Permítaseme, antes de relatar lo siguiente, advertir al lector que toda mi experiencia aquí narrada es, hasta donde me es posible saberlo, rigurosamente verídica. No arrastro, como otros escritores de mi tiempo, la vana costumbre de ornar la verdad con adornos de ficción o ampliar las grietas de la realidad para hacerle espacio a lo extraño. Mi historia es tan cierta como las piedras húmedas del sendero una mañana después de la lluvia: incómodas, frías e implacablemente reales.
Mi nombre es Hugh Manderley; mi memoria, aún a pesar de los doctores y el tiempo, permanece fiel a los horrores que voy a contar. Todo comenzó con la lectura casual de una carta, hallada entre los papeles de mi difunto primo Edward Stratten. En ella, Edward me instaba, casi con urgencia temblorosa, a que acudiera a Alderhouse, la antigua mansión de la familia Stratten en Yorkshire. No era la letra férrea y elegante que recordaba; la caligrafía parecía apurada, febril, diríase escrita por la mano de un hombre a quien el tiempo —o el miedo— lo acechaba. Decía, entre otras cosas, algo que me persigue desde entonces: “Hugh, Alderhouse respira. Oigo a mi padre y a quien lo acompaña en la otra habitación. Después de la medianoche, no respondas si alguien pronuncia tu nombre.”
Hacía ya dos años que Edward se había retirado de la vida pública tras la repentina muerte, por ciertos decires inexplicada, del coronel Josiah Stratten, su padre. Nadie pudo jamás aclarar cómo, durante aquella tormentosa noche de noviembre, el coronel fue hallado rígido, el gesto congelado en una máscara de asombro absoluto y terror, la lámpara aún encendida junto a él. Los criados hablaron de ruidos inusuales, de fríos súbitos, de un fuerte hedor a tierra removida.
Atraído por la llamada, y movido más por un sentido de deber familiar que por genuina valentía, marché a Alderhouse la siguiente semana. Atravesar los campos del páramo bajo un cielo de plomo fue en sí mismo un anticipo de la opresión que me aguardaba. Los bosques que bordean Alderhouse mantienen, incluso en verano, una penumbra de otoño perpetuo. Llegué a la mansión al atardecer, cuando la niebla ascendía como vapor de una herida profunda en la tierra. Una figura envejecida y encogida en un abrigo remendado salió a recibirme: era Mrs. Bates, la ama de llaves, quien me condujo en silencio hasta la biblioteca donde Edward esperaba.
Mi primo se hallaba al pie de la ventana, el rostro vuelto hacia la bruma. Me sorprendió verlo demacrado, envejecido indudablemente más de lo permisible en el estrecho margen de dos años. Los cabellos canos le colgaban a mechones sobre la frente, y sus ojos – ¡tan vivos y risueños en otros tiempos! – poseían ahora una calidad luminosa, como si adivinaran cosas invisibles para los demás.
— Hugh —dijo, sin volverse—, supongo que no has de burlarte de un hombre como yo, si decide confiarte sus terrores nocturnos.
Pude atisbar entonces el torbellino bajo su aparente calma. Nos sentamos junto a la chimenea, cuyas llamas oscilaban como lenguas amarillas temerosas de la oscuridad del cuarto.
Edward relató, en voz baja y sibilante, cómo desde la muerte del coronel, Alderhouse parecía embutida en una respiración sorda y cadenciosa, como si en verdad la casa dispusiera de órganos internos, de un corazón agonizante que latía con cada sonido chillón de la madera o soplo del viento. No era sólo la atmósfera de pesadumbre lo que lo afligía, sino ciertos incidentes inexplicables: pasos en los corredores mientras la casa dormía; el reflejo, en la ventana del estudio, de una figura uniformada junto a otra de aspecto famélico; la certeza de una mirada posada en su nuca, especialmente después de la medianoche.
Me sentí impulsado, por escepticismo o por espíritu fraternal, a restar gravedad a sus miedos. Le aseguré que la mente trastornada por la soledad, la culpa —Edward arrastraba una historia de resentimientos mal resueltos con su padre— y la vejez era campo fértil para fantasías. Sin embargo, acepté de buen grado su invitación a pasar la noche. “Quizá —pensé— mañana el sol disipará estos fantasmas.”
La ama de llaves me condujo a mi habitación, una estancia antigua que daba al claustro interno. En la penumbra, los muebles se agazapaban como grandes animales de madera, y la cama —con una colcha de tafetán que llenaba el aire de polvo antiguo— parecía un ataúd demasiado lujoso. Retiré los pesados cortinajes de la ventana y me asomé al exterior: el jardín, oculto ya bajo la neblina, no era más que una mancha gris atravesada de sombras retorcidas.
Esa primera noche cayó a plomo sobre mi pecho. No fue un miedo estruendoso, sino una inquietud tenaz que me arañó la piel con dedos invisibles. Dormí poco, y de ese poco, la mitad la pasé vigilando la puerta de mi cuarto, esperando —no sabría decir qué—, un susurro, un leve crujir bajo el tapiz. A las dos, el silenció fue tan absoluto que comenzaba a dolerme en los oídos. Me convencí, sin embargo, de que mis aprensiones eran infundadas. “El espectáculo —me prometí— termina en cuanto el sol rompa el hechizo.”
Por la mañana, Edward tenía ojeras profundas, y Mrs. Bates llegó con el desayuno algo inusualmente nerviosa, derramando el té dos veces y dejándome una sensación de apremio en cada una de sus miradas huidizas.
El día transcurrió entre largas caminatas por las galerías despobladas de Alderhouse. Me detuve varias veces ante el viejo retrato del coronel Stratten, una figura recia de bigotes acerados, con los ojos insomnes, fijos más allá del espectador. Aquella tarde, Edward me confesó lo siguiente:
— Anoche lo oí, Hugh. Ya no tengo duda. Silbaba como solía hacerlo antes de entrar a mi alcoba cuando niño. Y después, una voz... —tragó saliva con dificultad—, pronunció mi nombre. No era la de mi padre, y tampoco humana.
Me sentí sobresaltado, pero no podía —o no quería— admitir la posibilidad de que los muertos caminen entre los vivos. Para animarlo, sugerí recorrer la casa tras la cena, investigando los lugares donde percibía mayor inquietud. Edward aceptó, aunque con la resignación de quien lleva ya demasiado tiempo enfrentándose a lo desconocido y espera, más que respuestas, algún tipo de absolución.
Lo que sigue, aún hoy, me estremece hasta la raíz de los cabellos.
Hacia las once, ascendimos juntos al pasillo del ala este, donde los corredores se estrechan hasta perderse entre celosías y puertas clausuradas. Frente a la antigua sala de armas, la temperatura descendió notablemente. Ambos sentimos un súbito aroma a lilas podridas, aunque ni en la casa ni en el jardín había flores desde el otoño anterior. Mi primo se detuvo, los labios apretados en una línea espectral. Yo, armado con un candelero de gas, eché un vistazo al interior de la sala. La estancia estaba vacía, pero la sensación de presencia era abrumadora.
Un golpe seco, como de hierro sobre madera, rompió el silencio unos metros más allá. Corrimos, y entonces, en la penumbra al límite de la escalera, apareció una figura alta, envuelta en un uniforme polvoriento, el rostro velado por un sudario de sombra. Me parecieron reconocer los gestos rígidos del viejo coronel Stratten. A su lado —y aquí los detalles se disuelven en un terror animal—, había otra silueta, apenas humana: huesuda, escurrida, con manos de dedos larguísimos, rematados por uñas que tintineaban al rozar la barandilla.
No puedo describir con precisión lo que sentí. No fue simple miedo, ni confusión de sentidos, sino la certeza absoluta de que estaba en presencia de una entidad ajena a toda piedad, a toda lógica. Incapaz de moverme, sentí a Edward temblando a mi lado. La figura del coronel nos miraba, los ojos huecos y oscuros. Cuando la segunda aparición extendió su mano hacia mi primo y pronunció, con voz de viento y tumba húmeda, “Edward”, retrocedimos a trompicones, casi cayendo sobre los escalones.
La bruma se condensó entonces en la escalera, y cuando traté de levantar mi farol, la llama se extinguió violentamente, como si una boca invisible la soplara. Edward, bañado en sudor frío, caminó hacia atrás, murmurando oraciones. No recuerdo claramente cómo volvimos a nuestras habitaciones, sólo sé que mi corazón retumbaba, y mis manos, crispadas, me dolieron hasta bien entrada la madrugada.
A la mañana, Edward estaba irreconocible. Sus cabellos, de un blanco puro, parecían nevados en el transcurso de una sola noche. Había decidido marcharse; me instó, con una voz enloquecida y débil, a seguir su ejemplo. “No te quedes aquí, Hugh, no cuando cae la noche.” Pero yo, obstinado o tal vez deseando hallar una explicación racional, permanecí.
Durante el día siguiente, busqué entre los papeles del coronel. Hallé un diario, en el que describía ritos y supersticiones, así como la historia de un criado de la familia, Isaac Greaves, encerrado hacía décadas en los sótanos de Alderhouse por supuesto “conocimiento de artes prohibidas”. El mismo Greaves que, según rumores, murió allí durante una tormenta, tras maldecir a la casa y a su linaje. Mi sangre se heló al leer el último pasaje, escrito con mano temblorosa: “El hombre bajo la escalera sigue pidiendo su nombre. No debe responderse. Y si lo haces, su presencia nunca se apartará de ti.”
Esa noche me encerré en mi habitación. Todo parecía calmo hasta pasada la medianoche. El espesor del aire era tal, que costaba respirarlo. De improviso, un rayo helado cruzó la estancia, y una sombra, imposible de precisar, se dibujó en el tapiz viejo. Alguien susurró mi nombre, varias veces, como si paladeara cada sílaba. Me cubrí con las sábanas, convencido de que el amanecer acabaría con mis temores.
No fue así. La voz volvió noche tras noche, ahora más insistente, hasta que una madrugada sentí una mano helada rozando mi mejilla. En un arranque de pánico, grité, y lo que respondieron fue una algarabía de voces sin lengua, un murmullo seco y lejano como de hojas muertas: “Bienvenido, Hugh. Ahora eres nuestro”.
Salí de Alderhouse pocos días después, con los cabellos más grises y el alma erosionada. Nunca supe más de Edward. Mrs. Bates me escribió meses después diciendo que él había desaparecido sin dejar rastro, y que ninguna puerta de la mansión se mantiene cerrada por las noches: algo —o alguien— las abre desde dentro.
Desde entonces, aunque no lo admito en voz alta, nunca viajo de noche ni permito que llamen a mi puerta después de la medianoche. Los fantasmas de Alderhouse no se conforman con la memoria: a veces, en la frontera del sueño, juro escuchar un silbido y mi nombre pronunciado por una voz que no es humana. Temed, por tanto, aquellos lugares donde los vivos han usurpado la paz de los muertos. Pues no hay terror mayor que responder al llamado de quien, por derecho oscuro y antiguo, os reclama para siempre.
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