Portada del relato El Testigo en la Penumbra
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Fragmento:


Recuerdo la puerta, gruesa y forrada en clavos, cubrirme con su propia sombra al entrar. El vestíbulo era de un silencio enfermizo, opuesto al afuera; un silencio hecho de espera y vigilancia. Cuando encendí mi linterna, una delgada cucaracha huyó bajo la alfombra, y sentí un nudo de asco que, con el tiempo, reconocería no era sino preludio de otro género de repulsión.

Duración: 11:09

El Testigo en la Penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

Permítanme advertirles: la noche siempre ha sido el dominio de lo invisible y lo impensado, y es únicamente el atrevimiento de unos pocos desafortunados lo que ha conducido a nombres puestos a horrores demasiado vastos para la breve mente humana. Me llamo Silvia Rowe, y lo que vi en la casa de la colina, entre brumas, errores de luz y los fragmentos rotos de mi cordura, no tiene nombre, aunque a veces, en sueños, mis labios articulen sílabas extrañas del balbucir de los astros.

Esa noche había caído una oscura y malsana niebla, tan densa que los faroles de la calle Geoffrey parecían flotar en sólidos cubos de sombra, y el viento, si lo había, sólo era un susurro distante. Mi esposo, recién fallecido, clavaba aún su olor doliente y dulce entre los marcos de las puertas; la soledad ya soplaba su gélido aliento en la casa, como la mano de un desconocido. Fue el abogado de mi marido, el señor Gallow, quien me trajo la carta una tarde lluviosa de noviembre: yo heredaba una vieja casa al norte de la ciudad, cerca del limite entre el jardín botánico y el cementerio de Seldom, un espacio donde ni las promesas de urbanizadores ni el rumor de la ciudad parecían penetrar.

Nunca he sabido por qué acepté visitarla, salvo tal vez por la curiosa compulsión de los viudos recientes de interrogar al abismo, de buscar respuestas en los ecos de lo que no está y nunca estuvo. La dirección era poco precisa: “En el extremo del Paseo Marchant, tras la verja de hierro oxidado, bajo la higuera perpetuamente estéril”. No nació entonces en mí el menor indicio de alarma; sólo un vago escozor de inquietud, el producto, me decía, de días de encierro y velas a medias consumidas.

El conductor de taxi me dejó a tres cuadras, negándose a avanzar por el sendero enmarañado. Quedé sola, el ruido del motor muriendo en la bruma, las ruedas chapoteando en el barro invisible. Crucé a pie el paseo, entre árboles derruidos y albardillas de piedra cubiertas de musgo prieto. Nadie a la vista; sólo mis propias pisadas, exasperantemente nítidas, y la neblina, aferrada a mis piernas como las manos de un niño insomne.

La verja era tangible solo cuando la toqué; de lejos, semejaba la boca de un túnel, algo indefinible por donde se colaba materia y esperanza. Al abrirla, el rechinar me pareció un grito, demasiado alto para que lo oyeran solo los vivos. El jardín, si puede llamársele así, se extendía como un mar crestado de hierbas altas y maleza que lamía la casa de dos plantas, sus tres ventanas delanteras cubiertas por maderas podridas. Detrás, intuía el muro interminable del cementerio, grava y lápidas colmando el horizonte de su sorda geometría. El aire tenía ese vaho de fósforo húmedo que a veces asciende de las criptas en el crepúsculo.

Recuerdo la puerta, gruesa y forrada en clavos, cubrirme con su propia sombra al entrar. El vestíbulo era de un silencio enfermizo, opuesto al afuera; un silencio hecho de espera y vigilancia. Cuando encendí mi linterna, una delgada cucaracha huyó bajo la alfombra, y sentí un nudo de asco que, con el tiempo, reconocería no era sino preludio de otro género de repulsión.

Me moví despacio, explorando el aire viciado de la sala, adornada por viejos cuadros de paisajes irreales, colinas en forma de lomos que parecían elevarse y deslizarse como si aguardaran el día de su fuga. Sobre la repisa de la chimenea, un niño de yeso, roto el brazo, sonreía con insolencia ambigua. Observé la escalera carcomida, su baranda cubierta con moho verde, y la puerta atascada de la cocina, donde sólo el rumor de ratas delataba vida. Pero todo era guión de decrepitud luchando contra el tiempo, hasta que vi el estudio al fondo del pasillo.

La puerta de aquel cuarto estaba entornada, aunque nada, ni estampa, ni corriente, me explicó cómo. Sentí, con la irracional certeza que dan los terrores viejos y los relojes sin cuerda, que haberla encontrado así era señal, designio, como si alguien estuviera esperando tras de ella. Aun así, la abrí.

Dentro, una mesa ancha y corta —curiosamente baja para cualquier trabajo humano— servía de altar a una asamblea imposible de objetos: la caja fuerte abierta, papel amarillento desbordando; un libro enorme, cubierto de cuero agrietado, cuyo título estaba lisa y abiertamente raspado; una especie de medallón de piedra, circular, cubierto en su anverso por signos parecidos a la estela de una tormenta de arena. Había, también, un olor: si el moho tuviera conciencia y pudiese desesperar, sería ese aroma.

Una voz, apenas percibida en el rincón de mi audición, murmuró entonces. Lo juro: no era el viento ni el lamento de una teja suelta, sino una palabra gutural, imposible, nacida del desbordamiento de mi propia imaginación, y sin embargo me asustó profundamente. Retrocedí, el haz de la linterna temblando. Pero sentí —no puedo decirlo de otro modo— sentí que algo me empujaba hacia adelante, no físico, sino innegable.

La advertencia de muchas leyendas de pueblo, de los cuentos contados al calor de la lumbre, resonaba en mi interior: no debes abrir libros viejos en noches sin luna. Y sin embargo, he aquí la paradoja: el pavor mismo encendió una llama de desafío. Extendí la mano y abrí el libro.

No era idioma lo que bañó mis ojos, sino figuras mutiladas, sílabas imposibles; dibujos que, bajo la luz, parecían moverse con una elegancia maldita, retorciéndose para formar ojos, bocas, galaxias. Una membrana de sudor helado cubrió mi piel. Sentía, innegablemente, que estaba mirando un mapa de la razón desgarrada, una cartografía de rutas que la conciencia humana no debe atravesar.

Me detuve en una ilustración: seis figuras, ni humanas ni animales, representadas en una sima de piedra, postradas ante una columna que ascendía más allá de la escala de la imagen, perdiéndose en una lobreguez tachonada de estrellas. Reconocí, en la esquina, una representación tosca de la higuera de la entrada, y el relieve de la verja, dibujado con líneas temblorosas. Cerré el libro, el aire henchido de electricidad, y sentí que la casa me observaba con hambre.

El medallón vibraba suavemente, frío. Sin poder impedirlo, lo deslicé en el bolsillo de mi abrigo, como si fuese mío por derecho o herencia grotesca. Una sombra se movió, lateral, y por un instante vi un destello más allá de la ventana: un resplandor lunar sobre el cementerio, demasiado alto para proceder de la Tierra. Fue entonces, creo, cuando el miedo abandonó su dominio animal y se tornó existencial: no temía por mi seguridad, sino por mi cordura, mi pertenencia, mi idea de lo posible. Era como descubrir que las paredes no son más que costras de un abismo, y el escalofrío verdadero consiste en notarlo de pronto.

Salí del estudio y subí las escaleras, impulsada por una razón que no sabría explicar a la luz del día. Arriba, los corredores se abrían en ángulo imposible; la pintura agrietada dibujaba rostros. Una puerta, al centro, destacaba no por estar cerrada, sino por la manera extraña en que el polvo parecía apartarse de sus bisagras, como si fuera abierta muy a menudo sin sonido ni testigo.

La abrí.

El cuarto estaba vacío, apenas una cama vieja y una ventana abierta al claro del cementerio. Sin embargo, entre las sábanas, un libro de notas yacía aguardando mi mano. Lo abrí, y las páginas ofrecían una caligrafía convulsiva, un inglés errante, plagado de frases truncas y de fechas sin año. Lo leí, temblando:

“… escarban bajo los cimientos… la casa no es refugio, sino abertura… son antiguos, mucho más que la carne o la oración… a veces el medallón brilla, y susurran en el techo… vi la grieta, vi el sol inmenso detrás de la grieta…”

De pronto, el aire se tornó denso, atorado. La luz de la linterna titiló y se apagó. Era como estar sumergida, dentro de una cámara insonorizada de lo irreal. Sentí, más que vi, que algo brotaba de la pared, como costra que se fisura para revelar lo que no debe ser visto. Era la grieta de la que hablaba la nota, y más allá de ella, una luz imposible: púrpura y negra, cenagosa y zumbante como una colmena de astros moribundos.

En esa luz, percibí movimiento. Siluetas retorcidas, de miembros en cantidad inconcebible, como si la vida misma hubiera sido moldeada por leyes ajenas al hombre. Aquellas figuras no tenían ojos, y sin embargo sentí su mirada sobre mí, atravesando las capas de mi Yo, pelando una a una las defensas de la mente. Vinieron susurros: promesas, amenazas, plegarias. Los idiomas se mezclaban, astillas de palabras humanas y otros ruidos que sólo ahora, en la oscuridad de mi celda, distingo en mis recuerdos. Me ofrecían visión, trascendencia, pertenencia a su cosmos sin nombre.

El medallón ardía en mi bolsillo. Lo extraje. Bajo aquella luz, sus signos giraron, multiplicándose, y sentí —como una verdad al rojo vivo— que la casa era sólo una frontera, un punto de paso entre nuestro mundo y otro que no desea, no necesita y no conoce la compasión. Un olor a amoníaco, salado y aéreo, invadió mi nariz. Vómitos de galaxias, llamé después a ese hedor.

No sé cuánto duró la escena: la ventana abierta al abismo, la grieta creciendo y, tras ella, el enjambre de seres observándome. De repente, desperté tumbada sobre las sábanas, el libro de notas empapado de lágrimas. La casa estaba en silencio, aunque el ulular de los seres, su lengua, aún vibraba —lo juro— bajo la membrana de mi piel.

Corrí, saltando escalones, cruzando la sala donde, por un instante, sentí que los cuadros se deslizaban tras de mí. Afuera, el aire era repentinamente helado, la niebla dispersa por los primeros relámpagos del amanecer. Supe que debía huir, pero llevaba el medallón conmigo, apretado como un talismán grotesco.

No he vuelto a la ciudad, ni hablo ya con conocidos. Vivo en una sombreada residencia, donde la luz nunca es suficiente, y los doctores murmuran compasivamente, creyendo que sólo el trauma explica mi delirio. Pero sé, en la médula de mis sueños, que la casa no era un simple don hereditario, sino un anzuelo, y que la grieta, aún oculta debajo del suelo, no ha cesado de crecer.

A veces, pienso que las voces del otro lado del muro no me buscan a mí, sino a todos nosotros; ese zumbido detrás del lenguaje, ese rumor que tiñe cada llamada perdida, cada esquina mal iluminada. Sé que miré demasiado tiempo: vi a los testigos originales, vi el Sol tras la grieta donde no hay Sol.

Pero usted, que ha leído mi relato, debe decidir: ¿Cerrará el libro, o escuchará, en la noche, el susurro creciente de la hiedra contra los muros, la sombra de la higuera sin fruto erizándose, la promesa de ascender, al fin, al otro lado de la grieta? Mire al techo esta noche. Escuche. Porque a veces, la casa hereda a quien la hereda.

Y la grieta espera.

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