Portada del relato La ciénaga susurra
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Fragmento:


El calor aumentó. Gente sudando sangre. Venas hinchadas, palpitando como gusanos bajo la piel. Los pocos que no enfermaron, caían por las noches en sueños donde la abuela Elmira los llamaba en un rumor bajo el suelo, y al despertar tenían la boca llena de lodo y los ojos ciegos de fiebre.

Duración: 09:49

La ciénaga susurra
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Texto de ajuste de pausa.

La noche era pesada. El calor, incluso después de la puesta del sol, se acumulaba en la casa como una sábana de sudor invisible. Las ventanas estaban cerradas, cortinas pesadas como párpados muertos. Nadie en la Colonia Warren abría una puerta después del atardecer. Nadie osaba mirar afuera. Dicen que era por los mosquitos, pero todos sabían que no eran sólo los insectos los que zumbaban allá afuera.

La Colonia fue fundada al final de una vía fangosa, en tierra baja y anegadiza, donde la ciénaga se extendía como un vientre de mujer preñada, esperando parir pestilencia y secretos. Aquellos que llegaron primero— holandeses tullidos de la guerra y criollos famélicos— dejaron mapas torcidos y pactos aún más retorcidos con el pantano. No hay memoria exacta de cuándo llegó la plaga, sólo oscuros relatos de noches largas; cuerpos que se hinchaban y reventaban, niños medio cocidos en fiebre, madres delirando que la leche ya les venía negra.

En la actualidad, la Colonia tenía una veintena de casas, derruidas y peleadas con la maleza, pobladas por familias que al hablar, apenas movían los labios. La plaga no se fue nunca, solo mutó: a veces era la piel que ardía y estallaba en llagas, a veces era la risa que no se podía detener, a veces, el olvido. Había aprendido a esconderse igual que los pobladores.

La casa de la familia Arbuckle era la más vieja, blanca debajo de la costra de hongos y salitre. Allí vivía Edith, que decía tener cuarenta años pero parecía de sesenta, con su hijo Jeb, un muchacho alto de cabello naranja como resina vieja, y la niña Sara, que nunca hablaba pero te miraba fija, como si oliera tu alma.

La historia verdadera comenzó cuando la abuela Elmira murió. Solemnemente, Edith y Jeb la llevaron envuelta en la colcha de lana, a través del huerto, donde las calabazas apestaban a huevo podrido aunque nunca las cosecharan. Nadie enterraba a los muertos en la Colonia. Se dejaban en la ciénaga: las aguas negras devoraban hueso, carne y memoria. La tradición decía que enterrarlos en tierra era invitar a aquello que caminaba por la colonia en las noches, a regresar con uñas negras y el aliento a hiedra quemada, a buscar a los vivos.

Esa noche, el pantano brillaba con fuego fatuo. Los niños del pueblo decían que eran las almas jugando a ser luciérnagas, pero Elmira no hubiera permitido tal fantasía. “Los fuegos no son para nosotros, son señales”—decía—“y ninguno sabe leerlas”.

Jeb tiró el cadáver de la abuela en la ciénaga, y durante un momento, los círculos verdes y naranjas de los fuegos fatuos danzaron alrededor del cuerpo, silenciosos y veloces, y luego se apagaron. Edith y Jeb se miraron sin decir palabra. Solo Sara se quedó en el borde, observando, sus labios pálidos como jazmines enfermos. Nadie notó las palabras que murmuró al barro.

Algo cambió después de eso. La comida empezó a oler a cobre. El agua del pozo tenía gusto a aceite rancio. Las ratas que merodeaban por debajo de la casa abrían la madera podrida, chillando como bebés ahogados. La plaga, la verdadera plaga, llegó despacio, como la niebla: primero un gotear espeso en los pulmones, luego llagas negras que manaban pus y, al fin, la pérdida de la conciencia, no como sueño sino como ser tragado por el fango, donde sólo podías gritar dentro de tu cráneo.

Pero antes de que la gente enfermera, empezaron las desapariciones. Primero, la niña Luellen del otro lado del arroyo. Después, Will Curtis, el borracho que sólo salía para robar gallinas. La gente murmuraba, pero no demasiado fuerte: las paredes aquí escuchan.

Una madrugada sin estrellas, Edith fue despertada por el temblor de la cama de su hija. La vio moverse como si algo invisible le arañara los pies. Se acercó: Sara tenía las uñas llenas de barro negro, y en su boca goteaba saliva tan espesa como melaza. Hablaba, pero las palabras parecían de otra lengua, una lengua de agua y raíces podridas.

—No dejes la puerta abierta —dijo Edith, su voz temblorosa, como la cuerda vieja que amenaza con romperse.

—La abuela llama —susurró Sara, sin abrir los ojos—. Ella canta en la ciénaga, pero tiene hambre. Ahora tiene boca, ahora tiene manos.

La mañana trajo a la madre Curtis a la puerta de los Arbuckle. Su hijo no regresó, y otra vez los fuegos fatuos habían bailado junto a la casa. Edith cerró la puerta en su cara. Pensó mentirle, decirle que encontró huellas de lobo, pero los niños de la colonia ya sabían que las huellas de la ciénaga son humanas, con seis dedos y uñas tan largas que cortan la hierba.

El calor aumentó. Gente sudando sangre. Venas hinchadas, palpitando como gusanos bajo la piel. Los pocos que no enfermaron, caían por las noches en sueños donde la abuela Elmira los llamaba en un rumor bajo el suelo, y al despertar tenían la boca llena de lodo y los ojos ciegos de fiebre.

Edith comenzó a rezar. No rezos de iglesia, sino la oración rota de los fundadores: invocaciones a la ciénaga, promesas a los árboles retenidos por collares de hierro, a los cuervos lisiados que sólo graznan en la noche. Pero la plaga avanzaba. En su propio pecho, sentía los pulmones llenarse de un aire sucio, tenía el gusto del marisco muerto en su lengua.

Un atardecer, Edith vio a su hija de pie al borde del pantano, hablando con los fuegos flotantes.

—¿Qué le dices? —preguntó Edith.

—Que no tengo miedo. Que pueden llevar lo que quieran, solo déjame los ojos, para mirar.

Esa noche, Jeb desapareció. Entró a la cama, como cada día, pero al amanecer sólo estaban las mantas desparramadas, y un olor a podrido en la almohada, con algunos pelos anaranjados como raíces arrancadas por un animal.

Edith se arrodilló en la cocina, frotando el suelo como si pudiera arrancar la desgracia con las uñas.

—¿Qué se llevó? —preguntó, la voz ronca.

—Fama —dijo Sara, dando vueltas la palabra en la boca, como si probara una fruta amarga—. Se llevó la fama de ser bueno. Pero quiere otra cosa. Quiere mi sombra, mamá.

Las noches se hicieron llenas de ruido, ruidos que nunca debían escucharse: un llanto seco que venía del pozo, respiraciones jadeantes afuera de la casa—ninguna humana—y el golpeteo constante de alguien o algo arrastrándose por debajo del piso de tablas.

El último en morir fue el viejo Reverendo Lantry. O más bien, el último en ser encontrado; su cuerpo fue hallado en el jardín de la capilla ruinosa, el rostro doblado hacia adentro de la boca, como si hubiera intentado tragarse los propios gritos. Al tocar la carne, los vivos sentían un picor que no era enfermedad, sino el temblor de una verdad inaceptable.

La colonia entró en pacto de silencio. Nadie salía después del mediodía; la comida se descomponía antes de cocinarse. Los gallos cantaban sin sol, y las vacas abortaban terneros sin ojos.

Edith, con los ojos quemados por el insomnio, buscó a Sara una noche y la encontró en el porche, sentada entre las sombras.

—¿A quién le hablas? —preguntó, con la voz casi ida.

Sara sonrió: sonrisa sucia, con los dientes oscuros, la boca llena de barro.

—Ya no sé si es la abuela. Ya no sé si son ellos o soy yo, mamá.

Edith se estremeció.

—¿Y qué quieren?

Sara levantó la mano, mostrando cinco dedos finos, llenos de pequeñas mordeduras rojas.

—Lo que siempre han querido—dijo—: que no olvidemos.

Al amanecer, Edith tomó a su hija y, con la poca fuerza que le quedaba, caminó hasta la ciénaga. El lodo era tibio, y el aire vibraba con un zumbido, no de mosquitos, sino de voces humanas, muchas voces, las de todos los que la plaga había llamado, cada uno vibrando como una cuerda floja, esperando otra vez el toque de la memoria.

Sara se soltó de la mano de su madre y avanzó, metiéndose en el agua hasta las rodillas.

—Mamita, ven —dijo, pero Edith ya no podía moverse. La plaga la tenía por dentro, su pecho hinchado, el mundo un remolino de sudores y lenguas de fango.

La niña se detuvo frente a la ciénaga, agachándose. Empezó a hablar, no en voz alta, sino hacia las raíces muertas que flotaban en la superficie. Dejó caer algo en el agua, la muñeca de trapo que era suya desde antes que todo se pudriera. Y entonces calló. El agua burbujeó alrededor de la muñeca; brotaron de la nada centenares de pequeñas manos blancas, huesudas, cada una con seis dedos, y la arrastraron despacio, sin salpicar, hacia la profundidad.

Edith se dio cuenta de que todas esas manos eran parte de las plagas pasadas, de todas las muertes lloradas por las madres viejas de la colonia, de todos los niños desaparecidos, de cada sombra tragada por el pantano. El precio era siempre igual: uno por uno, nombre por nombre, memoria tras memoria.

Sara regresó a la orilla. Sus ojos eran ahora dos huecos húmedos y brillantes.

—Ahora sí me ven —susurró con una voz que no era la suya, pero que reconocía—. Ahora sí recuerdan.

Edith quiso correr, pero supo que el precio ya había sido pagado. La colonia, al día siguiente, amaneció vacía, en silencio. La ciénaga estaba lisa. Ningún fuego fatuo. Ningún cuervo. Sólo el rumor lento de las aguas, y por debajo, el leve y eterno parloteo de aquellos que nunca pueden olvidar.

Lo único que quedó de Sara fue la huella leve de sus pies en el barro, y la voz en las noches: “Lo que quieren no es la carne. Lo que piden es que recordemos. Que la mentira nunca entierre a los que fueron llevados.”

Y así la plaga nunca terminaría, porque la colonia estaba maldita. Porque el olvido no era permitirse descansar, sino firmar el pacto para ser devorados.

Porque la ciénaga nunca quiere morir sola.

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