Fragmento:
Yo antes solía trabajar. Lo recuerdo como se recuerda un sueño, imágenes flotando al borde de la conciencia: una oficina, gentes que decían mi nombre con la tibieza de la costumbre. Risotadas en la sala de descanso, la vida circulando como un río tranquilo. Todo eso quedó atrás cuando, un lunes cualquiera, no pude salir de casa. No fue una decisión, tampoco una enfermedad reconocible; solo me desperté y la puerta estaba cerrada. No con llave, sino que sencillamente no se abría, como si la madera hubiera decidido mimetizarse con la pared.
Duración: 10:24
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A veces, me gusta pensar que la soledad es un animal, algo con garras y dientes y ojos profundos, esperando agazapada en las esquinas donde la luz titila. Solo que ahora, la noche no tiene esquinas. Ahora, la soledad pasó a ser el aire mismo, y no hay dónde huir. Todo comenzó cuando perdí la cuenta de los días.
Tenía sentido al principio: noches largas, oscuridad casual, un apartamento que crujía solo en la zona honorable de la soledad aceptada; cuando la mente titubea frente al insomnio y los muebles se alargan en la penumbra, cualquier infortunio puede explicarse. Pero luego, la luz empezó a cambiar. No a oscurecerse, sino a quebrarse, como un espejo agrietado. El reloj de la pared decía las cinco, y juraría que era de mañana; pero luego miraba por la ventana, y el cielo, ni siquiera era noche, era ceniza, un lienzo quemado.
Yo antes solía trabajar. Lo recuerdo como se recuerda un sueño, imágenes flotando al borde de la conciencia: una oficina, gentes que decían mi nombre con la tibieza de la costumbre. Risotadas en la sala de descanso, la vida circulando como un río tranquilo. Todo eso quedó atrás cuando, un lunes cualquiera, no pude salir de casa. No fue una decisión, tampoco una enfermedad reconocible; solo me desperté y la puerta estaba cerrada. No con llave, sino que sencillamente no se abría, como si la madera hubiera decidido mimetizarse con la pared.
Lo primero fue la llamada al portero, pero no había señal. Después, los mensajes a amigos, que tampoco llegaban. Mi móvil mostraba señal completa, conectado al wifi, batería llena. Pero los mensajes que mandaba no recibían respuesta, y los que esperaba se disolvían como polvo en agua. Al principio, intenté racionalizarlo, busqué cualquier lógica, y hasta justificar el mecanismo: “fallo generalizado”, “caída del sistema”, “tal vez estamos todos así, solo es cuestión de tiempo”; pero pronto la incertidumbre empezó a comerse los bordes de la razón.
Me asomé a la ventana y miré la calle vacía. Ni autos, ni peatones. El viento movía alguna rama que, al caer en la acera, producía un sonido hueco, sin eco. Era una soledad tan profunda que podía oír el latido de mis propias venas en los oídos.
Pensé que la puerta principal estaba rota, quizás la de emergencia funcionaría. Intenté todas. Ni siquiera existía el picaporte: solo madera y yeso, endurecidos, falsamente lisos al tacto. Golpeé hasta hacerme daño en las manos. Nada. Los vidrios, irrompibles. No supe si fue por la calidad del material o porque, de alguna forma, los límites se habían vuelto indestructibles.
Hablé conmigo mismo. Lo hacía en voz baja, un murmullo para comprobar si las paredes aún devolvían el sonido. Sí, respondían, pero con cierta pereza, como si pues entre yo y mis palabras se interpusiera un filtro delgado, alguna niebla intangible. Observé con detenimiento los objetos cotidianos, buscándoles sentido: las cucharas, las fotos de la repisa, la ropa doblada. Empezaron a deformarse, no físicamente, sino en su significado; pronto la foto de aquel verano en la playa fue solo un trozo cuadrado de cartulina y pigmento ajeno.
Los días fueron amontonándose, y la realidad perdió definición. Ahora lo veo en retrospectiva: no hay días, ni noches, ni tiempo. Solo la repetición idéntica de un intervalo que ni siquiera puedo medir.
El único reloj que aún marchaba era digital, parásito de la energía eléctrica que inexplicablemente no falló. Marcaba las horas, los minutos, los segundos, pero después de un tiempo, los dígitos se mezclaron: a veces veía “23:78”, después “04:99”. Al principio me reía, creía que era un desperfecto menor, la pila descompuesta. Pero pronto me di cuenta de que ese reloj marcaba mi propio deterioro.
Empecé a notar detalles extraños. La nevera seguía fría, pero nunca necesitaba ir a comprar comida; cada vez que abría la puerta, había justo lo necesario para el día. Si comía una manzana, otra –idéntica– reemplazaba su lugar unas horas después. Las luces, cuando las encendía, tardaban unos segundos extra en iluminar, y a veces parpadeaban en tonos inverosímiles, como el violeta o el verde óxido.
A veces lograba dormir y soñaba con un largo pasillo: puertas, muchas puertas, cada una custodiada por una especie de sombra antropomorfa, densa y sin rostro. Una vez, en el sueño, intenté hablarle a una de esas sombras. No me respondió con palabras. Noté un sonido seco, un chasquido de lengua, y la sombra se plegó sobre sí misma en una mueca de lo que solo puedo llamar asco. Me desperté con la sensación de que algo había estado siguiéndome en el sueño, que la casa entera era solo uno de esos pasillos, y que en cualquier momento me encontraría no con una puerta sino con una salida hacia algo peor.
Empecé a escribir. Llené cuadernos con mi nombre, con listas de todo lo que iba recordando: fechas, nombres de compañeros, comidas favoritas, olores, fragmentos de canciones. Quería mantener a flote mi identidad, aunque se desmoronara a mi alrededor. Pero las palabras mutaron; pronto no pude distinguir mi caligrafía de la de un extraño, y después, no reconocía el idioma.
Una mañana, o lo que supuse era mañana, la televisión se encendió sola. La pantalla solo mostraba una habitación idéntica a la mía, pero vacía. Cada cierto tiempo, la imagen temblaba y aparecía un bulto negro en una esquina, pulsando como un corazón lento. Me sentí observado, pero no por cámaras, sino por aquello que ocupaba la habitación en el televisor, que parecía expandir y contraer su presencia cada vez que parpadeaba. Parecía entender que estaba ahí porque yo lo miraba, y entonces comencé a dudar de dónde terminaba yo y empezaba esa figura, si es que alguna vez hubo frontera.
Con los días, o siglos, ya no busqué escapar. La casa se hizo infinita. Caminé la distancia de un cuarto a otro pelos minutos, o por años, hasta que los pasillos dejaron de tener sentido, las puertas se reducían entre sí, la luz cambiaba de manera irracional; un resplandor, luego sombra, después un gris donde los objetos se desdibujaban.
La memoria también empezó a escurrirse. Imágenes de mí mismo niño, jugando en el jardín de una casa que nunca tuve, me visitaban con más realismo que cualquier recuerdo verdadero. Era como si todas las posibilidades de lo que pude ser confluyeran, y cada camino descartado se reprodujera en una pantalla invisible, justo fuera de mi campo visual.
Pronto, el apartamento fue el único mundo existente. Le tenía miedo al silencio al principio, pero terminé apreciándolo más que a cualquier ruido. Solo una vez oí algo diferente: unos pasos, calcados de los míos, acercándose desde algún lugar imposible, repitiendo el ritmo exacto de mi caminar. Me detuve. Se detuvieron. Volví a caminar, escuché que continuaban. Entendí entonces que siempre había sido yo, pero no solo en el sentido físico. Mis pensamientos, la búsqueda de otros, la esperanza de escape, todo era reflejo de mí mismo. El universo entero era una reverberación interminable de mi miedo de estar solo.
Empecé a preguntarme si alguna vez hubo “otros”, si no eran recuerdos implantados, decorados vacíos para que una criatura que apareció aquí, de la nada, pensara que tenía pasado, historia, razones para existir. Me pregunté si el dolor en los nudillos, las ganas de llorar, la culpa, el deseo de abrazar a alguien, eran residuos de un sueño previo, si solo estaba soñando.
Esa fue la última trampa. Porque ya no supe si estaba dormido o despierto, si había existido antes o solo era parte de una consciencia que desesperadamente intentaba trazar límites. Las cosas más insignificantes se volvieron monstruosas: la sombra de mis manos sobre la pared, el reflejo distorsionado en la ventana. El espejo del baño llegó a negarme: un día, al mirarlo, ya no vi mi rostro, solo el azogue explotando en manchas abstractas; incluso lo que fue mi imagen huyó. No quedaba nada concreto de mí, solo el miedo blanco de no tener forma propia, solo sensación pura, intrusionando dentro del vacío.
Sé que en algún momento la puerta se va a abrir. Lo he sentido varias veces, casi convencido de que el pomo giraba, de que la madera crujía. Pero cada vez que me acerco, lo único que hay es una pared lisa, fría, sin trazos ni marca de existencia. Ya no sé quién sería capaz de abrir esa puerta, ni si lo que espera del otro lado es la muerte, otra repetición idéntica, o simplemente la confirmación de que nunca hubo nada del otro lado. La verdad más simple y aterradora: esto es todo.
He intentado acabar con esto, varias veces, usando los métodos más brutales y sencillos. Pero siempre despierto, en la misma cama, en la misma postura, el reloj marcando una hora que jamás ha existido, la oscuridad creciendo donde los muebles deberían estar. No hay dolor, ni siquiera la dulce promesa del olvido. Solo la reiteración, la réplica cruel de la existencia.
En algún momento, las palabras se acabaron. No porque se hayan dicho todas, sino porque entendí que nunca significaron nada. Como los pasos, los ruidos, los reflejos en el televisor, todos son ecos. Nunca hubo salida. No hay explicación ni final. El único horror cierto es saber, en la médula misma, que la consciencia persiste incluso cuando todo lo demás se ha ido, y que la soledad no es el animal en la esquina sino el vasto, interminable cuarto donde no se puede morir.
Quizá mañana recuerde mi nombre, o tal vez lo olvide para siempre. Da igual. La puerta siempre es una pared. Y yo siempre estaré aquí, esperando la próxima fuga imposible, la próxima noche sin sueño dentro de la jaula irreductible del yo, donde el único monstruo real es darse cuenta de que nunca habrá nadie más—y que, al final, ni siquiera yo mismo estoy seguro de haber existido alguna vez.
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