A los cinco años pasados de la muerte de mi madrina, recibí la noticia de que la casa de los Méndez pasaba a mi nombre. Era, sin duda, una herencia envenenada. La recordaba apenas: cobijada entre muros gruesos, siempre fría, de esos suelos que devolvían aumentados los crujidos, el aire denso como si destilara una humedad nunca librada. Y, por supuesto, las raíces. Alrededor del caserón crecían árboles torcidos, casi sumergidos en la tierra, como si la misma finca negara a dejarse despojar de la vida hasta ser arrancada de cuajo.
El coche chirrió hasta detenerse delante de la verja. La escarchada luz de la tarde tejía hilos descoloridos en las ramas. Una niebla perezosa lamía las piedras, cubriéndolo todo de una capa lechosa. Por una fracción de segundo, sentí la certeza de que la niebla no había descendido: subía, en cambio, filtrando desde los cimientos hacia el mundo.
Me recibió el mayordomo, Ernesto, que con los años se ha encogido y cuyas manos tiemblan apenas, nerviosas y sutiles, como las de un burócrata obligado a tomar partido en un asunto moralmente torcido.
—Señor —dijo, sin mirarme—, he encendido el fuego en la biblioteca. No va a querer usted recorrer la planta baja después de cierta hora.
No pregunté por qué. Recordaba trozos del miedo infantil: voces detrás de los paneles, ratones que chillaban, grietas que nunca se subsanaban, y el rumor durísimo de mi madrina recitando letanías en la oscuridad. Todo aquí era un alivio a medias, una tregua inestable que uno rompía apenas con respirar demasiado fuerte.
Cené un plato sencillo y subí a la habitación que había sido de mi madre. Era como entrar en un escarabajo: los muebles listados de sombras, espejos polvorientos donde uno parecía ver, por un desfase apenas perceptible, otra estancia al fondo del vidrio, agujereada por el eco de pasos desvaneciéndose.
Pedí un vaso de coñac y un crucifijo de la despensa. Ernesto me miró por primera vez.
—¿Para qué, señor?
Quise mentir, pero sentí la violencia del aire oprimiendo mis costillas.
—Por si las dudas.
Asintió como si aprobara un gesto digno y retrocedió hacia el pasillo, sus pies produciendo un tenue roce sobre la alfombra, y desapareció.
La primera noche fue menos una irrupción de sueños y más un letargo detrás de los ojos, con trozos de sombra especulando sobre mi presencia. Alguien —o algo— acompañaba los tramos de mis pensamientos como una sibilancia, sobre mi hombro en la oscuridad. Desperté sudando y apenas abrí los ojos no supe durante un momento en qué siglo estaba.
A la mañana siguiente, Ernesto anunció la visita del padre Ignacio. Dudé, sacudí la duda como un animal muerto de pena en la lengua.
—Han empezado otra vez —dijo Ernesto, y se apretó los dedos nerviosamente—. Desde la muerte de la señora. Pequeños cambios. Voces en la escalera. Los gatos. El olor.
El padre Ignacio era joven, con unos modos tan ajenos a lo abyecto que su sola presencia me pareció una impertinencia, una luz blanca impuesta a una negrura demasiado educada en el arte de retroceder. Me miró con piedad, con la certidumbre de quien ha nacido ya convencido de la existencia del infierno.
—No es solo la antigüedad de la casa. Las casas viejas acumulan otras cosas. Sobran las paredes, pero nunca los susurros. Señor Méndez, le aconsejo que me deje examinar el lugar.
Asentí. Era mucho peor pelear contra algo no hablado. Recorrimos juntos los pasillos hinchados de humedad. Desde uno de ellos, escuché el susurro de mi nombre —ese nombre pronunciado en voz baja que, de niño, temía escuchar en la noche, y que ahora volvía del fondo de la madera, goteando entre los clavos. El padre Ignacio apenas frunció el ceño y murmuró un padrenuestro.
No tardaron en sucederse los incidentes: pasos, olor acre, una persistente corriente helada en la sala roja. Y luego la fotografía, caída de espaldas en el corredor, con el marco arañado por dentro y pequeñas manchas oscurísimas allí donde había quedado boca abajo. Ernesto apenas soportó ya el estar en el interior de la casa pasada la hora azul. Una criada escapó tras ver, juró, a la difunta señora rezando en el jardín bajo la higuera, a pesar de que estaba, por supuesto, enterrada en el cementerio familiar desde hacía más de cinco años.
El padre Ignacio me urgió con palabras muy suaves a preparar la capilla familiar. Fuimos a ese cuarto tapiado desde la muerte repentina de mi abuelo. Al destaparlo salieron, literalmente, multitudes de insectos, costras de moho, y un hedor a animal muerto. Fue entonces cuando, en la penumbra, creí distinguir una grieta, fina y vertical, recorriendo toda la madera detrás del altar.
El padre Ignacio acercó su cara, lívida, y fue apenas un roce de dedos lo que bastó para desencadenar el frío. No era, en ese instante, un frío físico: era la brusca y brutal ausencia de todo el calor posible, la certeza física de un abismo que susurraba desde la grieta y me invitaba, con voz que podría haber sido la de mi madre o la de la casa misma, a poner la frente contra la madera y escuchar del otro lado.
El exorcismo fue fijado para tres días después.
Durante la noche, los signos se intensificaron. Soñé con mi madrina, cuyos ojos estaban arrancados y en su lugar lucía un par de anémonas pálidas y exquisitamente palpitantes. Despertaba con los músculos entumecidos, torpe de andar, obligando a mi cuerpo a sobreponerse a una gravedad incrementada por el odio. Ernesto fue encontrado rezando de rodillas en el rellano, decir, no rezando: mascullando en un idioma imposible, desgarrando de vez en cuando un chillido de pura animalidad.
A la hora elegida, el padre Ignacio dispuso los objetos sagrados: agua bendita, estolas, crucifijos, un libro que parecía doblar el aire a su alrededor. El viento afuera había cambiado de dirección; ningún pájaro se detenía ya ni sobre las barandas.
Recitó con voz segura, de rito aprendido. Y la grieta pareció respirar; se ensanchaba, luego exhalaba aire caliente y fofo. Ernesto empezó a temblar, y la criada se marchó, tapándose la boca, como si pudiera atragantarse el mal con un simple trapo.
El padre Ignacio avanzó de frente, como si cada paso supusiera esfuerzo extraordinario. Apenas roció agua, el muro trasudó una espuma aceitosa, y el crucifijo en su mano —lo juro— se precipitó hacia la madera, como si imantado, descartando la gravedad.
De la grieta salió un murmullo, esa letanía abortada nocturna: y de repente la comprendí, recordando la voz áspera de mi madrina, su terca oración a oscuras. Pero era demasiado tarde. El padre Ignacio gritó:
—¡In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti!
El muro vibró. Una masa densa emergió, sombra enredada con las raíces mismas de la casa, chorreando espinas y polvo lodoso. Me sentí arrastrado, primero en la cabeza y después en el pecho, como si me extrajeran los sueños y los lanzaran al piso como animales retorciéndose.
Entonces la luz. Un latigazo claro, por la ventana, como una luna multiplicada y furiosa. El padre Ignacio, boqueando, me agarró la muñeca.
—No tema. Recuerde los suyos. Si la casa lo llama, recuerde quién es usted.
El ente, esa configuración de rencor y deseo, se postró un instante ante el altar derruido; después se dobló hacia sí mismo, buscando, supongo, el núcleo de su anhelo (mi carne, mi alma, quién sabe). Las raíces bajo la casa se quebraron, retorcidas. Un rumor de aguas sordas lo llenó todo.
Tanta fue la presión que mis uñas sangraron contra las palmas. El padre Ignacio gritaba oraciones tan rápido que tropezaba en las palabras.
Un crujido devastador, seco, como si algo viejo y ensortijado se partiera, y la grieta escupió su negrura; pero junto a ella, la madera se cubrió de relieves —como dedos hundidos, manos de niños, y en la penumbra, los rostros de todos quienes habían habitado este lugar. La forma, presa en la grieta, se arqueó hacia la estancia, pero el propio altar se desplazó, rechinando, para cerrarla como una tapa.
El silencio sucedió como un colapso interno. En el aire quedó una ceniza blanquecina, flotando, y la sensación de que el tiempo había dado un doblez inesperado. El padre Ignacio colapsó junto al altar. Sus manos rezumaban sangre de entre los nudillos.
Cuando por fin pudimos movernos, lo saqué, desorientado, hacia el jardín. Crucé la mirada con Ernesto, que ni siquiera parecía reconocerme. El sol se multiplicaba, irregular, sobre los tejados empapados; la casa parecía aliviada, pero a la vez, más anciana. Respiraba, como si guardara, en su profundidad, una última palabra no dicha.
El padre Ignacio se recuperó lentamente. Me advirtió:
—No todos los exorcismos expulsan el mal; algunos solo lo convencen de aprender a esperar más profundo.
Hoy duermo con las persianas abiertas y la luz siempre a la mano. A veces entiendo —en esos instantes donde la niebla sube desde el suelo, y la madera murmura mi nombre como si la gravedad se hubiese roto— que el corazón de la casa late todavía.
Pero escucho. Ahora sé distinguir los susurros; entre ellos, hay uno que parece una plegaria de espaldas, como si implorara a algo que respira por debajo. Quizás sea el eco de mis propios miedos, o el regalo definitivo de la herencia maldita: no la presencia, no la sombra, sino un oído sutil, dispuesto a registrar la fractura minúscula del alma la noche en que la raíz negra vuelva a llamarme desde el muro hendido.
Hasta entonces, solo caben el silencio, la vigilia, y el peso persistente de ese crucifijo que jamás me atrevo a dejar fuera del alcance, por si alguna noche, en la corteza de los sueños, una voz sin rostro comienza de nuevo a rezar, y yo, sin pensarlo, contesto.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.