Portada del relato El susurro de la grieta
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Fragmento:


Recuerdo con nitidez el primer temor, casi trivial: una fisura vertical, delgada como un alfiler y tan negra que parecía absorber la claridad circundante, surcando el ángulo entre el techo y la pared del salón. Sin embargo, lo inquietante no fue su presencia, sino su súbita aparición. Estaba seguro de que la noche anterior, al retirarme a mi improvisada cama de sofá, no había rastro alguno. Es más, alguien habría observado el negror de esa fractura, pues en una casa tan vieja las grietas eran menudencias inevitables. Pero no, surgió de la nada, un tajo que parecía vibrar cuando lo miraba directamente.

Duración: 10:48

El susurro de la grieta
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Texto de ajuste de pausa.

Debo empezar este relato con una disculpa a la lucidez. No pretendo que quien lo lea conserve intacta la entereza con la que lo empezó: he pagado el tributo más intolerable a la bruma de lo imposible. Si el horror es el desciframiento de símbolos nacidos de lo indistinto, entonces mis palabras sólo pueden ser ceniza dispersa en la sombra: porque lo que vi no tiene analogía posible con la vida. Si digo que no está hecho para ser conocido, es porque la sola posibilidad de conocerlo me ha despojado de toda certidumbre.

Todo comenzó en la sempiterna monotonía de la ciudad. Vivía en una de esas callejas donde el sol nunca se atrevía a entrar de frente salvo en las tardes de verano, cuando los tejados se doraban en un fuego vidrioso y la luz tropezaba tristemente en las fachadas agrietadas e insípidas. En el número 17 de la Rue Cazeneuve, una escalinata dormía bajo una puerta de madera carcomida, frontera entre lo sabido y lo inhóspito. Yo, un hombre sin historia, incursionaba en la amistad de mis libros y el gris de mis días. Ninguna intrusión del misterio, ningún sobresalto. Hasta que una grieta apareció.

Recuerdo con nitidez el primer temor, casi trivial: una fisura vertical, delgada como un alfiler y tan negra que parecía absorber la claridad circundante, surcando el ángulo entre el techo y la pared del salón. Sin embargo, lo inquietante no fue su presencia, sino su súbita aparición. Estaba seguro de que la noche anterior, al retirarme a mi improvisada cama de sofá, no había rastro alguno. Es más, alguien habría observado el negror de esa fractura, pues en una casa tan vieja las grietas eran menudencias inevitables. Pero no, surgió de la nada, un tajo que parecía vibrar cuando lo miraba directamente.

Mis dedos, movidos por la vieja manía de examinar y paliar, rozaron el borde. Un escalofrío, tan brusco como el latido de un corazón atrofiado, recorrió mi brazo. Una impresión gélida —no de frío físico, sino una especie de quietud sepulcral— se esparció en mi pecho. Me retiré sobresaltado, acudiendo a los rudimentos de la razón: humedad, desgaste, imaginación... Me forcé a aceptar cualquiera de estas explicaciones. Pero, aunque me persuadía de su lógica con firmeza, tampoco podía dejar de sentir —en lo más profundo— que algo había cambiado.

Así empezó mi descenso al horror. Día tras día, la grieta crecía, expandiéndose en retazos irregulares, como una telaraña de tinta vertida en la materia misma del muro. Pero su negrura era distinta: mientras más la contemplaba, menos parecía pertenecer a este mundo. No al negro de la ausencia de luz, sino a ese otro negro… como cuando una pupila dilatada absorbe el universo sobre sí, y sólo queda la percepción del abismo.

No quise hablar de ello con nadie. ¿Qué podría decir? Que el muro de mi salón empezaba a descomponerse en algo que no era de este mundo. Así, me encontré buscando excusas para no mirar ese rincón. Cambié de sitio mis libros, mudé mi escritorio, alteré el orden de los muebles. Todo en vano: era como si, en mi campo de visión periférica, la fisura danzara, reclamando mi mirada. A veces, en la quietud de la noche, sentía un susurro leve, un zumbar entre la costra invisible del silencio, que procuraba ignorar con toda la terquedad de la incredulidad.

En la tercera semana, supe que debía investigarla. La razón me apremiaba a buscar un albañil, mas algo en mi interior lo prohibía, como si fuera sacrilegio invitar a un testigo externo. Armado de una linterna, me acerqué una noche, decidido a examinar la profundidad de la fractura. En cuanto el haz de la linterna tocó la grieta, la luz pareció disiparse, disolverse como vapor capturado en hielo. Acercando el ojo, desafié al temor. Vi, a través del abismo abierto, una oscuridad repleta de movimiento. No era la negrura del vacío, sino la de un espacio ultrajante: allá adentro, cosas se agitaban, formas espasmódicas e informe, como cadáveres de pensamientos que regresaran a la vida en una danza desacordada.

Me retiré horrorizado, preso de un entumecimiento paralizante, como si la grieta aspirara mi voluntad. Esa noche, los sueños fueron turbios, descarnados, agónicos: rostros fusionados en membranas translúcidas, palabras que no eran palabras, sino ecos de una fonética maldita; huesos engastados en constelaciones absurdas y monstruosidades sin nombre relampagueaban en el no-lugar de la vigilia y el sueño.

Al cuarto día, el sonido empezó. Un golpeteo irregular, a veces tenue como el rosario de la lluvia, otras veces sordo, como pasos titánicos reverberando en galaxias huecas. Se repetía alrededor de las once de la noche, penetrando mis sentidos hasta el núcleo de la paranoia. Varias veces estuve tentado a huir, a entregar la casa y mi cordura al primer viandante; pero una fuerza, más poderosa que el terror, me anclaba allí: una curiosidad abismal, nihilista.

Un amanecer, incapaz de soportar más, me armé con los pocos útiles de reparación que poseía y empecé a golpear la zona alrededor de la grieta, intentando sellarla. Inútil. Cada vez que el yeso tocaba ese borde, la masa se descomponía en una pasta desvaída, absorbida en el tajo. En un arrebato, introduje la espátula, forzando. Fue entonces cuando escuché el sonido: un lamento, como un rugido sordo que resonó no en mis oídos sino dentro de mí, en un punto en el que el alma y la razón se disuelven en la nada. Di un salto hacia atrás, incapaz de procesar si aquello era real o si mi mente había dado el salto final al delirio.

No dormí esa noche. Súbito empezó a obsesionarme la idea de que, quizás, la grieta era una suerte de ojo o boca latente, un acceso oculto a un dominio de realidad imposible. Recordé leyendas, antiguos relatos leídos en mi juventud: cuentos de puertas prohibidas, de arcanos sellados para protegernos de lo innombrable. Pero en ellos, siempre había exorcismos, algún tipo de defensa; aquí sólo había la pasividad de un hombre enfrentado a una inminencia sin rostro.

La grieta prosiguió su crecimiento. En adelante, se ramificó en delicados surcos hacia el centro de la habitación, trazando una geometría absurda, casi orgánica. Supe entonces que no era producto de desgaste ni de errores arquitectónicos. Tuve la certeza de que allí se desarrollaba otra lógica, otra aritmética del espacio y del tiempo. A ratos, sentía que el suelo vibraba ligeramente con su expansión, como una carcasa hendida desde dentro por el avance de larvas ciegas.

Una mañana de julio, salí de la casa y caminé sin rumbo a través de la bruma del barrio obrero, en busca de respuestas. Entablé conversación con el anciano portero del edificio contiguo, un hombre de manos retorcidas y ojos extraviados. Le hablé, vagamente, de un problema con el muro. Él me miró, y su rostro mudó a una palidez lívida.

“Eso ya había pasado antes,” susurró, con la voz rota del que guarda una memoria maldita. “Aquí, hace muchos años. Dijeron que la casa estaba envenenada, que había grietas en lugares donde no debería haber ni aire. Nunca hubo explicación. Mejor que no siga allí.”

Sentí que su advertencia me golpeaba, no como un consejo, sino como una condena. Mi piel erizada, mi pulso errático. Aún así regresé —porque no podía escapar. Sentía una pertenencia viscosa hacia aquella anomalía: la certeza, cada vez más dolorosa, de que si huía, la grieta me seguiría, o peor, ya estaría en mí.

En las noches siguientes, los sueños se intensificaron. Yo era arrastrado, desmembrado, recombinado en formas que la mente apenas puede bosquejar. Los fragmentos de conciencia flotaban en un océano de no-ser; allí, el horror no era la muerte, sino la disolución en multiplicidades, en posibilidades monstruosas. En ocasiones, despertaba con la sensación de que mi cuerpo vibraba buscando líneas de fuga, que mi piel se agrietaba desde dentro.

Decidí escribir estas líneas cuando supe, con una fatal claridad, que ya no era dueño de mi voluntad. Observé mi rostro en el espejo y descubrí, horrorizado, que una línea oscura descendía desde el lagrimal izquierdo: una fisura idéntica a la del muro, cruzando mi mejilla. Tembloroso, la toqué; sentí un leve ardor, como si bajo la piel bullera una sustancia desconocida, una negrura mineral.

Esa noche lo comprendí: la grieta no sólo destrozaba el espacio, sino que descomponía la idea misma de autonomía, de individualidad, de la seguridad que otorga creer que uno es un ente cerrado, finito, autónomo frente al universo. Era una puerta, sí, pero no a otro mundo sino al reverso del ser, donde la identidad era un espejismo condenado a resquebrajarse.

Las fisuras continuaron expandiéndose, primero por el techo, luego en mis ropas, en la madera de las estanterías, en mi piel. A cada instante, sentía cómo el mundo se descomponía en fractales nauseabundos, cómo los objetos se derretían en formas imposibles, cómo los relojes chorreaban tiempo podrido y los libros destilaban letras que sangraban.

Ya no sé si escribo estas palabras con mano de carne o si es la grieta misma la que dicta y se expresa. A veces, oigo claramente su voz, una letanía blasfema, sin idioma, que susurra la promesa de la dispersión. Percibo cosas moviéndose entre el hueco y la carne, como si yo fuera ya más del otro lado.

Este horror no tiene imágenes espectrales ni persecuciones frenéticas: es la lenta certeza de que la realidad es un tejido demasiado delgado, vulnerable a cualquier embestida de lo Otro. Lo verdaderamente insoportable no es la presencia de una criatura singular, sino el avance de una lógica ajena, una aritmética de fracturas y vacíos que corrompe tanto la materia como el espíritu.

Por eso, quien lea esto debe mirar, ahora, con recelo sus propias paredes. Debe preguntarse si detrás del enlucido no hay algo gestándose, una pequeña discontinuidad, una sombra apenas perceptible. Porque la grieta siempre busca, abreva en lo humano. Y cuando la reconoces, ya es demasiado tarde.

La última noche, la casa se llena de ese aroma a polvo antiguo y plasma desconocido. Las paredes laten y los relojes derraman segundos sobre el suelo. No oigo nada, salvo el suave crepitar de la fractura devorando los cimientos de la realidad.

Siento en mi carne la expansión del abismo y, en un último acto de rebeldía, dejo estas palabras. No hay consuelo ni escape: somos intervalos entre las grietas. Y tarde o temprano, regresaremos a ellas.

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