Fragmento:
El pueblo, distante y ausente de toda señal de vida, se perfilaba tras el velo de una niebla que parecÃa materializada de miedos prehistóricos. No estaba allà por elección propia ni por llamada explÃcita sino, sospecho ahora, por designio de aquello que anida entre los pliegues de la realidad y acecha con hambre infinita los lugares donde la conciencia humana flaquea. Al pasar bajo los portales casi derruidos, la arquitectura recordaba el sueño febril de mentes arrasadas por la visión de cosas nunca debieron contemplar: cornisas con ángulos imposibles, calles que parecÃan ondularse bajo mis pisadas, ventanales abombados cuya curvatura sugerÃa un propósito ajeno al uso y al entendimiento humanos.
Duración: 10:02
Mi llegada a la pequeña estación de Vieros, enclavada en una planicie rodeada de colinas desangeladas y bosques donde la noche parecÃa alojar siglos de secretos, no fue planificada. El tren, viejo y rezagado de toda prisa humana, se detuvo apenas diez segundos bajo la escuálida luz de un farol de petróleo, donde bajé dominado por una urgencia inexplicable, como si algún poder invisible, insidioso en su sutilidad, hubiese guiado mi mano a la campanilla de parada. No habÃa ni un alma en el andén de madera carcomida ni, cuando el rugido de la máquina se disolvió en la lejanÃa, un rumor que distrajera mi oÃdo del propio latido del corazón.
El pueblo, distante y ausente de toda señal de vida, se perfilaba tras el velo de una niebla que parecÃa materializada de miedos prehistóricos. No estaba allà por elección propia ni por llamada explÃcita sino, sospecho ahora, por designio de aquello que anida entre los pliegues de la realidad y acecha con hambre infinita los lugares donde la conciencia humana flaquea. Al pasar bajo los portales casi derruidos, la arquitectura recordaba el sueño febril de mentes arrasadas por la visión de cosas nunca debieron contemplar: cornisas con ángulos imposibles, calles que parecÃan ondularse bajo mis pisadas, ventanales abombados cuya curvatura sugerÃa un propósito ajeno al uso y al entendimiento humanos.
Me alojé, a falta de mejor juicio, en la única posada que encontré con sus luces aún encendidas; la mujer que me recibió evitó mirarme más allá de lo necesario y desapareció sin articular palabra en la densidad del vestÃbulo plagado de retratos girados hacia la pared. Cuando subà a mi habitación, la alfombra apagó mis pasos y la puerta, al cerrarse, pareció sellar conmigo el pacto de no retorno.
La madrugada me encontró insomne. No sé si fue la sensación de una presencia oculta bajo el entablado, el jadeo ahogado de los ratones entre las vacÃas estancias o ese incesante, rÃtmico y lejano lamento, semejante a una flauta herida, que emergÃa de dirección indefinible, lo que me impidió caer en el sueño, pero para cuando la luna se erigió cenicienta sobre los tejados, yo sabÃa que habÃa algo ahà afuera, algo que requerÃa ser atendido con la reverencia de un súbdito al dictado de su deidad.
Quizá inspirado por los estampados caóticos de las tapicerÃas o la forma como los tablones crujÃan bajo mis pies, tomé una lámpara y abandoné la habitación, deslizándome por escaleras cubiertas de polvo añoso hacia la puerta trasera. La niebla me envolvió en su apretón de dedos en descomposición. Atravesé el estrecho callejón tras la posada, siguiendo el sordo retumbar de la tierra: un pulso, un eco, un llamamiento.
El pueblo me parecÃa ahora más vasto, traspasando los lÃmites de la memoria y de la lógica. Fachadas que antes identifiqué se disolvÃan, mutando ante mis ojos, como si cada albañil o ebanista que allà trabajara hubiese estado poseÃdo por una visión común: crear un mensaje colosal e inextricable, sólo descifrable por aquellos capaces de ver más allá de la cáscara del mundo.
Llegué, luego de un periplo que juzgué interminable, a los márgenes de los rieles oxidados, donde las piedras se volvÃan negras y se hundÃan al tacto, como si añoraran el abrazo de una vida anterior bajo la superficie. La vibración era ahora feroz; estaba seguro que de cavar, allà encontrarÃa raÃces, no de árboles, sino de aquello debajo de nuestra realidad, dispuesto a brotar en cuanto la negligencia o la inocente curiosidad abriesen un resquicio.
Sobresaliendo de la niebla, como una aguja negra en el cuerpo podrido de la noche, se erguÃa una torre ruinosa, ausente de ventanas, sin más acceso visible que una grieta vertical apenas suficiente para franquearse de lado. La estructura palpitaba de un modo que sólo puedo describir como inmoral: cada piedra rezumaba significados negados por la sensatez, y la mortaja lÃquida de la niebla envolvÃa la cima en un halo repulsivo de intentos de geometrÃa.
Una parte cobarde de mi espÃritu me instó a regresar, mas la voluntad me fue robada. Avancé, sintiéndome penetrado por incontables ojos incorpóreos, y a cada metro la ansiedad se volvÃa euforia, una demencia sutil que hacÃa pensar en ancestrales sacrificios, rezos prohibidos y promesas selladas con sangre de razas hoy extinguidas.
Al entrar, la oscuridad se convirtió en materia palpable. La lámpara, presa de un temblor espectral, vaciló entre dejarse extinguir y proyectar imágenes danzantes en las paredes, donde se intuÃan grabados que parecÃan reproducir escenas del nacimiento del tiempo o del retraso de la muerte cuando el cosmos aún balbuceaba fórmulas y bestias inenarrables. Pisé, y una bóveda hueca devolvió mi presencia con un sonido múltiple, como si docenas, cientos, de criaturas respondieran en eco sordo desde profundidades imposibles.
Traté de razonar, de encontrar alivio en la evocación de cientÃficos griegos o la lógica kantiana, pero cada paso me despojaba de racionalidad. Algo latÃa en las profundidades: no era mecánico ni animal, era el pulso mismo de lo Innominado, aquello que duerme a la espera de un testigo.
Las paredes, al ascender por la empinada rampa, comenzaban a ondularse; la lámpara, al compás de mi agitación, proyectaba sombras que adquirÃan aspecto de alas desplegadas, ramas febriles, sugerencias de tentáculos que perduraban tras el golpe de cada parpadeo. Cuando por fin alcancé la cámara superior, una ventana, imposible antes, se abrÃa a la noche. AllÃ, de pie, entre la podredumbre de los siglos, me aguardaba lo que primero identifiqué como una escultura.
Bajo la débil luz, la silueta era de criatura sin definición clara: vertical, granulosa, dotada de apéndices inexplicables, con surcos y oquedades semejando bocas dispuestas a recibir plegarias infecciosas. Mas la escultura se movió con la languidez de una marea, y se me reveló que era carne, no púlpito vacuo de artistas dementes, sino resto petrificado de una Edad que nuestros libros ignoran a propósito.
No supe cuándo caà de rodillas ni cuándo mi propia garganta comenzó a entonar sÃlabas que no eran mÃas, relámpagos de sonidos destinados a encajar en la matriz de oÃdos largamente atrofiados; fue entonces cuando la torre vibró, desplazando su masa entre dos dimensiones, y la criatura, en respuesta a mi canto, se disolvió en una onda de frÃa desesperación que me lanzó a la penumbra insondable.
Debà desmayarme, porque los siguientes recuerdos son una tortura de confusión: vislumbres de ciudades bajo mares muertos, de simas infinitas habitadas por cosas sin nombre, de esclavos arrodillados bajo cielos donde la luna era un ojo abierto y sangrante. Mi cuerpo, o lo que quedaba de él, recorrió espacios que la fÃsica condena. Experimenté el toque de presencias que sólo pueden describirse como la fÃsica manifestación de los terrores nocturnos y la soledad ancestral.
Al despertar, la luz de una aurora letal iluminaba una estancia diferente: la posada, aunque la habitación no era la que recordaba. La dueña reapareció, envejecida de repente. Con voz exánime susurró en un idioma a medias extinto: "Lo has despertado. No volverá la calma." Vi en sus ojos la certidumbre de alguien que lleva generaciones oyendo relatos imprecisos sobre la última noche que el mundo puede soportar.
Salà tambaleando al exterior, sólo para notar que el pueblo se estaba desvaneciendo, derritiéndose en ángulos y gruesas capas de olvido. Las calles eran hundidas bajo la presión de algo abisal, y el aire, cargado de un hedor salino y mineral, arrastraba rumores de letanÃas cantadas en el abismo. Al mirar atrás, la torre aún sobresalÃa como el clavo que el universo no puede arrancar.
Emprendà el regreso a la estación, obligado por un creciente terror: el temor no de perder la salud mental, sino de que el terror habÃa dejado de ser patrimonio de la imaginación para hacerse concreto, invasivo y autosuficiente. El tren llegó siempre a tiempo, como acudiendo a buscar a aquellos que, por designio o tragedia, debÃan huir tan lejos como la vÃa permitiese. SubÃ, sin mirar atrás.
No recuerdo cuántos dÃas hube de viajar hasta recobrar la orientación, ni cuántas noches hube de luchar por no desfallecer en el recuerdo. Desde mi retorno a la seguridad, si tal cosa existe ahora, las noches han sido breves y la realidad, menos nÃtida, como si aquello que desperté hubiese carcomido la base de todo lo posible. Nadie vuelve de Vieros, me dijeron más tarde, pero yo sé que eso es mentira.
Hay noches en que siento el llamado, no ya como eco o amenaza, sino como promesa de revelación última. Entonces me aterra mirar cualquier sombra, reconocer en la textura de los muros el mismo lenguaje oculto, en la curva de una raÃz una de las bocas sedientas del habitante de la torre. Sé, mientras escribo esto, que ya no soy más que la sombra de quien llegó a aquel andén, y que el verdadero horror no es morir, sino vivir aguardando el regreso de lo Innominado. Porque no fue Vieros el lugar corrompido; somos nosotros, los que osamos mirar más allá, quienes arrastramos la corrupción.
Si alguna vez sienten el compás ciego de la tierra, el pulso sordo de lo que quiere ser libre, huyan. Huyan, porque ningún conocimiento, ninguna certeza, merece el precio de una mente que ha visto la estructura última del terror. Ojalá hubiera sido más prudente. Ojalá la torre, esa noche, no me hubiera recibido con la hospitalidad de los pecados absolutos. Pero ahora sé, y saber, en este caso, es morir lentamente bajo el peso de un universo ajeno y hostil, cuyos dioses murmuran nombres que desgarran la cordura como el viento hendiendo el polvo primigenio de los sueños.
Asà termina mi relato, si pudiese aún llamarlo vida a esta existencia acorralada por visiones y miedos sin forma, con el ruego de que nadie más cruce la vÃa a Vieros, ni dé crédito al murmullo que, disfrazado de curiosidad, convoca a la exploración de los abismos que modelan nuestro mundo tan solo por deseo —o por descuido— de aquello que reposa, atento, en la torre negra más allá del fin de la aurora, esperando a su próximo testigo.
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