Portada del relato El espejo de la galería
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Fragmento:


—De niña, —dijo entonces Margaux— me encerraban aquí como castigo. "Para que reflexione sobre su carácter", decía mi madre. Jamás entendieron que esta galería es un purgatorio. Aquí lo que se refleja no es tu rostro, sino tu verdadero crimen.

Duración: 08:39

El espejo de la galería
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Texto de ajuste de pausa.

Como acostumbra la luna a terciar entre las copas del parque, la mansión de los Hérvaux parecía más una isla embrujada que una construcción humana. Eran las once de la noche cuando Élise traspasó el umbral con la intención de no volver a mirar atrás, aunque la llovizna de principios de noviembre invitara a recordarlo todo. No era la primera vez que visitaba Villa Denisse a esas horas, pero sí la primera en que lo hacía movida por el rencor y la sospecha, en vez del deseo. Casi podía distinguir desde la escalinata el aroma a gardenias y ropa pobremente aireada que se filtraba por los ventanales traqueteantes, mientras la luz macilenta de las lámparas apenas lograba perforar la seda de las cortinas.

La cita había sido convenida sin miramientos, por medio de una carta cuya letra temblorosa solo podía pertenecer a Margaux. "Ven sola. A las once. No traigas más que tu corazón herido", rezaba el papel, y la firma insinuaba de forma perversa una fraternidad femenina que a Élise le resultaba por completo detestable. Cierto era que Margaux, esposa de Charles Hérvaux desde hacía veinte años, había sido por largo tiempo amiga y confidente de Élise. Hasta que en la última primavera, el anhelo y la soledad las condujeron a compartir el mismo hombre, sin saber al principio —o sin querer admitir— que habían llegado a las mismas visitas furtivas, a los mismos ruegos ahogados en los pasillos interminables.

Hubiera podido no acudir, quedarse encerrada en su petit appartement, forjando explicaciones y diciéndose que Margaux, decadente y frustrada, buscaba solo la humillación pública. Pero la forma en que aquella carta hacía alusión a lugares y recuerdos velados —un laúd roto, una muñeca de porcelana oculta en la chimenea de mármol— le parecía un último y amargo llamado a la piedad entre compañeras perdidas. Así que cruzó, enfundada en su capa de terciopelo azul, el largo corredor gótico que separaba la entrada del corazón de la casa, cuyos muros rezumaban perfumes de otro siglo y promesas incumplidas.

La Galerie des Miroirs la esperaba al final del pasillo, iluminada débilmente por una hilera de candelabros de plata. Doce espejos enfrentados, herencia de los abuelos maternos de Margaux, multiplicaban hasta el infinito el reflejo de la cólera de quienes se arriesgaban a atravesarla. Allí estaba Margaux, sentada en la butaca tapizada de terciopelo dorado, con el rostro envuelto en la penumbra. El semblante era una mezcla de resignación y victoria. Era la Margaux de toda la vida —la mujer que sabía manejar los secretos—, pero sus ojos poseían una frialdad distinta, un fulgor de fiereza resignada que Élise nunca le había visto.

—Te esperaba —dijo Margaux, sin tenderle la mano ni invitarla a sentarse—. He dejado que el destino dictara cuánto tardarías en entregarte a la verdad, Élise. Y aquí te tengo.

—¿Qué verdad? —replicó ella, con un esbozo de desafío—. Si tus intenciones son las que imagino, puedes ahorrarme la moral y el escándalo. Nada que digas curará lo que has consentido.

Margaux sonrió, mostrando los dientes al modo de una loba vieja.

—No te he llamado para escarnios, ni para duelos de dignidad femenina. Charles no está en la casa; no vendrá esta noche. Pero tú y yo, queridísima, sí. Porque compartimos algo más que un hombre: compartimos una deuda.

El viento apretó por los ventanales y arrastró una melodía doliente. Élise se detuvo a observar los espejos: en cada uno se multiplicaban los recuerdos y los remordimientos como víboras que mudan de piel. Uno en particular, el que estaba más próximo a la esquina, le devolvía el rostro de Margaux… pero había en él una negrura inconsistente, un segundo plano de movimiento, como si el reflejo deformara el contorno de los cuerpos y les añadiera sombras independientes.

—De niña, —dijo entonces Margaux— me encerraban aquí como castigo. "Para que reflexione sobre su carácter", decía mi madre. Jamás entendieron que esta galería es un purgatorio. Aquí lo que se refleja no es tu rostro, sino tu verdadero crimen.

Élise, fascinada y acongojada a la vez, intentó desviar la conversación.

—Si he pecado, Margaux, no he sido la única. El espejo no distingue entre amantes ni esposas. ¿A qué quieres llegar con esto?

Un murmullo, tan suave como el roce de encajes sobre madera, atravesó la sala. Margaux se incorporó sin dejar de mirar a Élise.

—Te equivocas. Hay un espejo que distingue. Hay uno, aquí, que me devolvió a Charles cuando lo creía perdido. Que me susurró lo que debías hacer para retener —o destruir— el amor de alguien. No es magia para jovenzuelas, Élise. Es la maldición de quienes traspasan ciertos límites.

Elíse trató de reír, pero la risa se le quebró en la garganta. Margaux se acercó al cristal ennegrecido de la esquina, aquel que parecía resistirse a reflejar por completo el contorno de las dos mujeres. La humedad y el polvo formaban arabescos en la superficie, pero se podía vislumbrar, al fondo, una figura oscura que no era ninguna de las presentes.

—Si te miro aquí —prosiguió Margaux, con un dejo de histeria—, lo veo todo: cómo Charles te besó en la marquesina durante la tormenta; cómo te murmuró que solo contigo sentía el pulso de la vida. Y también veo… veo lo otro. Veo lo que has traído contigo esta noche, Élise.

La joven sintió el pulso acelerársele. Siempre había intuido en Charles una inclinación hacia lo prohibido, un goce casi perverso en precipitar a los demás a la autodestrucción. Pero no quería reconocérselo a Margaux, no en ese espacio lleno de penitencia y expectación.

—¿Qué ves, entonces? —farfulló—. Dilo, si tanto deseas el sacrificio.

La luz de los candelabros titiló. El eco de una campanada lejana —quizás la iglesia de Mersault— vibró en las paredes, y el espejo ennegreció aún más, hasta parecer una boca abierta al abismo.

—Veo al hombre que las tuvo a las dos —musitó Margaux—. Que prometió cumplir sus votos en secreto a cada una. Pero veo también a la mujer que cometió traición no solo a otra mujer, sino… —la voz se volvió un susurro casi infantil— ...a sí misma. Y el espejo reclama justicia.

Un leve silbido se asomó entre las cortinas. Élise, cuya entereza comenzaba a tambalear, sintió en la nuca la caricia gélida de un aliento sin dueño. Trató de mirar a Margaux, pero la mujer ya no se movía; era apenas una figura detenida frente al espejo, con los dedos extendidos como garfios hacia el vidrio empañado.

Entonces la visión cambió. Élise creyó ver no su propio rostro, ni el de Margaux. Se trataba de alguien más, una silueta larguirucha, embutida en harapos, con unos ojos demasiado claros y una sonrisa lacerante. Un hombre que, lentamente, avanzó en el reflejo, hasta cruzar el umbral espejado y colocarse entre las dos mujeres, sin pertenecer jamás al mundo real. Era Charles. Pero era mucho más que él: era el eco de todos los hombres que alguna vez jugaron a la traición y al deseo por igual.

Margaux sollozó, por primera vez en años.

—¿Lo ves, Élise? Aquí nos va desposeer, a ambas, para siempre. Aquí no hay redención para quienes cambiaron la pasión por la miseria y la expectativa.

Elíse sintió un dolor helado en el pecho. Trató de retroceder, llevándose la mano al cuello. En ese instante, el espejo estalló, proyectando una lluvia de esquirlas que ni siquiera alcanzó a herirlas físicamente. Fueron heridas mentales, heridas de otra época, que dejaron tras de sí una visión de la galería completamente a oscuras.

Cuando las velas titilaron y Élise pudo volver a ver, Margaux había desaparecido. El único resto de su presencia era el leve perfume a gardenias, mezclado con sangre y ceniza.

Durante largo rato, Élise quedó paralizada ante el manchón negro en la pared, sombra del espejo que ya no existía. Cedió finalmente al llanto sordo, y en el eco de sus sollozos, pareció escuchar la risa grave —un eco carnicero, inhumano— de Charles. Comprendió entonces que había sucumbido a su hechizo por segunda vez: primero en vida, ahora más allá del pálido vidrio.

Al salir de la galería, tambaleante, Élise no recordaba bien cómo había cruzado el corredor ni descendido la escalinata. La mansión de los Hérvaux dormía ya en el sopor del amanecer, con sus demonios hechos jirones. Solo las sombras de las infidelidades —y de los ausentes— seguían vagando en la galería, buscando cuerpos en los que encarnarse. Buscaron, sobre todo, un corazón herido. Y lo hallaron, tembloroso y dispuesto, en algún rincón donde no llegan ni los susurros ni la expiación.

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