Fragmento:
Al acelerar el paso envuelta en su capa negra, Lady Carroway reconoció el terror primigenio de la infancia. Recordó entonces un secreto: el breve y funesto episodio de la muerte de su hermana Marian en la naturaleza de esa casa, cuando ambas eran apenas niñas, un episodio del cual jamás se habló, envuelto entre gritos y susurros, bajo los pinos que rozaban el cielo. Marian, sí, Marian, que yacía bajo tierra húmeda en el mausoleo familiar… pero, como la propia Lady Carroway diría muchos años después, nunca estaba demasiado segura de que Marian siguiera allí.
Duración: 08:50
Las campanas de la medianoche habían cesado su resonar hacía escasos minutos, aunque su eco parecía persistir en cada rincón, como latido invisible de la mansión Dunbridge. Sin embargo, el silencio que se cernió sobre los muros de piedra fue mucho más temible: traía consigo esa opresión invisible y viscosa que asfixiaba todo pensamiento liliputiense de alma endeble. Afuera, la noche era una tumba humedecida en bruma, y un crespón de nubes escurría su ponzoña sobre los vitrales azules, dándoles, por vez primera, el fulgor macilento del más allá.
Lady Carroway no era mujer entregada a fantasías, ni a los miedos de las criadas ni al frufrú de los vestidos desvaneciéndose tras las puertas. Pero esa noche, mientras paseaba con paso firme por la enorme galería colmada de retratos familiares, percibió un cambio en la atmósfera: algo –un hálito glacial, un remolino de polvillo invisible– la rozó los tobillos, y algo la hizo mirar, casi por instinto, el gran tapiz flamenco al costado de la escalera. El tapiz no se movió. Los ojos bordados del ciervo seguían mirando hacia ninguna parte, pero en las sombras junto a su pezuña, juraría haber visto un resplandor lúgubre, como si los hilos hubiesen tomado vida bajo la luna.
Al acelerar el paso envuelta en su capa negra, Lady Carroway reconoció el terror primigenio de la infancia. Recordó entonces un secreto: el breve y funesto episodio de la muerte de su hermana Marian en la naturaleza de esa casa, cuando ambas eran apenas niñas, un episodio del cual jamás se habló, envuelto entre gritos y susurros, bajo los pinos que rozaban el cielo. Marian, sí, Marian, que yacía bajo tierra húmeda en el mausoleo familiar… pero, como la propia Lady Carroway diría muchos años después, nunca estaba demasiado segura de que Marian siguiera allí.
Cruzó la galería hasta el gran salón, cuyas ventanas reflejaban las pocas luces mortecinas como ojos demasiado grandes y fríos, ojos que la vigilaban incluso al tiempo en que se sentaba, exánime, en la butaca de terciopelo raído. Allí, donde la vieja lámpara de aceite lanzaba espasmos de luz, la silueta de la chimenea reclamaba el trono del abismo. Oyó entonces un lamento. Bajísimo, como jadeo de serpiente, como el rumor del viento entre las chimeneas desmoronadas del ala este. Aguzó la mirada; nada, sólo las cenizas humeantes y el ruido sordo de sus propios latidos.
Mas, no bien se inclinó hacia el fuego para añadir un leño, percibió un nuevo sonido: pasos… pasos que no podía atribuirse a sí misma, lentos, sigilosos, arrastrando quizá una pierna, como si la carne en descomposición se negase a sostener un peso aún atado a este mundo. Lady Carroway tragó saliva y se vio asaltada por una certeza: no estaba sola en la mansión.
El reloj de pie marcó la una en punto; cada tañido era como un golpe de martillo en la bóveda de sus recuerdos. Robusta, altiva en apariencia, Lady Carroway se armó de valor y cruzó de nuevo el vestíbulo, rumbo a la biblioteca, lugar donde antaño Marian y ella inventaban historias de monstruos para asustar a las niñeras. Al franquear la pesada puerta, el aire cambió. Un hedor sepulcral, húmedo y antiguo, herrumbroso casi, la golpeó como un portazo en la cara. La ventana estaba entornada, y la noche intentaba arremeter adentro con todo sus bríos; sin embargo, se sintió observada.
Sobre la alfombra, una mancha de humedad trazaba formas caprichosas. Aquella era la misma alfombra bajo la que, siendo niñas, habían escondido un pequeño medallón con retrato de su madre y un mechón de cabello de Marian, tras una disputa infantil. En ese instante, como si hubiese sido invocado por la proximidad de aquellos recuerdos, el medallón se deslizó, sin manos visibles, fuera de su escondite, girando sobre sí mismo, hasta detenerse a escasos centímetros de la punta de la bota de Lady Carroway.
La mirada de la mujer se fijó en el objeto, paralizada; un resplandor enfermizo, antinatural, emanaba de él, palpitando como un corazón que no hubiese aprendido a cesar en su latir, mucho después de muerto su poseedor. Sin poder evitarlo, Lady Carroway arrodillóse sobre la alfombra, tomó el medallón y lo abrió con torpe desespero. Dentro, el retrato oval de Marian la miró, sonriente, pero con un matiz pervertido en la comisura de los labios, una sonrisa que no era la de su hermana, sino la de algo que usaba su rostro para reírse de la vida.
De improviso, la luz de la lámpara pareció estallar en llamas por un segundo; luego, la biblioteca quedó sumida en penumbra. Alguien hablaba detrás de ella, o más bien murmuraba su nombre, arrastrando las sílabas, llenándolas del eco de una tumba olvidada bajo los sauces. “Elizabeth…”
Lady Carroway no se atrevió a girar el rostro. “Marian”, susurró, y su voz fue apenas un soplo. El aire se hizo más denso; el silencio, más profundo y desesperante. “¿Por qué me llamas?”, se atrevió finalmente.
La brisa, helada como aliento cadavérico, apagó lo monstruoso de los recuerdos y, en cambio, acentuó la extrañeza del presente. “He vuelto —dijo la voz—. Es tarde, muy tarde. Pero estoy aquí”.
El medallón cayó de sus manos, y tocó la alfombra sin ruido. Una mano, pálida y goteando un fango negruzco, emergió de la oscuridad entre los anaqueles, y rozó el dorso de su cuello. Lady Carroway sintió el frío de la fosa, el peso de los años sepultados y el zumbido ronco de cientos de insectos invadiendo el silencio. Quiso correr, pero sus piernas se negaron. Lo único que pudo hacer fue girar, muy despacio.
Allí estaba Marian, o más bien, lo que restaba de ella. Los ojos, tan grises como la luna llena, eran dos orbes abisales llenos de reproche y olvido. Su vestido de comunión colgaba raído y mugriento, y su cabello, antes dorado, caía en madejas húmedas y terrosas sobre un rostro tumefacto y desencajado. “Tienes frío, Lizzy”, murmuró la aparición, “déjame abrazarte”.
El grito quedó atrapado en la garganta de Lady Carroway. Un olor putrefacto la envolvió, y sintió cómo los brazos que la rodearon no eran sino ligamentos y huesos apenas recubiertos de piel. Con todas sus fuerzas, logró zafarse, lanzando una patada al aire vacío. Tropezó con una silla, rodó por el suelo y logró ponerse en pie.
“¡No me dejes!” chilló algo detrás de ella, hay un fogonazo de desesperación en la voz fantasmal. La mujer corrió por el salón, bajó la escalera principal dejando caer candelabros y retratos antiguos a su paso, cada objeto se estrellaba tras de sí y rugía como aullido de alma encadenada.
Llegó a la capilla familiar, a la sombra bendecida por una cruz de hierro oxidado y la escasa luz de una luna temblona filtrada por vitrales rotos. Los ataúdes de los Carroway reposaban alineados como viejas piezas de ajedrez, y Lady Carroway se arrojó de rodillas frente a la segunda lápida. “¡Perdón, Marian, perdón por todo!”, chilló entre sollozos.
La figura de Marian la siguió incluso allí. El frío era mayor, y el eco de las plegarias infantiles se elevaba en el polvo de siglos. “Tarde, Lizzy. Muy tarde”, respondió la aparición, cuyas huellas negras manchaban el mármol del sepulcro. El rostro cambiante de Marian –a veces joven, a veces demacrado y poblado de cicatrices, a veces una calavera sonriente– llenó el aire de formas imposibles, de sombras más densas que la noche misma.
Pero algo, quizá la súbita compasión de un dios ausente o la fuerza última de la sangre, hizo que el espectro detuviese su avance. “Dime… ¿me recuerdas como fui o como soy?”, preguntó. Elizabeth hundió las uñas en el mármol. “Como fuiste. Antes del pozo… antes… de la noche…”.
La sombra tembló, y por un instante, la sala fue un mar de nostalgias y llantos remotos. “No fue tu culpa”, dijo la voz, ya más lejana, disolviéndose en la escarcha del aire. “Pero ahora, yo soy parte de esta casa. Para siempre”.
Lady Carroway, de rodillas aún, temblando, presenció cómo la figura se deshacía en la penumbra, en una niebla de azules y plateados, en el mismo perfume marchito que su hermana llevaba de niña. Permaneció mucho tiempo allí, a solas, hasta que los primeros zorzales del amanecer rayaron la noche y la mansión, al fin, pudo respirar.
Pero desde entonces, cada medianoche, en la Mansión Dunbridge, una figura revestida de encajes desgarrados recorre la galería, arrastrando tras de sí el eco de la muerte y el peso, espeso y sucio, de los viejos rencores.
Y la vida, en ese lugar, se siente como una leve pausa entre dos terrores de sombra —el de nacer y el de recordar.
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