Portada del relato El Efecto Cerradura
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Fragmento:


Era un cuaderno escolar, de esos que en la esquina traían fruta animada dibujada. Las primeras tres páginas estaban pegadas con cinta de carrocero, como si a alguien le hubiera dado terror lo que allí estaba escrito o dibujado. Derecha, izquierda, el pegamento inmisericorde insistía en sellar el comienzo. Lo demás eran páginas en blanco raspadas con bolígrafo; líneas irregulares, frases balbucientes.

Duración: 08:53

El Efecto Cerradura
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Texto de ajuste de pausa.

El manual llegó una mañana, envuelto en papel encerado, dirigido solo por un nombre que ya no reconocía como mío aunque figuraba en el buzón: Kazuki Matsumae. Ningún remitente, ningún estampado, solo las letras a bolígrafo azul, temblorosas, manchadas de sudor seco. Lo abrí sin entusiasmo. Por aquel entonces todos los días se parecían: todo estaba diseñado para mantenerse plano, seguro, eficiente, desinfectado, carente de fricción. Mis roles —oficinista y esposo— bien ordenados, bien prefabricados, nadie me preguntaba qué opinaba, nadie lo requería tampoco. Ignoré el paquete hasta que la noche me sorprendió insomne en el sofá con el televisor haciendo ruido blanco. Entonces rasgué el papel.

Era un cuaderno escolar, de esos que en la esquina traían fruta animada dibujada. Las primeras tres páginas estaban pegadas con cinta de carrocero, como si a alguien le hubiera dado terror lo que allí estaba escrito o dibujado. Derecha, izquierda, el pegamento inmisericorde insistía en sellar el comienzo. Lo demás eran páginas en blanco raspadas con bolígrafo; líneas irregulares, frases balbucientes.

Y una sola página intermedia, escrita con un cuidado aterrador:

Si puedes leer esto, ya NO puedes dejar de ver.

Todos estamos vigilando.

Cuidado con la costra.

Volví la hoja y, sobre la superficie pulposa, había un croquis de mi propio apartamento. Unas marquitas señalaban puntos negros: el armario, el hueco bajo el fregadero, el radiador de la sala. Lugares en los que nunca buscaba nada, apenas rellenaba la superficie con cosas que olvidaba en semanas. Sentí una oleada tibia, una suerte de retortijón bajo la boca del estómago.

El manual, o lo que fuera, parecía ordinario. Sin embargo, notaba un parpadeo molesto, una comezón justo antes de coger el sueño. Pensé, “abrazo otro día normal”, y lo metí en el fondo del cajón del escritorio. A la mañana siguiente, mi mujer me saludó con la misma tibieza automática, y mis compañeros de oficina con la apertura corporativa de siempre. Cerveza, fútbol, facturas, simulacros de alarma. Todo era seguro si mantenía la vista en la superficie.

La noche siguiente volvió a mí aquel cuaderno. Lo saqué y no pude evitar intentar despegar la cinta de las primeras páginas, pero la cola era una amalgama infecta, como si se hubiera fundido y hecho una costra sobre el papel. No quise insistir. Busqué, sin intención definida, bajo el fregadero el punto marcado en el croquis. Allí solo había rastro de cucarachas, polvo, tubos viejos. “Nadie se esconde aquí”, pensé. Pero desde entonces el ruido comenzó.

Primero fue un golpeteo. Después, algo como un rasguño suave en el fondo del armario al fondo del pasillo. Cuando me acurrucaba bajo las sábanas, con mi mujer respirando regular, sentía la presión de algo mirando desde el hueco negro al otro lado de la puerta del dormitorio.

Recordé la advertencia: “Cuidado con la costra”.

Un lunes, de camino al trabajo, la ciudad parecía aún más silenciosa que de costumbre. No el silencio natural, sino el de algo apretado y húmedo, como una herida por cerrar. Vi caras en las ventanas, cabezas pixeladas en la neblina del transporte. Cada uno llevaba su propio cuaderno, invisible pero presente: gestos precintados, palabras medidas, risas calibradas, como si temieran algo bajo la piel colectiva.

Esa noche no pude dormir. Con la linterna en mano, bajé al vestíbulo y busqué bajo la alfombra donde el croquis no señalaba nada, pero mi corazón palpitaba con fuerza. Me pareció escuchar un murmullo, un eco de palabras en mi propia voz.

Dejo grabado aquí lo que falta.

Esa frase se escribió sola en mi cabeza, como si algo dictara cuando abrí, accidentalmente, la agenda de correos en el teléfono. Todo estaba cubierto con líneas negras, como censura. Los nombres de mis amigos, mis familiares, incluso el mío, oscuro, ilegible.

El día siguiente me encontré a mi mujer parada frente al armario, hubo un instante donde sus hombros parecían encorvarse bajo una carga invisible, como si estuviera empujando hacia dentro una versión desconocida de sí misma. No me miró. Solo cerró la puerta del fondo del armario con un chasquido y dijo: “Tienes polvo detrás del radiador. Baja la cabeza la próxima vez”.

La costra estaba ahí. Pensé que era sólo la suciedad alrededor de los tubos oxidados, pero no: era una masa pulposa, oscura, extendiéndose poco a poco, tapando todo lo que había olvidado. La rasqué con la uña y entonces vi que el polvo era plano, pero la sustancia bajo la costra vibraba con una vida viscosa.

Esa noche, soñé con eso. Las habitaciones eran más profundas de lo que nunca recordé, y bajo cada puerta, en cada recoveco, se acumulaba la costra, creciendo, fermentando, censurando. Lo que cubría no eran solo objetos, eran recuerdos —nombres que había dejado de pronunciar, cumpleaños que había saltado, palabras censuradas de conversaciones que nunca debía haber terminado— y cada vez que mi pensamiento intentaba acceder, una negrura pegajosa me lo impedía.

No podía recordar a mi madre.

No podía recordar la última vez que me sentí humano.

No podía recordar mi primer miedo verdadero.

Solo esa presión implacable, el sudor frío que se pega cuando se sabe demasiado.

Por la mañana, la costra seguía allí. Intenté arrancar un trozo, lo metí en una bolsa hermética y, en el trabajo, la deposité como residuo especial, pero jamás me deshice de ella: al volver, seguía en el radiador, idéntica, como si nunca hubiera arrancado una pizca.

Mi mujer ya no hablaba casi; solo extraía rutinas, se preservaba. Yo comencé a explorar con linterna y cinta adhesiva, sellando los márgenes de los armarios, revisando el mio para encontrar el cuaderno, cuyas páginas en blanco habían comenzado a llenarse con mi letra, frases cortas: “NO PIENSES EN ELLOS”. “LA MIRADA ESTÁ DENTRO”.

Bajo el fregadero, retiré la costra un poco más y debajo, impresa en la cerámica, había una serie de nombres: todos ellos tachados, menos uno: K. Matsumae.

Me llegó un temblor. Me recosté, sudando, ante las risas disecadas de la televisión nocturna. Los presentadores reían, alegres, y debajo del volumen, oía un borboteo, una suerte de inscripción emergente: los rostros desaparecían detrás de manchas negras que recorrían la pantalla.

Estaban todos censurados.

Había algo sobrentendido, como si toda la ciudad se retorciera sin aire, bajo la amenaza de un olvido pendiente. La costra se pegaba a la vida diaria: cuando iba al supermercado y los nombres en los tickets eran “confidenciales”; cuando intentaba buscar mi rostro en las fotos viejas y era solo un borrón.

Encontré el segundo cuaderno cuando un vecino falleció —o al menos eso dijeron, pero su nombre completo jamás se discutió. Fue en la sala de estar, bajo el sofá donde rodaban a veces los juguetes de mi infancia.

El cuaderno tenía más mapas, líneas de censura y, al final, una sentencia:

El último en recordar, el último en ser tragado.

Desperté de mis rutinas automático. Rondé por la casa como animal en jaula hasta que por fin abrí la puerta del fondo del armario, sin importar ya la costra colgando. Era blanda al tacto, pero por detrás había nada, solo vacío, una oscuridad que olía a papel mojado y metal oxidado.

Resonaron pasos fuera. Era mi mujer, o alguien con su ropa. Se detuvo, no levantó la vista. Sin girar el rostro, dijo: “No hay forma de dejar de ver. Lo que no puedes recordar, tampoco puedes contar.”

Lo entendí. La censura era pegajosa, una masa viva que se agrupaba justo sobre todo lo que alguna vez había sido propio y real. Así, como si el mundo se estuviera sellando a sí mismo desde dentro, borrando las fisuras hasta que la costra tapara por completo cualquier resquicio.

Esa noche la casa amaneció sellada. La costra crecía imparable, tapando incluso las ventanas, asfixiando la luz, sofocando los objetos y las palabras. Busqué el cuaderno, intenté gritar mi nombre antes de que la mancha me alcanzara la boca. El manual no tenía final.

Nunca lo tuvo.

La costra, si la quieres ver, está en todas partes. Bajo la piel, en la mente, en cada recuerdo que preferiste no registrar, en las palabras que alguien tachó para ti antes de que pudieras pronunciarlas.

Lo último que escribo, lo hago mientras todavía tengo algunas frases libres de tinta negra.

Todo lo que olvidas, te olvida también.

Lo demás... ya lo sabes, aunque nadie pueda decirlo.

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