Portada del relato El pabellón de las luces marchitas
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Fragmento:


Al principio, los curiosos se acercaron por esa necesidad ancestral de comprobar que el miedo es solo una bruma bajo la que se esconde el tedio. La señora Fournet, que juraba haber visto todo lo que había que ver en setenta inviernos, soltó una risotada desdentada cuando el primer payaso—más alto de lo permisible, articulaciones acodadas hacia atrás, y una mueca que parecía pintada desde dentro—le ofreció una flor de papel que rezumaba algo espeso y oscuro. Pero nadie reía demasiado tiempo en la entrada del pabellón: el mismo payaso, entre chistes con palabras irreconocibles, miró fijamente al sargento Moulain y sólo él supo luego (lo susurró a su esposa las noches siguientes, entre pesadillas y estertores) qué vio en esa mirada.

Duración: 07:49

El pabellón de las luces marchitas
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Texto de ajuste de pausa.

El polvo que se alza al paso de los forasteros en pueblos anónimos tiene un olor peculiar; no a tierra, ni a muerte, sino a un suspenso impropio, como el eco de un llanto muy antiguo. Nada parecía distinguir a Bellacre de los demás parajes olvidados por el mundo y las promesas. Ni siquiera la llegada eventual, cada cierto número de estaciones, de algún espectáculo ambulante. Pero este año, el rumor se esparció antes de que la caravana de circo asomara por el horizonte. Los críos decían que las bandadas de pájaros evitaban la carretera; aullaban los perros al atardecer, e incluso los borrachos temblaban en la cantina cuando rodaba el viento desde el este.

No había, al menos al principio, nada más allá de lo habitual: carromatos desvencijados, un par de animales famélicos, los zíngaros dormitando bajo lonas. Pero en el centro, como un tumor incandescente sobre la llanura, erguía su carpa el Cirque du Mortifère, alardeando rayas carmesí y negro, desgastadas por algún uso incompatible con la tierra de los vivos.

Al principio, los curiosos se acercaron por esa necesidad ancestral de comprobar que el miedo es solo una bruma bajo la que se esconde el tedio. La señora Fournet, que juraba haber visto todo lo que había que ver en setenta inviernos, soltó una risotada desdentada cuando el primer payaso—más alto de lo permisible, articulaciones acodadas hacia atrás, y una mueca que parecía pintada desde dentro—le ofreció una flor de papel que rezumaba algo espeso y oscuro. Pero nadie reía demasiado tiempo en la entrada del pabellón: el mismo payaso, entre chistes con palabras irreconocibles, miró fijamente al sargento Moulain y sólo él supo luego (lo susurró a su esposa las noches siguientes, entre pesadillas y estertores) qué vio en esa mirada.

Las luces del circo no eran normales. Pulsaban en intervalos irregulares, tiñendo la atmósfera de magentas antinaturales, y el aire tenía una densidad oleosa. Al atardecer, los niños dejaron de mirar; los perros huyeron a las trincheras que cavaban los agricultores. Pero para cuando todos marcharon hacia la carpa la primera noche, ningún temor bastó para refrenar la manada humana de hambre y asombro.

Era una entrada barata: solo un fragmento de algo íntimo, dijeron, entregado en el vestíbulo polvoriento. Algunos dejaron recuerdos de infancia, fotos garabateadas, fragmentos de cartas nunca enviadas. Otros, por error o urgencia, dieron cosas menos tangibles: deseos frustrados, el último suspiro de un padre moribundo, el calor de un primer beso. No se aclaró la consecuencia de ese trueque, aunque todos los que pagaron sintieron un escalofrío al entrar bajo la lona, como si una parte de sí quedara atrapada, flotando en un rincón fuera de alcance.

El interior de la carpa era vasto, mucho más de lo que sugería la geometría posible: pasillos sinuosos, máscaras colgando de cuerdas invisible, y una pista central donde el serrín parecía empapado en sombras en vez de sangre. Un escenario polvoriento albergaba a los artistas: acróbatas que se doblaban por ángulos imposibles, domadores de bestias que traían criaturas de sueños imposibles—algo parecido a un caballo, pero con mandíbulas de costado y ojos que relucían con inteligencia hostil.

El maestro de ceremonias apareció en una cortina de humo violáceo, vestía frac reluciente pese a su edad indefinible, y tenía una voz que arañaba la conciencia de todos los presentes. "Damas y caballeros, seres en tránsito, átomos dispersos: bienvenidos al limbo de la maravilla."

Al primer número subió un grupo de gemelos siameses, tres pares, cosidos por vértebras y costillas, piel translúcida y ojos vidriosos llenos de terror y abatimiento. Bailaron juntos, luchando contra los grilletes de su carne, formando figuras inéditas que evocaban los nudos del mundo primordial. Pero el público aplaudió, aunque algunos lo hicieron a destiempo, como si cada palmada fuera una condena.

Después, el hombre de las cicatrices: voluntarioso, fornido, sacó de un cofre una marioneta grotesca, mitad niño, mitad fiera. Les dijo que el títere bailaría cuando el público creyera en algo con suficiente pasión. El muñeco, invocando la fuerza de esos pensamientos, cobró vida, sus movimientos erráticos mimando los miedos de las madres y los impulsos secretos de los chicos. Un relámpago de comprensión cruzó los asientos: ningún actor podía conjurar semejante terror; algo en la madera y la tela parecía absorber el ánimo de los asistentes, creciendo, absorbiendo, devorando.

El número final fue anunciado sin palabras: se apagaron todas las luces menos un círculo pálido en el centro. Silencio, expectación, el crujir de dientes apretados. Una figura surgió, vestida con un traje que apenas cubría formas humanas reconocibles. Era como mirar un negativo de persona, una sombra desbordada de los límites, y al avanzar, su piel —si era piel— temblaba en pliegues como si contuviera enjambres de insectos. De su boca, que se abría en vertical y horizontal a la vez, salieron sonidos que iban más allá del oído, vibraciones que sacudían los huesos y hacían sangrar los recuerdos.

Un niño comenzó a llorar, luego una mujer a gritar sin pausa, y el murmullo se extendió como un fuego. Un espectador, con ímpetu desesperado, se levantó para huir, solo para descubrir que la cortina de la entrada se había vuelto un muro sólido, moviéndose, pulsando al ritmo del espectáculo. Alguien más rezó, otro se arrancó los cabellos gritando por un nombre que no pudo recordar. Los payasos patrullaban los pasillos como perros salvajes, con sonrisas que destilaban pus, filos de cuchillos ocultos en botas.

Y entonces, la figura central susurró palabras en una lengua ajena; todos comprendieron el significado aunque nadie pudo repetirlo después. Bajo la luz mortecina, los cuerpos de los asistentes comenzaron a disolverse en formas filosilábicas: las venas, las espinas dorsales, los sueños y terrores se mezclaban como una sopa primigenia cósmica. No era dolor lo que sufrían, sino una pérdida sin nombre: el desgarro de ser despojados de propios límites, de saber dónde comenzaba y terminaba el yo.

La función no tenía final discernible. Uno a uno, los habitantes del pueblo se vieron fundidos en el espectáculo, ya como actores, ya como atrezzo. Rostros conocidos bailaban entre la niebla, fundidos en los trajes de monstruosidades chapoteando en la pista; las risas y los sollozos se trenzaban hasta que no hubo diferencia entre ambas cosas. Cuando la última chispa de identidad titiló y murió en el aire, el gran maestro de ceremonias recogió su sombrero, hizo una reverencia y se desvaneció entre ecos de lo que alguna vez fue humanidad.

A la mañana siguiente, Bellacre fue un páramo; casas desiertas con muebles inertes y polvo acumulado como ceniza volcánica. La carpa y los carromatos ya no estaban. Quienes pasaron después, con la esperanza de recoger objetos o historia, encontraron apenas un depresivo silencio y, a la entrada del camino, una caseta con una cortina de terciopelo negra. Al correrla, una ráfaga de viento trajo una carcajada imposible, y la sensación helada, imposible de sacudirse, de que algo les contemplaba desde el otro lado del mundo, donde toda función es eterna y todo espectador, finalmente, forma parte del show.

Así sigue el Cirque du Mortifère su ruta secreta, asentándose allí donde la noche no termina de dejarse separar del día y las almas, cansadas de sí mismas, son capaces de ofrecer cualquier cosa a cambio de un instante de asombro. Todos creen que pueden marchar antes del final; nadie sospecha que no existe salida de la pista cuando lo que se representa no puede ser entendido, y lo que acecha entre bambalinas solo espera, con infinita paciencia, que las luces se apaguen aquí… para encenderse en otro lugar donde el horror aún sea una novedad.

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