Fragmento:
Solo una estación más antes de su destino. Pero cuando el tren se detuvo para otra descarga y carga de sombras, y las puertas se abrieron, Hajime vio que había algo radicalmente diferente en el andén. Una neblina densa flotaba cerca del suelo, y más allá, el letrero de la estación era un mosaico ilegible, letras rotas girando sin cesar. Nadie subió ni bajó, pero las puertas se quedaron abiertas más tiempo del habitual. La anciana no despegó los ojos de él.
Duración: 10:24
Había algo indescriptible en ese descenso al submundo. Cada noche, al abandonar la rutina despiadada de su oficina, Hajime doblaba la última esquina y emprendía el corto trayecto hacia la boca del metro Shin-Yoyogi, aunque en su mente ese trayecto, siempre iluminado por farolas temblorosas y sombras inmutables, era innecesario y tortuoso. Pero el atajo, donde sintió una vez que lo observaban, era peor.
Esa noche, el aire húmedo y rancio del verano tardío parecía haber descendido también. Había algo peculiar en la atmósfera cuando Hajime trató de pasar su tarjeta IC por el torniquete. La máquina pitó con una frecuencia distinta, más prolongada, y en el reflejo del metal vio su rostro distorsionado. Se encogió de hombros, atribuyéndolo al cansancio. Sin embargo, cuando bajó las escaleras mecánicas mirando sus zapatos, la sucesión de anuncios de neón le pasaron como olas sonoras, resaltando nombres de estaciones olvidadas, slogans de productos desfasados, y relojes detenidos a las 18:23.
En el andén, el gentío habitual había mermado. A esa hora solo quedaban los fantasmas de oficinistas, estudiantes cabizbajos y un par de ancianos que siempre parecían estar en tránsito, pero nunca llegar a su destino. Hajime sintió un deseo inexplicable de mirar los rostros alrededor, temeroso de hallar en alguno un destello de reconocimiento o, peor, indiferencia absoluta. De repente, el chirrido del tren en las vías interrumpió su inspección.
El convoy paró ante él. Puertas abriéndose con un susurro asmático. Un único vagón iluminado intensamente, los demás, oscuros como la boca de un animal. Hajime dudó por una fracción de segundo, luego decidió entrar, empujado por la costumbre y el deseo de llegar a casa.
El interior era más frío de lo habitual. El aire acondicionado silbaba, inconsistente, jugando a rozar la incomodidad. Se sentó cerca de la puerta y evitó deliberadamente mirarse en las ventanillas. Últimamente, los reflejos le parecían sospechosamente lentos, como si su imagen vacilara en seguirle el ritmo.
Tres estaciones apenas, y ya los pasajeros entraban y salían en un acto mecánico y sin palabras, como si todos formaran parte de un mismo acuerdo tácito de ignorar la existencia ajena. A la cuarta estación, el vagón se vació parcialmente. Hajime decidió mirar su celular, pero la pantalla, pálida y sin señal, parpadeaba entre menús antiguos y mensajes sin remitente que desaparecían nada más intentar abrirlos.
Alzó la vista. Había alguien frente a él. No podía recordar en qué estación había subido, o si acaso había estado ahí desde el inicio. Era una anciana, encorvada, vestida con un kimono deslucido, hilos de cabello blanco cayendo sobre las mangas. No había nada terriblemente extraño en ella, salvo sus ojos: hundidos, opacos, casi ciegos pero claramente fijos en él. Hajime intentó apartar la mirada pero volvió a caer en ese pozo de inquietud líquida que brillaba en sus pupilas.
El tren prosiguió, idéntico a tantos otros viajes, pero en cada estación Hajime percibía un cambio sutil e insidioso: el anuncio de la próxima parada era ilegible, apenas un gruñido estático saliendo de los altavoces; las figuras que subían y bajaban parecían moverse más lento, con gestos repetidos, como marionetas cansadas de representar la misma escena.
Solo una estación más antes de su destino. Pero cuando el tren se detuvo para otra descarga y carga de sombras, y las puertas se abrieron, Hajime vio que había algo radicalmente diferente en el andén. Una neblina densa flotaba cerca del suelo, y más allá, el letrero de la estación era un mosaico ilegible, letras rotas girando sin cesar. Nadie subió ni bajó, pero las puertas se quedaron abiertas más tiempo del habitual. La anciana no despegó los ojos de él.
—¿Sabes a dónde vas? —preguntó de pronto, la voz tan quebradiza que parecía provenir de los altavoces que gemían.
Hajime no respondió. El silencio entre ambos se espesó, materializándose como otro compartimiento invisible.
El tren por fin reanudó la marcha. Hajime notó que los tubos cromados del vagón parecían sudar, y ante cada vibración de las ruedas, los anuncios colgantes tiritaban como hocicos de animal alerta. Miró de nuevo la ventanilla y, por un fugaz momento, creyó ver reflejado en el cristal no su rostro, sino el de la anciana, sonriendo levemente, con sus dientes desiguales asomando bajo los labios retraídos.
Una estación más. Pero en vez de la voz habitual anunciando su parada, emergió un chillido distorsionado, un susurro que parecía burlarse de los timbres cotidianos. Las puertas no se abrieron. El tren siguió su trayecto, solo que ahora Hajime era consciente de una leve curvatura en las paredes, como si el vagón torciera su propia estructura. La sensación era de un espacio que ya no respondía a geometría conocida.
—Este tren no para —la anciana murmuró, casi con lástima—. No en esos sitios.
—¿Disculpe? —Hajime intentó preguntar, pero sintió sus palabras quedar atrapadas en la garganta, apenas un suspiro ahogado.
—Hace mucho tiempo —la mujer pareció recitar, sin ya mirarle—, el metro tenía un final. Un último andén donde todo se detenía. Se prometía descanso al llegar... pero los trenes siguieron avanzando. Cruzaron la última frontera, y ahora no hay regreso. Todos, todos nosotros, viajamos ahora por rutas ociosas, entre estaciones que no existen. Tus recuerdos, ¿no los has notado? ¿No ves cómo se deforman a medida que bajan los túneles?
Hajime intentó incorporarse. Su cuerpo se sintió anclado al asiento, una presión invisible en su pecho, y vio que las luces del vagón parpadeaban. En cada parpadeo, los rostros de otros pasajeros —quizá nunca entraron, o nunca salieron— aparecían y desaparecían, todos con miradas tristes, ojos cóncavos, algunos abiertos como si gritara, pero ninguno decía palabra.
Quiso buscar ayuda. Golpeó la puerta, buscó el botón de alarma. Solo obtuvo respuestas anómalas: la textura del botón era gomosa y viscosa, y cuando intentó presionarlo, se hundió irrealmente, sin hacer ningún ruido. Las puertas estaban selladas, la ventanilla, opaca y tibia al tacto.
Hajime cerró los ojos y deseó despertar; deseó que todo fuera un mero desmayo de camino a casa, una alucinación nacida del esfuerzo. Pero el traqueteo del convoy y la voz, persistente, de la anciana lo mantuvieron en el presente.
—¿A qué le temes más? —preguntó la mujer—. ¿A no llegar jamás, o a descubrir que ya llegaste y te quedaste aquí?
El sentido de las palabras le golpeó como una ola glacial. Hacía semanas, ¿meses?, que su vida era una sucesión de rutinas idénticas. No recordaba realmente cómo era su hogar más allá de la sombra de sus muebles, el haz de una televisión apagada, la humedad perpetua de su cuarto. Y el metro... ¿Cuándo fue la última vez que se sintió genuinamente aliviado al salir por la escalera al aire libre?
El convoy parecía ya no atravesar túneles, sino un corredor en el que los muros se descomponían y recomponían, fragmentos de anuncios, palabras borrosas, ecos de risas antiguas. El tiempo perdió todo sentido. Hajime sintió su estómago vaciarse de ganas, y la certeza devastadora de que jamás saldría de este trayecto. Frente a él, la anciana parecía haber crecido, su silueta extendiéndose, ocupando más espacio, o quizás era el vagón que se encogía.
—Hay otros trenes —susurró ella ahora con voz múltiple, polifónica, desenfocada—. Otras líneas. Donde alguna vez bajaste, donde nunca subiste. ¿Quién eres sin tu trayecto, sin tu asiento preestablecido? Aquí, nadie recuerda su nombre. Solo el movimiento que simulan. Es el precio de ir demasiado lejos, de confiar en que todo viaje, por más sin sentido, tiene una estación definitiva.
Hajime gritó, pataleó, arañó la puerta. Los otros pasajeros apenas lo miraron, sus ojos vacíos, consumidores de esperanzas ajenas. Pensó en su familia, en algún amor pasado, pero los rostros se le antojaban tan imposibles como las figuras abstractas del exterior. En la ventana lateral, solo alcanzó a ver destellos de sí mismo, la imagen entrelazada con la de la anciana y otros pasajeros, los rostros repitiéndose infinitos, caricaturas solapadas.
Sintió que el vagón paraba bruscamente. Las luces explotaron en un parpadeo de neón. Esta vez las puertas se abrieron. No era una estación conocida. La niebla densa en el andén ocultaba cualquier límite, olía a cenizas y humedad. En el umbral, una hilera de humanos —o lo que quedaba de ellos— avanzaba sin dirección, en lenta procesión fuera de las puertas. Hajime saltó, impulsado más por el horror de permanecer que por la esperanza de escapar.
En el andén, no había salida visible. Solo nombres rotos, anuncios de horarios pasados, y un cartel iluminado: "Fin de línea". La anciana apareció a su lado. Su silueta ya no era completamente humana. La boca colgaba como un trapo, y los ojos eran meras hendiduras por donde se derramaba una sombra ilegible.
—En algún lugar, —dijo—, el mundo de la superficie sigue creyendo en sus líneas, en sus horarios. Pero aquí, todos somos pasajeros de trayectos que no cesan. Bienvenido.
Hajime intentó correr por el andén, pero los pasos tropezaban contra el suelo viscous. Otras figuras llenaban el espacio, susurrando sin voz. En todas ellas reconoció un poco de sí mismo: la rutina, el cansancio, la esperanza quebrada de una llegada. En la niebla, las luces del siguiente tren brillaron un instante. El convoy apareció sin conductor, y el ciclo comenzó de nuevo.
Hajime, comprendió, era ahora parte de ese tránsito perpetuo. En su bolso, la tarjeta IC era un fragmento marchito, y en la piel, la marca helada de la resignación. Los nombres de las estaciones, sucesivamente distorsionados, ya no importaban. En el oscuro vientre del metro, la eternidad era solo una sucesión de esperas ante puertas que nunca conducían de verdad a ninguna parte.
Y arriba, en la superficie, una nueva silueta descendía por la boca de la estación Shin-Yoyogi, sin saber aún que el viaje más aterrador es aquel donde uno comienza a olvidar que alguna vez existió la posibilidad de llegar.
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