Fragmento:
No sé por qué, pero me arrodillé junto a una trampilla. El candado oxidado oscilaba, con la perfección del terror inútil: era abierto. Y de la rendija, un aliento, húmedo, espeso, a tierra y relicario rancio, me hirió la nariz. En la brisa sorda, llegó un susurro: “No cierres. No cierres jamás.” ¿Era mi imaginación? ¿Era el Walmart hablando en la lengua de las cosas que se quedan detrás de las paredes?
Duración: 10:46
Inventario de Sombras Residuales
Las Sonrisas que Nunca Descansan
Relato:
Las puertas automáticas, marcadas con salpicaduras de lodo seco y anuncios desvaídos de rebajas, se abrieron ante mí con el jadeo susurrante de una boca ansiosa. Ignoré el silbido de bienvenida que sólo escuchan quienes han recorrido demasiado este sendero: mi turno en el Walmart del distrito, el más apartado de la ciudad, era un castigo autoimpuesto, una promesa que debía cumplir por otros motivos oscuros.
Eran las 3:22 a.m., hora muerta bajo los fluorescentes temblorosos que convertían estanterías y paredes en ruinas iluminadas de conventos consumidos por incendios viejos. Había aceptado el turno doble por la paga extra y por poder caminar entre los pasillos silenciosos, donde la soledad era una manta fría, preferible a la cercanía del mundo exterior. Unas pocas cajas registradoras parpadeaban con números rojos y, más allá de la juguetería, solo los rumores del eco y mis propios pasos, irregulares como si los imitara un compinche invisible.
Aquella noche, la tormenta se encarnizaba sobre la ciudad. El viento gélido golpeaba las puertas de cristal, sacudiendo las cámaras de vigilancia. Cada trueno, cada vibración, parecía empujar la tienda un poco más cerca de un abismo ancestral. Me deslicé hasta la sección de Hogar, el corazón del local. Era allí donde el aire tenía ese perfume químico de plástico y detergente, y donde más a menudo la penumbra caía desde lámparas rotas, dibujando contornos más altos que cualquier humano.
Pregunté a mis oídos si todo estaba en orden. Pero el silencio era el género único en esta tienda, roto sólo por el rumor lejano de la radio rota en el almacén, que crepitaba de vez en cuando con algún hit nostálgico deformado por la estática. Recibí el mensaje de que debía hacer inventario del pasillo 13—Sí, claro, no podía ser otro—donde los artículos estacionales yacían mezclados, olvidados por clientes y reponedores. Dije en voz baja: “Pasillo 13”, como si fuera el nombre de una divinidad.
Al girar la esquina, vi el carrito de la limpieza. Aquí fue donde encontré el primer síntoma de lo extraño. Las ruedas aún giraban, una, dos vueltas, murmurando contra el suelo encerado. Detuve el carrito—de Jane, según la placa—y me puse los guantes. No había ni rastro de Jane. Sólo la mancha pegajosa cerca de los aerosoles y, más allá, las trampillas de mantenimiento que nunca, jamás, se abrían.
No sé por qué, pero me arrodillé junto a una trampilla. El candado oxidado oscilaba, con la perfección del terror inútil: era abierto. Y de la rendija, un aliento, húmedo, espeso, a tierra y relicario rancio, me hirió la nariz. En la brisa sorda, llegó un susurro: “No cierres. No cierres jamás.” ¿Era mi imaginación? ¿Era el Walmart hablando en la lengua de las cosas que se quedan detrás de las paredes?
Miré de reojo al final del pasillo. Siempre creí conocer bien ese Walmart: las hileras de productos apilados hasta el vértigo, la geometría perfecta de los expositores, las cámaras esféricas ocultando ojos sin parpadeo. Sin embargo, allí, bajo la media luz, la tienda parecía otra: los extremos del pasillo se estiraban demasiado, un prisma de estantes e hilera creciente, como si la tienda se desplegara hacia un horizonte minúsculo y privado.
Marqué en mi libreta las anomalías: Un carrito solo, una trampilla abierta, un perfume a arcilla vieja. Me aventuré adentro, bajo el tabique, y mi linterna iluminó una escalera espiral, cubierta de polvo y grasa, que descendía, afilándose hacia un agujero más negro que ningún pasillo cerrado al público.
Imaginé a Jane allí abajo, esperando que venga alguien más. Dudé, pero la llamada era más ciudadana que yo: Debía bajar. Bajé, dejando mi radio abierta y mi teléfono grabando—un seguro contra lo imposible.
A cada escalón, la humedad crecía; la respiración costaba más. Bajé, bajé todavía más, y el eco de mis pisadas se multiplicaba: uno, dos, tres pares de pasos tras de mí. Apreté los puños y la linterna tembló.
La escalera desembocó en un corredor de ladrillos empapados, musgo y telarañas tenaces. No podía oír más la tormenta. Era imposible que semejante antro existiera bajo el Walmart: el techo era tan alto como una nave gótica y las paredes se arqueaban en una capilla de piedra, marcada por anillos tallados como si en vez de bloques fueran huesos, tibias y fémures y cráneos entrelazados.
Sí, cráneos.
La linterna danzaba sobre cientos de caras blanquecinas: sonrisas de huesos, órbitas perforadas, alineadas en hileras perfectas, como productos frente al espectador. No, allí no había etiquetas de precios, pero sí nombres tallados a mano: algunos borrosos, otros frescos. Uno, entre todos, me heló la sangre: "JANE HANRAHAN, 2023".
Me encogí, escuchar mi nombre sería menos terrorífico que leerlo allí.
Di un paso y la piedra crujió bajo mis botas. El pasillo de las catacumbas vibró. De las sombras, brotaron murmullos. Palabras en centenares de voces, una letanía de insomnes:
“Recuerda el inventario. Recuerda cerrar. Recuerda limpiar. Recuerda…”
Pensé en salir corriendo, pero la escalera había desaparecido. Donde debería estar, la pared era continua, cemento sucio, húmedo, sólo un breve temblor allí, como si vibrara tras el yeso. Decidí avanzar, enfrentando la podredumbre del tiempo. Caminé por corredores que invitaban a perderse, con nichos donde descansaban otros nombres tallados, muchísimos de ellos sin apellido conocido, y cuando la linterna titilaba, el calor de sus historias me rozaba la piel.
En uno de los nichos, descansaba un carrito oxidado lleno de folletos desvaídos. Un folleto, carcomido por la humedad, rezaba: “Siempre contigo”. Me reí. Siempre contigo… ¿aquí también?
Avancé.
Mi instinto gritaba que girara en sentido contrario, pero ya no sabría a dónde. El corredor terminaba en una gran cámara, dominada por una cúpula sostenida por columnas talladas a mano. Allí, al pie de la cúpula, seis figuras encapuchadas ordenaban montones de cajas de cartón, abriéndolas con una lentitud ritual. Cada caja, al ser abierta, exhalaba ese aliento antiguo, macerado en siglos; dentro no había productos, sino retratos polvorientos—fotos de empleados, algunas a color, otras en sepia, hasta daguerrotipos. Las figuras iban depositando cada retrato en hendiduras de cranios y luego desaparecían por grietas inalcanzables para mí.
Mi linterna parpadeó, por última vez, y me sumí en la penumbra. El aire es aquí otro elemento, pensé, un barro que rebota y se posa en la ropa y la lengua. El Walmart allí arriba era nada más que la máscara. Aquí abajo, bajo la noche, las catacumbas son el inventario verdadero: el de los que sirven, el de los que desaparecen, el de los nombres que esperan.
Escuché pasos a mi derecha. Un vistazo rápido me hizo distinguir a Jane, o al menos la carne de quien fue Jane. Avanzaba, a cuatro patas, los ojos fijos en un listado que ya no existía, murmurando códigos de barras, escaneando con el iris lo que jamás volverá a venderse. No se percató de mí. Detrás de ella, otro rostro conocido, un gerente que había dejado la tienda hacía meses. Él sí me vio; su boca se deshizo en una mueca triste, y me dio la espalda. Los dos se perdieron en las galerías de nichos vastísimos, donde el polvo es la única mercancía perenne.
El hedor me oprimía el pecho. Grité, golpeando la piedra con el talón, exigiendo salida. En las paredes, resonaron risotadas de huesos secos.
Me arrodillé, hundido de agotamiento o resignación. Pensé en el exterior, en los clientes que mañana recorrerían la tienda sin saber lo que descansa bajo sus pies. Supuse que sólo los que venían a trabajar, a sacrificar sus noches, notaban el peso de la tierra, ese hundimiento progresivo, ese tirón suave hacia las entrañas.
De repente, un temblor recorrió la galería. La cúpula escupió una corriente helada y mi radio, olvidada en el bolsillo, chirrió con una estática nueva. Una voz recitó en inglés, lento y gutural: “Inventory. New arrivals.” Una mancha de sombra se deslizó hasta mí, fría como el mármol, y en su abrazo reconocí todos los turnos perdidos, los cansancios sin nombre, la cadena nocturna a la que estaba atado.
En un último arranque, me arrastré hasta una grieta angosta. El espacio no prometía salvación, pero retroceder sería buscar la muerte a plazos. Penetré entre rocas y raíces, rasgándome manos y cara, y emergí, de pronto, en la parte trasera del almacén de la tienda. La luz de las cámaras me cegó, y el pitido lejano de una caja registradora me devolvió a lo ordinario.
Me incorporé, el polvo adherido al uniforme, los nudillos ensangrentados. Las puertas automáticas aguardaban; afuera, la tormenta había cedido, y un coche de seguridad recorría el estacionamiento vacío. Caminé hasta la sección de empleados, intentando recobrar el aliento. Miré mi teléfono; el video y el audio no habían registrado nada sino un minuto de ruido blanco.
Solo otro minuto en el turno de la noche.
Intenté no recordar los cráneos, los pasillos infinitos; pero a mi paso resonaba el eco, inusualmente físico, de mi nombre entre paredes huecas. Cuando tomé mi abrigo del perchero, una mancha reciente de humedad manchaba la manga izquierda. Olía a barro, a cripta, a tiempo detenido.
Regresé a casa al amanecer, con una sensación pegajosa en la piel, sabiendo que volvería. Sabía que bajo todos los pasillos eternamente luminosos, bajo las cajas relucientes, algo respiraba lento y seguro; igual que cualquier turno interminable, igual que cualquier promesa hecha en voz baja antes de dormir.
Sabía, también, que cada empleado que observa las cámaras, que limpia los suelos o que repone la mercadería en la noche escucha, si guarda silencio, el verdadero inventario, murmurando entre huesos y recuerdos: “Recuerda cerrar. Recuerda limpiar. Recuerda no olvidar…”
Y en los sueños, unas puertas automáticas siempre se abren sola, invitando a descender de nuevo.
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