Portada del relato Hijos de la Medianoche
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Fragmento:


Yo debí prestar atención, pero la amistad y el escepticismo resultan aliados engañosos.

Duración: 09:15

Hijos de la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

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El mejor terror no conoce otra morada más que la mente: la imaginación, envalentonada por el zumbido de lo desconocido y alimentada por el aullido de lo indescriptible. Sin embargo, hay noches en las que lo fantasmal y lo real se entrecruzan con hebras demasiado oscuras para distinguir la una de la otra. Me dispongo a relatar, con la mayor fidelidad que mi temblorosa mano permite, una experiencia que transformó la percepción de mi mundo y me sumergió en los oscuros abismos donde moran esos gritos que a veces escuchamos pero nunca logramos olvidar.

La historia tiene su inicio en los grisáceos patios de la Luisiana rural, en aquellas planicies donde el silencio se siente denso y el aire esculpe figuras invisibles entre la niebla. Año 1921. Fue durante una primavera húmeda, de lluvias caídas como si el cielo mismo sufriera una llaga inagotable. Yo, Archibald Moreau, acompañaba a mi amigo y colega, el joven médico Eugène Laroche, a abrir su nueva consulta en un pueblo apartado, Hermitage, alejado ya de Nueva Orleans y del pulso de la civilización moderna.

Hermitage era un reducto que parecía funcionar bajo reglas propias, ancladas en pesares antiguos y supersticiones repetidas en oraciones susurradas al viento. Eugenio, racional hasta el fastidio, se reía abiertamente de los rumores que en los portales retumbaban como sentencia: “No cruce el pantano tras el río. No mire a la luna en luna llena. No escuche los gritos si vienen del lado sur.”

Yo debí prestar atención, pero la amistad y el escepticismo resultan aliados engañosos.

La clínica se estableció en la que fuera la casa colonial de una familia acaudalada venida a menos. Una construcción de madera podrida y barro cocido, sus cimientos crujían como huesos vejados ante cada paso. Sin embargo, fue en la noche del cuarto día cuando lo insólito se deslizó sobre nosotros bajo la forma de un aullido lejano, frío como el acero, denso como el lodo del río.

“El viento, Archie, sólo viento,” murmuró Eugène mientras me veía cerrar la ventana de súbito. Sin embargo, ninguna ráfaga natural pesa con ese repliegue violento del alma, con ese tirón involuntario en la boca del estómago acompañado de un temblor en los dientes.

Pasó una semana. El pueblo, sin embargo, parecía aguardar algo. Se notaba en los rostros; en la forma en que los parroquianos evitaban mirar hacia el sur después del atardecer, en los rezos apresurados que cruzaban a media misa, en las velas que ardían en altares improvisados a santos de nombres extraños y rostros deformes por la cera derretida.

Yo, curioso, decidí salir una tarde. Las historias de los viejos me divirtieron más que asustaron: la señora Lomax hablaba de “almas en pena danzando con los cuervos”; un borracho, Monsieur Baptiste, murmuraba de "la Maman Brigitte" y de "Barón Samedi", nombres que el vudú utiliza para sus intermediarios entre vivos y muertos. Todos coincidían en una sola advertencia: “No respondas si llama tu nombre en la noche”.

La advertencia, por absurda que sonara, se instaló en mi memoria.

Esa misma noche, tras una cena frugal, Eugène y yo nos sentamos frente a la vieja chimenea. Él leía un tratado de anatomía, yo repasaba las notas sobre ciertos pacientes cuyo cuadro parecía desplazarse de la medicina a lo inexplicable: convulsiones sin fiebre, crisis de pánico nocturno, gritos que hacían temblar a toda una familia, y ojos... ojos tan profundamente negros como el fango del pantano tras el río.

Y entonces, otra vez el alarido. Esta vez, más cercano, más personal. Un chillido enloquecedor, arrastrado, de mujer y animal en una única garganta, seguido de risas ahogadas y un tambor... inconfundible tambor resonando en las paredes mismas de lo real.

Eugène saltó de su asiento. “¡Ya basta! Esto no es más que una patraña de los pueblerinos para asustarnos y ahuyentar la modernidad.”

Yo discrepé. Aquella voz no cabía en mi experiencia sensorial. Tenía un filo subterráneo, como si llegara no solo por el oído, sino desde dentro de la propia crisma. Un eco que seguía vivo minutos después del silencio.

El clímax llegó la segunda semana.

El pueblo se sumió en una mudez aterradora tras la noticia de la desaparición de la pequeña Noémie Thomas, una niña que, según su madre, se fue acercando cada noche más y más a la ventana para escucharla. ¿A quién?, pregunté. "A La Reina-Bajo-La-Casa", respondió temblorosa la madre, como si hubiera pronunciado una blasfemia.

Esa noche, el viento no sopló. La casa dormía bajo un manto de humedad espesa. Eugène dormía profundamente, embotado tras beberse media botella de ginebra en vano intento por acallar los ruidos. Yo permanecí despierto, alertado por una mezcla de temor y compasión profesional por la madre de Noémie, que había sufrido un colapso nervioso poco antes de la medianoche.

Y en ese insomnio, a las tres en punto, empezaron los alaridos. Más cerca que nunca. Daban la impresión de nacer bajo el piso de la casa misma, extendiéndose como raíces podridas. Los escuché con creciente pavor: mi nombre, “Archie... Archiiieee...”, arrastrado y melódico, meciéndose entre carcajadas y sollozos, cruzando el límite entre la broma y la súplica homicida. Me tapé los oídos, recé—y yo, agnóstico de toda la vida—rezé hasta sudar sangre.

Cuando desperté—no recuerdo cómo me dormí—me hallé tendido en el suelo, cubierto de una fina capa de polvo negro. Me dolían las muñecas, y una marca, un símbolo imposible de describir, dibujado con barro y ceniza, marcaba la puerta de nuestra habitación.

Eugène quiso reír al verlo, pero su voz se quebró como una rama seca. “Mera broma, Archie. O vandalismo de algún local borracho.”

Pero yo, esa mañana, lo vi. Vi cómo, al cruzar la cocina, Eugène recogió un pequeño fardo de muñecas hechas de trapo y pelo humano, atadas con cuerdas de color violeta y cubiertas con restos de conchas marinas y huesos de animal. Patraña vudú, pronunció con asco, tirándolas al fuego.

El hedor fue instantáneo. Una ofrenda perdida; la atmósfera se llenó de un aroma insano, mezcla de brea y carne calcinada. Se oyó, entre las brasas, no un gemido, sino el clarísimo sollozo desgarrado de una niña.

Eugène blanqueó, pero se negó a decir palabra. Esa noche, los alaridos regresaron, más violentos, gritando no sólo mi nombre sino también el suyo. Alguien, o algo, golpeaba debajo del suelo, siguiendo patrones rítmicos que se mezclaban con los latidos del tambor, con latidos humanos.

No nos atrevimos a dormir.

A la madrugada, decidimos investigar la fuente de la perturbación. Bajamos al sótano, sombrío y húmedo, envuelto en el olor a rancio de generaciones muertas. Las paredes estaban cubiertas de pinturas rupestres, grotescas figuras antropomorfas danzando alrededor de una figura enorme, bicorne, rodeada de niños; sus bocas abiertas en un eterno grito.

En el centro, la trampa del sótano había cedido ante la humedad, y al remover la tierra, hallamos la raíz: un pozo de barro lleno de pequeñas figuras de cera y hueso, y debajo, un cráneo diminuto... con la trenza de la pequeña Noémie aún entrelazada en los restos de sucios lazos de cuerda violeta.

Eugène vomitó y lloró. Yo no pude moverme. Los tambores sonaban ahora, no en la noche, sino adentro, en mi propio pecho, eco de un pavor ancestral.

Hecho público el hallazgo, el pueblo guardó silencio, un silencio que parecía gratitud. Muchos nos evitaron después, como si hubiéramos tocado algo prohibido. El sacerdote local ofició tirando agua bendita, repitiendo oraciones a santos nombres; dos días después, los alaridos cesaron.

Sin embargo, Eugène cambió para siempre. La última noche que pasamos allí, me desperté por su grito. Corrí a su cuarto. Lo hallé sentado en la esquina, murmurando palabras en francés y creole, con la mirada vidriosa. No respondía, no oía. En sus ojos, vi reflejarse algo que ya no era mi amigo.

Nos marchamos a la aurora siguiente. Eugène fue internado en un sanatorio de Baton Rouge. A veces grita en sueños: “¡No la mires! ¡No la mires cuando atraviese la puerta!” Yo regresé a Nueva Orleans, incapaz de hallar reposo en ningún lugar donde la noche traiga viento y alaridos.

Hoy, cada vez que la humedad aprieta y los gatos maúllan sin razón bajo mi ventana, me invade el recuerdo de los tambores y el rastro de lodo en mi puerta. Sé que no fue locura. El alarido no era sólo una voz humana ni sólo una mente quebrada. Allí, cerca del río, bajo la casa de barro y huesos, hay algo que no descansa, algo que espera un nombre para llamar durante la noche, para arrastrar un alma más allá de la línea donde terminan las palabras y comienzan los gritos.

Por ello escribo, para advertir, aunque sé que la advertencia es siempre inútil: Si alguna vez, en la oscuridad, oyes que pronuncian tu nombre arrastrándolo como una canción moribunda, no respondas.

Nunca respondas.

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