Fragmento:
Una niebla dorada se arrastraba esa noche, cubriendo los bojes arañados y los caminos de grava con un sudario resplandeciente. Matilde Galdamez, descendiente última y enfermiza del fundador, paseaba por el corredor central. Su bata tenía los remiendos solapados de generaciones, y arrastraba los pies, exhausta del insomnio y de la opaca soledad que la atenazaba desde la muerte de su tía. Jugaba con un medallón, reliquia familiar que nunca se quitaba del cuello. El relieve de San Bartolomé la taladraba: la imagen, en vez de reconfortarla, le producía una sensación de picazón atávica, casi como una memoria corporal de miedo.
Duración: 10:41
Por debajo de la avenida principal del viejo Nueva Edimburgo, el viento arrastraba remolinos de hojas muertas y polen podrido contra los ventanales de la Mansión Galdamez. El edificio, alzado sobre el promontorio más antiguo de la región, yacía allí desde hacía dos siglos, sus muros e inscripciones cebadas de musgo y roña, como si la tierra misma se negara a dejarlo desaparecer. Las lluvias habían vuelto a empezar, martilleando la cerámica agrietada del tejado, y cada gota parecía imbuida de un lamento, de esa letanía muda que acompaña a los lugares en los que ha sucedido algo que nunca se borra del todo.
Una niebla dorada se arrastraba esa noche, cubriendo los bojes arañados y los caminos de grava con un sudario resplandeciente. Matilde Galdamez, descendiente última y enfermiza del fundador, paseaba por el corredor central. Su bata tenía los remiendos solapados de generaciones, y arrastraba los pies, exhausta del insomnio y de la opaca soledad que la atenazaba desde la muerte de su tía. Jugaba con un medallón, reliquia familiar que nunca se quitaba del cuello. El relieve de San Bartolomé la taladraba: la imagen, en vez de reconfortarla, le producía una sensación de picazón atávica, casi como una memoria corporal de miedo.
Al cruzar bajo la arcada de madera carcomida que separaba la galería del salón de los retratos, Matilde se detuvo, cautiva por la certeza de que la miraban. Al hacerlo, el aire se volvió más pesado y frío. Los retratos de los Galdamez la contemplaban. Los ojos pintados por los tatarabuelos, bisabuelas y tíos lóbregos seguían todos la misma regla: miraban solo de noche y rabiaban en silencio. Una vez la tía Aurelia le había contado entre susurros que, al morir alguien de la familia, uno más de esos ojos negros se enturbiaba, y la imagen del retratado se volvía el doble de precisa.
Matilde sentía la presencia de Aurelia en la galería, un perfume agrio de laca y lavanda que la rodeaba sin asfixiarla, tan solo palpando su vida como haría una madre escéptica. Prosiguió andando. Retumbó la tormenta. Soplaban ráfagas de viento, y un cristal tembló en la ventana de la izquierda. Por primera vez en semanas, se atrevió a encender la lámpara de gas para no caer en la tentación de rezar a voces, esa manía infantil que tan incómoda hacía su soledad.
En ese instante, un golpe seco en la puerta principal heló su sangre. Retornó, casi reptando, hasta el vestíbulo. Otro golpe, ahora más insistente: metálico y húmedo, como de una mano envuelta en vendas o barro. Temblando, Matilde tomó el llavero de su tía, girando la llave principal mientras las bisagras chirriaban y el vapor de su respiración flotaba en el aire. La puerta nunca debía abrirse de noche, salvo que la visitara alguien “de la familia”.
La luz del farolillo marchito por el tiempo reveló la silueta de una mujer, empapada, sin sombrero. Era alta, el rostro oculto entre un velo de encaje mugriento, las manos huesudas entrelazadas a la altura de la cintura. En su brazo, algo colgaba, envuelto en ropas negruzcas. “¿Matilde?” La voz era como agua derramada por entre las duelas podridas, y en su acento se adivinaba una familiaridad antinatural, casi un eco de generaciones previas.
Matilde no respondió. Daba un paso atrás, repitiéndose en silencio que todo era un mal sueño fraguado por el insomnio. Entonces la mujer levantó un poco el velo, apenas hasta revelar una boca de labios rotos y una hilera de dientes filosos, manchados de violeta. “Vengo a devolver esto”, dijo la mujer, levantando el bulto que colgaba de su brazo huesudo.
Matilde, presa de una fascinación de la que siempre renegaría y que después confundiría con la histeria, no pudo evitar mirar. El bulto era un fardo de ropitas antiguas: entre las prendas, una maraña de pelo rubio, seco y largo, escurría hacia fuera, como si dentro hubiera un pequeño animal, o lo que quedaba de un niño. El objeto exhalaba un aroma acre, mezcla de sal, hierro y flores marchitas. El corazón de Matilde tropezó con su pecho; una lágrima caliente resbaló por su mejilla.
“Esto no me pertenece”, murmuró la mujer, avanzando un paso hacia el interior. Su peso, al entrar, hizo que el suelo de roble se doblara con un crujido de hueso. Matilde, incapaz de moverse, dejó que la desconocida cruzara el umbral, atraída por esa promesa maldita que sus abuelas le contaron en la niñez: “A todos los Galdamez, tarde o temprano, les devuelven lo que han robado”.
La tormenta arreció, y ambas mujeres, la anfitriona y la recién llegada, siguieron el corredor de los retratos hacia el salón. La extraña depositó el paquete en una vieja mecedora forrada con la seda desgastada de algún ajuar nupcial jamás usado. “Tía Aurelia dijo que vendrías”, afirmó la invitada, sentándose con un suspiro largo, como de alguien aliviado tras recorrer una vasta planicie de dolor.
Matilde no encontraba palabras. La visión del bulto la llenaba de náusea; le aterraba la idea de abrirlo, pero le aterraba aún más dejarlo ahí, sin mirar. Oyó a la mujer cuchichear palabras que no entendía, un salmodio en una lengua antigua, y con cada sílaba la luz del gas oscilaba de manera inverosímil, como si la oscuridad bailara al compás de un credo olvidado.
“¿Quién… es usted?”, se atrevió finalmente a preguntar Matilde, usando un hilo de voz forzado.
“Ya me has olvidado. Eso sangra. Pero es mejor así. No me queda tiempo para juegos.” La mujer sostuvo la mirada de Matilde, y lo que podría haber sido familiaridad se transformó en algo mucho peor: reconocimiento. La recién llegada tenía los mismos ojos hundidos de la abuela Petronila, la misma barbilla fuerte, esa mueca amarga de desprecio hacia la vida. Matilde se estremeció.
“Devuelvo lo que fue hurtado antes de tu nacimiento”, murmuró la visitante. “Y mientras el uno no devuelva todo, el otro estará incompleto.”
El medallón alrededor del cuello de Matilde ardía contra su pecho. Quiso quitárselo, pero no pudo: la cadena se había aferrado a la piel, o la piel a la cadena. Lloró en silencio durante unos segundos largos, cruzados de relámpagos que iluminaban el rostro reblandecido de la extraña.
La mujer desató el paquete. De él asomó una muñeca de porcelana, maltratada, el rostro quemado y el cabello real, rubio, atado con lazos mohosos que probablemente alguna Galdamez hubiera cosido hacía más de un siglo. Los ojos de la muñeca eran tan profundos y negros como los de los retratos familiares, y parecían, por un momento fugaz, parpadear bajo la tormenta.
“¿Tu madre nunca te enseñó a callar cuando cae la tercera tormenta de septiembre?”, susurró la huésped, su voz ahora por debajo del alcance humano. Matilde tembló. Nadie, salvo los hijos por rama materna, sabían de esas historias: el tercer aguacero, la ofrenda en la escalinata, el muñeco o la joya o la mecedora, lo que hubiera sido robado.
“No tengo nada que devolver”, dijo Matilde, el temblor despuntando en su garganta.
“Nadie lo tiene, hasta que es demasiado tarde”, respondió la visitante, y con la mano libre acarició la muñeca. El objeto gimoteó, el gemido inhumano de algo que recuerda el dolor de haber sido olvidado, y la estancia se llenó de un hedor a moho y raíces desenterradas.
Matilde cruzó el umbral de la habitación, deseando con toda su alma no mirar hacia atrás, pero la náusea la detuvo. La mujer se levantó sin ruido, la muñeca en la mano, ahora murmurando al oído palabras oscuras. En la galería, los retratos habían mudado; los ojos negros resplandecían, y algunos rostros, que antes eran apenas bocetos, ahora eran réplicas perfectas de los cadáveres amontonados bajo la casa, los antepasados que nunca encontraron paz.
Un golpe seco en la trampilla principal del sótano la hizo caer de rodillas, sorda de puro terror. “Debes devolverlo—”, siseó la visitante. “O tu corazón será lo próximo que venga a buscar.” La muñeca, caída de la mano huesuda, se irguió sobre sus pies de porcelana. Caminó sola hacia el corredor, balanceándose con una gracia que jamás debió pertenecerle a un objeto inanimado.
Matilde, dominada por una mezcla febril de rabia y miedo, la siguió, incapaz de desobedecer. Atravesaron los salones donde el moho cubría las alfombras turcas, y en cada habitación los muebles antiguos temblaban como si respiraran. Descendieron por las escaleras en espiral que conducían al sótano. El aire era espeso, como un caldo de huesos y ceniza. Una vez abajo, Matilde vio la trampilla: el pomo estaba envuelto en vendas viejas, que florecían con manchas de sangre seca.
“Abre, Matilde. Tu deuda espera”, ordenó la visitante.
Matilde, sabiendo que resistirse no era posible, alargó la mano. El contacto del pomo la fulminó con visiones. Vio a su abuela Petronila susurrando palabras de poder, robando algo a cambio de juventud; vio a Aurelia llorando en la oscuridad mientras ofrecía la misma muñeca a un espectro cubierto de enredaderas y dientes; se vio en la cuna, con la muñeca junto a ella, sobreviviendo mala salud, maldiciones y fiebres. Se vio, finalmente, muriendo en la mecedora arriba, mientras otro miembro de la familia intentaba comprar tiempo, siempre a través del robo, siempre con la ignorancia como aliada.
Abrió la trampilla. Un suspiro cálido de vida marchita brotó del hueco. De la oscuridad surgieron manos; no humanas, sino de cera y resina, manos de muñecas rotas, de niños desaparecidos, de cosas húmedas que nunca debieron tocar el aire. La muñeca se arrojó por sí sola, y el coro de lamentos se alzó de inmediato, como si cien bocas ahogadas recordaran lo que era una madre.
La visitante dio media vuelta para marcharse, su deber cumplido. “Esta casa no cambiará jamás”, musitó, su voz ahora disolviéndose en la bruma. “A los Galdamez, sólo les prestan el futuro, y se lo cobran con intereses de carne”.
Matilde subió de nuevo, tambaleante pero menos vacía. En la galería, algunos retratos susurraban gratitud en la medianoche, otros reían, otros lloraban. Matilde no dormía. Sabía que la deuda ahora tenía una prórroga, pero no una absolución. Se sentó en la mecedora y esperó; la lluvia persistía, la niebla cubría la colina, y cada latido recordaba que, tarde o temprano, sería alguien más quien abriera la puerta, y respondiera a un golpe en la tormenta.
Porque en la Mansión Galdamez, sólo hay una promesa: ningún horror es definitivo. Todos esperan su turno para volver.
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