Portada del relato La casa en la colina de los últimos susurros
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La encontraba vacía y, al mismo tiempo, desbordante de una ansiedad propia, sorda, un latido que palpitaba con las paredes empapeladas y podridas. Recorrí el vestíbulo. Los espejos, manchados, devolvían un reflejo difuso de mí mismo, como si la casa intentara olvidarme tan pronto como entré. Colgué mi abrigo en la percha inclinada. El eco de mis pasos en la madera antigua era distinto al de otros lugares: aquí, cada crujido parecía responder al mío con una versión temblorosa y levemente distorsionada, como si alabaran o lamentaran que otro cuerpo se atreviera a ocupar esos tubos respirando polvo.

Duración: 10:06

La casa en la colina de los últimos susurros
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

---

Las farolas jamás alumbraron la calle Gylden con fuerza suficiente. Bajo la niebla del otoño, la vieja mansión Blackthorn surgía como una mandíbula desperezándose, carcomida por los años y por un silencio espeso al que los habitantes del pueblo se habían ido acostumbrando, como quien se habitúa a una vieja úlcera negra en la piel. La solía observar en mi infancia desde las ventanas empañadas del autobús escolar; ahora, tantos años después, era mi refugio.

No fue fácil encontrarla deshabitada el tiempo suficiente como para no llamar la atención. Los Blackthorn, se decía, habían desaparecido una tarde hace casi treinta años, dejando luces encendidas y una radio chisporroteando canciones viejas. Nadie hablaba del asunto a conciencia. Recién llegado del fracaso en la ciudad —mi divorcio, el empleo triturado, la falta de dinero—, la mansión me pareció una promesa de supervivencia. Habría mucho que arreglar, pero no pagaría alquiler y ahí estaría protegido del mundo.

Cerré la verja oxidada y recorrí el sendero devorado por maleza. Las lluvias recientes transformaban la grava en lodo, y los pies se me hundían con cada paso. Las ventanas eran ojos quietos y sucios, las cortinas en su interior pendían, pardas y deshilachadas, ocultando la oscuridad como un cofre oculta su veneno.

La encontraba vacía y, al mismo tiempo, desbordante de una ansiedad propia, sorda, un latido que palpitaba con las paredes empapeladas y podridas. Recorrí el vestíbulo. Los espejos, manchados, devolvían un reflejo difuso de mí mismo, como si la casa intentara olvidarme tan pronto como entré. Colgué mi abrigo en la percha inclinada. El eco de mis pasos en la madera antigua era distinto al de otros lugares: aquí, cada crujido parecía responder al mío con una versión temblorosa y levemente distorsionada, como si alabaran o lamentaran que otro cuerpo se atreviera a ocupar esos tubos respirando polvo.

Los primeros días pasaron entre tareas de limpieza y exploración. Me dediqué a arrancar años de polvo de la cocina, desenredar telarañas, retirar muebles quebrados. Descubrí papeles curiosos: cartas a medio escribir, botellas vacías con etiquetas descoloridas, álbumes de fotos con rostros que estaban nítidos solo hasta cierto punto, como si la memoria de la casa se resistiera a dejarme ver quiénes habían sido sus anteriores moradores. Dormía en la segunda planta, en una habitación donde el empapelado apenas se sostenía, bañado en rosas ennegrecidas y hojas casi disueltas por el tiempo.

La calefacción nunca funcionó. Dormía vestido y con la colcha empapada en olor rancio. Pero, cualquier cosa, antes que regresar a la ciudad.

Empecé a oír cosas. No en la noche solamente, como uno podría temer, sino a media tarde, cuando el sol desmayaba temprano y las sombras se espesaban en los rincones. Risas breves, con el tono acuático de lo grabado en cilindros viejos. Canturreos infantiles subiendo y bajando la escalera que daba al desván. Objetos que se desplazaban apenas un par de centímetros en mi ausencia: un reloj de bolsillo que giraba sobre sí mismo, como tanteando otro horario. Me convencí de que era sugestión, hasta que la madrugada del tercer miércoles desperté con el pecho helado, viendo cómo una figura blanca, translúcida, cruzaba el pasillo.

Era una mujer alta, o eso me pareció. Llevaba un vestido largo, como de otra época, tan pálido que casi era azul bajo la penumbra. Su rostro era una mancha mullida, carente de rasgos en la niebla de su propio cuerpo. Los pies no tocaban el suelo. Avanzaba flanqueando la escalera, y la seguía una mancha de niebla oscura, densa como brea. Parpadeé, el sudor cubriéndome la frente; la forma desapareció justo antes de que yo reuniera el valor para llamarla.

Bajé a tientas. La mansión, ya helada, se sentía subsumida ahora en otra clase de frío; uno que brotaba de dentro, como si los cimientos exhalaran la bruma de cuerpos sumergidos mucho tiempo atrás. Me propuse marcharme en la mañana. Hice una maleta con torpeza, pero al llegar el alba, algo irracional me impidió salir. Quizá era la vergüenza. Quizá la pálida promesa de encontrar algo —las cartas, las fotos, aquellos papeles que me llamaban— que justificara mi regreso a ese lugar donde nunca había sido feliz.

En los días siguientes los fenómenos se hicieron más intensos. Era como si la casa, sabiendo que yo la veía, se esforzara por mostrarse con todas sus fauces abiertas. Voces infantiles recorrían los corredores: una ronda de nombres, un juego de escondidas sin fin. De noche, desde el suelo inferior sonaban golpes —como pasos apresurados seguidos de mazazos secos, solitarios. Un olor a moho florecía y languidecía, brincando de cuarto en cuarto. Empecé a registrar mis sueños: siempre eran los mismos. Visiones de una familia sentada a la mesa del comedor, sillas vacías multiplicándose, un reloj marcando siempre las 3:13; alguien, algo, arañando desde el otro lado de las paredes.

Había sido adicto antes —al alcohol, al trabajo, al sexo— y comencé a temer que ahora lo era a la ruina de esta casa. Había algo que debía encontrar, aunque no entendiera qué era. Pronto, las apariciones dejaron de ser esporádicas. A veces la mujer sin rostro merodeaba cerca de mi cama, sus trámites sin comprender, bailando en círculos apenas perceptibles. Otras veces, algo oculto se asomaba por detrás del ventanal grande de la sala, una silueta infantil, tan solo visible cuando la luna le confería brillo entre los cristales manchados.

Fui armándome de pequeñas supersticiones. Sal, espejos, crucifijos. Nada funcionó, porque la casa se comía los amuletos: las líneas de sal se disipaban en la humedad, los espejos se cubrían de aliento, y los crucifijos colapsaban en astillas bajo su propio peso.

Comencé a descender al sótano. Las escaleras, retorcidas y hostiles, crujían como huesos de animales pequeños bajo mis pies. El sótano era una herida abierta, saturado del hedor del metal oxidado y la madera que fermenta en secreto. Allí encontré una puerta oculta tras un estante. Sobre la madera, casi borrada, una marca tallada en forma de triángulo invertido, su vértice apuntando hacia el suelo.

Tendría que haber dado media vuelta. Pero la compulsión era más fuerte. Abrí la puerta. Un pasadizo descendía a lo que parecía una segunda bóveda; la linterna apenas alcanzaba a mostrar los peldaños de piedra resbalosos. Mi respiración gemía y rebotaba en eco por el corredor. Al fondo, una habitación circular. Allí, la temperatura era aún más brutal, como si una mano enterrada y gigante apretara el aire y le diera forma de escarcha.

En el centro del recinto redondo, hallé un círculo de sillas. Ocho en total. Sobre cada asiento, una prenda de ropa vieja, y sobre éstas, papeles, fotografías, algunos vasos todavía con huellas de líquido seco en el fondo. Estuve tentado de encender una vela, pero el miedo a lo que podría ver era suficiente mordaza. Me arrodillé para examinar las fotografías: los Blackthorn, sonriendo, sus rostros sumidos en un borrón, como si el mismo tiempo los hubiera degradado más allá de lo natural. El reverso de una de las fotos rezaba: “Por siempre aquí, juntos, como debe ser”.

Una ráfaga de viento me hizo girar. Detrás, apoyada junto a la entrada, estaba la silueta de la mujer blanca. Ya no era etérea ni bella; estaba llena de rupturas, fragmentos de su vestido se agitaban lentamente, como medusas. Su cara era un espejo recubierto de vaho, y en donde debería estar la mirada había un abismo salpicado de reflejos.

El pasillo detrás de ella se llenó de pasos chapoteando y juegos de voces infantiles. No podía moverme. El frío me acuchillaba los riñones. La silueta se acercó, su avance era el de alguien condenado a desplazarse para siempre por el mismo itinerario funesto. El murmullo de los otros llegaba más cerca: “Juega”, decían. “Ven”, repetían varios niños. “Quédate”.

Mi corazón latía tan fuerte que estuve seguro de que lo oían. En una maniobra impulsiva, me abalancé hacia el pasillo; sentí que algo me rozaba, un filo helado, y atravesé la figura. Una sensación antiquísima, de vacío absoluto, de hambre que nunca puede saciar, me arañó la columna. Corrí escaleras arriba, los niños riendo, la señora arrastrando su desesperación tras de mí. Una serie de cuadros colgados en las escaleras temblaron, y vi que entre ellos había rostros nuevos: los míos.

Llegué a la salida jadeando y, entre tropiezos, derribé la puerta principal. El aire de la noche era cálido comparado con la neblina espectral de la mansión. Pero aún sentía que algo me había marcado por dentro, que una parte de mí había sido mordida y bautizada por lo que moraba allí.

No volví a entrar. Alquilé un cuarto en el pueblo y, cada tanto, alguien decía haber visto la luz encendida en la planta superior de los Blackthorn, o algún niño mencionaba una voz que llamaba desde detrás de la verja, invitándole a jugar a las escondidas.

Con los años, he llegado a entender lo que la casa perseguía. No era venganza, ni siquiera compañía. Era hambre simple. Un apetito estampado y perpetuo por la presencia humana, por el calor que ya no conocía. Su condena era ser un pozo de ecos, siempre necesitado de quien escuche, de quien tema, de quien nunca olvide.

Y a veces, en el insomnio más puro, recuerdo el eco de esas risas. Aprieto los párpados, me envuelvo en mantas, y tiemblo: porque sé que alguna noche, mi reflejo se escurrirá de la superficie del espejo y bajará, solo, la colina para ser, por fin, uno más entre los inquilinos del óxido.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.