Portada del relato La Niebla de Mortlake
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Fragmento:


—Hay algo que nunca nos dejó. Nuestras manos no sellaron esa puerta, aunque creamos que sí. Esto… esto sigue creciendo.

Duración: 10:50

La Niebla de Mortlake
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Texto de ajuste de pausa.

La primera bruma de la noche se arremolinaba como dedos grises en el jardín de Mortlake Hall, insinuando formas y figuras imposibles a quien fuera suficientemente crédulo –o condenado– como para prestarles su atención. Los muros, vestidos con musgo y una letanía de grietas, exhalaban el frío y la persistente humedad de la casa hacia el pecho de quien la observaba desde los portones de hierro. Tan sólo una ventana del ala sur parpadeaba con la promesa de luz: amarilla, mórbida, como la pupila de un gato que hube visto en sueños y no me atrevía a recordar.

Era en esa noche –con la luna rompiéndose a cucharadas detrás de un enjambre de nubes—cuando regresé a Mortlake. Había pasado años evitándola, envolviendo mis recuerdos en grabados decimonónicos y relatos que sólo los vividores o los locos se permitían contar en la ciudad. Pero la carta, esa carta, me había llegado en un sobre lacrado y antiguo, oliendo a tierra mojada y a lirios casi podridos, con mi nombre garabateado como una profecía. Mi primo, el último de los Leith, reclamaba mi presencia. “No por voluntad, ni por fraternidad”, escribió, “sino porque el mal tiene hambre”.

Atravesé el portón, rechinando como labios resecos, y me adentré en la penumbra. Las piedras del camino, irregulares y mordidas por raíces invisibles, parecían sujetarme los tobillos y arrastrarme hacia la casa. Daba la impresión de que todo el lugar, de alguna forma perversa, respiraba.

Apenas crucé la entrada, la puerta se cerró tras de mí con una violencia sorda, empujada por una corriente helada que se retorció entre mis costillas. El vestíbulo—tapizado en un rojo tapiz manchado de humedad—se abría a un largo corredor. Cada paso que daba crepitaba en la madera, amplificando el sonido en una letanía imposible de ignorar. Los retratos de antepasados me observaban con ojillos de pez muerto, cargados de una malevolencia sorda, y en su presencia uno sentía cómo los hombros se encorvaban y la cabeza dolía.

Mi primo estaba en la biblioteca, espigado y casi translúcido a la luz de las velas. No había cabello en su cabeza, y sus manos parecían hechas de ramas secas. La piel se pegaba a sus pómulos, y sus ojos, tan verdes que lastimaban, me traspasaron con una mezcla de júbilo y terror.

—Has venido, —susurró, y cada lámpara en la sala titiló como ante un viento invisible—. Lo sabían.

No pregunté quiénes.

Nos sentamos en silencio, las sombras escalando los muros hasta mezclarse con las manchas de humedad. Sobre la mesa de nogal, mi primo había dispuesto un cenicero lleno de ceniza grisácea y una llave de hierro ennegrecida.

—Sabes lo que es este lugar —dijo, frotando la llave entre los nudillos—. Sabes lo que encontramos aquí de pequeños.

El ala este. La puerta sellada con cera y clavos —un pasillo profanado por un error infantil y sellado después por las manos temblorosas de mi tío Edwin—. Recordaba la sensación de hormigueo en la nuca, la electricidad en la yema de los dedos cuando nos aproximábamos, y esas noches de sueños febriles en las que la madera parecía susurrar desde la profundidad de la casa.

—Creí que habíamos dejado todo eso atrás, Hal, —dije, aunque mi voz era sólo un murmullo.

Pero Hal negó con la cabeza. En su rostro se dibujó el rastro de mil pesadillas.

—Hay algo que nunca nos dejó. Nuestras manos no sellaron esa puerta, aunque creamos que sí. Esto… esto sigue creciendo.

Alzó la mano y me di cuenta de una presión inexplicable en mi pecho, como si una banda de acero invisible me rodeara las costillas. Por un instante, juro que vi la llave levitar un centímetro sobre la palma de mi primo antes de caer con un ruido sordo en la madera. Hal bajó la mirada, azorado.

—A veces sueño que no soy yo el que mueve las cosas —murmuró— sino que ellas me mueven a mí.

La llave rodó hacia el borde de la mesa, y ningún de los dos la tocó.

El silencio se hizo denso, casi líquido. Me levanté antes de comprender por qué, y Hal, sin mirarme, susurró:

—Va a empezar otra vez. Esta vez… me ayudará.

Recorrí la casa después de dejarlo allí, acurrucado en su sillón. La atmósfera había cambiado: algo acechaba, invisible pero tan tangible como una punzada de hielo. La iluminación vacilaba, corazones de luz atrapados en los candelabros enrojecidos por el polvo, que parecían encogerse y palpitar con cada estallido de mis propios latidos.

Llegué al ala este, la zona proscrita de Mortlake. La puerta, que creía condenada, tenía la cerradura abierta; la cera derretida y vieja marcaba la superficie de la madera como una úlcera blanca.

El aire estaba quieto, estancado y acre. Entrar era como sumergirse en agua sucia: el pasado pesaba sobre los hombros, y los susurros de las viejas persianas parecían arrastrarse por mi columna vertebral.

No encendí la luz. Caminé a tientas, rozando las paredes agrietadas, oliendo un dulzor rancio. Una sensación de mareo me asaltó cuando el pasillo se ensanchó en una sala circular, antiguamente la sala de juegos. Aquí fue donde, años atrás, movidos por un capricho perverso y la repulsión invencible de la niñez, Hal y yo habíamos improvisado una sesión de espiritismo tras descubrir el diario de mi tío. Jugamos a desenterrar secretos, a convocar lo inexplicable; jugamos a no tener miedo.

Pero el miedo vino, y no se fue.

La habitación tenía una cúpula rota desde la que colgaban jirones de tela y telarañas. Había marcas en el suelo, apenas visibles bajo el polvo: círculos, nombres caligrafiados en ceniza y restos de cera. Allí, en el centro, el aire parecía doblarse, como si una presencia a medio cuajar esperase para nacer.

Avancé, y una resistencia sorda me empujaba hacia atrás: un muro invisible, una pared de repulsión. Fue entonces que sentí un escozor en la frente, como si dedos invisibles rascaran dentro de mi cráneo. Recuerdos que no quería –que no podía– recordar, se amontonaron en el umbral de mi memoria: la cucharilla que levitó, los platos volando, el chillido animal que evocamos cuando abrimos la caja sellada con sangre de animal en el centro de la habitación.

Apreté las mandíbulas y di un paso más. Un ruido húmedo y pegajoso se filtró en la sala, reptando entre las grietas del suelo. Las velas, nunca encendidas, titilaron en sus soportes de bronce y exhalaron un resplandor enfermizo, y sentí que una voluntad hostil se materializaba a mi alrededor, colmando el aire de fragmentos de ira, odio y hambre.

Vi, ante mí, la silueta de un niño —quizá un vecino, quizá jamás existió—que se difuminaba y cambiaba de forma ante mis ojos. Sus ojos, vacíos como pozos sin fondo, me miraban sin entender y al mismo tiempo con un odio antiguo. Extendió la mano, y la presión en mi pecho creció hasta cortar casi el aliento.

Hal apareció en la entrada, su figura distorsionada por un temblor de fuerza invisible. Su mirada era la del hombre poseído por algo mucho más allá de su control, y me di cuenta de que no era sólo un don: era una condena, un vehículo para la voluntad de la casa.

—Quieren un huésped —dijo, y su voz salió de su garganta sin que sus labios se movieran.

Entonces, la habitación tembló. Todo comenzó a moverse: los libros abriéndose y cerrándose solos; la mesa retorciéndose como si la madera aún estuviera viva; el aire, lleno de murmullos y chillidos, me presionaba los oídos con promesas de locura.

Hal extendió los brazos y vi chispas bailando en la yema de sus dedos. La telequinesis, pensé, pero no era solo energía: era la manifestación de un deseo ancestral, un hambre agazapada que había crecido en el vientre de Mortlake, incubada por generaciones de la familia dispuesta –o resignada– a ser su canal.

El peligro no era que Hal se volviera contra mí, sino que la casa misma se había cansado de esperar, de anidar en la sombra. Quería un portador, y Hal, exhausto, ya no podía contenerla.

Un libro voló hacia mi cara, pero algo invisible lo desvió al último momento. Las paredes, cubiertas de líquenes y rezumando humedad, comenzaron a latir. Sentí, de repente, que algo invisible me levantaba –mis pies separados del suelo por apenas un palmo– y la presión en mi mente se volvió insoportable: voces, imágenes, recuerdos de otras épocas sobre la carne de Mortlake, los ritos, las muertes, el dolor buscando un nuevo cauce.

Hal gritó, y la casa entera respondió. El techo crujió. Los vidrios vibraban como cuerdas de violonchelo, y la caja maldita del centro de la sala comenzó a abrirse sola, hojas de metal chirriando sobre bisagras podridas. Una sombra densa emergió de su interior, formada de mil fragmentos de humo y sangre, y la presión se volvió tan insoportable que gemí, sabiendo que lo próximo sería la pérdida del yo.

En ese momento de delirio, logré vislumbrar la figura de Hal tironeando de su propia conciencia, luchando para evitar la entrega final. Sus ojos se clavaron en los míos, y por un instante, supe que dentro de ese contacto quedaba algo de mi primo.

—No la dejes —fue lo último que extrajo de sus labios.

El grito ahogado se truncó. La sombra me envolvió, y sentí que manos invisibles peinaban mi alma, arrancándome recuerdos y deseos, dejándome solo, famélico y frío. Pero, de alguna forma, resistí. Saqué fuerzas del miedo de la infancia, del asco profundo a la historia de Mortlake Hall, y proyecté un no nacido de puro terror. Algo se fracturó en la propia estructura de la casa: una grieta vertical en la pared, de la que brotó luz, sangre y un chillido como de mil bocas.

La presión cejó, soltando mis extremidades de la fuerza invisible. Hal se desplomó con un gemido, su cuerpo desmadejado y vacío como un títere con las cuerdas cortadas.

Corrí de la sala, sangrando por la nariz y con la mente zumbando de dolor y ecos. El pasillo se retorcía ante mis ojos, pero alcancé la entrada antes de caer de rodillas al pie de la gran escalera, jadeando y vomitando bilis.

El silencio volvió de golpe, y sólo entonces comprendí que Mortlake Hall me había dejado escapar, acaso por piedad o porque ya había cobrado su diezmo.

No volví a ver a Hal. Las cerraduras del ala este se oxidaron y pudrieron un año después, y finalmente la casa fue abandonada. Pero, de noche, a veces la bruma trae consigo el sonido de muebles arrastrándose solos, de voces entrelazadas, y el débil temblor de cosas que no deberían moverse… y que, sin embargo, lo hacen, pacientemente, esperando el regreso de alguien que pueda abrirles la puerta una vez más.

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