Fragmento:
Recuerdo bien la primera vez que encontré a alguien como yo. Fue en una tarde de febrero, cuando el frío humedecía las paredes y hacía imposible secar la ropa. Entró una mujer alta, muy delgada, con ojos demasiado fijos. Pedía calmantes. Me sonrió y al irse, se le despegó un hilo de piel de la mejilla, como una escama. Fingí no verlo. Esa noche soñé que yo también perdía la piel, de a poco, como si bajo las sábanas mi epidermis se estuviera mudando y mi nueva carne sobresaliera, tierna y rosada. Al despertar, me encontré sangrando en el cuello otra vez, pero no le di importancia.
Duración: 10:14
Cuando aún dormía sobre un futón raído en el apartamento diminuto que me ofreció el gobierno, no entendía el sentimiento pegajoso que se escurre entre la dimensión de la vigilia y la del sueño. Cada noche, antes de hundirme en la semi-oscuridad, notaba a veces un pequeño pinchazo al costado del cuello, como la picadura de un insecto. Me lo rascaba hasta conciliar el sueño. Era lo que menos me importaba en los días en que el salario apenas alcanzaba para arroz y fideos baratos. Trabajaba como dependiente en una farmacia veinticuatro horas, vendiendo remedios para resfriados o calmantes para viejas vecinas.
Recuerdo bien la primera vez que encontré a alguien como yo. Fue en una tarde de febrero, cuando el frío humedecía las paredes y hacía imposible secar la ropa. Entró una mujer alta, muy delgada, con ojos demasiado fijos. Pedía calmantes. Me sonrió y al irse, se le despegó un hilo de piel de la mejilla, como una escama. Fingí no verlo. Esa noche soñé que yo también perdía la piel, de a poco, como si bajo las sábanas mi epidermis se estuviera mudando y mi nueva carne sobresaliera, tierna y rosada. Al despertar, me encontré sangrando en el cuello otra vez, pero no le di importancia.
Esa mujer volvió a la farmacia durante semanas. Cada vez que pasaba su tarjeta, sus manos rozaban las mías, frías y secas, escamadas. Una noche, después de cerrar, la vi de lejos en la misma acera. Caminaba despacio, casi arrastrando los pies, hasta la esquina donde se reunían los camiones de recolecta de basura. Se detuvo ante uno de los contenedores. Vi que, con mucho cuidado, retiraba algo de su garganta, como si sacara un tapón invisible, y lo tiraba dentro. Después, por mucho rato, estuvo de pie, quieta, como petrificada.
Esa noche algo cambió en mi interior. Al dormir, la picazón en el cuello me punzó hasta el hueso. Me incorporé en la cama y vaya si era real: tenía en los dedos un filamento de color blanco, transparente, y una pequeña burbuja gelatinosa pegada a la uña, que temblaba casi imperceptiblemente. Me lavé la herida y, temblando, guardé el filamento en un frasco vacío de pastillas. A la mañana siguiente ya no estaba. Pensé que había sido un sueño, una pesadilla despertada por la fatiga y la escasez de comida.
Los días se tornaron extraños. Comencé a notar que muchas de mis clientas —mujeres solteras, muchos ancianos— tenían la misma palidez en la piel, los ojos pesados, la voz que raspaba el aire. Pedían siempre los mismos medicamentos, impronunciables la mayoría. No era raro, pensé. Muchas personas caen en la rutina de los mismos males, las mismas soluciones, especialmente durante el invierno.
Pero al irme a dormir, sentía cada vez más la presencia de algo tras de mí, o dentro de mí. Algo pequeño, acurrucado en mi cabeza o en mis hombros. Y el pinchazo volvía. Una noche de insomnio, sentí que algo se movía por debajo de mi cuero cabelludo. Palpé la zona y mis dedos se hundieron en una irregularidad casi imperceptible. No había protuberancia ni herida, solo un temblor sutil, como el andar de una oruga invisible. Sin poder dormir, encendí la luz y revisé mi cama hasta debajo del colchón. No encontré nada.
Así fue cómo me convertí en uno de ellos.
Un día, la mujer volvió. Me quedé mirando su rostro de cerca al entregarle los medicamentos. Noté que desde la comisura de su boca salía un finísimo hilo y, por un segundo, pude ver detrás de su ojo derecho una sombra que se movía, ondulando bajo la piel como un pez atravesando una pecera. Me miró, y sentí que nos entendíamos.
Cerró su palma sobre la mía y, en un susurro, me dijo: “Ya sabe, ¿verdad?”.
No supe qué responder. Ella siguió: “Al principio duele. Pero pasa. Después… solo queda acostumbrarse”.
Esa noche, bajo el foco amarillento de la única lámpara del apartamento, sentí de nuevo el picor, mucho más intenso, como si algo quisiera salir de la piel de mi cuello. Me dirigí al baño y levanté el espejo. La mancha era apenas visible, pero debajo, el bulto crecía, apenas del tamaño de un guisante. Al tocarlo, un leve chasquido sonó dentro de mi cabeza, como si algo hubiera roto una delgada bolsa y derramado su contenido. Me aparté del espejo, temblando, y caí de rodillas al suelo.
Durante días, no fui al trabajo. Solo me arrastraba por el apartamento, tapando los espejos. Oía sonidos en las paredes: pequeños roces, crujidos cuando todo estaba en silencio. Como si cientos de patas hubieran despertado de un sueño. Dentro de mí, un ardor. El dolor de ese pequeño huésped recordándome su presencia.
Al volver a la farmacia, los ojos de los otros dependientes se llenaron de una súbita empatía. Reconocí en ellos los mismos movimientos rígidos de la mujer. Ya nadie me saludaba con voz natural; sus gestos eran lentos, estudiados, a veces asustados. Mucha gente guardaba silencio al entrar, y cuando pedían medicamentos, lo hacían apenas moviendo los labios.
La mujer no volvió, pero sí un anciano que cojeaba y tenía la piel adherida al cráneo. Sus ojos, vítreos, se hundían en la sombra de las cuencas. Me ofreció un paquete envuelto en papel de arroz. “La piel se cae. Al principio duele. Después, uno se acostumbra”, dijo, exactamente igual que la mujer. Sentí el impulso de preguntarle qué quería decir, pero no fui capaz.
De noche, el apartamento olía cada vez más a químicos. Mi cama estaba cubierta de pequeños residuos blanquecinos, como exuvias de insecto. Revivía los movimientos: cada vez que me acostaba, sentía como si al girar mi cabeza alguna parte de mi cráneo se desprendiera, dejando tras de sí una costra translúcida.
En el trabajo, empecé a espiar a los clientes recurrentes. Una tarde, seguí a uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años, hasta un edificio gris a dos cuadras. Esperé en la calle hasta que se hizo de noche. Vi a varias sombras subir y bajar, y cada tanto, una de ellas arrojaba algo por la ventana a una bolsa negra abajo, donde los perros callejeros se arrastraban y olfateaban sin atreverse a tocarla.
Me escondí tras unas cajas y, una vez que la calle quedó vacía, me acerqué a una de las bolsas. Con manos temblorosas, la abrí. Un olor rancio, a carne vieja y humedad, me revolvió las entrañas. Dentro encontré retazos de piel; algunas finas como papel de arroz, otras gruesas, con restos de sangre seca. Me aparté con asco. Al volver a casa, sentí que el bulto bajo mi piel se movía más ansioso esa noche, como si reconociera el riesgo y quisiera castigarme.
Cada día, una parte de mi piel se caía en filamentos pálidos, casi invisibles. Los recogía y tiraba al inodoro. Me preguntaba cuánto duraría así. Empecé a buscar médicos, pero los hospitales estaban llenos o decían estar ocupados. Nadie parecía saber qué hacer. Online, sólo encontraba foros anónimos en los que personas describían síntomas parecidos: “Siento que no soy yo”; “Pierdo partes de mí cada mañana”; “Hay algo dentro de mí que quiere salir”. Nunca había nombre, ni diagnóstico, ni cura.
La semana culminó con una sensación nueva: un hambre voraz. No era hambre de comida, sino de carne, de algo vivo. Me sorprendí oliendo las manos de mis clientes, sintiendo el aroma picante de la sangre bajo las uñas. Soñaba con gente arrancándose la piel y devorando el músculo fresco, rejuveneciéndose con él.
Una de esas noches, al mirarme al espejo, vi algo moviéndose dentro de mi garganta. Saqué la lengua, y un filamento blanco asomó, como un gusano ciego. Tragué de golpe y sentí el bulto ascender, ahogándome por un segundo. Caí de rodillas, desgarrando la garganta con arcadas. Y entonces, con un estertor, salió. Un pequeño organismo translúcido se deslizó hacia el suelo, convulsionando y brillando, como una larva naciente.
En ese instante, supe que haría lo mismo que los demás. Empecé a recolectar mi piel muerta y la de los otros, recogiendo los restos de mi cascarón nocturno en bolsas herméticas. Aprendí a no temer los sueños en los que devoraba la carne de los otros, en los que sentía como bajo mi propio rostro se gestaba algo nuevo, más allá de lo humano.
Una noche, cuando el bulto tras mi ojo creció tanto que me dolía mirar la luz, acudí al edificio gris. Toqué la puerta, y me abrieron. No cruzamos palabras. Recorrí el pasillo en penumbra, siguiendo el olor fétido de otras pieles, el ruido crujiente de cientos de pies deslizándose por el suelo. Me tendí en una de las colchonetas dispuestas en la sala principal. Los demás estaban allí, tendidos, deshaciéndose como yo, dejando atrás la envoltura viscosa del pasado.
Una mujer, quizás la misma de la farmacia, me miró: “Es así como comienza. No hay escapatoria. Solo queda mudarse de cuerpo hasta que encuentres uno que resista”.
Yo ya no era yo. Solo el recipiente del huésped. En mis sueños, era testigo de una ciudad entera mudando la piel, arrojando los desechos por las ventanas, alimentando larvas invisibles que los reemplazarían uno a uno. Sentí el hormigueo detrás de mis ojos; ellos habían entrado, y desde allí, miraban el mundo a través de mí. Nadie parecía notarlo, ni siquiera los perros que evitaban los montones de piel alrededor de los contenedores de basura.
Ahora cada noche repito el ritual: recojo mi piel, la tiro, acepto el hambre, dejo que el invader crezca en mi carne, sin intentar expulsarlo. Sé que mientras renuevo mi cuerpo, es solo cuestión de tiempo antes de que toda la ciudad —y después el país, y después el mundo— se convierta en hospedaje de esas criaturas sin nombre, viéndolo todo detrás de los ojos, robando la conciencia poco a poco, haciendo de los cuerpos solo un préstamo temporal.
Al despertar, el pinchazo en el cuello es lo único auténtico. Lo acaricio. Me digo que es mi carne, mi dolor, mi pensamiento. Pero en las noches, cuando ellos miran detrás de mis párpados, ya no estoy seguro de si la última piel, la más fina y transparente, aún me pertenece.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.