Portada del relato El sótano de Mourning Street
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Sólo he abierto la caja una vez al día. Y cada noche algo… se mueve en las paredes. Escucho susurros, Henry, y a veces siento que algo se arrastra bajo la alfombra. La criada oyó sollozos, y anoche, mientras dormía, sentí que alguien se sentaba en mi cama.

Duración: 12:19

El sótano de Mourning Street
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Frente a la mole ennegrecida de la mansión Henley, los caballos se negaban a avanzar. Salomón, el cochero, maldecía en voz baja mientras el trabajador del establo intentaba azuzar a las bestias con una fusta que apenas ocultaba su propio miedo. Henry Gladstone, ataviado con su capa de viaje y la dignidad que sólo la desesperación permite, forzó la puerta de la calesa y descendió al barro de la entrada. La noche se retorcía sobre aquella parte de Mourning Street, envuelta en niebla, como si toda la atmósfera del viejo barrio estuviera atenta a su llegada. El viento traía el eco de un reloj lejano, resonando las once campanadas de la iglesia de St. Eltheldreda.

Nadie vivía en la mansión Henley desde hacía casi dos décadas. Nadie, salvo quizás, el recuerdo de sus antiguos moradores y los rumores que recorrían Londres sobre gritos, luces intermitentes y un perfume de violetas que, decían algunos, flotaba por las rendijas cuando la luna se ocultaba del todo. Pero Henry no tenía tiempo para las leyendas de los sirvientes. Había recibido la carta esa misma mañana, con el inconfundible sello azul oscuro de la familia Henley y el lamento áspero de unas palabras que invocaban el pasado:

“Estimado Sr. Gladstone,

Confíe en mi juicio y acúdame esta noche. Le pido un favor sin parangón. No hay más que decir por escrito.

Suyo,

A.W. Henley”

No lo había visto en años. Adrian William Henley, su único amigo de juventud, se había convertido en literatura oscura, en una sombra que deambulaba por la correspondencia pública y las secciones de poesía de las revistas, pero de quien nadie sabía más allá de que sus noches eran eternamente largas y sus días tan grises como los charcos que rodeaban la ciudad. Henry, ahora catedrático de filología, apenas podía negarse ante el tono desesperado de la carta.

Llamó con el aldabón. Nadie respondió al momento, pero al oírse la segunda campanada del reloj, la puerta se abrió con un quejido que no parecía sólo debido a las bisagras. Una criada de mediana edad, con manos de pergamino y mirada lacrimógena, le hizo paso hacia el recibidor.

—Me alegro de que haya venido, señor Gladstone —dijo, casi en un murmullo—. El señor le aguarda arriba.

Mientras ascendía la escalera alfombrada —cuya moqueta tapizada parecía más roja bajo la luz incierta que en el recuerdo—, Henry sintió cómo la temperatura descendía y una presencia lo acechaba entre los retratos de los Henley, miradas vacías que, en la penumbra, taladraban cada paso con una mueca siniestra.

El estudio de Adrian conservaba esa mezcla de extravagancia y decadencia: cortinas pesadas, veladores de caoba, una colección de objetos curiosos —una mano momificada bajo campana de cristal, un espejo sin marco que devolvía el reflejo borroso de la sala, y cientos de libros de cubierta negra apilados hasta el techo—. Adrian estaba sentado junto al fuego, su piel tan blanca que casi se confundía con el lino de su camisa. Se levantó con una sonrisa débil, la mirada enrojecida de insomnio.

—Henry... —La voz, frágil—. Has venido. No sabría por dónde comenzar. ¿Recuerdas mi fascinación por las antigüedades?

Henry asintió mientras se sentaba frente a él. El silencio era tan denso que sólo el crepitar de la leña intentaba desafiarlo.

—Recientemente adquirí… —sus dedos temblorosos indicaron una pequeña caja negra, de madera de ébano, situada junto al tintero— aquello que me ha condenado.

La caja era preciosa, de una factura tan delicada que no parecía hecha por manos humanas: arabescos diminutos, geometrías que se retorcían en formas intangibles a la razón, una cerradura sin llave visible. Adrian apenas podía contener la mirada ante ella, como si algo escapara por las rendijas y lo rozase.

—Comenzó el mismo día que la compré. La obtuve en la subasta de Blackwood House, donde el difunto Orville—ya sabes, el coleccionista de rarezas—perdió su vida de una manera horrible, dicen que por un ataque de locura, aunque nadie se atrevió a exhumar el cuerpo ni a investigar. La caja... —hizo una pausa, trémulo— contiene algo. Algo que ha hecho de mis noches un infierno.

Henry experimentó una punzada de desprecio hacia el relato— no era ajeno a las obsesiones de su amigo, ni a la tendencia a perderse en fantasías oscuras—, pero la mueca de terror de Adrian era demasiado sincera para desestimarla.

—¿Qué contiene?

Adrian lo miró, con los labios tensos.

—Una carta. De Orville Blackwood. Pero no termina ahí. La carta cambia cada noche, Henry. Su letra, sus mensajes… Se reescribe sola. Lo que ayer era una invitación a abrir la caja se torna, hoy, en amenaza. Anoche, por ejemplo, pude leer: “La oscuridad no olvida. Si buscas, te hallará.” La anteanoche era un dibujo horrible, de un rostro devorado por gusanos, con mi nombre grabado en la lengua podrida.

Se interrumpió, incorporándose y acercando la caja al escritorio.

—Sólo he abierto la caja una vez al día. Y cada noche algo… se mueve en las paredes. Escucho susurros, Henry, y a veces siento que algo se arrastra bajo la alfombra. La criada oyó sollozos, y anoche, mientras dormía, sentí que alguien se sentaba en mi cama.

El reloj de la casa resonó de nuevo. El ambiente parecía haberse electrizado, espesando el aire en una bruma invisible.

—Esta noche he temido que no lo resistiría. Por eso te escribí.

Henry se incorporó, midiendo la caja con la duda del escéptico. La fascinación matizaba su angustia. Lentamente, estiró la mano.

—¿Puedo…?

—Por favor. Solo nunca más…

La caja estaba helada, extrañamente pesada para su tamaño. Henry, no sin esfuerzo, deslizó la cadenita que la protegía y al abrir la tapa, un hedor dulzón, mezcla de violetas mustias y podredumbre, lo invadió. En el interior, sobre un fondo de terciopelo granate, descansaba un sobre marrón, sin remite. El nombre de Adrian Henley, escrito en tinta negra y temblorosa, se descomponía como en una filigrana retorcida.

Henry sacó la carta mientras Adrian tamborileaba los dedos en la mesa, como si recitar una plegaria silenciosa fuera suficiente para contener lo que aguardaba. El papel crujió al desplegarse. En su superficie, una caligrafía imposible danzaba entre líneas rectas y curvas fracturadas:

“Se acerca la medianoche y la oscuridad exige a su heraldo. Cada que la caja es abierta, una sombra se libera. Firma, pues, tu condena o devuelve lo que no es tuyo... Adrian.”

—¿Qué significa esto, Adrian?

—¡No lo sé! Cada noche la cambia, cada noche me amenaza diferente. El otro día la carta sólo mostraba la fecha de mi nacimiento y debajo la inscripción: “Debes regresar lo que no te pertenece, o pagarlo con sueños”.

Un ruido gélido cruzó la estancia, seguido de un golpe sordo en la pared. Ambos se sobresaltaron. Un arrastre, como de uñas largas cruzando la madera.

—¿Ves? Así es cada noche desde hace una semana… Empieza con ruidos, luego susurros, finalmente… la vigilia, que me deja exhausto y demacrado.

Henry pensó en sugerir una inspección racional, pero la lógica era como un fósforo en esa estancia: incapaz de arrojar luz suficiente. Depositó la carta de nuevo y cerró la caja. Al hacerlo, un latido grave estremeció la atmósfera, como una campana amortiguada bajo el agua.

—¿Y por qué no arrojar la caja al río o quemarla?

Adrian lo miró, casi con piedad.

—Eso intenté la primera noche. Al lanzarla a la chimenea, las llamas se apagaron, y una mano, translúcida, emergió de las sombras y me la devolvió.

Henry recordó la leyenda de Orville Blackwood, cómo su rostro fue hallado “cubierto de palabras”, según la nota del forense, los ojos abiertos como si miraran al vacío. ¿Era posible que esta fuera la caja que lo había condenado?

—¿Guardaste algún otro objeto de Blackwood?

—Ninguno relevante —susurró Adrian—. Sólo esto… y desde entonces la casa ha cobrado vida propia.

Un nuevo golpe, más fuerte, resonó en la puerta del despacho. Henry giró instintivamente la cabeza, pero no había nadie fuera. No obstante, una mancha oscura reptaba bajo la puerta, como si la tintura de la noche hubiera decidido recorrer la alfombra.

Adrian retrocedió, pálido.

—La criada me lo advirtió. Al principio, sólo yo veía las sombras avanzar. Luego, ella sintió que alguien la seguía por los corredores. Hace dos días, el gato murió en la escalera, los ojos vueltos del revés.

La hora era ya indecible, y Henry sintió un sudor frío recorriéndole la nuca. El rumor de las paredes parecía fusionarse con la respiración del propio edificio.

—Tengo la sensación —balbuceó— de que deberíamos dejar esto. Salir afuera, buscar ayuda.

—¡No puedo! —gimió Adrian—. Si salgo, la caja me sigue. Hace dos noches la dejé en este cuarto y desperté con ella en mis brazos, aunque dormía en la buhardilla.

Henry se irguió, sobreponiéndose a la irracional angustia. Se acercó a la puerta del despacho; al tocar la mancha, sintió un frío glacial que le heló los huesos. En ese instante, un grito atravesó la casa: la criada. Seguido, el estrépito de varios objetos cayendo en el recibidor.

Ambos bajaron, precipitadamente, los peldaños. En la entrada, la criada yacía en el suelo, temblando, señalando con un dedo a la puerta de la cocina, de donde emanaba un lamento sordo y prolongado.

—¡No puedo más! —sollozaba—. ¡Una presencia…! Me ha susurrado en la oreja “ven conmigo”, y cuando miré, vi una cara en la aldaba de la puerta, una cara que no era de este mundo…!

Henry buscó algún objeto contundente. Adrian lo sostuvo por el codo.

—Lo ha hecho antes —musitó—. Siempre se abandona a la desesperación. No la culpes.

En ese momento, una ráfaga de aire apagó los candelabros, sumiendo toda la mansión en penumbra. Henry, sirviéndose de las brasas agonizantes del vestíbulo, vio cómo la caja de ébano —que debería seguir en la biblioteca— reposaba, segura y ajena, sobre el velador del hall.

La caja estaba allí. Había viajado sola, silenciosa, desafiando todas las leyes conocidas.

—Se acerca —susurró la criada—. Lo ha hecho todas las noches, pero cada vez está más cerca… ayer sólo la oí, hoy la veo… mañana…

Henry sintió el vértigo de lo inexplicable. Adrian, con un coraje nacido del abismo, tomó la caja en sus manos y la alzó.

—No volveré a sucumbir esta noche —dijo—. Si ha de llevarme, que lo haga.

Un escalofrío recorrió la casa; las paredes “exhalaron” un vaho fétido y azulado. De la ranura de la caja, una gota de tinta cayó al suelo, expandiéndose como si infectara la madera. Henry pensó en la carta, en la advertencia, pero ya era tarde.

Adrian, de rodillas, abrió la tapa. El aire se volvió tan frío y denso que las lámparas chisporrotearon, evocando una tormenta eléctrica. De la caja emergió una sombra, una figura biselada, casi humana, pero que sólo podía haber sido formada en los sueños de un moribundo. Tenía la cara de Orville Blackwood; luego, la de Adrian; luego, la de Henry. Su cuerpo era un collage de las pesadillas de sus víctimas.

—El legado de Blackwood —dijo la sombra, con voz múltiple— requiere un nuevo nombre.

Adrian, incapaz de huir, fue envuelto por la penumbra; Henry, paralizado, sólo alcanzó a gritar antes de perder el conocimiento.

Despertó, tiempo después, solo en la casa. La caja había desaparecido; la alfombra, marcada por un círculo negruzco imposible de limpiar. De Adrian y la criada, ni rastro. Sólo una carta reposando sobre el velador, en caligrafía retorcida:

“Ahora eres guardián. Espera mi llamada. La caja volverá cuando mire el mundo a través de tus ojos.”

Desde entonces, cada noche, Henry escucha susurros bajo su puerta. Y sabe que pronto, muy pronto, la caja de ébano requerirá de nuevo ser abierta.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.