Fragmento:
Haruki era un hombre meticuloso. Soltero, ordenado, trabajador, supersticioso de las rutinas pequeñas. Tomar el último autobús cada noche era su rito, su cierre del día y su modo de regresar a la diminuta habitación en una parte olvidada de la ciudad. Pero esa noche, cuando entró en la estación para tomar el bus nocturno número 142, algo era diferente y lo supo antes incluso de pensar por qué.
Duración: 08:30
El reloj marcaba las 2:32 cuando Haruki descendió las últimas escaleras del metro, dejando atrás el zumbido escaso de la ciudad en una noche asfixiada de junio. La humedad era como un manto maligno, pegajoso. Solo un guardia de seguridad dormía encorvado junto a la taquilla cerrada, y el eco de los pasos de Haruki era el único sonido bajo las rampas de azulejos gastados.
Haruki era un hombre meticuloso. Soltero, ordenado, trabajador, supersticioso de las rutinas pequeñas. Tomar el último autobús cada noche era su rito, su cierre del día y su modo de regresar a la diminuta habitación en una parte olvidada de la ciudad. Pero esa noche, cuando entró en la estación para tomar el bus nocturno número 142, algo era diferente y lo supo antes incluso de pensar por qué.
La puerta de acceso al pasillo del autobús estaba entreabierta, rechinando apenas. Afuera, la terminal parecía idéntica: iluminada con tubos mortecinos, paneles anunciando horarios en artefactos que funcionaban sólo a medias. Sin embargo, una puerta de vidrio en el extremo del pasillo —por lo general bloqueada con cadenas para evitar el paso después de medianoche— se hallaba ahora abierta, revelando un corredor desconocido, distinto del que conducía normalmente al andén.
Tentado por una mezcla de rareza y ese absurdo impulso humano hacia lo prohibido, Haruki miró hacia atrás y, al no ver a nadie, empujó la puerta completamente. Al hacerlo, notó solo un pequeño detalle inquietante: el olor. Un aroma metálico, acre, casi como si un rayo hubiese pasado hacía poco por allí, mezclado con la acidez de algo podrido y mohoso.
El corredor era demasiado largo. Las paredes no eran de azulejo, sino de un material sin textura definida, gris, y con extraños surcos en espiral, como si el tiempo mismo hubiese desgastado e inscrito símbolos sin sentido. Haruki avanzó despacio, respirando a medias al notar que la luz aumentaba en intensidad, pero de un modo que no tenía sentido; no era la luz blanca y artificial del metro, ni el naranja muerto del alumbrado al exterior. Era como estar dentro de una foto que se va sobreexponiendo.
Al llegar al final del pasillo, encontró una segunda puerta ya cerrada. Sin manija, lisa, de ese material sin nombre. Frente a ella, dos filas de asientos de plástico que no miraban a nada, anclados al suelo. ¿Quién esperaría aquí, y para qué? Se sentó con extraña resignación, sintiendo el paso de unos minutos espesos.
Entonces, el aire cambió: era como si un líquido frío emergiera de las losas, erizándole cada vello del cuerpo. Un sonido profundo, un gemido que no era del viento sino de algo vivo y enorme, vibró el suelo bajo sus pies. La puerta sin pomo se deslizó hacia un costado en completo silencio.
Un autobús esperó tras la puerta. Era antiguo, una cápsula de metal opaco y ventanas polarizadas desde las que no se podía vislumbrar el interior. No había chofer; solo la puerta se abrió como una boca. Haruki se acercó, oscilando entre la cordura y una súbita falta de voluntad. Sus pies se movieron solos.
Dentro, la penumbra era total. Encontró asiento a tientas, notando que el autobús no tenía pasillo central, sino una especie de pasillo que giraba y se retorcía como espiral sutil, y los asientos parecían no estar anclados, sino crecer directamente desde el suelo. Alrededor de Haruki, sentía presencias; no sonidos, ni movimientos físicos, solo la flagrante percepción de no estar solo, aunque nadie emitiese ni un suspiro.
El autobús comenzó a avanzar. No hubo vibraciones ni golpe de motor: la sensación era de deslizamiento absoluto. Miró por la ventana y no pudo reconocer nada; un paisaje monocromo, sin cielo ni suelo, solo líneas curvas que a veces se distorsionaban como reflejos acuáticos en una pantalla resquebrajada. Intentó buscar una figura humana o una sombra, pero solo encontraba el reflejo de sus propios ojos, multiplicados y encajados uno dentro de otro, como en una galería de espejos deformantes.
"¿Hasta dónde llega esta línea?", intentó preguntar, esperando que algún conductor invisible respondiera. Solo el silencio, denso, como si las palabras fuesen absorbidas antes de nacer.
En algún punto del trayecto, la negrura fue interrumpida por destellos: a los lados del autobús emergían figuras, pegadas al cristal, moviéndose de modo antinatural, como fragmentos de insectos manipulados por un niño cruel, cabezas que se giraban en ángulos imposibles, miradas fosforescentes que no buscaban a Haruki, sino se miraban a sí mismas a través de él. No era terror en sí mismo, era la certeza de que existían cosas que no podían, ni debían, ser observadas por ojos humanos.
La naturaleza del tiempo en el bus cambió. Haruki perdió la noción de sí mismo; por un momento, imaginó que llevaba días, o tal vez siglos, allí, sin hambre ni sed, solo la constante presencia de aquello que sí tenía hambre, pero para las que él suponía ser nada más que un accidente pasajero.
Entonces el autobús se detuvo con un golpe seco. Las puertas se abrieron en un lugar que parecía la versión malformada de la terminal de la que había partido. Todo se derramaba alrededor, como si un pintor hubiese tomado la ciudad y la hubiese derretido entre ácidos y viscosidades. Bajó, incapaz de recordar por qué debía seguir viajando en aquel bus fantasma.
Un guardia de seguridad dormía tras una taquilla, idéntico al de la terminal original, pero su respiración sonaba invertida: un jadeo que comenzaba como un silbido y terminaba en un trueno ahogado. Haruki atravesó la sala y encontró en una esquina un espejo angular. Se miró y vio, con brutal certeza, que parte de sí, de su reflejo, faltaba; había un espacio donde solo se veía la nada que giraba, un remolino que lo succionaba lentamente, demasiado lento como para notarlo hasta que ya era irreversible.
Intentó salir, pero la puerta de acceso estaba sellada, y sólo entonces comprendió el verdadero horror: esa no era su puerta, ni su estación, ni siquiera su realidad. Allí, el mundo era solo una estación infinita de espera, y los pasajeros se convertían poco a poco en parte del mecanismo impersonal y vasto que mantiene en movimiento la línea. Un ciclo de regresos hacia ningún destino —la puerta de salida sería siempre cerrada, unidos para siempre a la deriva con los rostros de otros que habían caído antes.
Los días, si puede hablarse de días, pasaron como agua estancada; la única compañía era el rumor sordo de los otros, que poco a poco empezaron a perder sus rasgos, disolviéndose en esa sustancia carente de sentido, en aquellos surcos y espirales, en los ojos reflejados infinitamente en la ventanilla. Haruki comprendió que los verdaderos conductores ya no eran presencias físicas; eran esas entidades incomprensibles que ahora le miraban de reojo, sedientas por convertirle en otra sombra más del pasillo, otro trozo de carne colgando entre la nada y el miedo.
Una noche —si era noche— la puerta se reabrió por sí sola. Como obedeciendo un ruego ruinoso, Haruki volvió a entrar en el autobús, notando que las formas se desfiguraban hasta no distinguirse de la materia que fluía por pisos y techos. Sabía que iba a ninguna parte, pero el horror estaba en aceptar que, allí, la esperanza era solo una réplica del deseo humano, inútil y cruel.
El bus avanzó hacia otra parada, en otro mundo duplicado y sin salida. Los centinelas del pasillo esperaban, cada vez más hambrientos, cada vez más semejantes a él. Y así, con cada vuelta, comprendió de manera clara y absoluta lo que hasta entonces sólo había intuido: en ese tránsito sin regreso, todos los que cruzaban la puerta sin nombre iban perdiendo aquello que los hacía humanos, hasta quedar convertidos en aquello que acecha a la espera de un nuevo pasajero.
En la terminal de la ciudad, nadie miró cuando una figura borrosa se escurrió por entre las sombras y se detuvo frente a la vieja puerta de vidrio. Nadie notó el temblor de la luz. A la espera de otro huésped, la estación permanece abierta, sellada y muda en el corazón de la noche, custodiada por seres para quienes el terror es la única forma de existencia.
No hay regreso para quien atraviesa sin ver por dónde sale. Solo el tránsito eterno, la puerta que nunca conduce a casa, y el hambre infinita del otro lado.
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