Fragmento:
Aquella noche de noviembre fue como un pozo, densa y sin fondo. El viento no ululaba, sino que se deslizaba como dedos fríos entre cartones y esquinas mal alumbradas; la lluvia caía desde un cielo sin memoria, tenue y constante. Ernest mantenía las solapas del abrigo alzadas, mirando el mutismo de las ventanas apagadas, preguntándose, como otras tantas veces, si alguna vez habitó verdaderamente alguna de ellas.
Duración: 10:57
Había una vez un nombre, aunque al contarse ahora, parece una concesión innecesaria, una virtud que ya nadie conoce. Ernest Crook tenía apenas ese nombre y un abrigo raído de paño gris, abotonado con tantos parches como recuerdos. Deambulaba por la ciudad como una hoja arrastrada en la corriente de otoño, apenas notado por quienes caminaban con propósito. Nadie veía, y por lo tanto, nadie temía. Pero Ernest sí temía, esto es lo que importa para la historia que sigue. Él temía con la vehemencia silenciosa de los que han probado demasiado de la vida y digerido poco.
Aquella noche de noviembre fue como un pozo, densa y sin fondo. El viento no ululaba, sino que se deslizaba como dedos fríos entre cartones y esquinas mal alumbradas; la lluvia caía desde un cielo sin memoria, tenue y constante. Ernest mantenía las solapas del abrigo alzadas, mirando el mutismo de las ventanas apagadas, preguntándose, como otras tantas veces, si alguna vez habitó verdaderamente alguna de ellas.
Había sido profesor —o eso sus recuerdos le decían de vez en cuando, como un eco desde la parte trasera de su cráneo donde se acumulan los sueños viejos—. Ahora, sin embargo, era un fantasma en vida, uno que caminaba porque el suelo se lo permitía, no porque los recuerdos lo sostuvieran. Se reunía cada noche bajo el viaducto de Brickman, donde la ciudad parecía parpadear en arritmias y lo real era tan maleable como el cartón mojado bajo sus pies.
Esa noche, cuando llegó (puntualidad de reloj biológico, aunque nadie lo esperaba), encontró a los otros ya instalados en su lóbrega congregación. Mary “La Risa” envolvía sus pies en papel periódico; el Joven John, recién regresado de la promesa nunca cumplida de suburbios lejanos, compartía la brasa de un cigarro con Old Mason, quien juraba que no le dolía nada porque ya estaba muerto desde hacía años. Nadie hablaba mucho. Sus voces eran la distancia transmitida a través de jadeos, entrecortada por la tos y por la quietud forzada por el hambre.
Aun así, Ernest empezó a hablar esa noche, y aunque sus palabras estaban destinadas a flotar, a perderse bajo el viaducto, se hicieron peso en el aire, como si fueran tan reales como la suciedad bajo sus uñas.
—¿Alguna vez han sentido… —dijo tímidamente, mirando hacia la grieta del muro donde crecía un helecho mustio—, que ni siquiera existe antes de que uno los vea?
Mary soltó una risa breve, más por conservar el apodo que por fe en la alegría. El Joven John se encogió de hombros. Old Mason escupió a un lado.
—Hoy desperté y sentí que no era nadie, que absolutamente nada de todo esto fue real alguna vez —siguió Ernest, ahora apenas más alto que un susurro—. Que somos sueños… pero sueños olvidados.
No hubo respuesta, pero en ese mutismo pesado Ernest sintió que todos compartían la misma náusea interior, el quebranto de saberse, por instantes, tan irreales como el ruido mecánico de los trenes sobre sus cabezas. Nadie se atrevió a decir que sí.
Avanzó la noche, y uno a uno los demás buscaron posiciones menos incómodas. La lluvia caía persistente. El abrigo de Ernest estaba empapado en los hombros, como si filtrara toda la humedad de la existencia misma hacia su piel. No podía dormir. La niebla recubría sus pensamientos, haciéndolos resbaladizos y circulares.
Tiempo después —pues el tiempo allí era un animal imposible de domar— Ernest se levantó a orinar contra la sombra de un pilar. Su mirada se perdió entre los charcos que reflejaban pedazos de luz sucia. Y entonces vio algo; o, más bien, notó algo. Una sombra demasiado quieta, pegada a las paredes, como si hubiese decidido no avanzar más allá del margen de una realidad compartida por conveniencia.
La sombra tenía la forma de alguien sentado con la espalda pegada al muro. Pero donde se suponía que habría un hombre —quizá vencido por la bruma, otro compañero del infortunio—, no había nada más allá de la mancha que dibujaba el contorno de una rodilla, un perfil, el bulto de un torso. Ernest parpadeó varias veces. Estaba demasiado frío para que su mente estuviera lúcida, demasiado cansado incluso para el miedo. Pero la sombra no cambiaba, no oscilaba con la luz temblorosa de las farolas lejanas.
Una corriente eléctrica le recorrió la columna. Reculó y volvió junto a los otros. Los observó dormir —escuchó los ronquidos, el habla confusa de Mason atrapado en sueños inútiles—. El frío había ahondado sus raíces y, contra la voluntad de su inquietud, terminó por dormirse.
Lo despertó un golpe sordo, varios metros más allá, en la zona donde había visto la sombra imposible. Se incorporó de golpe, con la sensación aguda de haberse desvanecido en otro tiempo, en otro mundo. El prolongado crujido del viento entre los pilares era ahora un susurro, al principio apenas perceptible, y luego claramente discernible bajo el martilleo de la lluvia: un murmullo insistente, como si un millar de voces diminutas corrigieran un error perpetuo.
Ernest se esforzó por distinguir palabras, pero no había orden en aquellas sílabas salpicadas por las gotas de agua. Y, sin embargo, comprendió. Sintió, en el centro de su estómago, que lo estaban hablando a él. O de él. O a su través, como si a través de su cuerpo pasara el río infinito de la exclusión, la corriente densa que arrastra a los olvidados.
Allí estaba de nuevo la sombra, ahora multiplicada. Figuras apenas delineadas por la pátina de humedad, sentadas, encorvadas, masticando la nada, compartiendo no el calor, sino la indiferencia de la fría arquitectura sobre sus cabezas.
Estaba solo, se dijo. Old Mason y John y Mary habían desaparecido, borrados de su puesto como sueños disipados al amanecer. Caminó tambaleante hacia la sombra. El frío le impedía pensar, pero al mismo tiempo le afinaba los sentidos. Ahora estaba a un metro de la figura. Su mano temblorosa tanteó el aire, medio queriendo, medio temiendo atravesarla.
La sombra no se movió, pero la humedad y la oscuridad se aferraban a su carne como cuando en las pesadillas uno sueña con su propio cuerpo licuándose con la sangre y la tierra. Ernest susurró, apenas capaz de pasar la saliva por su garganta:
—¿Quién eres?
El murmullo aumentó. De entre las figuras más allá de la primera, otras sombras surgían, más contundentes, más definidas, como si la Ciudad misma estuviera extrayéndolas del aire estancado. Una voz —suya, o sólo registrada en su pensamiento— respondió:
—Somos lo que queda cuando nadie más mira.
Ernest quiso retroceder pero el miedo le había anclado los pies. Mientras sus ojos se habituaban a la noche, distinguió algo aterrador y fascinante a la vez: cada sombra tenía el contorno de un ser humano, pero carecían de rostro, no tenían nombre, ni pasado. Eran reflejos cargados de una miseria mayor que la suya. No de pobreza, sino de existencia evaporada, de ser y dejar de ser cada día un poco más.
La voz, o el pensamiento, volvía, multiplicado:
—Te unes a nosotros cada noche. Eres uno de nosotros. Nadie recuerda tu calor, ni tu peso. Eres menos que una ausencia: eres la parte del mundo que se olvida de sí misma.
Ernest sintió la náusea subir desde el centro mismo de su cuerpo. No era el hambre la que lo sacudía, sino la revelación atroz de que nada quedaría tras sus huellas, ni siquiera el recuerdo de haber sido. Su vida fue, de pronto, una sucesión de días sin eco. Sintió la tentación de dejarse ir, de aceptar el abrazo de las sombras, de dejarse diluir en esa multitud silenciosa de los prescindibles.
Pero luchó. Lo hizo con la obstinación de quien ve en la muerte de su significado el mayor de los horrores. Sacó fuerzas de una costra invisible en su dolor, y gritó, una palabra —quizá su nombre, quizá el nombre de todos los que yacen invisibles bajo las infraestructuras de la vida—. El grito resonó como un disparo seco en el túnel. Las sombras titubearon o, más bien, la noche las disolvió por un instante.
Vio entonces, en el lugar donde antes dormitaban Mary, Mason y John, tres vagos contornos humanos. Eran pálidos, somnolientos. No podían hablar, pero en sus ojos había una súplica: “No te vayas”, o tal vez: “No nos olvides”.
Las primeras luces indecisas del amanecer comenzaron a filtrarse entre las rendijas del puente. Un gris más claro, menos denso, se adueñaba de la noche. Las sombras retrocedían a los márgenes. Ernest avanzó torpemente hacia los otros, los tocó, los nombró en voz baja. Mary balbució, Mason suspiró hondo, John parpadeó varias veces, atónito. Pero nadie recordaba lo ocurrido, ni el frío que no era de este mundo, ni las sombras que tentaban.
El día trajo consigo la rutina de siempre: coches rugiendo en las avenidas, la vida traspasando el viaducto sin mirar jamás debajo de sus pies. Solo Ernest, ya irremediablemente, sentía bajo su yema una grieta. Era el filo de saber —cómo decirlo— que el vacío es lo real, y que lo demás es solo la vibración de sus bordes.
Por muchas noches más, el murmullo volvería. Las figuras insistirían en invitarlo, en acallarlo, en hacerlo confundir la supervivencia con la resistencia a lo invisible. Ernest, como tantos, seguiría tanteando la frontera entre ser y no-ser, esperando, tal vez en vano, que alguna mano —la suya, la de un dios menor, o la de otro como él— pudiera rasgar la tela opaca que separa la vida del olvido.
Y cuando, al fin, una mañana Ernest ya no estuvo bajo el viaducto —cuando su abrigo yacen, húmedo, en el rincón donde había soñado con nombres, con historias, con redención—, nadie en la ciudad sintió la diferencia. No hubo memoria de él, como tampoco la hubo de Mary, ni del Joven John, ni de Old Mason. Las sombras, entretanto, sumaban una figura más a su corro invisible, murmurando a los desesperados que la existencia es apenas un rumor entre la bruma, y que sólo el olvido es verdadero.
Ése es el horror último, pensó Ernest, ya diluido, ya nada: que incluso los monstruos solo son vistos cuando se espera de ellos algún milagro. Pero los monstruos, en verdad, son los que nunca llegan a estar, a pesar de haber estado siempre allí.
El viaducto de Brickman permanece en pie. La gente todavía pasa sobre él cada día, ignorando la persistencia de las sombras, el eco de los nombres no pronunciados. Y de tanto en tanto, cuando el viento se enreda en el hollín y en el papel periódico, alguien —quizá usted mismo— podrá sentir, en el pecho, la punzada fría de saberse por un instante increíblemente irreal.
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