Portada del relato La mansión Grimswell
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Fragmento:


El mayordomo me anunció con pomposidad ante mi tía, que estaba sentada en el salón, sobre un sillón orejero junto al fuego vacilante. Al verla, un escalofrío me recorrió el espinazo. Alguien le había recogido los cabellos en trenzas apretadas y su rostro era aún más pálido que en mi anterior visita.

Duración: 11:52

La mansión Grimswell
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando el carruaje cruzó los límites de la propiedad de los Ormsby, el aire se hizo indudablemente más fresco, y todavía faltaban horas para el ocaso. El cochero aventó un suspiro, resignado, como si en cada viaje a la mansión se jugara el pellejo. Mis dedos temblorosos estrujaban el manguito de piel a pesar de las sábanas gruesas que me cubrían hasta el cuello. El paso de los caballos sobre la gravilla era crepitante, fúnebre, mientras los grandes robles lanzaban sobre el carruaje sus dedos retorcidos, proyectando sombras descomunales por las ventanas.

La mansión no se reveló de inmediato; una curva y la niebla espesa la ocultaban. Solo cuando estuvimos a menos de treinta yardas se levantó ante nosotros, tan oscura como un sepulcro gigantesco, sus torres como garras extendidas rogando auxilio. El cochero se detuvo frente a la escalinata principal y su mano envejecida dudó cuando me ofreció ayuda.

Mis botas resonaron en la piedra humedecida. La puerta se abrió sola, sin que a simple vista alguien la empujara. Un hombre apareció en el vano, vestido con chaqueta negra y guantes de algodón, perfil cadavérico alumbrado por la luz mortecina de una lámpara de aceite.

—Señorita Ashcroft —dijo con voz suave—. La señora la espera en el salón.

No pronuncié mi temor. Era la tercera vez que visitaba Grimswell, y aunque la razón era siempre la misma (el estado mental cada vez más precario de mi tía Ormsby), nunca sentía menos aprensión. Fue solo la obligación familiar la que guio mis pasos, traqueteando escaleras arriba, arrastrando mi maleta hasta la habitación que, desde la infancia, me causaba visiones nocturnas y terrores mal fundados.

La decoración seguía inalterada: terciopelo burdeos, tapices oscuros, cuadros de antepasados cuyos marcos parecían jaulas de oro. Pero lo que ahora era ineludible era el olor. No a moho, ni tampoco a polvo rancio. Era un aroma ácido y húmedo que no reconocía. Lo percibí más al pasar junto al retrato de mi difunto tío: su rostro, de cejas espesas y bigote enjuto, parecía oprimirme con su sola mirada; los ojos estaban extrañamente tachonados, como si el pintor hubiese usado demasiado barniz, o bien, como si detrás de la tela se escondiera alguien atento a mis pasos.

El mayordomo me anunció con pomposidad ante mi tía, que estaba sentada en el salón, sobre un sillón orejero junto al fuego vacilante. Al verla, un escalofrío me recorrió el espinazo. Alguien le había recogido los cabellos en trenzas apretadas y su rostro era aún más pálido que en mi anterior visita.

—Elizabeth, querida. ¿Llegaste bien? —Su voz era como ramas secas restregándose.

—Sí, tía. El viaje fue… inquietante, pero sin contratiempos.

Sus ojos, de un gris perla, se agrandaron mientras la lámpara titilaba cerca de su brazo esquelético.

—¿Escuchaste algo en tu camino, niña? ¿La niebla te habló?

Le respondí que no, con una mentira piadosa, aunque durante la travesía noté susurros entre la bruma, acaso del viento. Mi tía musitó una risita ronca y el mayordomo agregó leños al fuego.

Conversamos banalidades mientras la oscuridad caía fuera. A cada instante mi tía apartaba la vista hacia la ventana. En un momento, se cubrió los labios con el pañuelo y habló casi en un murmullo:

—De noche, Elizabeth, a veces recorren la casa. No los veas. Si los ves, no los nombres.

—¿Quiénes? —La pregunta salió sin filtros.

Ella evitó mi mirada. Se escuchó un golpe seco en el piso de arriba, como si una pesada pelota se hubiera dejado rodar en el corredor. El mayordomo no reaccionó, absorto en su labor.

La noche se espesó. Finalmente pedí retirarme a mi dormitorio; el mayordomo me guió con su lámpara por los pasillos de madera crujiente, aquellos corredores donde la luz parecía desmoronarse contra las paredes tapizadas de cuadros familiares.

—¿Quién más habita la mansión ahora, John? —le pregunté.

—Solo su merced, usted y el personal, señorita.

Antes de dormir, recorrí mi habitación: la cama con dosel, el armario forrado en caoba cuya cerradura estaba tapada con una tira de cinta roja, y la gran ventana, tan empañada que no podía divisar el parque.

Prendí la vela sobre la mesilla y me senté, abrazando las piernas, luchando con la ansiedad y el sinsentido de la situación. De repente, una vibración, un zumbido apenas perceptible irrumpió en la estancia. Al principio fue una molestia menor, pero creció, como si docenas de abejas se agitaran en un enjambre invisible.

Me levantré, recorrí la habitación, busqué su origen… y entonces lo vi. La cinta roja del armario pendía fracturada de la cerradura. Algo había empujado desde dentro.

Me acerqué despacio. La madera guardaba un olor a humedad y sudor. Cuando acerqué la oreja escuché… un rascado. No, eran uñas, muy cortas, arañando desde el otro lado de la puerta. Una voz baja y estrangulada gemía mi nombre.

Retrocedí hasta la cama, casi sentí que vomitaría. Vi la silueta de mis propias manos temblando sobre la colcha y recordé la advertencia de mi tía ("No los nombres"). Quise gritar, pero la garganta se me selló de pavor.

La vela titiló. El armario traqueteó suavemente, como en un pulso con mi propio miedo. De algún modo, logré contener el grito y, tapándome los oídos, me acurruqué hasta que la vigilia cedió ante un sueño atroz y sin imágenes.

Desperté mucho antes del alba, escuchando el ulular del viento y un leve arrastrar bajo la puerta. Me acerqué, tratando de ignorar el dolor punzante de un sueño incompleto. Un sobre, lacrado con el mismo sello de mi tío en los retratos, había sido deslizado por alguien. Lo abrí con manos inseguras.

"Ven al invernadero antes del alba. No confíes en John" decía, en una letra que reconocí como la de mi madre, fallecida hacía ya tres años.

Mi primera reacción fue la incredulidad: imposible, absurdo. Sin embargo, algo en el miedo pegajoso de la habitación me empujó a obedecer. Me vestí rápidamente, orando por que el armario no emitiera otro sonido. Salí al corredor, donde una capa de polvo delataba que nadie más había transitado en horas.

Sigilosamente, me encaminé al invernadero, cerca del ala este. La niebla había llenado los corredores, descendía de las escaleras y danzaba como fantasmas en miniatura. Cada paso sobre la tarima vieja era un lamento.

El invernadero estaba helado. Traspasé el umbral: allí, las plantas habían crecido monstruosas, hojas carnosas y negras se retorcían hacia la luz mortecina de una lámpara de aceite que colgaba del techo. Unos helechos parecían susurrar en un idioma vegetal.

De pronto, vi a alguien al fondo. Mi tía, cubierta con un manto de encaje desgastado, sus ojos reflejando el brillo del aceite.

—Has venido —susurró—. Sabía que la llamarían.

Por fuera, un gruñido sordo. John, el mayordomo, apareció tras las vidrieras, su figura amorfa por la bruma y los reflejos. Algo en su cara me hizo retroceder: no tenía expresión, y unos surcos negruzcos iban de su frente a las mejillas, como raíces que se hubieran salido de lugar.

—Elizabeth, escucha. La casa... la casa está llena, ¿lo entiendes? Está viva desde la muerte de mi hermano, tu tío. No debimos quedarnos. No fue el duelo lo que me trastornó. Fue lo que trajimos la noche de su muerte.

Mi voz titubeó, exigiendo explicaciones.

—El armario, niña. En ese armario guardamos los restos. Los restos del espejo negro.

—¿Qué espejo? —pregunté, agónica.

—Un objeto antiguo, egipcio, dicen. Tu tío lo adquirió en una subasta. Se decía que reflejaba no solo el cuerpo, sino los recuerdos, y a veces... cosas que se ocultan entre quienes amamos. Una noche, borracho, intentó comunicarse con su difunta primera esposa, y el espejo... respondió.

Sentí cómo el frío calaba hasta mis tuétanos.

—Deshacerme de él no pude, pero logré partirlo y escondí los pedazos: uno en ese armario, otros dos en la sala de los retratos y la cripta familiar. Aquello que salió del espejo, ahora vaga por la casa. Toman cualquier forma; pueden ser los sirvientes, pueden ser nosotros mismos. Quieren completarse, desean reunir los fragmentos.

Mientras hablaba, el sonido de pasos descalzos entre las plantas me hizo girar la cabeza violentamente. John estaba dentro. Algo en su andar era inhumano.

Mi tía lanzó un alarido. Tomó mi mano, poniéndome en la palma una pequeña bolsa aterciopelada.

—Debes destruirlos, antes del amanecer, o nunca saldremos de Grimswell.

John (o aquello que lo poseía) avanzó con paso pausado, sus ojos negros como el ébano, vacíos pero ávidos. Corrimos hacia la puerta opuesta del invernadero, tropezando entre ramas y sombras, logrando salir al corredor.

Me separé de mi tía; corrí hacia la sala de retratos. En la bolsa palpé los fragmentos: uno frío, reluciente aún bajo la escasa luz. Saqué la linterna del bolsillo y busqué tras el retrato de mi tío. Detrás, en un hueco tapado con un paño escarlata, encontré el segundo pedazo, cortante y liso como el hielo, rodeado de manchas marrón-rojizas, como sangre seca.

Los rostros en los cuadros parecían seguir mis movimientos, sus caras retorcidas en muecas de horror reprimido. A mi espalda, pasos. Giré; no había nadie.

La cripta. Abandoné la sala y bajé las escaleras laterales; la mansión crujía como una nave a la deriva. Afuera, la niebla golpeaba los ventanales como si quisiera infiltrarse en cada rincón. Llegué a la antigua cripta, bajo la gran capilla, donde el frío era denso como gelatina.

La puerta de hierro rechinó terroríficamente cuando entré. Las lápidas aguardaban, pulidas y sin nombre. Junto a la tumba de mi tío hallé una grieta en el mármol. Allí, dentro, el último fragmento, empapado de humedad.

La bolsa vibró en mi mano; los tres fragmentos parecían ansiar reunirse. Mi reflejo en ellos era difuso, extraño. Por un momento creí ver una sombra junto a mí: un rostro deformado, sonrisa ancha y negra donde debía haber una boca.

Subí a trompicones; cada paso era un siglo. Ya no sabía si era mi tía quien me perseguía o las criaturas que habitaban Grimswell. De regreso en el invernadero, la niebla había tomado forma, un retablo de personas y animales distorsionados. Al frente, mi tía me esperaba, manos cruzadas en el regazo.

—Debemos destruirlos.

No lo dudé: arrojé los fragmentos contra el piso de granito y, entre los dos, los golpeamos con las lámparas hasta que se desmenuzaron en polvo. Un chillido, largo como una blasfemia, brotó de todas direcciones. Los muros temblaron. Vi a John, de pie tras la puerta de cristal, sus ojos por fin humanos, y luego desmayándose como una marioneta a la que cortan los hilos.

La niebla empezó a disiparse, el aire se tornó respirable. Tomé el brazo de mi tía; juntas, salimos de la casa y esperamos la llegada del sol en el jardín delantero.

Grimswell sobrevivió, pero los susurros se desvanecieron. La mansión, de líneas tortuosas y corazón marchito, guardó su secreto una generación más. Abandonamos el lugar. Dicen que, tiempo después, otros oyeron aún los golpes desde el armario, pero nadie se atrevió a entrar en la mansión cuando la niebla descendía, ni a repetir jamás el nombre de los Ormsby bajo esas bóvedas antiguas. El espejo negro fue barrido, pero su sombra… esa nunca se irá.

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