Portada del relato La Persuasión de las Formas
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Fragmento:


Intenté la explicación racional. ¿Por qué pensabas que alguien—algo—estaba aquí? Jenny negó con la cabeza, pero no me respondió hasta pasar varios minutos. “No es alguien, Paul.” Su voz era un susurro. “Es..." dudó, buscando una palabra, una que no encontrara jamás, "...es como si la casa no fuera nuestra. Como si sólo estuviera prestándonos esas cosas que creemos conocer. Y ha empezado a quererlas devuelta.”

Duración: 10:55

La Persuasión de las Formas
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Texto de ajuste de pausa.

La sentí antes de verla. Esto lo sé, lo entiendo, ahora, pero esa noche—cuando Jenny me llamó llorando y yo, pese a nuestra reciente separación, fui a su departamento—no supe ponerle nombre. Un cambio en la temperatura, sí, pero ¿cuánto de eso era solo mi culpa, mi miedo a aparecerme allí buscando ayudarla, aunque apenas me atrevía a ayudarme a mí mismo?

A Jenny le temblaban las manos, y el teléfono oscilaba de un lado a otro, colgando en el aire como si el cable temiera a lo que pudiera arrastrarse a través de él. La última vez que había estado en ese vestíbulo, en ese edificio de ladrillos desmoronados, Jenny se me antojaba como la dueña del lugar, fuerte, capaz. Ahora, sus palabras, entrecortadas, eran de alguien vencido por el cansancio y la ansiedad: Hay algo en la casa. La frase era simple; la implicación, infinita.

Me miró, los ojos manchados de un rojo brilloso, la nariz palpitante, los labios resecos y partidos. Abrí la puerta y ella cerró la suya tras de mí. Fue ahí cuando ocurrió el primer cambio: la cerradura tironeó como si una segunda mano invisible forcejeara desde el otro lado. Jenny se pegó a la pared, arrugada, chiquita, y yo me volví sin saber si debía ver lo que intentaba entrar, o evitarlo.

No hablamos de inmediato. Los relojes de la casa, varios, de diferentes formas y tamaños, tic-taceaban todos a sus propios ritmos, irreconciliables, descomponiendo el paso del tiempo en pedazos fracturados. Fui a sentarme en su sofá, un mueble antiguo tapizado con flores, mientras Jenny rondaba las esquinas, rogando que no fueran tan afiladas.

Intenté la explicación racional. ¿Por qué pensabas que alguien—algo—estaba aquí? Jenny negó con la cabeza, pero no me respondió hasta pasar varios minutos. “No es alguien, Paul.” Su voz era un susurro. “Es..." dudó, buscando una palabra, una que no encontrara jamás, "...es como si la casa no fuera nuestra. Como si sólo estuviera prestándonos esas cosas que creemos conocer. Y ha empezado a quererlas devuelta.”

Los ruidos siguieron, sutiles, debajo de la superficie. No golpes ni pasos, sino un arrastre impaciente, alguna forma de fricción, intervalos en los que las paredes parecían expandirse y contraerse. Me acordé entonces de mi propio apartamento, de la manera extraña en la que a veces, justo entre sueño y desvelo, sentía que alguien me miraba, pero mi mente rechazó la idea rápidamente. Esto era diferente. Jenny nunca había sido impresionable. Había visto muertos y accidentes; había trabajado en urgencias. Pero esa noche tenía miedo.

A medianoche, las luces comenzaron a vibrar. No ese palpitar normal por mala instalación eléctrica, sino una oscilación tensa, como si les costara decidir si debían existir o no. Jenny y yo nos miramos. “Siempre ocurre al filo de la noche”, me dijo. “Te vas a enojar, pero he buscado en Internet. Dice que…” Calló, como si la vergüenza pesara más que el miedo. “Nada tiene sentido, Paul.”

Yo tampoco tenía respuestas. Pero esta vez, cuando el siguiente tic del reloj sonó más hondo, más estruendoso, sentí que no estaba allí con Jenny. Algo más ocupaba un lugar imposible entre nosotros, una grieta en el aire o en el tiempo mismo.

La tuve que tomar del brazo cuando el frío subió un grado más y la luz beige del plafón se volvió malva, como si la lámpara filtrara una aurora impía desde otro lado. El silencio después del cambio era una palabrota, asfixiante. Ni el ruido de autos, ni el ruido de vecinos. Era un silencio cargado, como si la casa escuchara, atenta.

Jenny dijo, “Anoche, pensé ver el corredor, pero era más largo de lo que recordaba. Y cuando quise caminarlo, los cuadros colgaban torcidos y las puertas no llevaban a ninguna parte.”

“¿Te levantaste dormida?” pregunté, aunque sabía que ella nunca hablaba ni caminaba en sueños.

“Me levantaron. Tuve la impresión de que la casa trataba de explicarme algo. Como si intentara…persuadirme.”

Entonces la bombilla titiló, y algo—una sombra o la ausencia absoluta de una sombra—emergió justo en el cruce del pasillo principal y la pequeña cocina. La forma succionó la luz, y las paredes, por un breve instante, se inclinaron mutuamente hacia el centro. No había rostro, no había borde, solo una presencia incomprensible y, aún así, el pánico absoluto de saberse visto por algo que no tendría que poder vernos.

Jenny se apretó contra mí. Sentí su corazón latir violento como si quisiera huir solo. La cosa se contrajo, se retiró, y cuando lo hizo, sentí que la presión sobre mi mente—un empuje casi físico detrás de los ojos—se aflojó. Pero no desapareció. La atmósfera seguía contaminada por la idea de aquella presencia.

“Eso quiere que miremos”, murmuró Jenny. “Como si observarlo fuera la única forma de hacerle entender que está aquí, de que es real.”

“¿De qué hablas?”

“Cuando lo ignoras, se refuerza, cambia, se rehace. Se parece un poco a lo que temes, pero más extraño, como una interpretación incorrecta de tu propio miedo. Cada noche que pasa, creo reconocer partes de mí misma en ello. O partes tuyas.” Se aferró a mi manga.

Quise encender la televisión, poner radio, cualquier cosa—como si un poco de ruido humano pudiera salvarnos—pero el control remoto no funcionaba. Recorrí el pasillo hasta el baño, sólo para comprobar que el reflejo en el espejo se retrasaba una fracción de segundo en copiar mis movimientos, lo suficiente como para que la nausea se alzara en mi garganta.

Al volver, noté que Jenny sostenía uno de los cuadros. Era un grabado de una ciudad imposible, caminos que se doblan, escaleras que suben, pero se entrelazan unas con otras. Me di cuenta de que yo mismo lo había traído como regalo años atrás. “Mira”, me dijo, “algunas veces pienso que nos trajo aquí.”

Pedí dormir en el sofá, y Jenny no protestó. Apagué todas las luces, pero no sirvió. Un resplandor lechoso, ajeno a la lógica, siguió filtrándose desde debajo de la puerta del baño y desde el fondo del pasillo, que parecía elongarse, como la lente de una cámara distorsionando la perspectiva. Desde el perchero colgado en la puerta, algo parecido a un abrigo se deslizó, aunque no soplaba viento.

Esa noche no dormí. Ni Jenny tampoco. Los minutos se desgajaron de la matriz central del tiempo y quedaron sueltos, puntiagudos. Sentí su mano entre las mías, ambas frías, demasiado frías, como si estuviéramos bajo el agua. Cada tanto, la sombra, la forma, lo que fuera, se asomaba al filo del corredor, plegándose sobre sí misma, estirándose. A veces adquiría un contorno casi humano: la curva de un pecho, la insinuación de una mandíbula, pero bastaba con parpadear para perderla de nuevo en el exceso de lo posible.

Casi al amanecer, cuando una pálida y opresiva claridad barrió parcialmente la penumbra, me di cuenta: la entidad no estaba atrapada en la casa. Nosotros lo estábamos. Afuera, los sonidos de la ciudad existían solo lejanamente: una sirena humedecida por la distancia, el rumor de algo más que viento. Los marcos de las ventanas mostraban a la calle, pero no a la misma; mostraban una versión borrosa de ella, coches demasiado largos, árboles torcidos en ángulos imbebibles.

Y entonces empezó a hablar, pero no con palabras.

Llamo hablar a ese fenómeno, aunque no hubo voz. Fue el pensamiento invasivo, la imagen trasplantada sin permiso a nuestras mentes: una escalera en espiral, bajando más profundo de lo posible, cada peldaño ocupado por una versión alterna de Jenny y de mí, deformados, mirando hacia arriba, pidiendo de algún modo ser liberados del ciclo. Sentí náusea y claustrofobia, el terror fundamental de estar atrapado en una caja dentro de una caja dentro de una caja—sin nunca llegar al exterior.

Jenny se apretó el pecho. Sus ojos se volvieron blancos por un instante, la pupila viró a un ópalo lechoso, y cayó de rodillas, respirando como si le faltara el aire. Corrí a buscar agua pero el grifo sólo devolvía un líquido espeso y rojizo, que olía a metal y a viejo. La entidad, la forma, estuvo entonces detrás de mí, sentí su inercia en mi nuca, y quise darme vuelta pero no podía, como si el aire se espesara y se volviera materia sólida.

Pensé en llamar a alguien, a cualquiera, pero cada número marcado devolvía una secuencia confusa de voces propias, repetidas, hablándonos desde otros futuros, dándonos instrucciones absurdas—no abras la puerta, no mires el reloj, camina hacia atrás por el corredor hasta que la luz se apague, cántale a la grieta que está al pie de la cama. Cada sugerencia más insana que la anterior, y más tentadora.

Jenny intentó gritar, pero su voz salió atascada, como una aguja rompiendo la carne, y entonces solo puedo recordar la sucesión de imágenes insertándose en mis ojos: oscilaciones del pasillo, la entidad multiplicándose en fractales a lo largo de los muros, los relojes goteando tiempo, los reflejos del espejo emergiendo por encima de nuestros cuerpos dormidos.

Cuando por fin la mañana—la verdadera mañana, la única que importa—empezó a ser visible más allá de la ventana, Jenny y yo estamos de pie, tomados de la mano, pero no nos reconocemos del todo. La sensación de desajuste continúa, como si todavía habitáramos la casa pero no precisamente en la realidad consensuada.

Nos miramos, y yo sé (y ella sabe), que quien sea que hoy haya dejado ese espacio, no es exactamente el mismo que entró. Que cierta parte de nosotros, intangible, fragmentada, se quedó espiritual y físicamente a vivir en uno de los corredores curvos, mirándose a sí misma en un ciclo infinito, atrapada por la Persuasión de las Formas, de una manera tan incomprensible que ni la locura, ni el olvido, puedan ofrecernos alivio.

Salimos finalmente a la calle, abrazando la luz falsa del día. No decimos nada. Nuestros cuerpos funcionan, caminan, respiran, pero a veces, en las noches, noto que en mis reflejos—ya sea la ventana del tren o el metal bruñido de una tetera—me contempla una silueta, pálida y fluctuante. La casa nunca tuvo una entidad. Éramos nosotros quienes, por no comprender lo que no debía ser comprendido, abrimos la grieta por la que aquello—o su reflejo—finalmente nos encontró.

Jenny a veces me llama, su voz hinchada y hueca, preguntando si la realidad que habitamos es la correcta, si no deberíamos volver a mirar el pasillo una última vez. Yo siempre le niego, suave. Pero sé que es cuestión de tiempo, antes de que la Persuasión de las Formas reclame la totalidad de lo que alguna vez creímos ser.

Después de todo, las casas nunca están vacías. Simplemente esperan a que recuerdes su verdadero nombre.

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