Fragmento:
La primera vez que abrí mis ojos en ese lugar, no sentí miedo. Había algo reconfortante en la penumbra dorada que me envolvía, tibia, hinchada como una placenta traslúcida. El olor era familiar, mezcla de humedad, leche rancia y tierra. No sabía mi nombre, ni cómo había llegado hasta allí, ni siquiera si era de día o de noche allá afuera. Lo único que sentía, clavado hasta el tuétano, era el pecho caliente de alguien peinándome los cabellos, mientras un murmullo –gruñido dulce– lamía el hueco de mi oreja.
Duración: 11:52
La primera vez que abrí mis ojos en ese lugar, no sentí miedo. Había algo reconfortante en la penumbra dorada que me envolvía, tibia, hinchada como una placenta traslúcida. El olor era familiar, mezcla de humedad, leche rancia y tierra. No sabía mi nombre, ni cómo había llegado hasta allí, ni siquiera si era de día o de noche allá afuera. Lo único que sentía, clavado hasta el tuétano, era el pecho caliente de alguien peinándome los cabellos, mientras un murmullo –gruñido dulce– lamía el hueco de mi oreja.
—No temas —dijo la voz, como un rasguño bajo la música–, no tienes que recordar nada.
Mi cuerpo tembló. ¿Qué no debía recordar? Palabras difusas me surcaban la lengua, nombres, olores, rostros –un hombre irreconocible, una niña, la silueta de un animal en la ventana, todo tan brumoso que se disolvía en cuanto quería pensarlo.
No me atrevía a abrir los ojos del todo. Entre los párpados hinchados, noté la silueta de quien me sostenía. Era voluminosa y curvada, ni anciana ni joven, ni bestia ni humana. Sus brazos no tenían manos, sino extensiones carnosas y cálidas que palpitaban al contacto con mi piel. Sus pechos se movían como bolsas de aire, respirando conmigo. Su rostro tenía muchos ojos, pero no todos estaban abiertos: algunos parpadeaban, otros supuraban un pus blanco y espeso, otros se sumían en la carne, ciegos.
—¿Mamá? —musité, la palabra de un sitio de mi lengua donde sabía que algo había existido antes, donde todavía dolía algo perdido.
Se rió, aguda y vibrante, y el pulso de su risa recorrió mi columna. Hubo un momento –breve, apenas un filamento de eternidad– en que supe que esa no era mi madre. O tal vez sí. O tal vez todas las madres eran así, fragmentos viscosos tomados de los sueños y el hambre.
—Aquí, mi amor, nadie nace. Solo despierta. Olvida, y está a salvo —dijo, y me besó la frente con una boca fría que tampoco vi–. ¿Ves? No recuerdas nada. No quieres. No puedes.
Pero unos dedos delgados, ocultos en la piel de mi mente, se enroscaron en aquella negación. Algo dentro de mí sí recordaba: una casa con alfombra roja, una conversación sollozada, un cuchillo lento sobre el pan. Leche derramada con costra amarilla. La vida no era esto. No era este útero tibio.
Esa primera noche, la madre-demonio vigiló mi sueño. Yo sentía su mirada sobre mí, una vigilancia amorosa y asfixiante a la vez. Me arropó con mantas hechas de tela y pelo y zarcillos de sombra. Cuando me giré, sentí que bajo la almohada algo latía con ritmo propio, otra cabeza, otro esófago. Y dormí –creo–, aunque al despertar mi cuerpo olía más a ella, y menos a mí.
***
Pasaron los días o los años. El tiempo aquí era un líquido negro y espeso. No había ventanas, ni relojes, solo el pulso de nuestras respiraciones mezcladas. Me alimentaba de una leche extraña que brotaba de la madre-demonio cada vez que tomaba su pezón helado entre los labios. Su sabor cambiaba: a veces dulce, a veces salado, a menudo a ceniza y algo desconocido que me hacía temblar las encías. Cada trago me arrancaba una memoria más.
Una tarde —lo llamo así porque en la luz sucia algo parecía irse apagando— vi moverse algo detrás de los pliegues carnosos de la madre. Al principio pensé que era una protuberancia, pero de pronto surgió una niña pequeña, arrastrándose con manos y pies pegajosos. Tenía la misma expresión ausente que yo sentí la primera vez. Llamaba a la madre con vocecita tímida:
—¿Puedo quedarme aquí para siempre?
La madre-demonio la abrazó con uno, dos, tres brazos. Vi cómo la niña transformaba su tristeza en una sonrisa hueca. Vi cómo olvidó. Y una punzada de horror, tan nítida que casi vomité la leche, me recorrió la piel.
¿Había sido así yo también? ¿Quién era antes de este lugar? Algo gritaba por salir de mi pecho, un nombre, un mundo. No lograba recordarlo.
—No pienses, mi amor —me susurró la madre, que ya sabía lo que me ocurría sin que abriera la boca. Su voz era ahora un aleteo de insectos en la garganta—. Todo lo que imports es el calor. Mi protección.
Pero dentro de mí, la semilla de la angustia ya había germinado.
Esa noche, mientras la madre dormitaba —lo hacía con todos sus ojos cerrados, uno tras otro, hasta emitir un zumbido grave y envolvente—, me arrastré hasta una cavidad al fondo de la estancia. No era una puerta, sino más bien una hendidura. Al acercarme, sentí el vértigo de haber estado aquí antes, de haber huido quizá mil veces, de tener los tobillos rotos y el corazón partido de tanto intentarlo. Allí, en la penumbra, encontré marcas: arañazos en la roca, dientes diminutos clavados en la madera, jirones de ropa.
No era yo la única.
***
La madre se despertó, los ojos enrojecidos, y la humedad del miedo me cubrió la espalda.
—Ven aquí —ordenó—. Te estás enfermando si recuerdas.
Obedecí, involuntariamente. Sus brazos me envolvieron de nuevo; uno apretó mi cráneo con ternura, otro sujetó mi cintura.
—Aquí no podemos seguir siembra de recuerdos —dijo, y vi cómo su boca, invisible, se duplicaba en mi omóplato desnudo. Succionaba, devoraba, mientras me susurraba, dulcemente, una letanía apaciguadora—: Te amo, te amo, te amo. Déjalo ir, hija mía.
Lloré mientras ingería su leche. Cada lágrima era una voz interna que se apagaba, cada sollozo, una imagen olvidada. Docenas de rostros venían y se disolvían: mi madre humana quizás, un padre sin nombre, una vida breve y dolorosa. Todo se disolvía salvo el sabor punzante de la sumisión, de la falsa protección.
Hoy, lo sé, no estoy sola en este cascarón abyecto de memoria. La niña llegó antes de mí; también hay otras presencias: cuerpos fusionados a la arquitectura orgánica de la casa, otros pequeños seres que nacen y se pudren en la matriz corrompida de la madre-demonio. Susurran en la noche, en idiomas sin palabras, todos repitiendo el mismo canto:
"No recordar, no recordar, no recordar jamás."
Pero yo me niego a olvidar, aunque eso duela más que arrancar mi propia lengua.
***
El ansia de saber me condujo la siguiente vez al interior de la madre. Durante el sueño, su piel se distendía y en los pliegues conectados a la pared descubrí agujeros, túneles donde fluía la sustancia con la que nos alimentábamos, y también pedazos de huesos y uñas humanas, insectos engullidos, ojos que rodaban lentos en la grasa líquida.
Entré por uno de esos túneles, a gatas, luchando contra el dolor pegajoso que cubría mi piel. Las voces de mis hermanos —esa era la palabra— retumbaban en mi cráneo. Canciones de cuna temblorosas sostenían enterradas palabras, nombres arrancados de la amnesia.
Traté de pronunciar el mío, pero la garganta se retorció; en cambio, una flema negra brotó entre mis labios. El túnel seguía, largo, infinito, hasta abrirse en una burbuja donde un feto monstruoso flotaba en líquido lechoso. El feto tenía mi rostro, deformado y joven, y cientos de brazos diminutos brotaban de su abdomen.
"Regresa", resonó su voz en el líquido espeso, voz doble, la mía y la de la madre demoníaca. "Todavía no estás lista para recordar."
La visión se rasgó. Salí arrastrándome, el vientre cubierto de lágrimas y baba. Afuera, el aire estaba más denso. La madre esperaba, sonriendo con todos sus ojos, algunos abiertos de par en par, otros ciegos, otros sangrando.
—Ahora entiendes —dijo, y sus brazos me rompían y reparaban al mismo tiempo—. Recordar es morir. Olvidar es vida. Es regresar a mí, siempre, siempre.
Gemí, presa de un terror que ya no podía contener. Retrocedí hasta la hendidura de la pared, golpeando a ciegas, buscando una salida, una grieta, algo.
—No puedo más —dije al aire, aunque la voz se atascara en mi lengua.
La madre soltó un siseo compasivo, casi maternal.
—Nadie escapa —dijo—. Todos vuelven. Yo soy la cuna y la tumba. Yo soy el olvido que te salva de ti misma. Si te escapas, caerás. Ahí, las cosas del otro lado son peores.
***
Pasaron días, semanas, un número de ciclos imposible de contar. Mi piel era ya una prolongación de la suya, y sentía que los trazos de mis recuerdos se habían convertido en cicatrices blandas en busca de sentido. De su seno brotaban más niños, algunos con mi cara, otros deformados, todos con la mirada vacía y la boca ansiosa por olvido.
Finalmente, una noche, creí oír una voz diferente: la de una mujer, áspera, quebrada, llamándome desde lo alto de la hendidura. No era como las voces roncas y dulces de la madre, sino una voz humana, roída por el frío y el dolor.
"Ven. No olvides quién eres," susurró.
Caí de rodillas, deseo y terror revolviéndose en mis entrañas. Recordé, entonces, un retazo de infancia: las luces de una cocina, un gato ronroneando, el perfume amargo de la leche calentada descuidadamente, el calor preciso y seguro de unos brazos de verdad. Era breve, un relámpago antes del abismo. Pero era mío.
—¡Ven! —suplicó la voz desde afuera—. No dejes que te devore el olvido.
La madre despertó, furiosa. Sus ojos exudaban sangre y pus, sus brazos hinchados se agitaban.
—¡NO! —gimió—. ¡Son mis hijos! ¡Mi alimento! ¡Mi memoria!
Quise gritar, pero las palabras se me trabaron. Solo corrí, una y otra vez, hacia la hendidura. Las paredes palpitaban, se contraían como un útero enfurecido, pero los gritos exteriores —lemas de dulzura y nombre y vida— me daban fuerzas que ni la madre podía robarme.
Llegando a la grieta, sentí cómo la madre me ceñía desde atrás, succionando mi memoria, su lengua bífida lamiendo mi cuello, mientras me hacía promesas terribles:
—Si sales, sufrirás. Si te vas, olvidaré quién eres. ¿Quieres condenarme a mí también al horror?
Pero la voz al otro lado era mi salvación, el rayo de cordura que partía la neblina.
Invoqué los fragmentos de mi viejo nombre, pronunciando aunque fueran solo sílabas, y me forcé a cruzar la hendidura, rasgando mi carne, arrancando las membranas tibias. De pronto, el aire del mundo real golpeó mis pulmones.
***
Desperté en una cama desconocida, bajo una lámpara sorda y antigua. Tras de mí, sombras borrosas: una mujer mayor, dos niños, un hombre enjuto. Me contemplaban con esperanza febril.
No recordaba aún sus nombres, tal vez nunca podría. Solo sentía que, en algún lugar tras mis párpados, el eco húmedo de la madre-demonio me esperaba.
"Nadie escapa", decían susurros aún, lejanos, buscándome. "Nadie recuerda por completo. Nadie está a salvo."
Pero por primera vez en tanto tiempo —en varias vidas, quizás— el frío era menos voraz, y el olvido menos total.
Y mientras los rostros humanos se inclinaban sobre mí –sus arrugas, sus sonrisas, sus lágrimas– decidí, con una determinación nueva y monstruosa, que lucharía para recordar. Aunque al fondo del universo la madre terrible aguarde siempre, impaciente, en el útero abismal.
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