Portada del relato El susurro del abismo
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Fragmento:


El paquete contenía un diario ajado, escrito en firme letra victoriana, y un portafolio con dibujos tan perturbadores que, al primer vistazo, me hizo cerrar los párpados con más fuerza de la necesaria, como si mi cerebro se negara a registrar las formas sugeridas en el papel. El diario pertenecía a Eustace Ayleford, último descendiente directo de la casa y, según decían, hombre excéntrico y apartado, obsesionado con el bosque y los antiguos mitos de la región.

Duración: 08:21

El susurro del abismo
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Texto de ajuste de pausa.

Mientras escribo estas palabras, mis manos tiemblan y la sombra de la locura oscurece el rincón de esta pequeña habitación—convencido estoy de que no hay olvido, ni cordura, para quien contemple los eones que transcurren en los páramos inexplorados de nuestra realidad. Mi nombre ya no significará nada para quienes lean esto: lo que importa es lo vivido aquella noche en los bosques que circundan el pueblo de Croddenham, y las pesadillas que desde entonces infestan mi mundo, minando mi razón como raíces negras que ahogan la luz del día.

En Croddenham, la niebla cae temprano y permanece mucho después del alba. Los altos faroles de hierro entumecido apenas logran atravesar la opacidad turbia que a todo se adhiere y que da a los árboles del bosque cercano un aspecto de grotescas figuras fantasmagóricas. Mi llegada, durante un octubre especialmente lluvioso, se debió al encargo de catalogar la biblioteca de la antigua Mansión Ayleford, una labor a la vez monótona y solitaria, pues ni los pocos criados toleraban dormir en el caserón más de lo necesario, alegando siniestros rumores de presencias y voces murmullantes en la oscuridad.

La mansión misma, encaramada en una colina que ignora el paso del tiempo, miraba al bosque como un centinela cansado, y las ventanas, como ojos vacíos, permitían el acceso de la helada brisa que siempre acarreaba un susurro indecible. La mayoría de los libros resultaban ser volúmenes polvorientos de botánica y genealogías sin interés, hasta que, la tarde del 22 de octubre, encontré un paquete cuidadosamente envuelto en pergamino rugoso, escondido tras una hilera insulsa de tratados legales.

El paquete contenía un diario ajado, escrito en firme letra victoriana, y un portafolio con dibujos tan perturbadores que, al primer vistazo, me hizo cerrar los párpados con más fuerza de la necesaria, como si mi cerebro se negara a registrar las formas sugeridas en el papel. El diario pertenecía a Eustace Ayleford, último descendiente directo de la casa y, según decían, hombre excéntrico y apartado, obsesionado con el bosque y los antiguos mitos de la región.

Al anochecer, el viento había arreciado y la lluvia golpeaba los cristales con frenesí. Me senté junto a la chimenea, con una lámpara y el diario de Eustace, y comencé a leer, al tiempo que el fuego crepitaba con violencia, arrojando sombras móviles sobre los mármoles tallados de la sala.

"Hay en el bosque una hendidura," comenzaba un pasaje. "Un lugar donde la tierra se abre, no como víctima de erosión o deslizamiento, sino como si algo desde muy abajo hubiese anhelado salir a la superficie. He dado con ella por casualidad, o al menos eso quiero creer; pero tras cada visita, siento como si hubiesen sido otros pies, no los míos, los que me condujeron hasta allí."

A medida que avanzaba en la lectura, la sensatez del otrora lógico Eustace se desmoronaba ante la obsesión por ese "manantial de lo imposible"—una grieta en la tierra desde la que se dice emergen cánticos y luces de procedencia inexplicable. Los dibujos, por su parte, mostraban vacilantes figuras tentaculares, ojos sin pupilas, y paisajes amorfos de simetría deformada, visiones alucinadas que pertenecían más a una geometría de pesadilla que a cualquier mundo que el hombre pueda soportar contemplar.

Desperté sobresaltado, sudando frío, al escuchar—o soñar que escuchaba—una melodía lejana, aflautada, proveniente del bosque y extrañamente acompañada de una vibración en el aire, como si el suelo mismo resonara con ella. Los fuelles viejos de la mansión exhalaban en respuesta, susurros arrastrados por los corredores. Convencido de que no podía descansar sin comprobar que las ansiedades del diario eran fruto de una mente enferma, decidí recorrer el bosque a la mañana siguiente.

A medida que me internaba en la arboleda, el aire adquirió una densidad oleosa, y la luz del día, tamizada por millares de gotas suspendidas, apenas si lograba cruzar las enredaderas. Según el diario, debía buscar tres robles retorcidos y una piedra hendida en forma de media luna. Los encontré a poca distancia de una ladera, y apenas pasados, la tierra descendía abruptamente. Allí, escondida bajo un dosel de helechos gigantescos y enredaderas, yacía la hendidura de la que Eustace acertadamente había hablado—más bien una sima, de apenas metro y medio de ancho, pero de profundidad insondable, pues ni la piedra que lancé logró nunca golpear fondo audible.

Me arrodillé al borde, dominado por una ansiedad súbita y la impresión casi física de una presencia acechante. En aquella oscuridad, ningún rayo de luz era admitido; era negrura, sí, pero tan densa y absoluta que sugería no ser ausencia de luz, sino presencia de otra cosa. Un viento cálido subía desde el abismo, portando consigo fragancias imposibles de describir—mezcla de resinas, tierra mojada y un dulzor putrefacto que me hizo recordar los pasajes más febriles del diario.

Cometí el error de susurrar mi nombre a la hendidura, inconscientemente influido por las palabras del diario de Eustace: "si hablas, escucha; si escuchas, nunca olvidarás". De inmediato, sentí una presión en la cabeza, un vértigo brutal, y en la corriente de aire ascendente, llegó a mis oídos una secuencia de sonidos, separados por imperceptibles lapsos de silencio, en un idioma cuyas sílabas parecían más antiguas que el tiempo. Fue entonces que la abominación de lo que acechaba allí abajo se comunicó conmigo, no en palabras, sino en imágenes sembradas en mi mente: universos plegándose, luces dentro de luces, y criaturas imposibles, reptantes, que trajinaban en ciudades sumergidas en espacios ajenos a la tridimensionalidad humana.

El terror, entonces, era de una nueva clase—más un estupor existencial que temblor físico—el asombro de saber cuán vasto es lo oculto y cuán ínfima la posición del hombre en la telaraña infinita. No supe más de mí hasta que, horas después, me hallé de rodillas junto a la sima, temblando, con la garganta seca y un hilillo de sangre en la comisura de los labios. Sentí a mis espaldas un súbito descenso de temperatura y comprendí que la niebla que cubría el claro no era la misma del resto del bosque. Esta era más densa, más viva, reptando y envolviendo la grieta como si guardase lo que allí residía. Apenas pude reunir fuerza para huir, tropezando y corriendo sin rumbo, hasta alcanzar la verja ruinosa de la mansión.

Esa noche, arrellanado junto al fuego, con el portafolio de dibujos ardiendo en el hogar y el diario a punto de seguir el mismo destino, escuché el rumor de la música, otra vez, pero cada vez más cercana. La melodía era una invitación y un ultimátum imposible de resistir para ciertos oídos. A mi alrededor, los muros de la casa crujían y, en los espejos, líneas oscuras ondulaban, distorsionando mi reflejo.

Días después, Croddenham era sólo un recuerdo nebuloso, como si el pueblo mismo se hubiese apartado del mundo. Sin embargo, el bosque de las múltiples sombras, con su sima innombrable, acechaba mis sueños. Voces ignotas murmuraban mis palabras en lenguas que no podían ser humanas, y volvió a mí la imagen de Eustace, cuyos últimos apuntes decían: "No es lo que hay en el abismo lo que debe temerse, sino lo que el abismo invoca dentro de ti".

Incapaz de regresar a la ciudad, me aislé en una casa prestada, mirando de reojo el portón que jamás logro asegurar lo suficiente y que, por las noches, siento vibrar bajo la melodía que me persigue. Mi rostro cambia en los espejos, y a veces, al pasar la mano por la mejilla, temo tocar otra textura, una piel que no es la mía. Todo lo racional en mí se ha ido. Últimamente, la música me llama con mayor fuerza, y en la niebla, creo adivinar siluetas imposibles paseando, esperando.

Sea este testimonio advertencia para quien crea que existen secretos por encima del hombre, secretos que solo ansían un oído incauto para sembrar su semilla negra. No sé cuánto tiempo podré resistir. La melodía ha adoptado palabras, y en el murmullo de la hendidura escucho ya mi nombre, repetido sin cesar por una legión de voces antediluvianas. Sé que pronto cederé, y seré como Eustace, un eco más en el abismo interminable, contemplando horrores sin nombre a cambio de un instante de sabiduría prohibida.

Mas si por azar otro llegase allí, que huya de la hendidura y que jamás, nunca, pronuncie su nombre en aquel lugar. Que sepa que el bosque no olvida y el abismo siempre responde.

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