Fragmento:
Un jueves, no dormí en absoluto. Pasé toda la noche deletreando nombres imaginarios para lo inexplicable, hasta que el cansancio mutó en un estado de lucidez opaca. Al amanecer, y tras un desayuno milagrosamente insípido, bajé a la calle. Atmósfera de hospital abandonado: nadie hablaba, todos caminaban con la mirada baja, llevando bolsas o mochilas, ocupándose de rutinas trivializadas al infinito.
Duración: 09:18
Soy escritor. ¿Resultado de la voluntad o víctima de una obsesión? No sabría decirlo en la recámara viscosamente oscura de esta noche, mientras repito mi rutina maníaca de registrar cada sintomatología de la mente humana. El acto de volcar palabras sobre la página no disipa, sino que engorda la presión entre mis sienes: las ideas que uno invoca nunca pertenecen del todo a quien las piensa. Escribo en un apartamento encaramado a la ciudad, donde el cielo permanece desde hace semanas bajo el dominio de una nube negra que avanza sin cesar, opacando cualquier atisbo de sol con su invasiva e inmutable presencia.
Al principio, la nube apenas se notaba, una mancha oscura más entre la polución habitual, pero día tras día creció, desbordando el horizonte hasta convertirse en el único techo sobre nuestras vidas. Todos decíamos “el mal tiempo pasará”, como si lo que teníamos sobre nuestras cabezas no fuese más que un capricho estacional. Pero la nube no traía lluvia, ni rayos, ni alivio al calor, sino una opresión constante y progresivamente asfixiante, física y mental, hasta empaparlo todo en un humor achacoso, viscoso y medicinalmente funesto.
Nada fue igual desde que se asentó sobre la ciudad. Los comercios permanecieron abiertos, las escuelas funcionaron, los periódicos siguieron editándose—pero los rostros en la calle, esos cóncavos frascos de humanidad, comenzaron a degradarse con la parsimonia de un carbón que se apaga. Lo noté primero en los ojos de la panadera, la sonrisa hecha un mueca fatigada y distante. Luego, en el quiosquero, que dejó de hacer sus comentarios sardónicos en las mañanas. Más tarde, conmigo mismo. El entusiasmo por mis manuscritos se volvió monótono, las palabras brotaban calendarizadas, casi sabiendo de antemano que serían cada vez menos leídas.
En la noche, la nube se volvía un monstruo sólido, tapizando la vida con una negrura que ni la electricidad podía mitigar. El tráfico sonaba amortiguado, como si corriera bajo el agua; las luces de las ventanas titilaban en una renuncia pálida a la promesa de la esperanza. Fue entonces cuando comencé a soñar con los agujeros. Son sueños donde las paredes de mi dormitorio se resquebrajan y la nube, convertida en una sustancia viscosa, negra, entra exhalando un frío tangible. Despierto empapado, el corazón como un ratón atascado tras una puerta, jadeando respuestas que no sé formular.
No soy el único. Los periódicos comenzaron a publicar columnas sobre la “fatiga difusa”, un término inventado por los burócratas para evadir el diagnóstico real. A veces caminaba descalzo en la cocina, esperando no tanto consuelo como sí una especie de explicación, una lógica interna en aquel envenenamiento. Me obsesioné con los intervalos en los que la nube parecía aclararse, mínima porción de tiempo donde el asfalto relucía bajo un resplandor moribundo, y los vecinos, con gafas oscuras y rostro adusto, salían a fumar, intercambiando miradas demasiado largas. ¿Qué miraban realmente? ¿El cielo, o lo que había pasado a ocuparnos por dentro?
Un jueves, no dormí en absoluto. Pasé toda la noche deletreando nombres imaginarios para lo inexplicable, hasta que el cansancio mutó en un estado de lucidez opaca. Al amanecer, y tras un desayuno milagrosamente insípido, bajé a la calle. Atmósfera de hospital abandonado: nadie hablaba, todos caminaban con la mirada baja, llevando bolsas o mochilas, ocupándose de rutinas trivializadas al infinito.
Decidí cruzar la ciudad a pie, esperando que la fatiga borrase esa comezón filosófica. Las calles, familiarmente ajenas, parecían transcurrir dentro de un mismo corredor estrecho. Sentí, por primera vez, el peso de la nube. ¿Era solo meteorología o una materialización física de una angustia ancestral, difusa y por ello mismo invulnerable a la razón? Abandoné los bulevares y entre en calles más viejas. Las ventanas custodiaban miradas hoscas, y allí me detuve frente a un mural deslavado—antes un grito de color, ahora un carimbo de formas infectas, donde los ojos de una figura pintada parecían alzar la vista al techo opresor.
Cerré los ojos. Por una fracción de segundo, todo cesó: desaparecieron el asfalto, la acera, la mugre humana. La nada… y luego un zumbido en sordina, como si alguien o algo respirara justo detrás de la sombra urbana. Me sobrevino la imagen innegable de un coloso, un ser gigantesco, coagulando lentamente sobre los edificios, invisible en la niebla pero excavando en la carne la oscura succión de su presencia. Imaginé a toda la humanidad como órganos internos palpitando dentro de la masa negra, sólo vagamente conscientes de su rol.
Regresé a casa temblando con la fiebre de una epifanía malsana. Volví a mis papeles. Ya no hacía falta publicar nada; sólo transcribir lo que sentía. Escribía y escribía, y mientras lo hacía sentía que la nube se espesaba, acumulando una voz interior que murmuraba, no en palabras, sino en certezas: lo que está arriba no es solo aire contaminado, sino la carne fisiológica de un cosmos indiferente, esperando que bajemos la guardia, que la frágil cuerda de lo cotidiano se reviente.
Días después, la televisión anunció oficialmente el cierre de servicios: las autoridades, por primera vez, admitieron “un fenómeno desconocido, potencialmente persistente”. Y así, paulatinamente, desaparecieron los coches y las bicicletas; se extinguieron las conversaciones; las casas, abandonadas, se convirtieron en filakterias de polvo y humo. Afuera, la ciudad se apagaba como una lámpara de aceite olvidada en un altar sin fe.
Con el tiempo, ya no necesité soñar: el insomnio era todo. La memoria se me convirtió en una cápsula apenas resistente a la erosión. Una tarde, mientras observaba tembloroso por la ventana el tránsito de una figura furtiva, comprendí una verdad irreversible: nuestra batalla contra la nube era ilusoria. No hay lucha contra el horizonte negro, sólo contra la parte de nosotros mismos que exige sentido, propósito, blancura, esperanza.
El teléfono sonó. Alguien, al otro lado—voz oscura, sin sexo ni edad—me preguntó si notaba algo diferente. Quise colgar, pero no podía mover el brazo. La voz seguía, lenta y burlona: “Esa nube no pasará nunca... porque la hemos traído desde adentro. Ha salido a ocupar su espacio: el único que merece.” Luego, silencio. Dejé el auricular descolgado, temeroso de volver a conectarlo. Lo que la noche traía no era informativo; era formativo, invasivo, definitivo.
El resto de los días, si es correcto todavía usar esa métrica, me limité a vagar por mi apartamento. Los buzones refulgían vacíos; los plantes de interior murieron; el agua del grifo llegó turbia, como si fluyera desde un pozo cavado bajo la piel de la nube misma. Evito los espejos, porque he notado que mi rostro, antaño tan familiar, se va difuminando, ganando unas sombras oleosas, una especie de pátina mental—o peor, un reflejo del cielo que me contiene.
El horror no está en la pérdida (de sol, de ciudades, de humanidad), sino en la revelación: nunca hubo un arriba y un abajo, ni una distinción real entre la nube, nosotros y los abismos íntimos. Vivir fue siempre una negociación dudosa con una opacidad anterior al tiempo; ahora, desbordado, el velo ha caído. No importan ya los relatos, mis palabras son efímeras como dibujos en el vapor de los cristales. La nube es carne que engorda de pensamientos agotados; nuestra esperanza, su pasto.
Algunas noches, pienso oírla golpear suavemente la ventana, como un animal que ha aprendido el código preciso para ser admitido en casa. Otras veces, imagino que ha penetrado hasta mi sistema hemodinámico, que respira mediante mis suspiros, que digiere con mis intestinos. Hay ocasiones en que la certidumbre me asalta: el mundo, tal y como lo recordábamos, terminó mucho antes de que la nube llegara. Ahora somos sólo apéndices, prolapsos de lo que flota acumulando su gravedad inevitable.
En el último vestigio de lucidez, cuando pierdo la distinción entre vigilia y delirio, admito que todo poema, todo cuento, todo grito, era sólo un método estéril para persuadirnos de que existía una salida del adentro acechante. Porque no hay afuera: la nube es la trama entera, y nosotros, la tinta indeleble de su sombra. ¿Por qué temerle? Porque en el fondo, siempre supimos que sólo sobrevivimos mientras creemos tener algún control sobre el cielo que llevamos dentro. Cuando dejamos de creerlo, alzamos los ojos y la encontramos esperándonos, igual que siempre ha hecho, igual que siempre hará.
Y ahora, alguien —¿o algo?— llama a mi puerta. Trato de no parpadear. Constatando que la gravedad de la niebla no me deja moverme, apenas susurro una despedida para mí mismo, espalda contra la pared, mientras la voz de la nube se instala ya para siempre entre mis pensamientos. Comprendo, al fin, que ni escribiendo la más precisa descripción del miedo lograría escapar de ella: la sombra ya no está afuera; nunca lo estuvo.
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