Portada del relato La Niebla de Widowmoor
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Fragmento:


El último tramo hasta la entrada era un túnel angosto entre hileras de tejos. Los árboles, intestinalmente entrelazados, parecían retorcerse con cada ráfaga de viento, como manos de ancianos pidiendo clemencia. Eleanor experimentó una repentina opresión en el pecho. No era la primera vez que visitaba la mansión, pero, tras la pérfida muerte del coronel, cada rincón del lugar parecía mutado, infectado por una presencia inasible.

Duración: 10:20

La Niebla de Widowmoor
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Texto de ajuste de pausa.

El carruaje avanzaba pesadamente por el sendero enlodado, jadeando como un animal anciano bajo el peso de la negrura. Era tarde; la luna apenas asomaba entre espesas nubes, y la niebla se alzaba del pantano, arrastrando consigo un hedor fétido de materia orgánica putrefacta y secretos olvidados. Lady Eleanor Ashcroft mantenía los puños apretados sobre la bufanda de lana oscura que le cubría el cuello. De vez en cuando, el chirriar de los ejes se mezclaba con el desesperado relincho de los caballos, inquietos por el extraño silencio que parecía haberse tragado el mundo desde que cruzaron el portón de Widowmoor.

–¿Falta mucho, Markham? –Preguntó Eleanor con la voz temblorosa, lanzando una mirada al cochero.

El hombre, encorvado y con el perfil apenas visible, le respondió escuetamente:

–Sólo unos minutos más, milady. Ya se ve la torre de la mansión entre la bruma.

Eleanor no pudo evitar fijar la vista en la silueta sombría que emergía a lo lejos, recortada contra el pozo de tinieblas: la Mansión Crowley, herencia de su difunto marido, el inflamado coronel Archibald Crowley, cuya extraña muerte, ocho meses atrás, había desatado en el pueblo una polvareda de rumores y supersticiones.

El último tramo hasta la entrada era un túnel angosto entre hileras de tejos. Los árboles, intestinalmente entrelazados, parecían retorcerse con cada ráfaga de viento, como manos de ancianos pidiendo clemencia. Eleanor experimentó una repentina opresión en el pecho. No era la primera vez que visitaba la mansión, pero, tras la pérfida muerte del coronel, cada rincón del lugar parecía mutado, infectado por una presencia inasible.

Los lacayos, uniformados con ropajes desvaídos, aguardaban en la escalinata. Markham descendió con premura, ayudó a Eleanor a bajar del carruaje, y enseguida la despidió con una rígida caída de cejas. El cochero no entraba jamás; decía que la mala suerte moraba en aquellas piedras. Eleanor lo sabía, y, por alguna razón, ese secreto tácito le aceleró el pulso mientras ascendía hacia la puerta.

El mayordomo, el viejo Gethin, se materializó entre las sombras, guiando a la viuda a través del vestíbulo alfombrado con tapices polvorientos. El aire olía a cera rancia y candelabro, a humedad estancada y a muebles cubiertos que no habían visto brillar la luz en semanas.

–Su habitación está lista, milady –dijo Gethin, con su voz arrastrada y ojos inmóviles–. ¿Desea algo más antes de retirarse? –Su tono evidenciaba una rigidez mecánica impropia, como si un titiritero invisible manipulara su cuerpo.

–No, Gethin. Sólo quiero descansar. Mañana veré al abogado y los inventarios.

El mayordomo asintió, desapareciendo con la misma brusquedad con la que apareció. Eleanor se quedó sola; sus pasos resonaban solitarios en el pasillo central, adornado con miradas vacías de retratos enmohecidos. Si no fuera por el rumor de la tormenta al otro lado de los ventanales, el silencio la habría asfixiado.

Nada más entrar a la habitación –el otrora gabinete privado de Archibald–, el escalofrío la estremeció por entero. Había una humedad extraña; el aire parecía más denso, como si un vapor invisible flotara junto al fuego que crepitaba miserablemente en la chimenea. Cerró la puerta y se arrimó a la ventana. La niebla devoraba el jardín y, por unos segundos, creyó ver un bulto oscuro moviéndose junto a la pérgola de las rosas negras. Un cuervo graznó en el bosque, y el sonido, amplificado por el eco, la hizo retroceder.

Se acurrucó en la cama, cebándose de té frío y la lectura distraída de una carta sin destinatario. Sin embargo, la fatiga no logró vencer la agitación de su mente. Los minutos se arrastraron mientras oía, en algún lugar de la casa, el solapado crujir de maderas y la respiración del viento por los tragaluces. Fue entonces cuando la oyó: una voz, apenas un murmullo, que parecía emerger de las mismas entrañas de la casa.

“Mi querida Eleanor…”

La voz era familiar, tan reconocible como las primeras notas de una melodía escuchada en la infancia. Sin embargo, no era posible, se dijo. Ninguno de los sirvientes proferiría semejante confidencia en mitad de la noche. Y no había nadie más… salvo, por supuesto, el difunto Archibald.

Recelosa, Eleanor repasó los muebles, el vestidor, la cortina, el dosel de la cama, y todo permanecía inmóvil. Quizá el cansancio le jugaba una mala pasada; tal vez el eco del pasado se colaba entre los muros. Pero cuando el susurro se repitió, rotundo, apenas un aliento pero nítido en su entonación: “Eleanor…”, un terror primigenio la impulsó a buscar refugio bajo las sábanas.

No durmió. Al alba, los gallos que no existían quebraron el silencio, y la casa se llenó del habitual trasiego de criados. Eleanor se levantó, aún entumecida, y llegó al despacho donde el abogado le aguardaba.

El hombre, Christopher Hawthorne, era toda compostura y modales; sin embargo, sus ojos tropezaban constantemente con los rincones oscuros del salón, como si temiera que una sombra le cegara por la espalda.

–Lamento su pérdida, Lady Ashcroft. La herencia del coronel… es vasta, pero las deudas también lo son.

A Eleanor, el dinero le importaba poco. Sin embargo, mientras Hawthorne enumeraba propiedades, escrituras y pagarés, el susurro volvió a colarse en su oído, como si la misma casa susurrara: “No te vayas…” Eleanor palideció y Hawthorne, interrumpiendo su letanía de cláusulas legales, le entregó un libro pequeño, forrado en cuero negro.

–Esto lo encontré entre los papeles del coronel. Quería dárselo sólo a usted.

La viuda sopesó el objeto. No tenía título ni nombre en la portada. Al abrirlo, la caligrafía inconfundible de Archibald surgió, insidiosa, serpenteando entre las palabras. Era un diario, fechado desde dos años antes de la muerte del coronel. Había confesiones sobre criaturas nocturnas, la crónica de pesadillas recurrentes, y una secuencia de frases obsesivas: “Ellos me observan. La niebla nunca olvida. La voz del jardín me reclama”.

Hawthorne, viéndola sumida en la lectura, preguntó con delicadeza:

–¿Todo bien, milady?

Eleanor temblaba. Casi podía oler la fragancia amarga del bosque húmedo al leer: “Las raíces… se alimentan de secretos”. El abogado la despidió con un leve asentimiento, marchándose apresuradamente como si la casa misma lo echara a empellones invisibles.

Quedó sola. La tarde caía con el sonido de la tormenta quebrando los vitrales, y Eleanor se adentró, impulsada por un miedo creciente, al invernadero. El diario seguía entre sus manos; en las últimas páginas había mapas rudimentarios, dibujos de un pozo junto a la fuente, y un mensaje final: “Debajo están los verdaderos herederos”.

Ésta frase, que podía aludir a documentos legales ocultos, le provocó vértigo. Atravesó el jardín, chapoteando entre charcos y maleza pretérita. La niebla era aún más densa sobre la fuente y el pozo, que emergían bajo la mirada petrificada de estatuas musgosas.

Eleanor levantó la losa que cubría el pozo; bajo ella, la oscuridad era absoluta. Tiró de la cuerda oxidada de un cubo, pero del fondo no sonó el chapoteo del agua, sino un golpeteo sordo, húmedo… casi carnoso. Inmensamente perturbada, retrocedió, mas la curiosidad le impulsó a encender una lámpara y descender por la escalera de hierro.

El aire en el pozo tenía una calidad irreal. Los sonidos de la casa quedaban lejos, sepultados bajo capas de tierra y años. Al llegar al fondo, la lámpara reveló raíces retorcidas cubriendo las paredes, y un círculo de extrañas piedras cubiertas de inscripciones paganas. Entonces, algo golpeó la lámpara desde la oscuridad, volviéndola casi contra su propia mano. Fue sólo un batir de alas, probablemente un cuervo perdido, pero el terror la atenazó.

De pronto, percibió un susurro gutural, más claro que nunca: “¡Ven con nosotros, Eleanor!”. Mano invisible, tacto de tierra gélida, la asió por el tobillo. Cayó de bruces sobre el barro, y la lámpara rodó, resplandeciendo un instante sobre el grotesco espectáculo que la esperaba: pequeños rostros, desfigurados, se asomaban entre las raíces, infantilmente formados, ciegos, con bocas entrev abiertas en un rictus de hambre.

Intentó gritar, pero la voz se ahogó en su pecho. La tierra, entonces, pulsó bajo sus manos, y sintió que algo –alguien– emergía. Era Archibald, o más bien lo que quedaba de él, su chaqueta militar en harapos, el rostro podrido, apenas reconocible, sus ojos vacíos de amor o humanidad. Su boca profería un graznido ronco:

–Regresa… ¡regresa, Eleanor! ¡No dejes que ellos salgan!

Ella sollozaba, trataba de trepar por la escalera, pero docenas de manos infantiles huesudas surgieron de entre las piedras, aprisionando sus tobillos, sus brazos, su garganta. La visión final antes de hundirse fue la de los rostros de los niños, grotescos, abiertos como flores atroces, aspirando el aire, la vida y la cordura.

Fue rescatada al amanecer, cubierta de barro, delirando frases inconexas sobre raíces y voces bajo la tierra. El mayordomo intentó tranquilizarla mientras los criados murmuraban letanías para espantar el mal.

Meses después, la gente del pueblo hablaba de la nueva locura de Lady Ashcroft, recluida en la mansión, paseando bajo la lluvia, murmurando a la niebla, arrojando juguetes al pozo cerrado. Decían que en las noches de más bruma, su sombra podía verse junto a la fuente, deteniéndose a escuchar los susurros que nunca, jamás dejaron de ascender desde las profundidades.

Y así, la Mansión Crowley siguió sumida en una quietud insana. Los pocos que osaron cruzar sus lindes entreon en la misma espiral: susurrando frases dormidas, olvidando sus nombres y preguntándose, cada madrugada, cuántos niños aguardaban en las raíces… aguardando a su nueva madre, la señora de los susurros, la viuda de la niebla de Widowmoor.

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