Fragmento:
La vida en la mansión se componía de tareas sencillas y soledad. Roughhouse y yo reemplazábamos puertas, martillábamos tablones y recogíamos las ramas caídas tras la última tormenta eléctrica. La abuela Maddie nos traía café con gotas de whisky por la mañana y galletas con grasa de cerdo por la tarde. En el crepúsculo, la casa entera olía a moho y a carne muerta. Señales, decían antes, de que la muerte ronda el lugar. El perro de Roughhouse, una mole mestiza de mastín, aullaba todas las noches mirando el pantano. Yo intentaba dormir. Pero cada noche, pasada la medianoche, oía: los mismos tres golpes secos. Siempre en la ventana, siempre en esa habitación.
Duración: 08:56
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Hay quienes dicen que la muerte llega con el frío, y que, al sur del río Yazoo, el verano es su único avaro centinela. En Red Hollow, Mississippi, sin embargo, las noches húmedas y fatuas hacen su propia oferta a la Parca, abriendo las costuras del mundo para darle paso a criaturas menos convencionales que los espectros de la fiebre amarilla y los soldados confederados errantes que tanto gustan contar los parroquianos del bar. Yo, Thomas Garvey, he visto y sobrevivido a algo que no encaja en los relatos viejos de abuelas con batas de muselina—y si me encuentro aquí, bebiendo bourbon a las dos de la tarde bajo el toldo de la tienda de Howell, es porque hasta el sol, en Red Hollow, prefiere no indagar demasiado en los secretos de la mañana. Hay horror en la humedad y en la madera podrida. Hay horror en el pantano—y mucho más en las casas que se pudren en las márgenes, resistiendo cabizbajas como cabezas de horca.
Corría el año en que el alcalde Lucius Gaskins se desvaneció sin dejar rastro, y hasta los predicadores, peligrosamente cerca de perder a sus fieles, decían en secreto que el pueblo tenía el mal dentro. Mi tío Roughhouse—llamado así tanto por su temperamento como por su costumbre de vivir entre perros y víboras—me ofreció un trabajo durante agosto. No fue un acto de generosidad. Había que hacer reparaciones en la plantación de los Mitchell, un caserón que había visto tiempos mejores. Lo que nadie quería recordar, siquiera entre copas, era que la última voluntad de la señora Augusta Mitchell había sido enterrarse abrazando la figura de bronce de un oso con ojos de piedra. O tal vez fue el P. T. Barnum local quien inventó ese detalle, sólo para añadir aceite a la llama.
Aquel verano fue el más denso del que tengo memoria. Hasta los grillos parecían tocar menos, como resignados a la mudez. Y yo, muchacho enclenque de diecinueve años, nunca había sentido el verdadero miedo. Lo supe en la primera noche, al entrar en la mansión de los Mitchell, cuando la abuela Maddie, ama de llaves senil y ciega de un ojo, se echó a reír por lo bajo después de apagar las lámparas de aceite. “El milagro de la noche es que lo olvida todo, menos lo que la espanta", musitó, y después el silencio se hizo tan denso que pude oír cómo el moho se pegaba a las paredes.
Dormí en la habitación del segundo piso, la que daba al pantano. No era la mayor ni la más lujosa, pero la única sin goteras. Por la ventana entraba la fragancia perfumada y cenagosa de la vegetación podrida y la promesa de las luciérnagas. Esa primera noche, la voz de la abuela Maddie recorrió los pasillos como un animal acechante:
“Si escuchas pasos, no abras la puerta. Si escuchas el silbido, date la vuelta. Si sueñas con la osa, no despiertes.”
La voz me puso la piel de gallina. Pero para un forastero en su propia tierra, las supersticiones son sólo susurros huecos. Pensé que el miedo pasaría, como pasa la resaca y pasa el calor. No fue así.
La vida en la mansión se componía de tareas sencillas y soledad. Roughhouse y yo reemplazábamos puertas, martillábamos tablones y recogíamos las ramas caídas tras la última tormenta eléctrica. La abuela Maddie nos traía café con gotas de whisky por la mañana y galletas con grasa de cerdo por la tarde. En el crepúsculo, la casa entera olía a moho y a carne muerta. Señales, decían antes, de que la muerte ronda el lugar. El perro de Roughhouse, una mole mestiza de mastín, aullaba todas las noches mirando el pantano. Yo intentaba dormir. Pero cada noche, pasada la medianoche, oía: los mismos tres golpes secos. Siempre en la ventana, siempre en esa habitación.
No le di importancia hasta la quinta noche. Estaba seguro de que era el viento, hasta que el sexto día, al contemplar el marco, noté tres huellas diminutas, enjutas, como de dedos infantiles presionando la madera ya astillada. Bajé a desayunar en silencio, y cuando me topé en la cocina con Maddie, ella deslizó su lengua por los labios reventados y soltó, “La osa ha parido otra vez.” Me giré a mirar a mi tío en busca de explicación, pero sólo bufó y apuró su café.
Ya entrada la siguiente tarde, Roughhouse me obligó a ir con él al cobertizo a buscar herramientas. El lugar era menos almacén que reliquia de horrores rurales: trampas oxidadas, lámparas a medio fundirse, pieles viejas de serpiente. “La familia Mitchell era gente rara, se dice”, murmuró mi tío, como si le costara arrancar las palabras al aire. “Dicen que la vieja Augusta cavaba en el pantano a la medianoche. Nunca encontraron lo que buscaba.” Lo miré de reojo, pero era obvio que no sabía, o no quería, contar más. Fue entonces cuando lo vi yo mismo: entre las cañas al borde del agua, un bulto negro—pensé que era un perro. Pero sus ojos, al reflejar la luz del crepúsculo, eran grandes, redondos y brillaban amarillos. Y en vez de esconderse, avanzó sigiloso, al ritmo de mi pulso, pero siempre quedando fuera del alcance de la visión directa.
Esa noche, los tres golpes volvieron. Me levanté, sudando, decidido a probar que sólo era el viento o un búho torpe. Abrí la ventana. El aire era espeso. Lo vi: sobre el césped, más allá de la luz del porche, la silueta del oso. Pero no era un oso, porque caminaba en dos patas delgadas, con los brazos estirados a los lados, como esperando un abrazo o una caída. El hedor que llegaba era el del pantano, pero mezclado con algo peor, como piel quemada. Cerré la ventana de golpe.
El amanecer fue más frío de lo habitual. Roughhouse se mofó de mi palidez, pero la abuela Maddie sirvió el desayuno canturreando una nana sin sentido. El perro había desaparecido.
El día siguiente fue una sucesión de horas mediocres, pero la tensión llenaba el aire. Cuando anocheció, me senté al pie de la escalera, con un hacha en las manos. Roughhouse dormía, encantado gracias al bourbon barato. Fue entonces cuando, desde la entrada, escuché la misma melodía de la abuela Maddie. Bajé, y la vi de pie en la galería, mirando hacia donde crecía un rosal silvestre encorvado por los años.
"Aquí," musitó, "aquí la vieja Augusta tentó a la noche. Aquí la osa aprendió a querer carne."
La abuela Maddie rió después; una carcajada gorgoteante, casi como un lamento. Y luego la vi—la figura. Más alta que un hombre, pero de pecho estrecho y largo. Caminaba erguida, cubierta de una piel mohosa de musgo y lodo, y de su hocico pendía un hilillo de lengua negruzca. Sus ojos eran dos carbones encendidos, y la luz de la luna dibujaba entre sus garras restos de lo que alguna vez fue ropa humana.
Corrí hasta la habitación de mi tío, pero él ya no dormía. La ventana estaba abierta y sobre su almohada, unas huellas diminutas, mojadas, como de un niño anegado. Mi garganta sabía a hierro oxidado. El perro no volvió y mi tío tampoco.
Pasé dos noches encerrado, hasta agotar el valor y el whisky. No dormía, no comía. Y cada noche, siempre a la misma hora, los golpes: tres, cortantes, a la ventana. Me negaba a mirar, hasta que, exhausto y embotado, la puerta se abrió sola, frotando el suelo con un chirrido que me hizo sangrar los oídos. Del umbral entró un hedor a podrido y humedad. Y la vi: la osa, la criatura, la madre de carne enferma y dientes de basura, avanzó hacia mi cama. Su hocico se estiró demasiado, la lengua colgaba, la piel temblaba como si estuviera a punto de caerse. En el fondo de sus ojos, vi otro mundo: una ciénaga prehumana, donde la muerte venía en la forma de abrazos extraviados.
No me desmayé. Recité las palabras de Maddie mientras la bestia se arrodillaba a mi lado, susurrando desde el abismo. La voz era la de Augusta Mitchell, pero también la de mi madre, y la de la tierra misma. “Si sueñas con la osa, no despiertes.”
Al despertar, la abuela Maddie estaba a mi lado. Acariciaba mi frente con manos huesudas. Dijo: “Has visto la cara de la madre. La cara de la muerte que custodia este sur.”
Roughhouse nunca volvió. Volvieron los grillos una semana después, y con la luz del final del verano yo también regresé al pueblo. Las historias siguieron en los bares, y los borrachos aún hablan del hambre que ronda el pantano. Si el verano es la frontera entre el hombre y el horror, el sur es el campo de batalla.
Hoy la mansión de los Mitchell es sólo ruina y maleza. Pero a veces, cuando el calor es tan espeso que envuelve el pecho, los pastores aseguran ver luces moviéndose en la ciénaga. Nadie se atreve a ir de noche por la galería carcomida, y mucho menos a mirar en los charcos donde los grillos guardan silencio.
Porque al sur del Yazoo, todos le debemos algo al hambre de la madre osa. A todos nos está esperando, paciente, entre la niebla, con los brazos abiertos.
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