Portada del relato El huésped bajo la escalera
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Fragmento:


No era la primera vez que los visitantes de la ciudad pedían excentricidades cuando se alojaban en el Santa Clara, aunque nunca, en los cuatro años que Consuelo llevaba allí, había surgido la marca roja y dorada, como brotando inquietante desde otra dimensión, casi tan lejana como el recuerdo de su propia infancia cada vez que olía papas fritas.

Duración: 09:32

El huésped bajo la escalera
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Texto de ajuste de pausa.

De modo que era otro domingo como cualquier otro en la vida minuciosa de Consuelo Serrano, la asistente nocturna del Santa Clara Tourist Hotel, cuando el recepcionista joven se presentó a la una de la mañana –esa hora sedienta y ominosa donde cualquier luz parece espectral y todo el eco ronda con hambre– con la voz temblona. “Tenemos huéspedes nuevos en la 207. Acaban de llegar y, disculpa, pero prefirieron pedir algo especial para cenar.” Le extendió el pedido: tres menús de McDonald’s, con instrucciones excepcionales sobre la temperatura, la bebida, la forma exacta de doblar las servilletas y el tipo de luz que debía haber en la entrega.

No era la primera vez que los visitantes de la ciudad pedían excentricidades cuando se alojaban en el Santa Clara, aunque nunca, en los cuatro años que Consuelo llevaba allí, había surgido la marca roja y dorada, como brotando inquietante desde otra dimensión, casi tan lejana como el recuerdo de su propia infancia cada vez que olía papas fritas.

Aceptó el papel sin mucho interés, convencida de que se trataba de otro capricho sin sentido. Pensó en el noche, negrísima, en el rumor de la lluvia tocando goteras y ese siseo familiar del viento contra los ventanales altos. Abrió su chaqueta y se tapó la boca con la bufanda, disimulando el bostezo. Bajó las escaleras en el eco amortiguado de la moqueta, encaminándose al McDonald’s del cruce, uno que nunca había notado abierto a tales horas, hasta que ahora parecía resplandecer entre la neblina con mayor apetito que nunca.

La puerta automática chirrió y parpadeó, el letrero rojo sobresaltado unos segundos más antes de anegarse en una calma repentina. No había nadie, salvo la figura magra de una empleada detrás del mostrador. Parecía estar allí desde siempre, con la expresión de quien ha olvidado cómo se pronuncia la palabra “salir”.

Consuelo pidió el encargo, repitiendo las instrucciones susurradas en el papel. La empleada la miró largo rato; luego, sonrió con lástima. “Hace años que no recibíamos esto. ¿Usted sabe lo que lleva a casa?”

–Son hamburguesas para los de la 207, nada más.

–Nadie se queda tanto tiempo en ese cuarto, señora –dijo la otra, pero siguió la orden.

El local olía raro, mezcla de grasa añeja y algo más denso, como agua estancada. Cuando la comida estuvo lista, la empleada tomó tres bandejas y les puso encima servilletas cuidadosamente dobladas en triángulos exactos, las bebidas perfectamente llenas hasta el borde, y dijo simplemente:

–Cuando se retire, no mire. Pase lo que pase.

Consuelo, irritada, recogió las bolsas y regresó sobre sus pasos, atravesando la vigilia del hotel. Desde antes de atravesar el corredor hacia la 207 ya notaba el olor salado y seco, la sensación de estar subiendo un escalón equivocado. Las paredes parecían abombarse y la puerta era de un amarillo enfermo, ajada por dentro.

Tocó tres veces, como indicaba el ritual; la puerta se abrió sola, lentamente, dejando al descubierto una habitación con las cortinas bien echadas, y una temperatura que erizaba la piel. Dentro, las luces veladas iluminaban unas sombras espectrales sentadas al borde de la cama y alrededor de la mesa baja. Parecían huéspedes ordinarios, pero sus rostros flotaban, translúcidos. El televisor crepitaba sin señal. Un niño, o quizá la ilusión de un niño, hizo un puchero y extendió la mano para coger la hamburguesa.

Nadie dijo nada. Consuelo dejó la comida sobre la mesa; resistió la tentación de mirar alrededor aunque sentía ojos de papel enganchados al costado de su rostro, y dedos invisibles rozando el dorso de su mano. Apartó la mirada despacio, recordando el consejo de la empleada. Salió cerrando la puerta. El pasillo quedó frío detrás de ella.

Volvió a su puesto y se sentó a tomar notas, pero a los pocos segundos, el teléfono del hotel tintineó aquel tono antiguo que sólo sonaba para emergencias internas.

–¿Señorita Serrano? –la voz del gerente, al otro lado, retumbante y molesta– ¿Por qué están todos los huéspedes llamando acerca de lamentos y golpes en el segundo piso?

Consuelo tragó en seco.

–No lo sé, señor, acabo de dejar una orden de cena en la 207...

–Lleve usted misma la llave maestra. Revise ya.

Subió. Cada peldaño parecía quejumbroso, como si la casa gimiera al ritmo de su respiración. Al llegar al piso, notó que la puerta de la 207 estaba entreabierta, y una niebla sucia salía arrastrándose por el suelo. Oyó el sonido de mordidas, fragmentos de risas ahogadas, y después un estallido de silencio. Empujó despacio, con la tarjeta-listón tiritando en la palma de la mano.

La habitación estaba vacía. Los envoltorios de las hamburguesas estaban mordisqueados, algunos aún goteaban salsa, y las bebidas goteaban de un modo nauseabundo. Lo que más la inquietó fue el olor: ya no era sólo grasa y pepinillo, sino algo antiguamente podrido, hueco. Dio un paso para inspeccionar y vio, en la pared opuesta a la cama, una mancha nueva, una sombra movediza con la forma difusa de un rostro abierto en un grito.

El golpe de una risa infantil cruzó la estancia, y entonces una voz, pequeña y cruel, susurró bajo la cama:

–¿Ya acabamos lo nuestro, Consuelo? ¿Otra vez la misma comida rancia, la misma visita?

Se arrodilló, invocando toda la racionalidad de los años vigilando casas antiguas en ciudades muertas, y levantó la manta. Nada, sólo oscuridad y una brisa corriendo hacia el hueco más profundo debajo del colchón. Pero el eco seguía, paseando imágenes sobre el espejo empañado y la televisión que ahora parecía mostrar escenas a la deriva: clientes entraban y salían del mismo McDonald’s, siempre idénticos, siempre con la cara borrosa, sentándose en la pequeña mesa junto a la ventana. Volteó y vio cómo el reflejo del ventanal distorsionaba su propia silueta, hinchándola y fracturándola como si otra Consuelo esperara del otro lado para tomar su puesto.

El teléfono volvió a sonar, ahora desde la propia habitación.

–No te vayas tan pronto –dijo la voz infantil, ahora mezclada con susurros innumerables,– falta el postre.

Sintió la fuerza invisible de una corriente, la tentación deliciosa pero amarga de quedarse y ver qué pasaría si simplemente se detenía y comía allí, con los otros. Recordó historias antiguas, ruinas de leyendas donde viajeros quedaban atrapados para siempre cumpliendo los deseos de huéspedes que no podían irse ni recordar exactamente lo que habían pedido.

Se tambaleó hacia atrás, golpeando la mesilla, tirando una de las bandejas. El viento bajo la cama la golpeó con un aliento de grasa y miedo, y una mano pálida salió a agarrar la pierna por un instante. Consuelo tironeó, forcejeó y logró zafarse, golpeando la pierna contra el pilar de la cama. Los envoltorios temblaban, sonando como otras risas.

Corrió por el pasillo. Las luces temblaban y chisporroteaban, proyectando en el suelo sombras más densas que su propio cuerpo. Sólo cuando estuvo en el vestíbulo, jadeando y temblando, se atrevió a mirar atrás. El ascensor bajaba solo, la campana sonando, pero nadie salía.

De regreso en la recepción, nadie quería hablar del segundo piso. El recepcionista la miró con los mismos ojos de alguien envejecido por una visión.

–A veces, cuando alguien muere solo en un cuarto de hotel, queda una especie de hambre, ¿sabes? –musitó, casi para sí–. Pero cuando mueren esperando algo tan ridículo como una última hamburguesa feliz, nunca dejan de pedirla. Nunca dejan de masticar la noche.

Consuelo no respondió. En la distancia, el McDonald’s parpadeó fuera de la niebla y desapareció como un truco de la vista. La noche avanzó densa, colmada de ecos. Cuando las primeras luces de la mañana arañaron los muros del Santa Clara, Consuelo apenas podía recordar el aspecto de la habitación 207, ni la forma en que las servilletas permanecían perfectas, ni la voz infantil que preguntaba, una y otra vez, con desdén helado:

–¿Para quedarse o para llevar?

Las órdenes siguieron. Aquella noche, y la siguiente, y la otra: más menús, más paseos bajo la llovizna, más habitaciones que olían a grasa y a sangre congelada. Pronto todos los empleados supieron que, cuando se cruzaba alguien pidiendo McDonald’s pasada la medianoche para la 207, debían apartar la mirada. Sabían también que, si una mano infantil les ofrecía una papita frita, debían dejarla caer al suelo y huir, porque nadie sobrevive mucho tiempo después de probar la comida de los que ya no tienen estómago.

Las páginas del libro de registro amarilleaban, escritas con nombres a lápiz, que tarde o temprano daban paso a una “X” rasgada; las notas de Consuelo, que antes registraban quejas de almohadas, se llenaron de pequeñas marcas redondas, como manchas de kétchup coaguladas en la tinta.

A veces, cuando el silencio pesaba de verdad, Consuelo sentía que la tentación era permanecer allí y dejar que alguien más trajese el próximo pedido. O sentarse, por fin, en la 207 y cenar con las sombras, hasta olvidarse del sabor de la comida fresca. En su corazón, sabía que aquella habitación no dejaría de llenarse ni de pedir nunca, porque ningún hambre es tan grande, tan infinito, como aquel que destruye pero nunca sacia.

Y así, cada noche, la asistente Consuelo Serrano, temblando, recogía el pedido de McDonald’s y subía despacio la escalera, hacia la risa quedamente monstruosa, hacia el mal que vestía de hamburguesa, bajo la promesa imposible de una cena que, por supuesto, nunca termina.

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