Portada del relato Las Torres que Pronuncian
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Fragmento:


Al doblar el décimo piso, la arquitectura se deshizo. La escalera se volvió una espiral abierta, cuyos peldaños eran bloques translúcidos dispuestos con una precisión inhumana. El vacío se estiraba bajo él, sin fondo, y el eco de sus pasos se repetía no como sonido, sino como vibración: un resonar grave en la cavidad del pecho, como si respondiera a un lenguaje insertado bajo su piel.

Duración: 11:07

Las Torres que Pronuncian
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Texto de ajuste de pausa.

Comenzó en la boca seca del amanecer, cuando la ciudad seguía aún dormida bajo la lona opaca de la bruma. Rafael había avanzado entre las calles desiertas con una prisa parásita, su maletín apretado como si dentro hirviese todo el calor que el alba rehusaba ofrecer. No pensaba en la razón de su partida precipitada de la vieja casa de su madre, sino en la llamada insidiosa que había interrumpido su vigilia a las 3:13 de la madrugada.

“Hay algo en la azotea de la Torre Ayarta. Ven solo. No digas mi nombre. No traigas luz.”

La voz, sin género ni acento, le susurró esas palabras como si él siempre las hubiera tenido prendidas en la lengua, y toda su vida hubiera sido una preparación para esta invitación. Su razón le gritaba “es una broma”, pero su carne tiritaba sabiendo que no era así. Así, siguió el zumbido que latía en la ciudad, un pulso dócil, apenas audible, que parecía emanar de todas partes y ninguna: una melodía mineral.

La Torre Ayarta era una anomalía de concreto y símbolos. Nadie recordaba quién la había construido; nunca había luz en sus ventanas rectangulares. Decían que la dueña, una extranjera de huesos inciertos y mirada de mármol, había muerto hacía décadas, y dentro solo quedaban habitaciones huecas protegidas por puertas sin picaporte. Los taxistas evitaban la avenida de la torre como si arrastrara a los carros hacia la noche inmóvil. Sólo durante la Semana de Cuaresma, en la que los maratonistas atravesaban la ciudad vestida de penitente, la cortina de olvido se levantaba unos segundos —solo el tiempo necesario para que alguien notara las manchas blancas y viscosas que bajaban a veces por el costado norte, donde nunca da el sol.

Rafael empujó el portón. Sintió que traspasaba una membrana gomosa, mucho más gruesa que el hierro corroído que raspó con sus dedos. Adentro, el aire era denso, saturado de perfumes ácidos que le dibujaron figuras movedizas tras los párpados. Subió los escalones con pies de plomo, temiendo resbalar en las escamas de polvo o en el significado de los glifos que alfombraban las paredes, escritas en un alfabeto que parecía sugerido por la fiebre. El susurro era ahora un temblor en las articulaciones.

Al doblar el décimo piso, la arquitectura se deshizo. La escalera se volvió una espiral abierta, cuyos peldaños eran bloques translúcidos dispuestos con una precisión inhumana. El vacío se estiraba bajo él, sin fondo, y el eco de sus pasos se repetía no como sonido, sino como vibración: un resonar grave en la cavidad del pecho, como si respondiera a un lenguaje insertado bajo su piel.

La última puerta era un simple círculo de piedra, cubierto de mosaicos triangulares. Él extendió la mano casi sin conciencia y la piedra cedió, mostrando la azotea que cortaba la noche.

Ahí, figuras aguardaban —siete, para ser exactos— envueltas en túnicas de terciopelo viscoso, cuyo color se retorcía en la vista como una mancha aceitada. No tenían rostro, al menos no uno que se correspondiera con una biografía humana. Lo que asomaba donde deberían estar sus caras era una superficie blanca, pulida, surcada por líneas doradas que recordaban a runas fratricidas. Detrás de ellos, se alzaba un altar de mármol bruto, coronado por un reloj sin manecillas. El frío era un animal innombrable, lamiéndole la piel con saliva ácida.

Unos dedos le indicaron acercarse. Rafael no podía sentir sus piernas; flotaba, arrastrado por una gravedad irónica que los cuerpos hendían en el aire.

La figura central tomó su mano con los dedos largos y quebradizos como ramas de sal. Al contacto, Rafael sintió una corriente de imágenes, imposibles de articular. Un desierto cuadrado cuyos granos de arena eran palabras vivas. Un templo dormido dentro del pliegue de una montaña que sangraba luz negra. Un libro cuyas páginas, torneadas en oro y carne, se abrían y cerraban al susurro de una lengua imposible. “No digas mi nombre.”

“No digas mi nombre,” repitió Rafael, sin saber de quién hablaba.

La figura extendió un objeto: una máscara de yeso, blanda y húmeda, con aperturas donde deberían estar los ojos, y un intrincado grabado alrededor de la boca. Sin resistencia, Rafael se la calzó sobre la cara. Un frescor líquido le inundó la garganta, como si bebiera una leche demasiado espesa. Quiso gritar, pero la lengua se le enredó.

El círculo se cerró. Una a una, las figuras alzaron sus manos, mostrando palmas cubiertas de la misma runa triangular, tatuada a fuego. El altar vibró. La noche hincó los dientes en su imaginación y escupió fractales de miedo: paisajes vastos que sólo podían comprenderse bajo la lógica onírica del terror primigenio. El mármol emitía una letanía subterránea, una suma de fonemas prohibidos que socavaban su entendimiento.

“Es el momento de entonar Tu-Tayi-Ra-Naggath,” decían las voces, aunque Rafael las escuchaba detrás de la piel, no por los oídos.

Pidieron que repitiera. Y él repitió. Al principio, los sonidos rasgaban su garganta como cristales mojados, su lengua luchando contra la forma antinatural de los vocablos. Pero pronto, la música de la palabra lo absorbió. Sintió cómo su conciencia se apilaba en capas, cada una más delgada, hasta que una parte de su mente se asomó sobre un abismo titilante… y allí, algo le devolvió la mirada.

Sintió que a lo lejos, en un lugar anterior a los nombres y el tiempo, una existencia giraba lentamente en su tumba mineral. Era un dios hecho de ángulos imposibles, cuya piel era la textura de la montaña sagrada que la humanidad siempre ha temido escalar. Su respiración era un torrente de conceptos: muerte, éxtasis, locura, vacío, fundidos en una savia blanca como la cera. Y la voz de ese dios —la Voz— le alcanzó con la delicadeza de una garra:

“Tú has pronunciado. Ahora eres hueco por dentro.”

Rafael cayó de rodillas. Sus lágrimas eran prismas que se dispersaban en hilos de sal sobre el mármol. La máscara vibró con cada fonema. Sintió cómo manos intangibles palpaban cada costilla, cada articulación de sus sueños. Memorias enteras le fueron extirpadas y sustituidas por visiones: insectos corriendo sobre una ciudad absurda de columnas de carne, estuarios llenos de palabras transparentes, la sensación de que el edificio mismo era el filo de una lengua que se desenrollaba en la existencia principal, lamiendo la nada a la espera de ser nombrada.

Intentó resistirse, pero su voluntad era ya papel mojado. La letanía continuó, de boca en boca, saltando entre las figuras de mármol que no eran realmente humanas, sino estatuas vivas debido a adoración: vestigios de lo que una vez buscaron comprender el significado detrás del Silencio Blanco.

Cuando la ceremonia concluyó, Rafael ya no era Rafael. Era un canal, una grieta móvil entre dos realidades. La máscara se le adhirió con ventosas minúsculas al rostro, y en el hueco de su boca crecía ahora una lengua nueva, blanda como el musgo y palpitante como un nido de larvas. Lo supo antes de poder mirarse: estaba infectado de significado puro.

Las figuras se disolvieron en la neblina, llevándose con ellas el reloj sin manecillas y los glifos palpitantes de la azotea. Rafael, o lo que quedaba de él, descendió por la Torre Ayarta. Cada peldaño que tocaba resonaba en su caja torácica, y en el eco vibraba el idioma prohibido: una canción que, de repetirse afuera, conquistaría la razón de quien la escuchara. El aire en la calle le pareció verdaderamente irrespirable; cada molécula zumbaba de sustancia irremediable.

Durante días vagó por la ciudad, disfrazando su rostro bajo bufandas y capuchas, evitando espejos y superficies pulidas. Oía a la Voz, la Voz Originaria, que le dictaba nombres de calles que no existían, olores de iglesias sumidas en otro plano, noticias en lenguas sin estructura lógica.

No era él el primer canal. Había otros —los veía en ciertos trenes nocturnos, reconocibles por el temblor involuntario de sus dedos y la forma casi líquida en que su voz se quebraba al preguntar algo trivial—, y al pasar junto a ellos, sentía que un arco eléctrico saltaba entre sus huesos. Sabía —por la Voz— que alguno de ellos fallaría. Bastaba pronunciar la letanía donde muchos pudieran oír, para desatar la destrucción incomprensible: no un apocalipsis de fuego o de hielo, sino una disolución del mundo en la lengua innombrable, flotando sin costuras ni límites, arrojando la conciencia de los vivos sobre el mármol blanco de la infinitud.

La ciudad empezó a degradarse. Techos, faroles, ventanas se despintaban en un velo blanco, y la gente olvidaba el nombre de sus calles, el de sus familiares, el de las emociones simples. Algunos comenzaron a reunirse de noche en las plazas más antiguas. Al principio callados, luego murmurando frases atonales, como tratando de recordar un idioma que acechaba debajo de todas las lenguas conocidas. Después de semanas, la neblina de la Torre Ayarta se derramó por la ciudad cada noche, forzando a todos a taparse la boca y evitar el contacto visual.

El mundo fue despintándose hacia la mudez extática: Rafael, canal y virus, comprendió entonces que el propósito de la Torre, el altar y las figuras, no era proteger a los mortales de la Voz, sino mantener a la Voz callada bajo la montaña de mármol, retener el horror que acechaba en el significado puro, en el acto de pronunciar ese nombre olvidado. Su papel era ahora ser la grieta; la función de su nueva lengua era propagar la fractura.

Una noche de lluvia, la Voz le indicó que debía regresar. Subió la torre por última vez. En el altar aguardaba la figura sin rostro central, que le ofreció el cuchillo ritual —de oro macizo, con inscripciones talladas en vértebras humanas. Debía sacrificar aquello último que le quedaba: pensamiento propio.

La letanía fue entonada esta vez con una perfección exánime. Resonó más allá de la Torre, fluyendo sobre los techos, las iglesias, los parques, el hierro oxidado de los mercados, hasta que todo lo vivo sintió en lo más oscuro de sus arterias la presencia abisal del dios del Silencio Blanco. No hubo sangre, ni fuego, ni explosión alguna. Pero la ciudad despertó muda, con todos sus nombres blanqueados en una lengua imposible.

La montaña invisible había descendido. Nadie podía ya contar su historia, pues hablar se volvió fractura y escuchar, locura. Los pocos que recuerdan —en delirios nocturnos y en el roce de las palabras prohibidas— entienden que el miedo es ahora la estructura mineral de la existencia. Porque bajo cada piedra, en cada ruido blanco, aguarda el eco de la lengua que pronunció el mundo y que, de ser evocada de nuevo, volverá a pronunciarlo al silencio.

Y Rafael —o aquel que fue Rafael— vigila aún en la cima de la Torre Ayarta, su rostro un mosaico de yeso vibrante, y su lengua, el musgo palpitante que acaricia la grieta entre los mundos, esperando a los próximos a quienes la Voz invite a decir lo innombrable.

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