y 108 estaban vacíos por fumigación. En la 202 había una anciana en coma; en la 204, un joven con el cráneo vendado; en la 210, un hombre mayor preso de convulsiones intermitentes. Especialmente el 202 le parecía sombrío: la abuela tendida de lado, los monitores marcando solo líneas planas, una soledad impregnada de incienso viejo.
El resto de la noche fue igual de trivial hasta la una de la madrugada. En el monitor de la sala de vigilancia, Samael vio, de reojo, cómo esa misma sombra azulada —imposible de definir, apenas distinta del ruido digital de la pantalla— cruzaba el pasillo del ala sur. Detrás de la puerta de emergencias, algo parecía moverse; intentó ajustar el brillo, pero la sombra no apareció de nuevo.
A esas horas, la fatiga era como una losa. Pero no podía ignorar lo que había visto. Cogió la linterna, se arropó bien la chaqueta, y caminó despacio por el ala sur. El pasillo estaba más frío de lo habitual; una corriente dulce olía a ozono, como después de una tormenta eléctrica. Los zuecos de Samael hacían eco en el linóleo. Sentía un cosquilleo en el labio superior, algo ancestral queriendo recordarle que sí, sí era posible tener miedo en tu propia rutina.
Pasó al lado de la estación de enfermeras. Luz tenue, un monitor zurriendo en azul. Nadie contestó cuando saludó. La sala de descanso estaba a oscuras. Oyó pasos secos en el extremo opuesto del pasillo y pensó que era Marta, la enfermera, o Ignacio, el interno. Pero la voz que escuchó fue la suya propia, distorsionada, como un eco reproducido en altavoces defectuosos: una palabra incomprensible, algo así como “ven”.
Se detuvo. El aire era tan frío que le ardía la garganta con cada inspiración. Miró hacia el final del pasillo, pero sólo había sombras —y esa sensación infantil y atroz de estar siendo observado. Volvió a la sala de vigilancia, cerró la puerta con seguro y se obligó a pensar en cualquier otra cosa.
El resto de la noche sucedió en fragmentos. Los monitores vibraban, saltando a veces sin sentido, y en una ocasión el detector de movimiento de la habitación 103 —vacía— lanzó una alerta sin motivo claro. Samael fue y no encontró nada. En el monitor, sin embargo, creyó distinguir una silueta recostada en la cama. Al entrar y encender la luz, sólo había la camilla hecha, el cubrecamas ajustado, y la impresión, apenas percibida, de que alguien había estado allí un minuto antes.
A la mañana siguiente, a las siete en punto, Pilar lo llamó como de costumbre. Le dio los buenos días y preguntó por la noche. Samael dudó, se maldijo en silencio ese impulso infantil de querer contarle lo que había vivido. Pero lo dejó correr. “Lo mismo de siempre”, respondió, y no dijo nada más.
Durante tres noches seguidas la extrañeza se repitió. La sombra azulada cruzando cámaras, el aire frío, la voz distorsionada. Empezó a notar que algo más interrumpía su rutina: los relojes atrasaban cinco minutos. El monitor cardíaco de la habitación 202 marcaba vida donde sólo había muerte. La linterna se encendía sola, girando sobre la mesa. Empezó a considerar, horrorizado, que lo que ocurría no era simplemente una suma de pequeños errores del sistema.
Un martes, cerca de las dos y cuarto, Samael fue a la sala de descanso a tomar café. El líquido estaba frío, aunque lo había puesto minutos antes. Sobre la mesa había una hoja impresa, inesperada. “Siéntate”, decía en letras grandes. No era letra de nadie del hospital: ni mayúscula ni cursiva, sólo una tipografía vulgar, de computadora. Y el papel olía a algo podrido: a carne mojada que ha dejado de vivir hace días.
Samael la arrugó y la tiró. Oyó otra vez el eco, como si las paredes repitieran la orden con voz blanda: “Siéntate”.
Al negarse, toda la sala de descanso pareció vibrar. Los fluorescentes parpadearon, y la tetera eléctrica estalló sacando vapor por la grieta. Entonces, en la penumbra entre la sala y la puerta, vio de nuevo la sombra; o mejor dicho algo más corpóreo, un bulto de movimiento apenas perceptible, como si un hombre estuviera encogido, respirando profundo, cubierto de una tela azul translúcida.
El miedo lo forzó a salir; corrió por el pasillo, resbalando, sin importarle la compostura. Al llegar a la recepción vio que, a través del cristal, todas las luces del hospital palpitaban como un solo ser gigantesco. Solo logró calmarse al sentarse bajo el foco más brillante de la entrada, observando cientos de insectos revolotear fuera, tan inconscientes de su suerte o su muerte.
La madrugada discurrió lenta. Samael avisó a Marta que estaba enfermo —mentira piadosa— y se fue a casa cuando clareó el día. Al llegar, Pilar lo vio pálido y le tocó la frente, buscando fiebre. Él sólo atinó a decir que algo raro pasaba en el hospital. Ella no insistió.
Días después, Pilar encontró en la ropa de Samael un nuevo post-it: “No lo dejes entrar”, escrito con tinta azul, letra desconocida. No se lo mostró a él. Esa noche, Samael soñó con la sombra; pero esta vez se deslizó flotando hasta su lado, más humana que nunca, y le habló en una lengua muerta de la que sólo entendió una palabra: “Despiértate”.
Él lo hizo, empapado en sudor, cierto de que los días de normalidad habían quedado atrás. El hospital ya no era el de siempre. En las paredes aparecían vetas azules, como venas bajo la piel. Los pacientes deliraban: una anciana gritó tener frío pese a que la enfermera midió la temperatura y era casi treinta grados. El propio doctor Ignacio reportó haber visto la sombra flotando frente al ascensor.
Un miércoles, yendo al baño, Samael encontró la puerta abierta. Aunque la había visto cerrada y con candado segundos antes. Dentro, vio a un hombre parado de espaldas, ropa de paciente, la cabeza ladeada, la sombra azul envolviéndole como un sudario. Lo lógico habría sido salir corriendo. Samael, casi sin darse cuenta, se acercó. El aire era una mezcla de perfume dulzón y óxido. El hombre se volvió. No tenía rostro. Donde debía haber ojos y boca había una superficie plana, azul y líquida, como pantalla de monitor fundido. Y en el centro, una grieta translucía la palabra "VEN", escrito a fuego.
No gritó. No pudo moverse. La cosa avanzó, tocándolo apenas con los dedos amorfos —quema como el hielo— y Samael perdió la conciencia.
Despertó en la camilla 103, la habitación supuestamente vacía desde la fumigación. Marta lo encontró así, con la mirada clavada en la nada, un hilillo de sangre en la oreja. El uniforme empapado de sudor, y la piel cubierta de motas azules, como hematomas incipientes.
La dirección del hospital le exigió exámenes médicos. No encontraron nada fuera de parámetros, pero Samael ya no era el mismo: al caminar sentía el suelo vibrar, como si algo debajo le reclamara pertenencia. En los turnos siguientes, evitó mirar las cámaras de seguridad. Se convenció —autoengaño necesario— de que lo que había visto era masa encefálica sobrecargándose, estrés laboral, pesadillas importadas de viejas películas.
Pero cada noche, la sombra regresaba, más definida, más próxima, ocupando primero su reflejo en los cristales y luego hasta su silueta, sus gestos. Y cuando intentó apartarse, renunciar, irse para no volver, encontró que los portones exteriores estaban trabados; los teléfonos, muertos fuera de ciertos pasillos; las alarmas de incendio sonaban huecas, sin eco.
A veces, el hospital entero parecía flotar, encerrado en una burbuja de luz azul pálida. Los pacientes murmuraban: “Ven”, decían, “aquí está más cálido”, aunque el frío era insoportable y la soledad cortaba como bisturí.
Una noche, Samael encontró en su casillero otro post-it, idéntico al primero: "Saca la basura antes de irte". Solo que la letra, esta vez, era la suya propia, pero temblorosa, y el reverso del papel olía, también, a carne podrida y dulce. Supo allí que jamás saldría. Que la sombra todo ese tiempo sólo quería alguien nuevo. Alguien que respirara en la oscuridad con ella.
El hospital ya no luce blanco, ni funcional, ni barato. Es sólo azul, y huele, cada vez más, como un hogar donde nadie vive y todos esperan.
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