Portada del relato La tierra mala
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Fragmento:


De día soportabas aquello porque el sol castiga todo por igual, pero de noche había algo allí, un rescoldeo en el aire, escaso hasta para las lechuzas. El terreno se abría en una leve caída hacia la zanja de drenaje, convertida en una herida por donde rezumaban los secretos de la plantación muerta de los Boone. Decían que ahí habían caído niños, cerdos extraviados, hasta hombres del campo si el vino de maíz les arrastraba. Pero nunca hallaban nada salvo una humedad coagulada, y esa racha helada pegándose a la ropa.

Duración: 11:23

La tierra mala
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

***

Nunca fui de andar mucho por la parcela tras la casa de los Boone, al menos no cuando la luna menguaba, ni después que recalaba la humedad pegajosa de ese calor que pesa más de lo que cualquier noche sureña debiera cargar. Era un asunto sencillo de miedo antiguo, el que se instala en el tuétano sin permiso ni lógica, transmitido de madres a hijos en susurros: “No pases más allá del seto, Lena. Y si oyes algo del bosque, ni te gires a mirar, aunque jure con la voz de tu abuela que es solo el viento”.

La voz de mi madre se desmoronó para siempre en mi decimosexto verano. Quedaron solo las palabras, y la certeza de que no bastaban para retenerme. Cuando el calor del estío levantaba vapores y el silbido sordo de los grillos parecía batir la vida contra la piel, yo acechaba la línea donde los campos de maíz se rompían en maleza y la maleza se disolvía en la penumbra de unos robles fuera de quicio, gigantes enredados, gruesos como patas de elefante, las ramas estirándose ossudamente como dedos artríticos.

De día soportabas aquello porque el sol castiga todo por igual, pero de noche había algo allí, un rescoldeo en el aire, escaso hasta para las lechuzas. El terreno se abría en una leve caída hacia la zanja de drenaje, convertida en una herida por donde rezumaban los secretos de la plantación muerta de los Boone. Decían que ahí habían caído niños, cerdos extraviados, hasta hombres del campo si el vino de maíz les arrastraba. Pero nunca hallaban nada salvo una humedad coagulada, y esa racha helada pegándose a la ropa.

La familia Boone ya no quedaba. El último, el viejo Isaac, se rajó la garganta en el porche una Nochevieja, dejando a las zarzas tomar la casa, a la lluvia pudrir la galería y a la tierra reclamar su deuda. Dicen que los árboles del linde se torcieron más esa primavera. Vecinos con inclinación a las supersticiones, y en mi caso, la evidencia de un par de pesadillas: noches que me desperté gritando, con el sabor agrio del fango en la boca.

Me hice fuerte —o eso pensé— y fue ese mismo verano cuando descubrí la cicatriz junto al seto. Había salido a buscar el gato. El reguero de huellas pequeñas, embarradas, se internaba directo al bosque, allí donde las zarzas se apartan por la fuerza de algo más grande. No fui tras él, claro. Me quedé al filo, observando cómo el follaje negro se tragaba el sonido y cómo la brisa adquiría un olor a carne rancia y hojas muertas a medio remover. Pero la forma de una raíz —no, de una rama— retorciéndose cerca de la base del árbol mayor me pareció antinatural. Era gruesa y perlada, disimulada como los músculos bajo una piel arrugada. Y algo en ella se movía, un temblor que no obedecía al viento ni a la lógica de lo botánico.

Volví a casa acallando temblores. El miedo, una semilla que nunca se va realmente, había germinado. Pero no tardé mucho en convencerme de que lo había imaginado. Pasaron semanas. El gato no volvió.

El siguiente en notarlo fue mi primo Carl. Él sí era de los que se lanzaban al lodo sin pensarlo. Una noche de luna nueva, cargados de cerveza robada, se le ocurrió apostarnos que no habría huevos para cruzar la zanja y escupir contra el árbol gordo. Nos reímos, nos dejamos arrastrar por las promesas fáciles de la adolescencia y el licor caliente en el estómago.

La maleza crujía bajo nuestros pies. Mi linterna bailoteaba en la penumbra, cincelando retazos de tierra pelada, nidos de zarzas y helechos que parecían respirar. Carl iba delante, fanfarroneando, cuando se oyó un crujido profundo, como si desde la tierra se acomodara algo viejo y sediento. Llegamos a la orilla de la zanja. La humedad subía como vapor, pegajosa, y la oscuridad era tan densa que la linterna no podía morderla del todo.

Carl bajó primero, hundiéndose, soltando una risotada. “Sólo lodo, Lena, sólo—”. Pero la frase quedó colgando, brutalmente incompleta. Luego vinieron los gritos. Sonaban mojados, burbujeantes, como si hablara bajo el agua. Corrió, tropezó, gritó más fuerte. El haz de la linterna lo encontró forcejeando en el barro, con una raíz —no—, con algo, anudándosele al tobillo. Tenía la textura de una tripa vieja, segmentada y pálida, y se revolvía, resistiéndose a la lógica de cualquier rama o raíz.

Las zarzas chisporrotearon cuando Carl retrocedió a tirones, el pantalón subido hasta la rodilla y la piel marcada con un cerco violáceo que no cesó de supurar durante días. No quiso, o no pudo, decirnos qué había sentido. Pero a partir de entonces, su risa siempre parecía un poco rota, como si temiera que algo escuchara desde las sombras, esperando la continuación de su espasmo.

Debió haber terminado así, con el escalofrío colgado y la memoria amordazada en silencio. Pero el bosque insiste, y la zanja, y lo que duerme —y a veces despierta— debajo.

Empezaron a desaparecer los cachorros de los vecinos. Luego, las perdices amanecían vaciadas, el corral estallando en chillidos rotos al alba. El rumor regresó más fuerte: “Los Boone dejaron algo en la tierra. Cultivaron más de lo que podían cosechar”.

Nadie se atrevía a cortar los árboles del línde y nadie, que yo sepa, echaba sal sobre la zanja. Toda la vieja plantación marchitaba hasta las raíces. Pero el gran roble seguía en pie, vigilante, sus ramas hinchadas y acodadas sobre el fango. Le crecían extrañas excresencias: nódulos blandos, latientes bajo la corteza, con una textura que recordaba a caracoles o a vientres abultados de lombrices. A veces, a plena luz del día, las hojas parecían zumbar, y uno podía jurar que veía una línea oscura desplazarse con autonomía sobre la madera.

En la segunda semana de septiembre, los sueños regresaron. El aire se volvió espeso; la casa empezó a oler dulce, un aliento vegetal y podrido que se colaba por las rendijas. Soñé que caía en la zanja, la tierra abriéndose a mi paso. Que me recibían labios blandos y húmedos, y que grandes tentáculos perlados, brotando bajo las raíces del roble, me arrastraban hacia la negrura.

Me desperté con el eco de la voz de mi madre: “No mires hacia atrás”. Pero el miedo no admite órdenes, solo ruegos. Y yo concedía a esa voz un poder limitado; la curiosidad quemaba.

Fue entonces cuando el cuchicheo entre los pocos viejos que restaban se volvió más urgente. Oí a mi tía Edith murmurar que en las noches bochornosas del final de verano podían verse formas arrastrándose entre las raíces, tentáculos resbaladizos y blancos buscando carne tierna, dedos de una voluntad oculta, tal vez vieja como la plantación misma.

Los Boone, decían, habían prosperado demasiado rápido, cortado demasiados árboles, removido el subsuelo hasta liberar muchachos huesudos de cosas selladas atrás por los primeros pueblos que temían a la tierra más que al demonio mismo.

Ese mismo mes, Carl desapareció. Su madre lo buscó primero en el pueblo, luego en el galpón, luego en la parcela detrás de la casa. A última hora, hallaron rastro de pasos descalzos en el barro, y nada más.

Yo observé desde la ventana de mi cuarto el relumbre lejano de linternas moviéndose entre los troncos. Nadie quería acercarse demasiado al roble. El alguacil, tras mucho titubeo, dejó caer un par de bengalas en la zanja. El resplandor rojizo se quedó colgado un momento; luego, la zanja la tragó como soplo, como si la tierra respirara hondo. El silencio se hizo total.

A partir de entonces, el pueblo selló ese borde, dejó crecer la maleza. Pero nada impedía que la podredumbre siguiera deslizándose, lenta, desde el subsuelo. En la primavera siguiente, las casas más cercanas a la zanja despertaron cubiertas de un moho perlado, húmedo y pegajoso como baba de caracol. Mis sueños, nunca completamente ausentes, se volvieron más precisos: veía a Carl, pálido y cubierto de limo, arrastrándose en la penumbra, las piernas envueltas en tentáculos viscosos que latían bajo su piel.

La gente murmuraba que ciertas noches, si escuchabas desde el porche más allá de la medianoche, podías captar el rumor de voces, una leyenda a medio formar, un silbido ronco que subía desde la garganta despreciada bajo la zanja. Yo descubrí otro detalle: el árbol, ese roble resquebrajado y obscenamente vivo, hacía algo nuevo. Sus ramas, antes torcidas hacia el cielo, colgaban ahora orientadas hacia la casa de los Boone, rozando la vieja cerca destruida.

La tentación de mirar era terrible. Debía ver qué quedaba de Carl; debía saber si mis sueños eran solo miedo y culpa, o si la cosa que había adoptado la voz de mi madre era real.

Ese julio, la hilera de zarzas floreció antes de tiempo, los racimos de bayas brillando casi a la luz propia en la noche. El aire vibraba, cargado de electricidad estática. Esperé hasta bien pasada la medianoche y crucé la parcela, consciente de la mirada de todas las cosas del bosque. Me adentré en la zanja. Bajo el pie, la tierra cedía, húmeda, visguienta. Ya no llevé linterna: la luna llena era demasiada testigo.

Una raíz —o tentáculo— se arqueó a mi paso. Temblaba, hinchada, hinchándose aún más a medida que el aire se espesaba, como si en la presión creciente de la noche algún tipo de vida fundante se retorciera en sus entrañas.

Escuché el silbido. Bajaba y subía, componiendo una melodía que no sé cómo, reconocía. Era la nana de mi infancia, malformada, cantada con voz súcuba. Las ramas del árbol —no ramas, dios mío, no eran ramas— reptaban despacio, buscando, tanteando, y donde tocaban la piel, el frío era absoluto, lo opuesto a la sofocación del aire húmedo.

Voces brotaban de la zanja, la voz de Carl, de mi madre, del viejo Isaac Boone chillando entre burbujas. Vi los rostros surgir del lodo, palidecidos, las bocas abiertas y de ellas colgaban raíces perladas, tentáculos vivos, latentes de memoria burlada.

No podía retroceder ya. Sentí cómo las formas me rodeaban, cómo el árbol inclinaba su copa sobre mi cabeza y la madera abierta respiraba en un espasmo lento y convulso. Una de las raíces se deslizó por mi tobillo, helada, agradecida, y sentí el rumor de siglos azotados, de tierra succionando pecados, de generaciones atrapadas bajo el lodo, incapaces de morir del todo.

La cosa me habló —o creí que fue así— con la voz podrida de todos mis muertos:

“No mires atrás. Ahora, Lena, crece hacia dentro”.

Y en la noche caliente del sur, fui semilla, fui rama torcida, fui tentáculo buscando piel nueva.

El bosque me recibió en su vientre y supe, con certeza y terror, que ningún Boone —ni nadie más— dejaría jamás de alimentar la tierra mala debajo del árbol. La canción, la misma que susurra entre lodo y zarza cada vez que alguien cruza ese límite, nunca acabará. Yo, anudada ahora al retorcimiento y al hambre, me pregunto cómo sonaré cuando silbe la próxima vez.

Y si tú, cruzando la vieja zanja en la madrugada, reconoces mi voz, no mires atrás.

Nadie mira nunca. Pero todos, tarde o temprano, nos convertimos en nutriente.

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