Portada del relato Las viñas de la ciénaga
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Fragmento:


La veranda crujía con el peso del calor y la memoria. Era la última casa al sur del condado, blanca como hueso desde lejos, pero gris y reseca al tacto. Cuando el viento soplaba desde el norte, traía consigo un olor rancio, dulce como el tabaco curado y amargo como la podredumbre. Allí vivía la señorita Carnelia, tan eterna como la casa, su carne pegada a los huesos y los huesos adosados a la soledad.

Duración: 08:53

Las viñas de la ciénaga
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Texto de ajuste de pausa.

La veranda crujía con el peso del calor y la memoria. Era la última casa al sur del condado, blanca como hueso desde lejos, pero gris y reseca al tacto. Cuando el viento soplaba desde el norte, traía consigo un olor rancio, dulce como el tabaco curado y amargo como la podredumbre. Allí vivía la señorita Carnelia, tan eterna como la casa, su carne pegada a los huesos y los huesos adosados a la soledad.

Había días como este, días en que el polvo se colaba por entre los postigos claveteados y las cortinas de encaje colgaban inmóviles, donde lo único que se movía era una sombra que no tenía dueño. El chico, Junior, venía a traer la leche en la bicicleta. Lo mandaba la madre porque a él no le asustaban ni los negros sucios del pantano ni los perros flacos que merodeaban por el porche. Pero esa mañana, cuando puso el pie en la escalera, supo que algo no era igual que siempre.

La puerta estaba entreabierta. Eso no pasaba nunca. Por lo general, la señorita Carnelia esperaba sentada en la mecedora, moviéndose apenas, dejando ver que estaba viva y esperando. Pero aquella vez no había señales de vida. Solo el sonido de una mosca zumbando en el marco.

Junior tragó saliva y empujó.

La puerta desprendió un quejido, como si protestase al abrirse, revelando el largo pasillo oscuro y el brillo enfermizo que tiene el sol cuando lo filtran los cristales sucios. Él notó que el polvo, de un gris tan fino, formaba arabescos, y en ellos quedaron marcadas dos huellas, descalzas. Demasiado grandes para haber sido de la señorita, y demasiado profundas.

Entró. Nadie respondió sus llamados.

El comedor tenía la mesa puesta —platos de cerámica renegridos, cubiertos de plata negruzca— y, al centro, un jarrón desfondado, lleno de agua turbia de la que brotaban unas ramas negras. Ramas, no flores. Junior sintió que algo, una sensación fría, le recorría la espina. Se oía la radio crepitar en la cocina, una canción gastada, voz de mujer triste. Luego calló.

Siguió los pasos hasta la escalera. El polvo era más espeso allí, como si años se hubieran apilado en un solo día. Subió, repitiéndose que todo era producto de sus nervios, que la señorita Carnelia estaría enferma.

Pero la primera puerta, la de la habitación, estaba cerrada y de dentro no venía sonido alguno.

Junior escuchó entonces lo que parecía un llanto seco, a medias contenido, tan bajito que pensó que era otra cosa: el crujir del techo, el roce de las hojas. Pero el llanto siguió, comenzó a rozarle la piel; sentía que era una súplica muda, una plegaria que no se atrevía a salir de la garganta.

Empujó la puerta. Era una habitación sin muebles, apenas un catre y una silla, y sobre ésta la señorita Carnelia, encorvada, sosteniendo algo entre las manos. Un bulto oscuro. No alzó la vista. Junior contuvo el aliento —lo que ella sostenía no era de este mundo, ni de ningún otro. Era... era una maraña de ramas y tela, con un rostro vagamente humano, hecho de barro seco y hierba entrelazada. Los ojos, pequeños carbones. La mujer se mecía delante de la ventana, y lo que sostenía gemía como un niño enfermo.

Junior retrocedió. Pero los pies no le respondían.

La señorita al fin lo miró. Su boca se abrió, trémula, y el chico sintió que los labios de ella buscaban dar forma a un grito, pero no hallaban voz. Y en esa boca negra, en ese hueco donde debían nacer las palabras, algo reptó, como una mano invisible, y él quiso correr, quiso gritar también, pero la garganta se le llenó de polvo.

Bajó a trompicones la escalera, la leche aún colgando de su mano, y tropezó con el umbral.

—No vuelvas…— susurró la voz de la mujer, reseca, tan apenas un soplo. Junior no supo si lo había escuchado realmente o si fue el viento al cerrarse la puerta tras él.

Salió corriendo. La bicicleta parecía no avanzar sobre el camino de gravilla y tierra, como si mil manos invisibles lo retuvieran. Atrás, la casa permanecía igual, indiferente, pero el porche ahora relucía con un destello de sol sobre el marco de la puerta. Y allí quedó su sombra, pegada al encalado, hasta que llegó a la carretera y el sol se comió el miedo.

***

Durante semanas Junior evitó esa parte del condado. Soñaba con la habitación, con la cosa meciente en las manos de la mujer. Soñaba con ramas negras retorciéndose bajo su cama, con llantos secos que se enredaban en sus orejas. Y entonces llegó el invierno —un invierno extraño, con lluvias que no cesaban. Las aguas del pantano comenzaron a subir, tragándose caminos, arrastrando animales muertos.

Fue cuando descubrieron los perros. Primero uno, luego varios más, tendidos en las cunetas, abiertos en canal. Nadie supo quién los mató; decían algunos viejos que era obra de los negros del pantano, otros murmuraban de maldiciones antiguas. Pero Junior pensaba en la casa y en el bulto oscuro y sentía un vacío en el pecho.

Un día, Dan, el sepulturero, encontró a la señorita Carnelia sentada en el porche, la piel cuarteada como pergamino, los ojos fijos en el poniente. Cuando trató de hablarle, ella no respondió, solo agitó la mano en el aire, como espantando moscas. Dan se fijó entonces en aquel muñeco, una muñeca de trapo y ramas, sentada junto a ella. A su modo, se parecía a Junior: los ojos dos carbones, el pelo de cordel, la boca de costura roja.

El muñeco lo miraba. Lo miraba con un ansia, con un hambre. Dan retrocedió, pero la señorita seguía ahí, inmóvil, y Dan supo que tardaría mucho en animarse a regresar por el camino.

Desde ese día, la casa cerró del todo. Nadie volvió a ver a la señorita Carnelia, pero en noches húmedas y calientes, los muchachos decían que se veía una sombra menuda, arrastrándose de ventana en ventana, y se oían llantos quedos, secos, como un grito contenido.

***

Años después, Junior —ya hombre mayor, la vida le rajó el rostro y le puso canas antes de tiempo— volvió al condado por el funeral de su madre. El funeral fue breve; la gente se dispersó entre el lodo y la ceniza. Él se quedó junto a la tumba con el sudor pegajoso en la frente y el recuerdo de la casa comiéndole las entrañas. La tarde comenzó a morir, el aire quedó inmóvil.

Se obligó a caminar, a cruzar la calle y seguir el viejo sendero de tierra que ya casi nadie pisaba. El sol descendía como una moneda marchita, y la casa de la señorita Carnelia emergió entre los cipreses, igual de vacía, igual de imposible.

Pasó el porche apretando la mandíbula. La puerta seguía clavada, pero la ventana del comedor estaba rota. Dentro, la oscuridad era pastosa.

Junior apoyó la frente en la madera y, por un instante, escuchó una respiración al otro lado. Recordó entonces el muñeco, los llantos secos, el polvo en la garganta. Recordó el miedo, pero supo que tenía que verlo, lo que fuese, entenderlo al fin.

Empujó el postigo roto y pasó su vieja linterna sobre el aire viciado, iluminando ruinas: la mesa aún puesta, los platos devorados por el moho, el jarrón vacío… y entonces, en la silla, una forma: ramas y trapos, ahora podridos, pero con la boca hilvanada en rojo.

La linterna siguió levantando sombras. En la esquina opuesta, en la oscuridad más densa, algo se movió. Un sonido besó el aire —algo como un llanto, pero ya no era llanto, sino risa seca, chirriante, como si la garganta que la producía estuviese deshecha.

La luz titiló. Junior avanzó un paso y pisó una superficie pastosa. Bajó la mirada: el suelo estaba cubierto de muñecas, cientos de ellas, todas con su boca cosida, sus ojos de carbón.

De pronto, el silencio.

Después, el grito. Un grito mudo, seco, como el de la casa, como la garganta de un niño sumida en polvo.

Junior sintió la presión en el pecho, un reconocimiento: los montones de tristeza amontonados como ramas sobre el corazón, los pesares heredados, nunca expresados… vio la cara de la señorita Carnelia, de su madre, de sí mismo, todos con la boca cosida y la voz perdida para siempre, gritando por dentro sin que nadie escuchara.

La casa gemía con ellos. Era el Grito Mudo del Sur: ese que no sale nunca, pero que se queda latiendo bajo el polvo, la humedad y el tiempo. Nadie lo oye. Solo lo saben quienes, una vez en la vida, han sentido ramas negras enredarse bajo su cama, y han salido al alba con la garganta llena de polvo, y el miedo convertido en un silencio pegajoso que los acompaña hasta la muerte.

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