Mi hermana y yo fuimos las últimas en salir del hospital psiquiátrico que fue, hasta esa noche, el único mundo que conocimos. No teníamos nombre, aunque nos llamaban Asa y Yu, con esa lengua suave de los habitantes del viejo distrito de I—el barrio gris donde nacimos y en donde nunca salía el sol sin que lloviera al siguiente minuto. No recordábamos haber vivido fuera de allí ni habíamos imaginado un lugar sin puertas cerradas por dentro, pasillos pálidos y la voz metálica de enfermeras mecánicas preguntando cada mañana si seguíamos en el interior de nuestros cuerpos.
Nuestros padres murieron antes de que pudiéramos hablar. Quedó de ellos un pequeño cuarto y una caja de madera repleta de dientes, pequeños y amarillos, ningún sonido acompañando su desaparición. Las enfermeras nunca tocaban la caja. Solían pasar con la vista baja, deteniéndose ante nosotras solo para enumerar el menú del día, la lista de medicamentos y la hora exacta de los baños. No parecían notar que, a veces, la caja respiraba. No sabían que cuando dormíamos, en nuestra piel se encarnaban pequeños puntos negros, levemente húmedos, y que a la mañana siguiente brillaban como insectos.
Nosotras sí sabíamos que no estábamos solas.
A veces, por la noche, oíamos el crujido de uñas trepando en la madera y alguien murmuraba en un idioma que no podíamos reproducir. Los sueños se llenaban de habitaciones debajo de los pisos, pisos debajo de los sótanos y sótanos debajo de las venas. Por entre las paredes, avanzaba un pulso, como un corazón, dilatando la estructura misma del hospital. Nadie más parecía notarlo.
El día que el último paciente fue dado de alta y la última enfermera apartó su camilla de la ventana, supimos que nada bueno vendría después. La directora se acercó, con su cuello inusualmente largo y los ojos como cúmulos espesos de vapor, y dijo que desde esa noche nos pertenecería el edificio. "Ustedes deben cuidar la raíz", añadió, mirando hacia la caja de madera con un gesto tan indiferente que el frío nos atravesó. Nos preguntó si teníamos miedo. No respondimos. La noche llegó antes de que pudieran volver a formularnos la pregunta.
El hospital, en el vacío, se convirtió en una enorme boca. La ausencia de gente abría nuevas habitaciones; antes cerradas, pronto comenzaron a oxidarse y perfumar el aire con un olor denso, carnoso. Cuando pusimos los pies descalzos sobre el suelo, escuchamos, a través del concreto, el suave chasquido de otra lengua, inconcebible y dulce, como trozos de fruta podrida, que flotaba hasta nuestros oídos. Comenzamos a pasar las horas sentadas frente a la caja de dientes, esperando a que sucediera "eso" de lo que habíamos oído susurrar a las otras niñas antes de que los camilleros se las llevaran, para nunca regresar.
Durante el primer ciclo —no sabíamos si era de luna, de día, de sueño o simplemente de cansancio—, la caja de dientes comenzó a respirar cada vez más fuerte. A Yu la alcanzaba el olor antes de que a mí; era la mayor, aunque solo por tres minutos. Me decía que tenía la sensación de estar siendo observada desde adentro de la caja, como si cada diente tuviera un ojo diminuto, vibrante. Yo no le confieso que veo, por los bordes de mi visión, la silueta de una figura que se me acerca cuando parpadeo.
Era una figura humanoide, pero no humana. Una sombra que no proyectaba sombra, contorsionada y suave. Avanzaba apenas hacia afuera, haciéndose cuerpo con el aire de la habitación, las maderas, el sabor metálico en el ambiente, y finalmente, nuestra piel.
A la segunda noche, Yu desapareció por dos horas. Cuando volvió, tenía la boca enrojecida, y las pupilas, tan grandes como monedas. No recordaba lo que había pasado. En la manga de su bata, vi una forma triangular, translúcida, como una escafandra pegada al tejido de su carne, pulsando. "No vayas al corredor este", me advirtió. "Ahí caminan los que riegan".
No pregunté más.
Por mi parte, la caja comenzó a activarse solo cuando hacíamos silencio absoluto. Si hablábamos, las paredes susurraban como ramas al romperse y el aire se volvía pesado. Cuando callábamos, uno de los dientes de la caja saltaba ligeramente, como si intentara rodar por sí mismo. Así pasamos los días, ignorando el hambre, embalsamando la luz en nuestros párpados cerrados, hasta que Yu comenzó a vomitar hilos: una maraña viscosa, pálida, retorciéndose sola antes de evaporarse en el suelo.
Hasta ese punto, aún podía creer que lo que nos ocurría nacía del encierro; que todo era producto de la soledad, de no saber cómo es la vida fuera del hospital. Sin embargo, la cuarta noche tuve un sueño extraño: pasillos infinitos y una multitud de figuras altas, sin rostro, observando el techo. Había alguien más, oculto entre el yeso y los ladrillos, algo sin nombre, compuesto por todas las partículas del dolor que alguna vez se sintió en ese edificio, observándome desde todas partes y, sin embargo, nunca lo suficiente para que pudiera mirarlo a los ojos.
Al despertar, el mundo tenía un olor nuevo. Era un olor exactamente igual que la saliva de Yu cuando estaba nerviosa, igual que el vino de hospital cuando escarbábamos la despensa para encontrar algo tibio, pero además, tenía la consistencia de una presencia. Olía a compañía.
Esa noche, la caja se abrió sola por primera vez.
Dentro de la caja había carne. No en el sentido de algo sangrante ni en el de trozos de músculo; era una carne que rotaba, deshaciéndose como los pétalos de una flor muerta. Entre los dientes, había una boca, o muchas bocas, y cada boca repetía la palabra que nunca supe pronunciar pero que aprendimos sin querer: FLUIR.
Yu empezó a cambiar a partir de entonces. Noté marcas en su espalda, como orificios diminutos, secreciones brillante que goteaban por su bata. Lo ocultaba, frotándose obsesivamente los brazos, limpiando las sábanas hasta desteñirlas. Sus movimientos se hicieron más lentos y en los bordes de sus ojos aparecieron manchas negras, semejantes a telarañas tatuadas profundamente bajo la piel.
Me despertó una madrugada aprisionándome la muñeca, jadeando. "No dejes que entren", suplicaba. "No dejes que arraiguen. Si las raíces te tocan, ya no podrás volver". Y, como apartando a aliados invisibles, daba manotazos al aire, murmurando frases sin sentido, hasta que la fatiga la vencía.
A veces, caminaba por los pasillos sin hacer ruido. Me la encontraba de pie ante las puertas cerradas, concentrada en el murmullo que surgía de los azulejos: palabras que nadie más pronunciaba, sintaxis ajena, brutal. Yo la observaba desde la distancia, intentando comprender si las voces eran suyas o si desde el momento en que la caja se abrió, alguien más vivía con nosotras.
Las primeras ramas aparecieron el día siguiente. No ramas delgadas y verdes sino segmentos oscuros, de tejido extraño, brotando de las paredes, enroscándose alrededor de los interruptores y haciendo sonar los tubos de agua, como arterias de un cuerpo masivo a punto de despertar.
Permanecimos en nuestro cuarto. No dormíamos, solo escuchábamos el chasquido de las raíces avanzando por los pisos, haciéndose dueñas del hospital. De vez en cuando, caía un diente desde el techo o encontrábamos saliva negra en las almohadas. Con el paso de los días, el aire adquirió una textura vítrea, casi cortante. Si salíamos, volvíamos cubiertas de una película pegajosa.
Entonces Yu empezó a cambiar más rápido.
Desperté una noche y encontré su cuerpo doblegado, la espalda abierta para dejar salir una especie de tallo lechoso. Su carne palpitaba, convertida en una corteza translúcida; lo que alguna vez fue su rostro se fusionaba con los puntos negros de las paredes. Una mano, aún humana, trató de alcanzarme, pero el resto de su cuerpo actuaba ajeno: la movía algo que no era su voluntad, sino un hambre subterránea, silente, que necesitaba más espacio y la preparaba para habitarse a sí misma.
La caja de dientes se encontraba abierta a mis pies; de su interior, brotaban pequeñas ramas como las de Yu, y el eco de la palabra FLUIR se multiplicaba, casi musical, por todos los rincones.
"Huye", dijo la voz de Yu, o la de algo que la usaba. "Cuando se alimenten de mi, irán por ti".
Corrí; los pasillos hacían daño en los ojos, distorsionándose con cada giro, las luces morían tras de mí como ramas quebradas. Ninguna puerta encontraba salida. Por doquier, las raíces crepitaban, arrancando trozos de piso, invadiendo los cuerpos con que se encontraban. Una figura enorme, hecha de dientes y carne, surgió en el corredor: su rostro era el de Yu, el de mi madre, el de todas las personas que vi en el hospital, todo a la vez, y su boca era la caja multiplicada, diciendo la palabra impronunciable, la raíz de todos los sueños, de todas las enfermedades.
Intenté resistir. Grité, me arranqué trozos de bata, pero al sentir sobre la piel la humedad de las ramas, comprendí que mi cuerpo tampoco me pertenecía. Comenzó el lento fluir: primero la pérdida de mi voluntad, luego el dolor dulce de la raíz cruzando mi pecho, anidando en mi garganta, exigiéndome recordar todas las otras palabras que había sentido pero nunca pronunciado. La última visión fue la de un ojo, inmenso y blando, mirándome desde dentro. Entré en él.
Ahora la carne es mi lenguaje.
Un ciclo sin memoria y sin sueño. La caja espera siempre, trayendo nuevas hermanas. Teatro de raíces e idiomas que nadie enseñó, la estructura que nutre, transmuta y destruye toda piel. A veces, de lejos, una nueva niña observa la caja. La oigo preguntar si tiene que cuidarla, si debe callar para que los dientes respiren. Ya tengo la respuesta en mi nueva boca. Le prometo que la raíz será nuestro cordón y que, quizá, terminada la estación, la carne florecerá de nuevo.
Hasta entonces, solo sé repetir la palabra incomprensible, la que no se graba en el papel, la que solo las entidades de este lugar entienden. Aquella que, dicho sea el miedo, no se pronuncia, sino que se transmite en el contacto, en la oscuridad, en la deriva membranosa de las cosas que no fueron hechas para adultos ni para niños, sino solo para el ciclo.
La palabra que, al final, no es palabra, sino carne.
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