Portada del relato La voz oculta de Wintergate
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Fragmento:


La luz de la luna puso en evidencia la silueta de la puerta del ala este: el pomo era una gárgola con los ojos astillados. Inquieto, Eduard se acercó, dominado por una curiosidad más fuerte que la razón o el miedo. Al poner la mano en la gárgola, sintió un hormigueo subirle por el brazo. Bajo la palma, algo parecía latir tímidamente. Giró la llave, el mecanismo gimió, y la puerta se abrió cediendo una respiración densa y gélida, como el aire viciado de una tumba recién descubierta.

Duración: 09:12

La voz oculta de Wintergate
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Texto de ajuste de pausa.

En la alborotada periferia de la ciudad, gobernada por la niebla y el dibujo romperredes de los álamos secos, se alzaba la mansión de la familia Haarlem, un monstruo arquitectónico del siglo dieciocho desafiante a la erosión del tiempo y al olvido. Muchos la llamaban simplemente Wintergate, con reverencia y terror. No había jardín ya, sino una extensión de piedra y tierra enlutada, y solo unos pocos cardos de tallo torcido y dos cipreses, descarnados, guardaban el pórtico como centinelas vencidos.

En la alborada de un invierno hostil, la mansión recibió un huésped nuevo, un rostro que hasta entonces se había mantenido ausente en su historia de ventanas tapiadas y puertas con llanto de bisagra. Era Eduard Tagami, hijo de madre japonesa y padre inglés, ludópata reformado y traductor en horas solitarias. Eduard no deseaba compañía más que las letras y los murmullos tenues de la leña quemándose. Tomó la oportunidad de alojarse en Wintergate porque su precio era risible ante la magnitud del caserón. Nadie advertía los costes mayores: el frío lutece en los huesos y el silencio aquí no es nunca absoluto, ni del todo honesto.

La casera de Eduard, la escurridiza señora Laughton, evitaba entrar en la casa más allá del vestíbulo. Le dejó una llave oxidada, instrucciones para encender la estufa de hierro, y una advertencia envuelta en la piedad disfrazada de grosería: “No abra la puerta del ala este."

Las primeras noches, Eduard observó la casa más con fascinación que miedo. Palacio de lamentos, pensaba, escuchando el ruido del viento rozando las maderas, preguntándose si la lluvia o las ratas eran más abundantes. Trabajaba en la traducción de un libro que no debía existir: “El dietario del último huésped”, diario apócrifo de un poeta tristemente célebre en ciertas revistas de Londres, que supuestamente había desaparecido en Wintergate hacía un siglo. Aquellas páginas, que olían a crisantemos marchitos y tabaco rancio, describían una mansión casi viva, donde las paredes vibraban de noche con el río de los susurros.

En esos días, la lógica no parecía tener jurisdicción en Wintergate; el tiempo se plegaba y estiraba con la marea de los sueños imprecisos. Alrededor, la niebla boqueaba en los cristales, y cada habitación tenía un ecosistema propio de sombras. Eduard, al principio, se aferró a su disciplina: traducía en un rincón junto a la lámpara, bebiendo té negro, dejando que la casa respirara su secreto sin provocarla. Pero la tentación de flanquear el pasadizo prohibido se volvió un deseo constante, insidioso, como una comezón en la palma de un manco.

Una madrugada, se despertó enredado en sudor, perseguido por un sueño de su infancia: su madre lo cubría con mantas, susurrándole historias de Yūrei, aquellos fantasmas que vagan con ropa blanca y largos cabellos oscuros, atrapados por rencores sin resolver. Eduard, en ese medio estado de vigilia, creyó percibir una melodía susurrada, tenaz, originada más allá de lo que el oído humano acostumbra a oír. Destilaba de las tablas frías de la escalera principal, reptaba por las alfombras, seducía a la mente como una lengua de eco mohíno.

La luz de la luna puso en evidencia la silueta de la puerta del ala este: el pomo era una gárgola con los ojos astillados. Inquieto, Eduard se acercó, dominado por una curiosidad más fuerte que la razón o el miedo. Al poner la mano en la gárgola, sintió un hormigueo subirle por el brazo. Bajo la palma, algo parecía latir tímidamente. Giró la llave, el mecanismo gimió, y la puerta se abrió cediendo una respiración densa y gélida, como el aire viciado de una tumba recién descubierta.

El corredor del ala este no era como el resto de la casa: aquí, la decadencia tenía un ritmo orgánico. El empapelado estaba cubierto de inscripciones, garabateadas como por dedos temblorosos o uñas, cruces y extrañas runas. Un hedor a humedad y jazmín lo acompañó, barnizando la lengua de Eduard con un regusto rancio. Las puertas a los costados estaban clausuradas con tablas y cadenas herrumbrosas. Tan solo al final, una reja oxidada resguardaba la entrada a una antigua sala de música.

Eduard empujó la reja y entró. Las sombras saltaron en las paredes mientras la luna, sesgada por una vidriera, dibujaba geometrías insanas. En el centro de la estancia descansaba un piano, fragmentado casi hasta la ruina. Sobre la tapa, un retrato, ennegrecido por la mugre, exhibía el rostro de un hombre de ojos vidriosos y sonrisa funesta. Era sin duda el poeta desaparecido: Augustus Finch. En la partitura amarillenta, las notas parecían haber sangrado, corridas por lágrimas antiguas que todavía imploraban ser leídas.

Una presencia eléctrica vibró en el aire. Eduard, temblando, leyó en la partitura símbolos que no recordaba haber aprendido jamás: trémolos y silencios como heridas abiertas. La melodía que fluía del papel le dictaba recuerdos que nunca le habían pertenecido; sintió en la nuca dedos helados componiendo palabras japonesas antiguas, y voces apagadas gritándole su nombre, repitiéndolo como si quisiera esculpirlo en el aire antes de sofocarle.

Esa noche ya no durmió. Desde entonces, la casa crujía con mayor intensidad, y los espejos –que nunca le devolvían su imagen por completo, sino deformada o distorsionada, mostrando siempre como un fragmento de otro rostro tras el suyo propio– multiplicaron su inquietud. En su reflejo, percibía a veces un hombre de levita y cabellos en desorden, igual al retrato en la sala.

Eduard, obsesionado, volvió cada noche a la sala de música. En cada visita, sus manos se movían sobre las teclas como por voluntad ajena, y la melodía prohibida se hacía carne, instalándose en la atmósfera. Al hacerlo, percibía breves presencias: la sombra de una mujer sentada en un sillón, portando las rosas marchitas de un luto muy antiguo; un niño de expresión ausente que desparecía tras la cortina, dejando tras de sí un leve perfume a mar y ozono.

Finalmente, encontró la página final del dietario mientras hurgaba en un cajón escondido tras la cama de Augustus. Allí, con pulso ya desfigurado, el poeta había escrito: “La música convoca a los que la casa no deja partir. Si uno la escucha entera, se convierte en su anfitrión eterno. Ahora ellos me reclaman cuando las teclas gritan.”

El miedo empezó a roer a Eduard. Los días y las noches perdieron significado, caían sobre él como cortinas opacas. La comida se agriaba apenas la tocaba, las ventanas ya no mostraban el exterior sino un tapiz de rostros y manos pulsando por entrar. Al acostarse, sentía respirar a alguien junto a su cama, mimetizado en la penumbra. Los pasos de los márgenes de la casa –antes explicables como viento o ratones– ahora caminaban con propósito, interrumpiendo el trabajo con risitas guturales.

Desesperado, escribió a la señora Laughton implorándole ayuda o consejo. Recibió una única respuesta redactada en una caligrafía diminuta y apretada: “No des voz a la melodía. Habita en el aire desde antes que yo naciera. La casa solo pide otro guardián.”

La noche siguiente, como en un trance, Eduard se sentó ante el piano sin poder resistirse. Sus dedos, helados pero frenéticos, tocaron la melodía prohibida. La casa se estremeció con un ruido sordo, como el aullido de cientos de voces sofocadas bajo tierra. La humedad colapsó en las paredes, filtrándose en grandes gotas oscuras, mientras el piano exudaba un olor a tierra recién removida.

Sus reflejos en los espejos de la sala de música se multiplicaron, acumulando tras de sí los rostros de todos los huéspedes cautivos por la melodía: hombres y mujeres, ancianos y niños, cada uno tocando su propio lamento en silencio, sus bocas abiertas en un grito detenido por el tiempo, sus ojos suplicando compasión a quien pudiera verlos aún.

Eduard intentó soltar las teclas, pero éstas le apresaron los dedos, fusionando la carne al marfil amarillo. En la última nota, vio una sombra salir de la vidriera: era el poeta Finch, quien le sonrió tristemente y apoyó una mano sobre su hombro. “Ahora eres tú, Edouard. La música no calla, solo pide más voces.”

En la mañana, la señora Laughton llegó a la mansión. La casa, por fuera, parecía más antigua y devastada; pero en la sala de música, sobre el polvo del piano, descansaba ahora un nuevo retrato, aún húmedo y reluciente: Eduard, con la mirada perdida y la piel marchita, inmortalizado para los siguientes huéspedes de la melodía.

En Wintergate, las melodías nunca se apagan; solo esperan nuevos intérpretes, nuevas almas que no sepan aún la diferencia entre la música y el grito. Porque en cada nota habita una promesa: la de que el miedo, cuando se convierte en canción, nunca termina. Solo se transmite, de huésped en huésped, de siglo en siglo, de espejo en espejo, esperando siempre a la próxima mano temblorosa que libere la melodía completa.

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