Portada del relato El Alarido del Lenguaraz
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La primera noche fue inquieta, pero no anómala. Soñé el acostumbrado desfile de imágenes inconexas, ninguna digna del registro. Fue durante el segundo día de exploración cuando, en la biblioteca, hallé—a medias oculto por telarañas de descuido y la esquinada luz de la tarde—un pasadizo angosto, tan desganado en su existencia como todo en ese lugar. La sombra de una puerta, que no se atrevía del todo a ser, resguardaba un cuarto de tamaño irregular, ni celda ni salón, más angosto toro que hueco humano.

Duración: 10:31

El Alarido del Lenguaraz
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Me encuentro, al momento de escribir esta confesión—si así ha de llamársele a esta última actividad de mi memoria—habitante de dos mundos: el que ocupan mis manos y la carne y el que, invisible al ojo natural, ha crecido fiereza y forma dentro de mi mente, hasta devorármela. Pido, estimado lector, cuando tropiece con estas palabras difíciles, considerar que han sido escritas en el crepúsculo de mis certidumbres y la madrugada de un horror que no os pido que creáis, pero sí, ruego, que escuchen.

Por mucho tiempo estuve convencido de que ningún mal puede alcanzar al hombre que camina amparado por la rutina, poseedor de la inercia insensible de la costumbre y armado con el escudo del escepticismo. Por eso viajé—una especie de peregrinaje intelectual y tan arrogante como inocente—a la ciudad de Cenoth, una urbe de escaso renombre, si acaso mencionada en algunos tratados de geografía por su inapetencia de futuro y su abundancia de pasado. Había escuchado de su biblioteca, famosa no por la cantidad sino la rareza y el misterio de sus colecciones, manuscritos a cuyas letras la luz suele negarse, libros de alientos inquietantes. Era sólo eso lo que buscaba: una emoción de la página, no el estremecimiento del alma.

La posada donde me hospedé tenía ventanas gruesas de polvo y cortinas hostiles a la claridad del día. Una decadencia amable la recorría: nada era tan ruinoso que inquietara, ni tan nuevo que consolara. Sus habitantes, de rostros impenetrables y conversaciones hechas para el eco entre paredes, alzaban la vista solamente a requerimiento expreso; daban la impresión de ser ya menos que sombras, pero más persistentes. Pese a mi afán de establecer diálogo, me trataron como a un recién cadáver: con simpatía silenciosa y retiro.

El bibliotecario era un anciano a cuyos huesos los años sólo parecían haber afilado. Tenía la mirada gastada de quienes han visto más de lo que han leído; aun así, cuando le hablé de los libros raros, de los códices señalados en los márgenes de los textos eruditos, sólo frunció los labios y llevó una mano temblorosa a un pequeño manojo de llaves que colgaba de su chaleco. "Hay lugares a los que no alcanza la lámpara ni la razón", murmuró, y sonreí, atribuyéndolo a mera retórica de anciano que quiere impresionar a un forastero. No insistí más de lo necesario.

La primera noche fue inquieta, pero no anómala. Soñé el acostumbrado desfile de imágenes inconexas, ninguna digna del registro. Fue durante el segundo día de exploración cuando, en la biblioteca, hallé—a medias oculto por telarañas de descuido y la esquinada luz de la tarde—un pasadizo angosto, tan desganado en su existencia como todo en ese lugar. La sombra de una puerta, que no se atrevía del todo a ser, resguardaba un cuarto de tamaño irregular, ni celda ni salón, más angosto toro que hueco humano.

En ese reducto, el aire tenía la textura del papel que nunca fue leído. Toqué uno de los tomos allí apilados con la inocente jactancia de quien se sabe a salvo, y sentí, en la yema de los dedos, un estremecimiento frío, un temblor no hecho de temperatura sino de sentido. Elegí un volumen sin título, cuyas páginas, más allá de su lenguaje ilegible y sus dibujos, parecían tener voluntad de sí mismas, cambiando suave y sin ruido bajo mi mirada.

Al intentar leer, los símbolos ardían en la mente, no en los ojos. Era como si las palabras sólo fueran mensajeras de un mandato más antiguo, y cada frase, en vez de dictar imágenes, despertaba abismos de asociaciones ajenas, y los horrores que suponían transmitirme superaban en mucho cualquier familiar pesadilla. Más extraño aún, tras la primera lectura, los textos modificaban su sentido: aquello que a simple vista era descripción, se convertía en acusación; lo que parecía historia, resultaba amenaza.

Con cada noche que pasaba en Cenoth una incomodidad, primero vaga y luego apremiante, fue instalándose bajo la corteza de mi pensamiento. Sentía, ya desde la segunda velada, un rumor en la casa donde pernoctaba, no un sonido realmente, sino una percepción—similar al zumbido apenas audible de la sangre en los oídos cuando uno se enfrenta al silencio absoluto. Había en ello la amenaza del grito, la promesa del nombre, y empecé a sospechar que, sin saberlo, había convocado algo que aún no se había resuelto a presentarse.

Empecé a despertarme a mitad de la noche, siempre exactamente a las 3:13, enfrentando la total parálisis del cuerpo. Una presencia, tan definida y ajena a la realidad como una sombra bajo el agua, se insinuaba en los límites de mi visión; no veía, pero sabía—y este saber era más terrible que el más grotesco de los espectros. Era la conciencia de que algo me esperaba pacientemente, de que había iniciado un diálogo con la parte más solitaria y desprotegida de mi propio ser. En esos momentos, yo era menos un hombre que el eco de una pregunta abandonada.

Durante el día, la progresión de mi mal era menos evidente, pero mucho más demoledora. Comenzaba a percibir grietas en las fachadas rutinarias de las calles, fisuras por donde afloraba una oscuridad subyacente. Los rostros de los anfitriones de la posada fluctuaban, perdiendo brevemente todo parecido humano, sus ojos convertidos en pozas de lo irremediable. Pero lo que más me aterrorizaba era mi propia transformación: emociones ancestrales y atroces, ansias que nunca había sentido, pensamientos que nacían no de mi historia sino de un pasado al cual yo no pertenecía.

Regresaba cada noche a aquel cuarto prohibido, y cada vez el libro era más receptivo. Ya no necesitaba disponerlo sobre la mesa para que sus letras se rebelaran; ya no me era necesario abrir las páginas para recibir la descarga venenosa de su saber. Bastaba mi presencia en la casa o el solo parpadeo en la penumbra para que aquello brotara en mí. Las palabras crecían como raíces, penetrando las capas más íntimas de mi juicio, estrangulando, una a una, las certidumbres de la identidad.

Fue entonces cuando experimenté el primer verdadero horror; no el miedo vulgar a la muerte o al sufrimiento, sino el estremecimiento fundamental de saber que, de algún modo, mi yo era sólo un huésped temporal, un inquilino torpe en una conciencia cuyo verdadero propietario era anterior, más vasto e inhumano. Comprendí con pavor que esa biblioteca, esa ciudad, eran sólo mecanismos de transmisión—antenas que propagaban un contenido ajeno a cualquier voluntad humana, ideas tan antiguas como el vacío y la pérdida.

Huyo a menudo de mis propios pensamientos, pero en aquellos días en Cenoth, descubrí que ya no me era posible hacerlo. Lo que fuese que habitaba el libro había cruzado mi umbral; y peor aún, había plantado en mí su semilla. No fui lento en persuadirme de que era un portador, un recipiente obligado a diseminar la locura en cada frase, cada mirada, cada gesto. Sentía en sueños y en vigilia que un nuevo lenguaje, articulado no en palabras sino en lo que se esconde detrás de ellas, se formaba en mi interior. Un idioma hecho para abrir la comprensión a lo inaceptable, para demoler, con precisión quirúrgica, la ficción de la individualidad.

Una noche, cuando la parálisis regresó puntual, la presencia se definió. No puedo describirla: su forma era una imposibilidad, un pliegue en la realidad, algo así como el olor de un color o el sabor de un sentimiento. Me habló sin palabras: era una comunicación directa con la esencia, sin intermediarios. Su mensaje simple y devastador: “Tú eres menos que lo que crees, y más de lo que comprendes. La conciencia es ilusión, el yo, un error de la costumbre. Tú eres solo un cruce de obsesiones, uno que ahora pertenece al linaje de la biblioteca”.

De ahí en adelante, mi relación con el mundo se quebrantó por completo. El acto de mirar era observar a través de un velo sucio; el de pronunciar palabra, una tarea abominable. Ya no habitaba yo la ciudad, sino que ella me habitaba; las calles se multiplicaban en mis sueños, los rostros de los viajeros eran repeticiones deformadas del mío. Cada vez que cruzaba la biblioteca, una página invisible tornaba, y algo de mí era registrado, contado, desgarrado y reconstruido.

Intenté dejar Cenoth, desde luego. Pero cada intento fracasó, no por esfuerzos externos, sino porque, con cada paso fuera de la urbe, la realidad en torno a mí se deshacía: el suelo era inconsistente, los árboles fragmentarios; el horizonte se disolvía en un vacío sin nombre, y sentí, mirando hacia el norte, que no hay afuera para un hombre que carga lo irreal en el interior.

Supe entonces lo más horrible: que mi cuerpo, mis recuerdos, todo cuanto yo suponía definía mi persona, eran herramientas, vehículos momentáneos para un contenido que me sobrepasa. Y peor, que así sucede con todos—con usted, mi lector, y con aquellos a quienes cree amar. La vida es sólo la marioneta del horror existencial; nos movemos por ilusiones barnizadas por la costumbre, sobreviviendo mientras no vemos la maquinaria tras el telón, el mecanismo que sólo pide ser encendido.

La última vez que visité la biblioteca, el bibliotecario me sonrió como al viejo amigo que nunca se fue. Tomó el libro de mis manos y lo devolvió a su nicho. Me preguntó: "¿Cuántos has traído contigo?". Supe a qué se refería. Nadie abandona Cenoth solo: cada pensamiento, cada palabra escrita, cada semilla de duda es la llegada de otro huésped a la vasta colección del horror.

Me siento ahora aquí, exhausto autor de mi propia ruina, y sé que mi relato no es advertencia eficaz, sino ritual de transmisión. Si siente usted, al terminar estas líneas, una breve punzada, una sospecha leve sobre la tibieza de la vida habitual; si, al apagar la luz, escucha un rumor en la frontera del sueño y la vigilia… entonces Cenoth ya ha crecido dentro de usted, y pronto buscará su camino de regreso a la biblioteca. Ese destino no se evita: sólo se confirma.

No me resta más que despedirme con la convicción de que la más terrible de las verdades no es la del fantasma o el monstruo, sino la de la mentira estructural del yo. El horror verdadero no está fuera; es la grieta en la conciencia, el saber que en todo ser humano anida el virus del abismo, y que basta una palabra —la palabra adecuada, en el momento oportuno— para rasgar el velo y revelar el vacío interminable detrás de la máscara. No temas la noche, ni a los espectros. Teme la certeza de ser, en última instancia, sólo un episodio más en la pesadilla de lo innombrable.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.