Portada del relato La última ronda
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Fragmento:


A medianoche, un rumor atravesó la multitud: en el antiguo Hotel Príncipe, tres cuadras al este, se celebraba una fiesta secreta, una sala donde la verdadera diversión aguardaba por quienes supieran pedir la contraseña correcta: “Amanecer”. Pedro me miró con los ojos vidriosos y la sonrisa ladeada, expectante. Dudé, pero el aire se volvía opresivo en la plaza y, tras una última ronda de whisky barato, sucumbí al impulso de explorar. De todas formas, ¿cómo peor podría ir la noche?

Duración: 09:09

La última ronda
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Texto de ajuste de pausa.

Aquella noche caía como un telón pesado sobre el centro de la ciudad. Los escaparates lucían temblorosos tras las vidrieras empañadas, y la lluvia le confería al asfalto un brillo borroso, casi irreal. Era víspera de la gran Fiesta de la Luz, una celebración municipal que arrastraba a decenas de miles a las calles, bajo falsas estrellas de neón y música sintética. Yo, Diego, volví a encontrarme afuera de la realidad bajo la excusa de alterar mi rutina, de hallarme en la masa, oculto detrás de una máscara plateada que compré en la esquina.

Mi amigo Pedro aseguraba que esa clase de fiestas eran buenas para “airesar el espíritu”, y había insistido, como todos los años, que no debía pasarla solo. “Otra ronda, por los viejos tiempos”, me gritó, casi al oído, tan pronto como entramos al epicentro: la Plaza de los Deseos, donde ondeaban lonas de colores y figuras luminosas titilaban encima de un público donde las identidades se volvían irrelevantes.

Bebimos y nos mezclamos. La alegría era un espejismo compartido entre extraños, un engaño orquestado por la ciudad para enmascarar la podredumbre de lo cotidiano. No podía dejar de pensar que algo, bajo la superficie de ese espectáculo, se movía distinto. Los rostros tras las máscaras parecían demasiado apurados, las risas demasiado estridentes, y ciertos rincones se oscurecían en exceso. Había una tensión, como si la ciudad misma contuviera la respiración esperando que sucediera algo.

A medianoche, un rumor atravesó la multitud: en el antiguo Hotel Príncipe, tres cuadras al este, se celebraba una fiesta secreta, una sala donde la verdadera diversión aguardaba por quienes supieran pedir la contraseña correcta: “Amanecer”. Pedro me miró con los ojos vidriosos y la sonrisa ladeada, expectante. Dudé, pero el aire se volvía opresivo en la plaza y, tras una última ronda de whisky barato, sucumbí al impulso de explorar. De todas formas, ¿cómo peor podría ir la noche?

Nos abrimos paso entre los fantoches borrachos, cruzamos la avenida inundada de globos morados, sorteando charcos y bolsas reventadas de serpentina. El Hotel Príncipe emergió entre penumbras: un cascarón de otra época, fachada de mármol y madera, estragos del abandono y una vida de fiesta que se resistía a morir. En la puerta, dos anfitriones con máscaras doradas y trajes ajustadísimos escudriñaban a los invitados. Había algo artificial en sus movimientos, una rigidez antinatural, pero sus ojos relucían expectantes a través de las franjas de máscara.

—Amanecer —anunciamos, y un gesto apenas visible nos admitió al vestíbulo.

Adentro, la atmósfera era de otro mundo. El olor a incienso y humedad competía con una música baja, monótona, que no se parecía a nada que hubiera bailado antes. Las paredes, tapizadas en terciopelo azul y oro, parecían ondular con la penumbra. El salón principal estaba apenas iluminado por velas de cera negra. Decenas de personas se balanceaban, más que bailaban, en silencios intermitentes, rostro tras rostro cubierto de máscaras fractales, geometrías imposibles. Nadie hablaba, solo miraban y se divertían en un lenguaje mudo, incomprensible.

Pedro y yo aceptamos sendos vasos de un licor pálido de manos de una figura encapuchada. El sabor era dulce al principio, pero dejó una especie de regusto metálico, prolongado y extrañamente frío en la lengua. Miré a Pedro. Parecía más ligero, su gesto abierto, la postura erguida, la sonrisa más franca que nunca antes. Yo, en cambio, sentía cómo una niebla espesa se arrastraba desde mis pies hacia mi pecho. Era como si el suelo mismo palpitara bajo la alfombra, vivo, al compás de una canción que no oía, pero que podía sentir en los huesos.

El brillo de la fiesta se diluía en la penumbra y, poco a poco, advertí cambios en la concurrencia que al principio me parecieron producto del alcohol: los danzantes no se desplazaban sobre el suelo, sino que giraban, ondulantes, casi flotando. Sus brazos, sus torsos, se desenroscaban en movimientos que parecían antinaturales, desafiando la lógica de las articulaciones humanas. Me froté los ojos. Al abrirlos, sentí un vértigo repentino, un retorcimiento en las entrañas.

Las máscaras ya no ocultaban, revelaban. Ahora eran ventanas negras, marcos hacia algo repelente y sin centro, como agujeros abiertos en la carne que latían con una luz opaca. Los ojos, cuando los había, relucían detrás de materia esfumada, sin fondo. La música había cambiado: ahora era un rumor sordo, un zumbido ininterrumpido que se correspondía con el latido de mi propio corazón, idéntico pero ajeno. Sentí ganas de huir, aunque no recordaba por dónde llegamos.

—¡Esta sí es fiesta! —Me chilló Pedro, ya borracho de un entusiasmo incomprensible—. ¡Por fin, Diego, por fin despertar!

Pero su voz no encajaba en su rostro. Cada sílaba era un eco fragmentado, como si una legión de voces se superpusiera bajo la suya. Quise acercarme, apartarlo, pero cada paso requería más esfuerzo que el anterior. El aire era viscoso, pesado, y caí de rodillas en la alfombra que palpitaba bajo mis dedos.

Me rodearon en silencio los otros rostros: trajes de farolillos, encapuchados con capas de terciopelo, una mujer vestida de arlequín sin boca, un niño con cuencas donde brillaban insectos. La multitud formó un círculo, bailando —¿ritualizando?— en torno a mí. Pedro estaba en el centro, su máscara destilando un sudor pegajoso, y al quitarla mostró un rostro que no era el suyo: liso, sin facciones, como una estatua de cera derretida. Él —¿eso?— comenzó a temblar, y otros le imitaron, uniéndose en una vibración que era música y dolor.

—¡Ya casi! —proclamó la multitud, y sus voces se alzaron en una armonía imposible, una polifonía de lamentos y risas que taladraban mis huesos.

Quise pedir ayuda, pero mis labios estaban pegados, la lengua se volvió pesada, ajena. Mis pensamientos se deshilachaban, eran tiras de confeti arrastradas en remolinos de viento. Las velas derretían una cera que caía sobre mis muñecas, pero no sentía dolor. Miré hacia arriba, buscando una escapatoria, y vi el techo de la sala: una cúpula infinita, sembrada no de estrellas, sino de diminutos ojos que parpadeaban al ritmo del canto.

La máscara, entonces, fue colocada sobre mi rostro. No sé quién lo hizo, ni cómo. La sentí fría, luego embonada con mi piel, fundiéndose con mis mejillas. Inmediatamente, un mundo nuevo brotó a mi alrededor: no veía ya la fiesta, sino la ciudad, desde arriba y desde adentro, como un tablero desordenado de luces que se retorcían sobre sí mismas. Oí cada conversación, cada grito, cada minúsculo pensamiento de todo aquel que celebraba en la Plaza de los Deseos. Sentí sus dudas, temores, placeres y, sobre todo, el ansia inexplicable de pertenencia, de ser parte del gozo general aunque, en lo profundo, el miedo fuera la verdadera canción de la fiesta.

Bajé la mirada a mis manos: ya no eran mías. Eran blancas y lisas, los dedos largos y flexibles, capaces de gestos que nunca me pertenecieron. El grupo que me rodeaba ya no era ajeno: eran imágenes reflejadas, fractales de mi nuevo yo. Pedro —ahora sí Pedro, o algo con su nombre y recuerdo— me estrechó entre los brazos y su voz sonó en mi pecho, como un eco más:

—Ahora, compartimos la luz. Ahora, Diego, nunca más estarás solo.

Y fue cierto, pero fue horrendo. Porque en esa unión total, en esa conciencia diluida, no hay privacidad, ni distancia, ni siquiera silencio. Todo era una fiesta, una euforia constante que albergaba, en su corazón, el miedo fundamental: ya no existía el yo. Todos éramos fragmentos del mismo mosaico, un pensamiento único que giraba como una rueda interminable, sin esperanza de descanso o sueño. Ni siquiera de muerte.

La música nunca terminaba; era el latido perpetuo de la ciudad, alimentado por cada nueva máscara que llegaba, por cada invitado que buscaba despojarse de su soledad bajo la promesa de la fiesta perfecta. Miro —sí, aún miro, aunque no sé quién soy al hacerlo— noche tras noche cómo se acercan nuevos rostros tras sus caretas frescas, arrastrados por la corriente de la celebración. Los oigo pensar, “hoy será diferente”, y sé que, pronto, también ellos bailarán con nosotros, en el círculo infinito, en la gran sala del Hotel Príncipe donde el amanecer nunca llega.

Y afuera, la ciudad sigue celebrando, ignorante de lo que late bajo la máscara de cada uno, bajo el confeti pisoteado, bajo el zumbido de la música siempre renovada. Afuera nadie recuerda un día en que las multitudes bailaron solas y cada uno era dueño, aunque fuera de a ratos, de su propio temblor secreto.

Aquí adentro, la fiesta continuará para siempre. Nadie baila solo. Nadie vuelve de la última ronda.

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