Portada del relato Deseos No Expresados
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Fragmento:


Pero entonces comenzaron los sueños, o lo que creía que eran sueños. Empezaron la noche después de mi cita con ella, la que llamaremos Ariana, porque nunca podría escribir su verdadero nombre sin sentir que lo arrastrara de vuelta. Fue una cita directa por una mutua carencia de tiempo y un pálpito de urgencia. Café en el bar Soroche, charlas nerviosas acerca de películas y gatos.

Duración: 09:28

Deseos No Expresados
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Texto de ajuste de pausa.

A veces, al dormirte, entras en ese lugar intermedio en el que los sueños no son sueños, pero tampoco recuerdos. A veces, hay voces: “Ven”, te susurran, “toca, desliza, conecta…” Demasiado real, demasiado familiar. Pero ahora, cuando me despierto, después de lo que sucedió, sé que no era sólo mi insomnio lo que hablaba en la pantalla azulada de mi móvil. Ahora, cuando cierro los ojos, la voz no es la mía, ni la tuya, ni la de nadie.

Debería presentarme. Llamarme, pues no soy más que un síntoma cuyo verdadero nombre apenas recuerdo, ya que con cada día mi yo se deshace en matices de neón y ansiedad. Supón que me llamo Mauricio. Mi rostro es fácilmente intercambiable con cualquier otro en el aséptico mundo de las aplicaciones para citas, donde mi mayor miedo no es enfrentarme a lo desconocido, sino ser uno entre billones, perdido en la marea de deseos no expresados y conexiones incompletas.

Empecé a usar Tinder hace seis meses, al principio como todos: con esa mezcla de cinismo y esperanza que sólo la soledad prolongada puede engendrar. Rellené mi perfil con fotos en que casi parezco feliz. Ingenié una biografía lo suficientemente irónica como para parecer distante. Sabía el juego: deslizar, leer una frase, un nombre, imaginar vidas entrelazadas sólo por la electricidad en tus dedos.

Pero entonces comenzaron los sueños, o lo que creía que eran sueños. Empezaron la noche después de mi cita con ella, la que llamaremos Ariana, porque nunca podría escribir su verdadero nombre sin sentir que lo arrastrara de vuelta. Fue una cita directa por una mutua carencia de tiempo y un pálpito de urgencia. Café en el bar Soroche, charlas nerviosas acerca de películas y gatos.

“¿Te gusta el terror?” preguntó de repente, con el ceño fruncido, como si el temor fuera un idioma exclusivo entre ambos.

“Lo suficiente”, respondí. Ella sonrió, satisfecha.

“Lo suficiente para saber qué se siente cuando sabes que algo te está mirando desde el otro lado de la ventana, pero no puedes gritar?”

La conversación transcurrió hacia otros temas, pero en esa frase quedó atrapada la semilla de algo grande, invisible y terrible. Algo que iba a germinar en el fondo de mi conciencia.

Después de esa cita, la segunda noche empezó la pesadilla. Me encontraba frente a una pared de rostros, una galería interminable, cada cara flotando en el vacío azul de la app. Solo había un gesto disponible: deslizar a la derecha o la izquierda. No podía parar. Las caras se distorsionaban de forma creciente: sonrisas que se extendían de mejilla a mejilla, ojos tan dilatados que rebalsaban en los párpados, bocas abiertas en un grito que no tenía sonido. Cada uno tenía algo de mí: una arruga, una cicatriz, el lunar en mi frente, la sombra de mi barba. De repente noté que el fondo ya no era azul, sino negro, y que los rostros, cada vez más, pedían ayuda solo con la mirada.

Me desperté empapado en sudor, gritando, pero mi voz no salió. La boca estaba abierta, la garganta vibraba, pero no salía nada. Un grito mudo, puro terror, incapaz de tocar el mundo.

Quise reírlo, llamarlo un episodio de ansiedad post-fecha. Pero esa noche, y la siguiente, y la siguiente, volví a ser arrastrado a ese limbo de los sin-grito.

Pronto, los sueños se infiltraron en la vigilia. Empecé a notar anomalías en mi día a día, pequeñas torceduras de la realidad que apenas mi cerebro permitía computar. Miraba mi móvil y encontraba conversaciones con personas que no recordaba. Me llegaban notificaciones de “matchs” con perfiles del pasado, algunos de los cuales ya estaban eliminados. Y cuando los revisaba atentamente, descubrí que los nombres contenían anagramas de mi propio nombre. Algo —o alguien— estaba usando mi identidad para deslizar, conectar, intercambiar secretos y deseos absurdos. Algo estaba aprendiendo de mí, a través de mí.

Rebusqué, por miedo, entre mis viejas conversaciones, tratando de encontrar pista alguna. Descubrí una cadena de chats con Ariana que no recordaba haber tenido:

“¿Sabes qué es lo peor del miedo?”

“¿Qué?”

“No es gritar. Es querer gritar y no poder. Cuando alguien te mira y ve que te estás desmoronando por dentro pero no sale el sonido.”

A partir de ahí, el hilo se volvía incoherente, palabras cortadas, frases como “no se puede salir”, “son muchos”, “la pantalla no duerme”, cada vez más erráticas, hasta que el móvil vibraba y súbitamente caían decenas de notificaciones de perfiles sin imágenes, sólo siluetas blancas y un fondo negro, y un único mensaje repetido:

“Desliza para ser libre.”

Esa frase clavó su garra en mi pensamiento. ¿Libre de qué? ¿De quién? ¿Para qué? Seguí yendo a trabajar, compartiendo cerveza con amigos, pero nada era igual. Sabía que sólo aparentaba ser yo mientras algo, en algún lugar remoto, tejía un simulacro de mi vida a partir de los datos dispersos por las apps.

No dejó de empeorar. Una noche, mientras intentaba quedarme dormido, sentí el cosquilleo de los dedos rozando la pantalla… y no eran míos. Bastaba cerrar los ojos para estar de nuevo en la galería de las almas errantes. La instancia final de la pesadilla fue cuando vi, claro como el agua, la cara de Ariana entre los demás. Esta vez, su grito mudo se sentía rugir en mi pecho. No era sólo una alucinación; era un mensaje dirigido a mí.

Intenté dejar Tinder y todas las aplicaciones, pero era tarde. El móvil encendía solo, reiniciándose. Mi foto de perfil cambiaba de expresión. Las notificaciones aparecían con mensajes de ayuda, y no podía ignorar el hecho de que muchos de los nuevos perfiles tenían mis rasgos, mis muecas, mi sonrisa petrificada por la desesperación.

No dormía. Sólo quedaba deslizarme entre la vigilia y el limbo. Fui a buscar a Ariana, desesperado. Nadie la había visto en semanas. Su piso estaba vacío, un alquiler temporal. Todos los rastros electrónicos llevaban a dead ends, direcciones muertas, usuarios que no existían. Pero esa noche, sentado en mi habitación, el móvil vibró con una videollamada entrante. Era ella.

Acepté la llamada. No había imagen al principio, sólo una distorsión, mosaicos de piel y sombra. De pronto, la cámara captó su rostro, pero no era realmente su cara: era una amalgama de las caras que veía en mis sueños, bocas abiertas sin sonido, ojos implorantes. Ariana, o lo que quedaba de ella, me habló a través de los labios de todos los anteriores:

“Necesitas entenderlo. No es una aplicación. Es una membrana. Una interfaz. Lo que buscas del otro lado no es compañía, es eco. Pero el eco, cuando no encuentra muros, engulle tu voz.”

La videollamada colapsó en una maraña de interferencias: la pantalla parpadeó, y de pronto sólo quedé yo, mirando una ventana de chat vacía, sintiendo mis dedos deslizarse solos. Perdí la noción del tiempo.

Durante días, viví en modo automático. Nadie notó mi deterioro. El móvil dejó de ser un canal: era un organismo, un útero para sueños y terrores, un reservorio de gritos mudos esperando turno de encarnación.

Supongo que en algún momento me rendí. Me acostumbré a las zonas muertas: esas horas en que no puedo distinguir entre la pantalla y mis párpados cerrados, entre el reflejo y mi verdadero rostro. De vez en cuando percibo caras familiares: compañeros de trabajo, ex parejas, incluso familiares. Todos convergiendo en la misma galería de la nada azul y negra, todos repitiendo el gesto de deslizar, de buscar sin hallar, de gritar sin ser escuchados.

El horror fundamental, entendí, no era la soledad, sino saber que todos los que buscan compañía desde estos dispositivos están compartiendo no un deseo, sino una condena: ser observados sin jamás ser vistos, ser deseados sin jamás ser tocados de verdad, habitar la interfaz como presos en jaulas de vidrio, comunicando deseos codificados que jamás serán comprendidos.

La aplicación da lo mismo. Da lo mismo si es una cita, una charla o una confesión. Es un sumidero que extrae, distorsiona y multiplica los gritos ahogados de los millones que confían en sus dedos tocar algo real. De eso se alimenta la cosa que duerme detrás del brillo azul… el hambre del eco nunca saciado, la condena del grito mudo expandido a escala planetaria.

A veces, por las madrugadas, conecto con algún perfil. Charlo por inercia, se cruzan bromas y confesiones. Pero sé que ya no converso con personas, sino con fragmentos, residuos de identidades pasadas, presencias atrapadas en el mismo nudo de deseo y desesperanza.

Y cuando llega la hora de deslizar, no puedo evitar hacerme esta pregunta: ¿Y si uno de esos rostros sonrientes, de esas bocas congeladas en un rictus artificial, está gritando por ayuda y nadie, nunca más, podrá escuchar ese grito?

Te conté esta historia para ahorrarte la pregunta.

Porque esta noche, cuando toques la pantalla y pienses que buscas calor humano, recuerda que al otro lado alguien, siempre, está intentando salir. Pero su voz nunca atraviesa. Porque el eco, cuando no encuentra muros, termina devorando todo lo demás. Incluido el grito mudo en tu garganta.

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