Portada del relato Morada en el olvido
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Empujó el portón. Crujió como un grito ahogado, y el eco se alzó y se perdió. El jardín era una maraña de cableado vegetal, zarzas sin flores y raíces expuestas. El camino de baldosas estaba cubierto de líquenes y charcos donde se reflejaban las últimas estrellas agonizantes del cielo. De la casa manaba un resplandor atenuado, dorado y frío a la vez, como la luz en la profundidad de una cueva bajo el agua.

Duración: 10:09

Morada en el olvido
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El tic-tac de los relojes era un sonido extinto. Solo el silencio vibraba bajo la cúpula marchita de nubes, allí, entre las ruinas de la ciudad, donde las avenidas parecían lenguas grises y los edificios se curvaban como dientes podridos. Todavía flotaban en el aire, a veces, cenizas de papeles y piel quemada, arrastradas por ráfagas irracionales de viento. El mundo, o aquello que quedaba de él, era tan plano como un suspiro al borde del sueño.

Mara caminaba entre los huesos de autos y de hombres, la linterna golpeando en su muslo con el ritmo de sus pasos. De tanto en tanto, se detenía a oír el mundo, como si esperara los ecos de una carcajada o el grito enfermo de algún sobreviviente. Lo único que llegaba era el crepitar húmedo de lo que alguna vez fue carne debajo de los escombros.

La llamó la mansión Brocken, de pie aun, milagrosamente, en medio del apocalipsis. Ni las bombas ni el hambre ni el fuego habían logrado arrancarla. Mara llegó de noche, cuando las sombras de las ramas parecían dedos hurgando el aire, y la miró por largo rato desde el portón oxidado. Fue la música, según recordaría después, lo que la hizo avanzar: un hilo de notas de piano que no era posible, flotando entre ventanas sin vidrio y piedras resquebrajadas.

Empujó el portón. Crujió como un grito ahogado, y el eco se alzó y se perdió. El jardín era una maraña de cableado vegetal, zarzas sin flores y raíces expuestas. El camino de baldosas estaba cubierto de líquenes y charcos donde se reflejaban las últimas estrellas agonizantes del cielo. De la casa manaba un resplandor atenuado, dorado y frío a la vez, como la luz en la profundidad de una cueva bajo el agua.

Mara se preguntó si la música podía existir en el fin del mundo. Pensó que quizá ya estaba muerta y aún no lo sabía, y que los muertos oían canciones que los vivos ya no podían componer.

La puerta se abrió sola, despacio, como una boca cansada, dejando escapar una ráfaga de aire que olía a orina vieja y flores rancias. Seguía la melodía. No era alegre ni triste; era... correcta. La precisión obsesiva en las manos que pulsaban el piano la hacía más inquietante, como si obedeciera a un propósito que se le escapaba por completo.

Entró. Sus botas dejaron huellas húmedas en un suelo que relucía bajo una pátina de polvo, y la luz, aunque no podía ver la fuente, derramaba una calidez brutal sobre las paredes empapeladas con diseños de años remotos. Veía marcas en las superficies: sangre seca, huellas de garras, palabras garabateadas a toda prisa y luego olvidadas. Sintió que era el único ser vivo en un reino de pasados inconclusos.

La música provenía del salón principal. Un piano de cola estaba allí, indemne, cubierto por una sábana translúcida. Las teclas se movían solas, pulsadas por manos invisibles. Mara sintió una presión en el pecho, un frío que le caló hasta los huesos, como si el aire mismo la comprimiera. Advirtió con claridad que no estaba sola.

Giró sobre sus talones. Primero percibió figuras apenas insinuadas en los espejos: siluetas borroneadas como manchas de humedad. Luego, notó la multitud de fantasmas que llenaban el salón, de pie, en silencio absoluto, observando el piano. No distinguía caras, solo negruras en el lugar donde debían estar los ojos, bocas convertidas en una línea de sombra. Cada uno vestía los restos rotos de la vida anterior: un niño con un osito de peluche que caía en jirones, una anciana con flores en el cabello desteñido, un hombre joven con el pecho cubierto por una mancha oscura, tal vez una herida fresca para siempre.

El horror de Mara fue tan físico que debió apoyar una mano contra la pared para mantenerse en pie. Supo, en ese instante, que no podía retroceder. Había cruzado el umbral y algo en la casa, en la música, la había fijado allí. Era una pieza más de la audiencia.

El piano seguía tocando, y las notas se hacían disonantes, más rápidas ahora, retorcidas. Reconoció una melodía que había escuchado de pequeña: una canción de cuna, pero desgajada y reconstruida en una estructura caótica. Cada compás convocaba a nuevas entidades, que entraban flotando por las paredes, saliendo de las grietas del suelo, gotearon del techo y se erguían, temblorosas, para sumarse al concierto de la nada. El aire se espesaba. Mara tragó saliva y sintió que el estómago le daba un vuelco.

—Bienvenida —susurró una voz, cerca de su oído.

Quiso girar, pero estaba rígida, clavada al suelo. El frío ya no era una metáfora; la piel se le congelaba, los párpados pesaban. Vio un rostro sobre el suyo, el vaho sobre el espejo de sus ojos. Era el reflejo de una mujer, joven, su propia imagen, pero desfigurada. La voz salió de esa manera inhumana: sus labios apenas se movían.

—¿Te sientes sola?

Mara no pudo responder. No se atrevía a negar. Cierto era que desde el apocalipsis, desde que las ciudades murieron, ella solo había conocido soledad. Los humanos, los vivos, resultaban peores que las bestias. Nadie quería compañía, solo comida, agua o sombra. Pero el terror primario ante la muerte nunca la había asaltado como ahora, en esa sala llena de espectros. El peor miedo era descubrir que, aun entre fantasmas, uno podía seguir estando solo.

—Esta es nuestra fiesta —dijo la voz. —La vigilia de los últimos. Aquí se aguarda al final. Algunos esperan el juicio, otros el sueño. Ninguno comprende.

Las velas, dispuestas en candelabros de plata oxidada, se encendieron de golpe. El humo dibujó patrones en el aire, espirales que se enroscaban sobre sí mismas y luego se dispersaban. Las figuras se acercaron, se apretujaron a su alrededor, los rostros anhelantes, deformados por carencias imposibles de saciar.

Mara sintió el roce de dedos incorpóreos en su mejilla. Un murmullo empezó a inundarla, una corriente sorda de voces que hablaban a la vez, palabras en idiomas que no existían, confesiones de pecados imposibles, lamentos inenarrables.

La música se aceleró. El piano hacía acordes que rasgaban el aire y traían consigo nuevas olas de frío, tan intensas que Mara temió que por fin su cuerpo se detendría. Hubiera sido un consuelo, pero la parálisis misma era un suplicio. Sin embargo, no caía.

Entonces supo por qué la habían llamado.

—En la antigüedad —susurraba la voz de la mujer-espectro— creíamos que un mundo debía morir para que otro naciera. Pero nadie sabe lo que sigue después del fin. Nadie. Solo hay esto: el eco, la repetición, el hambre.

Mara vio que, sobre el piano, un libro descansaba abierto. No era un libro normal. Sus páginas se componían de tiras finísimas de piel, apretadas con una tinta oscura, casi sensual. Una escritura se delineaba sobre la última página, y a medida que la música avanzaba, nuevas palabras se escribían solas, como tatuándose el dolor de la canción sobre la propia carne.

Sintió el impulso primario de acercarse. Un empujón invisible la hizo avanzar, torpe, hasta el instrumento maldito. Los espectros se apartaron en silencio respetuoso, como si ella fuera una sacerdotisa o un sacrificio. La música ahora era una plegaria, pero la plegaria de algo muy antiguo: una petición al vacío, a la reversa de la creación.

Mara observó el libro, y la tinta temblorosa componía su propio nombre, “Mara”, seguido de apellidos que había olvidado, de líneas que relataban su vida entera, los pecados de su linaje, sus amores rotos, sus traiciones. Allí, en aquel texto de condena, vio también un futuro diminuto: una edad propicia, una fecha, el número de días exactos que podría malgastar antes de dejar de existir.

—No hay redención, aquí —le aseguraron las voces—. Solo repetición. Solo vacío y eco.

La mansión tembló. El mundo, afuera, convulsionaba en rayos lejanos sin trueno. Mara cerró los ojos y sintió que la música la arrastraba, que el libro la leía incluso aunque ella tratara de olvidarse, de difuminarse en la multitud de almas heridas.

—¿Qué quieren de mí?

La pregunta salió de su boca seca y se perdió en la atmósfera satinada de la sala.

—Solo compañía. Solo que observes. Solo que existas un poco más, hasta que el último acorde resuene y ya no quede nada ni nadie para escucharlo.

El miedo se transmutó en desesperanza. Mara, congelada, miró los rostros de la reunión espectral y los vio caer lentamente en el olvido, derritiéndose en sombras que goteaban de vuelta al suelo, al polvo, al vacío. Comprendió, con el pánico de una verdad irrebatible, que mientras escuchara la música sería parte de ellos, que nunca la dejarían ir. Quizá, pensó, otras almas vendrían después, convocadas por los acordes, por el horror mismo de la soledad.

El silencio se adensó mientras los cuerpos iban perdiéndose. Solo el piano, solo el libro, solo la luz de las velas, solo Mara y la certeza de que afuera no quedaba mundo, ni mañana, ni consuelo. Nadie la buscaría jamás.

La pregunta, sin embargo, continuaba retumbando en la mansión Brocken: ¿qué pasa cuando se apaga la última nota, cuando el eco no encuentra más paredes para rebotar? Solo un vacío perfecto. Solo la nada. Pero, hasta entonces, la música seguiría llamando, y los muertos, y los vivos al borde de la muerte, volverían a reunirse y recordar para siempre que no hay final realmente, solo un apocalipsis de repeticiones y lamentos.

Y Mara, ahora uno más entre la multitud, sintió por fin la compañía y el terror definitivo: el de saber que ni siquiera el fin del mundo nos libra de nosotros mismos, de nuestros horrores más profundos, de la condena de ser testigos eternos en la gran audiencia del olvido.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.