Portada del relato Las sombras de la Casa Oryon
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Fragmento:


La tormenta apenas comenzaba a gestarse cuando Edith llegó a la Casa Oryon. Las nubes se habían arremolinado en la frontera del horizonte horas antes, como un presagio, una advertencia para quien supiera leer los signos en la maleza que flanqueaba el camino. Al fondo del estrecho y agrietado sendero, las torres góticas de la mansión se erigían como colmillos, cortando la pálida luz vespertina, y su fachada, condenada al abandono y cubierta de hiedra y líquenes, semejaba un cadáver venerable al que la tierra se rehusaba a tragar.

Duración: 09:24

Las sombras de la Casa Oryon
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Texto de ajuste de pausa.

La tormenta apenas comenzaba a gestarse cuando Edith llegó a la Casa Oryon. Las nubes se habían arremolinado en la frontera del horizonte horas antes, como un presagio, una advertencia para quien supiera leer los signos en la maleza que flanqueaba el camino. Al fondo del estrecho y agrietado sendero, las torres góticas de la mansión se erigían como colmillos, cortando la pálida luz vespertina, y su fachada, condenada al abandono y cubierta de hiedra y líquenes, semejaba un cadáver venerable al que la tierra se rehusaba a tragar.

La Voz la recibió antes que cualquier persona. Edith distinguió unos lamentos al otro lado de los vitrales empañados, como si la casa entera gimiera su soledad al sentirse profanada por pies extranjeros. La puerta, pesada y negra, se abrió con un chirrido doloroso que reverberó en los corredores desiertos; adentro, el aire sabía a polvo, madera arcaica, y añejos secretos.

Edith, encorvando el paraguas en sus manos heladas, contempló su reflejo sobre los azulejos ennegrecidos. Se acordaba del miedo de la niñez: su madre, última habitante de la familia, le contaba historias amargas sobre Oryon y sus sinsabores, susurros que oscilaban entre lo trágico y lo impío. Pero ahora ella regresaba, heredera por obligación y por sangre, a cumplir la última voluntad de esa madre: quedarse cinco noches y cinco días en la mansión, para librarla definitivamente de su sombra maldita o, quizás, ser tomada por ella.

Aguardó un instante hasta que el corazón se le aquietó. Dejó el equipaje sobre el primer escalón y caminó hacia el salón principal. Las paredes estaban forradas de retratos: patriarcas enjutos de ojos vacíos, esposas ataviadas de luto, niños inexpresivos que apenas asomaban a la eternidad. Una capa de hollín detenía sus sonrisas en las penumbras. Al centro, bajo el candelabro chirriante colgado como un animal destripado, aguardaba la reliquia familiar: un órgano de tubos, su carcasa de ébano tatuada por la carcoma.

La primera noche cayó como un telón. La lluvia arremetió en cólera sobre los ventanales, y Edith escogió un cuarto cercano al vestíbulo, alejándose instintivamente de la escalera principal, la que ascendía hacia la zona prohibida: el ala este, la de la abuela Eloísa, madre de su madre, despeñada por la locura. Atormentada por pesadillas, dicen, Eloísa había sellado ese nivel con cadenas y cerraduras cuyos llaveros ya nadie guardaba. O eso pensó Edith, recordando los ritos de su madre al encender velas cada aniversario.

No logró conciliar el sueño completamente. Hacia las tres, se despertó al sentir un cambio en la presión de la habitación. Se sentó en la cama y escudriñó en la oscuridad: la lluvia adormecía, pero un murmullo nuevo reptaba por la casa. Era un sonido rítmico, mecánico, y, por un instante, le pareció oírlo desde el vestíbulo: un acorde, como si unos dedos invisibles tantearan el órgano. El salón estaba vacío, pero una de las teclas, la más aguda, vibraba aún. No pensó en fantasmas, sino en los fallos de la madera vieja; ignoró los escalofríos y regresó, agotada, a su habitación.

El segundo día fue de exploración. Vagó por cada sala, leyendo cartas amarillentas, hojeando diarios con grafías inclinadas, descomponiendo los secretos de su mismísima sangre en cada rincón. Descubrió a la hora del crepúsculo la portada sellada del ala este, con las cadenas como órganos calcificados. Percibió el frío que emanaba de allí; todo su instinto le gritaba que regresara, pero la curiosidad era más fuerte. Esa noche, volvió a sonar el órgano —tres notas graves ahora, tan profundas que hicieron vibrar el suelo—. Se armó de valor y, linterna en mano, entró al salón, atrapando apenas un suspiro en el aire antes de que el silencio devorara todo.

Al tercer día, la cordura empezó a agrietarse. Conversó con imágenes que su mente paría en los espejos bizcos —niños que blandían cuchillos, abuelos que arrastraban cruces de hierro— aunque cuando apartaba los ojos, sólo quedaba su contorno asustado. Los cuadros empezaron a cambiar, o eso creyó: ahora los retratados parecían más pálidos, sus pupilas más anchas, como si palidecieran cada vez que ella recorría el corredor. El órgano, esa noche, volvió a sonar. Era imposible, el mecanismo debía estar podrido y el viento no podría encender la música con tal intención. Edith, temblando, permaneció sentada frente a la puerta del salón toda la madrugada, con la linterna dirigida al teclado.

A las seis de la mañana, cuando el gris del alba rozaba los cristales, distinguió algo imposible: una figura, apenas formada por el polvo suspendido y la melancolía, sentada frente al instrumento. Caminó arrastrando los pies, sin poder apartar la mirada. Era una mujer niña, pelo canoso sobre el rostro, mirada extinguida. Parecía haber estado allí toda la noche, apenas visible, pulsando las teclas con dedos traslúcidos. Edith retrocedió de espaldas, huyendo, y notó que, tras ella, las risas infantiles rebotaban en las paredes, y todas las puertas del pasillo crujían, como monedas lanzadas en un templo abandonado.

La noche del cuarto día Edith resolvió terminar con la farsa. Bajó al sótano buscando herramientas para forzar el acceso al ala este, lo prohibido. Descubrió, sumidas en polvo, cajas repletas de huesos de animales, muñecas decapitadas y medallones inscriptos con plegarias. Sintió un sudor frío entre las vértebras cuando leyó uno de los diarios, el de Eloísa: “El sacrificio es la única melodía que complace a la Casa. No sólo la sangre; la memoria también aúlla si no tiene dueño.”

Esa noche, los sueños se tornaron presagio. Sintió a su madre, joven, sonriente, acariciándole el pelo con manos frías. Pero al abrir los ojos, vio las manos descarnadas de Eloísa rodeándola, hundiéndole las uñas en la frente con ternura abismal. “Toca”, siseó la figura, y la empujó hacia el salón. Edith despertó gritando, con el eco del órgano aún retumbando en el pecho. Bajó trastabillando las escaleras, dispuesta a abrir el ala este aunque la piel se le saliera por cada poro.

El candado cedió bajo la barra de hierro, con un grito agudo como de niño. Adentro, una negrura sólida, bañada sólo en el brillo de los retratos. En el centro, una tarima corroída donde una vez estuvo otro órgano, idéntico al del vestíbulo. Pero sobre la madera, lo que quedaba era sólo una mancha seca, color óxido: la sangre de la abuela, decían los rumores.

Las paredes rezumaban mensajes trazados con tiza y con carne. “La Promesa debe cumplirse”, “Cinco noches, cinco sangres”. Edith recorrió el lugar y al detenerse en la esquina distinguió unos ojos entre la penumbra: era su madre, o lo que quedaba de ella, con el vestido blanco raído y una mueca que no era sonrisa ni llanto. La figura avanzó y, por fin, el aire se quebró de odio y amor. “Debes volver a tocar. Una vez más, para nosotros”. Esa vez, la voz no venía del pasado, sino de la propia Edith, reconociendo el eco oscuro que le habitaba desde niña: la Casa llamaba a su heredera.

Cuando intentó retroceder, Eloísa y su madre la acorralaron; sus dedos, ahora firmes y carnosos, la obligaron a seguir hasta el vestíbulo. El órgano aguardaba con la tapa ya alzada, las teclas vibrando impacientes como dientes de una bestia. En cada retrato, los ancestros la miraban, y podía jurar que varios descendían lentamente de sus marcos, patinando en el aire estancado.

Edith luchó, pero su voluntad cedía como madera podrida al peso de la tormenta. Se sentó al teclado y, no sabiendo cómo, ejecutó una melodía que sólo la Casa había oído: una marcha fúnebre, y una nana, y el grito de cien generaciones mezclados. Los retratos palpitaban, y el salón se llenó de sombras danzantes. La abuela, en el ala este, lloraba con cada acorde. La madre se volvía apenas un soplo tras ella.

Al tocar la nota final, Edith supo que algo se había roto y algo nacido en ese ritual. De pronto, cesó la lluvia, y el silencio se asentó como una tumba. Toda la casa quedó quieta, expectante. Se levantó, sintiendo el cuerpo limpio —demasiado ligero—. Vio las marcas de sangre en la tapa del órgano: su propia sangre, que le goteaba de los dedos sin dolor.

Al levantar la mirada, Edith comprendió: ya no era completamente ella. La Casa la había devorado, y la memoria de su linaje continuaba pulsando en cada rincón, tocando noche tras noche para espantar el olvido, esperando la llegada de otro heredero, otra promesa. Oyó el primer trueno lejano cuando su sombra se confundió con la de Eloísa y su madre, y supo que no abandonaría Oryon jamás. Afuera, el amanecer sólo era la luz de otra tempestad en ciernes.

Porque la Casa no busca paz ni redención, sólo alimento: corazones que palpite el miedo, dedos que ejecuten viejas melodías, sangre que ofrendar en cada aniversario. Y ni Dios ni el Diablo tienen ya poder sobre Oryon. Allí, reinan los muertos —y el eco interminable de la última nota.

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