Portada del relato La octava ventana
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Jean-Marie, con cuarenta y siete años, regresó a la región tras veinte años de vida deshilachada en París. Volvía con el cabello ralo, uñas recortadas hasta la carne, el corazón endurecido y la resuelta intención de aislarse de todo cuanto pudiera recordarle a la inquietud de su niñez. Heredó una pequeña mansión señorial en el límite septentrional del pueblo, tan cerca del cementerio como para intuir el olor húmedo de las flores agostadas que el viento traía desde el camposanto al anochecer.

Duración: 10:21

La octava ventana
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Cuando en su juventud visitaba la casa de su tía en las afueras de Rouen, Jean-Marie había aprendido a temer a los viejos. No a aquellos que veía en los bancos del parque o en las colinas, sino a uno específico, al que sólo los niños veían arrastrarse por los caminos de piedras húmedas, a la luz del crepúsculo. Nadie conocía su nombre, aunque los adultos le atribuían alguno en tono de broma—el Pastor, decían unos, Lengua de Lobo decían otros—, como si de esa manera pudieran conjurar el desasosiego que desprendía su mera mención.

Jean-Marie, con cuarenta y siete años, regresó a la región tras veinte años de vida deshilachada en París. Volvía con el cabello ralo, uñas recortadas hasta la carne, el corazón endurecido y la resuelta intención de aislarse de todo cuanto pudiera recordarle a la inquietud de su niñez. Heredó una pequeña mansión señorial en el límite septentrional del pueblo, tan cerca del cementerio como para intuir el olor húmedo de las flores agostadas que el viento traía desde el camposanto al anochecer.

La casa tenía ocho ventanas por lado y loft en la buhardilla. Cuando los jornaleros terminaron de limpiar las habitaciones, Jean-Marie quedó solo con las paredes transpirando el óxido del pasado y una humedad densa en el sótano que daba, bajo el suelo, al muro perimetral del cementerio. Sin pensarlo demasiado, aceptó el consejo de los obreros y llamó al viejo Marchand, el fontanero, para estudiar la humedad. No obstante, fue el hijo del fontanero, Lucien, quien bajó con él al sótano a examinar las manchas pardas que afloraban en la pared de piedra, justo donde el muro de la casa se unía al del cementerio.

Lucien tenía la edad que Jean-Marie creía más peligrosa en un hombre: ni joven ni viejo, en esa frontera en la que los hombres parecen oír los susurros de ambos mundos. Cuando Lucien tocó la pared, su rostro adoptó una expresión extraña, casi dolorosa, y musitó que la piedra estaba demasiado caliente para la estación. Regresó al poco con su padre, quien apenas echó un vistazo antes de mascullar algo en dialecto y marcharse precipitadamente entre una bandada de estorninos.

Así comenzó el desasosiego de Jean-Marie. La humedad creció, sí, pero no sólo en forma de veladuras pardas, sino que adoptó pronto una cualidad extraña: algunas mañanas encontrábase un círculo de gotas oscuras, casi púrpuras, sobre el suelo de la cocina, como si un pájaro herido aleteara por la noche contra la loza. Los primeros días no les dio importancia, achacándolo a la ruina y al descuido, pero al cabo de una semana, una noche ventosa en la que el viento silbó entre los cipreses del cementerio, Jean-Marie escuchó un carraspeo en el pasillo del piso superior. Era un ruido viscoso, no humano pero tampoco enteramente animal, una sucesión de clics como mandíbulas deformadas maraqueando unos dientes huecos. Armándose de una linterna y un atizador, ascendió la escalera y vio, tras una puerta, una mancha negra, brillante. Al acercarse, notó su olor ácido, a cobre y sal, tan punzante que le hizo retroceder.

Los días siguientes transcurrieron entre sobresaltos y sueños difíciles. Jean-Marie creía oír voces en el desván, pasos arrastrados junto a la octava ventana, aquella que en su memoria infantil vinculaba al miedo más arcaico. Recordaba el viejo cuento: el Anciano de la tapia, encorvado y sin ojos, aguardaba cada noche junto a esa ventana, aguardando que los niños asomaran la cabeza para arrancarles el alma por las encías.

Pensó en marcharse. Pero la vida en París le había enseñado a soportar cosas peores; la vergüenza de una huida le parecía intolerable. Por la tarde acudió a la taberna y le preguntó a Marchand sobre la historia de esa parte vieja del pueblo, tratando de disfrazar el temblor de su voz con la tos. El viejo fontanero evitó su mirada y habló en voz baja sobre un incendio, un linchamiento, y la vieja costumbre de sellar las grietas de la tapia con manteca y sangre de cordero para que “la cosa” no se deslizara al otro lado. “Los niños lo ven, los niños lo saben”, murmuró Marchand con los ojos vidriosos.

Regresó a casa más tarde de lo debido, ebrio pero no adormecido. Al cruzar el vestíbulo, reconoció la mancha púrpura en los peldaños, más líquida, más fresca, rastreando un sendero que ascendía a la buhardilla. Dudó. Se armó con una linterna y subió, cada crujido del suelo amplificando su ansiedad. Cuando llegó a la buhardilla, el haz de luz rebotó en una superficie viscosa del tamaño de una mano, y esta vez el olor a sangre era casi insoportable.

Intentó limpiar el lugar, pero cada día reaparecían nuevas manchas. Empezó a sentirse observado, no sólo de noche, sino incluso durante el día, cuando los rayos mortecinos del sol se colaban en la octava ventana del piso alto y dibujaban sombras que parecían extenderse en ángulos imposibles. Una madrugada oyó un golpe seco en la parte baja de la casa. Corrió escaleras abajo y vio que la puerta de la bodega estaba abierta. El aire era denso, húmedo y frío. Al doblar la esquina, vislumbró una figura encorvada junto a la pared mojada de manchas oscuras. De su espalda emergía una maraña de tubos traslúcidos, como entrañas desenvueltas, que palpitaban y exudaban una especie de sustancia roja. La criatura giró la cabeza: no tenía ojos, sólo una hendidura rasgada de la que manaba sangre.

Jean-Marie se desmayó.

Despertó a la mañana siguiente en el suelo de la sala, con la boca seca y la ropa cubierta de manchas rojas secas. No recordaba cómo había llegado allí. El olor de la sangre seguía flotando en el aire, pero la figura había desaparecido. Pasó el día encerrado, con la escopeta cargada junto a la cama y una decisión que le aplastaba el pecho: debía marcharse, avisar a la policía, tal vez incluso a los curas.

Pero cuando el crepúsculo cubrió de malva el cementerio y el viento trajo el rumor de los rezos de difuntos, algo lo retuvo. No fue valor, ni siquiera curiosidad, sino la extraña certeza de que si se movía entonces, si abandonaba la casa al anochecer, no llegaría vivo al amanecer. Corrió las cortinas y se tendió en la cama, fusil bajo la almohada, el corazón retumbando.

Al rato oyó el rasguño. Provenía de la octava ventana. Al principio pensó que sería una rama arrastrada por el viento, pero el ruido cobró ritmo, una especie de tañido viscoso, como dedos pegajosos intentando levantar el marco de la ventana. Se levantó, se cubrió con la manta y se arrimó a la puerta del desván. El silencio era irrespirable.

Un murmullo surgió entonces, ni voz ni gemido, un arrastrar de palabras imposibles en una lengua que le hizo sangrar los oídos. Las paredes vibraron. Y entonces, con la seguridad de la locura, Jean-Marie comprendió: la entidad no quería sólo sangre, quería quedarse, quería anidar en el lugar, extenderse de rincón en rincón, transformar la casa en su cuerpo, en sus arterias abiertas.

El miedo se volvió ácido, corrosivo. Fue hacia la escalera en penumbra, dispuesto a huir. Pero algo invisible, viscoso, se descolgó de la barandilla y le rozó el hombro: era una especie de esófago palpitante, tibio, recubierto de una sustancia negra. El contacto fue suficiente para paralizarle. Escuchó el gemido del Anciano, un lamento cóncavo, sin garganta ni esperanza, que se elevó hasta hacerse insoportable.

En medio de esa atmósfera, Jean-Marie vio imágenes: cuerpos de niños colgando de la tapia, sus manos aferradas a barrotes invisibles, la sangre fluyendo de sus bocas en hilos finos. Vio el pueblo, muchas décadas atrás, una muchedumbre arrastrando a un viejo encorvado, con los ojos cubiertos de costras, mientras la lluvia oscura les manchaba la piel. Vio las piedras sangrantes mezclándose con la carne de cordero y escuchó, como un eco largo, la certeza de que allí no habitaban dioses, sino algo anterior, algo para quien los vivos no son más que cauces desbordados de vida, vasos humildes llenos de sangre para saciar su sed perpetua.

La visión se desvaneció y Jean-Marie cayó de bruces en el suelo. Sintió el latido del corazón del universo resonar bajo la casa, un golpeteo lento, casi maternal. Como en trance, siguió el sonido hasta el sótano, donde la humedad ya era un lago oscuro repleto de figuras que se retorcían apenas bajo la superficie. De entre ellas emergió, encorvado, el Anciano: la boca hendida, los brazos deformes, los órganos expuestos y pulsando. Su aliento era un arrullo asfixiante. La figura se inclinó sobre él y Jean-Marie percibió, como en un relámpago, la auténtica forma de la cosa: era una grieta, un pliegue, una fisura en la realidad a través de la cual manaba la horrorosa esencia del exterior, del otro lado.

“Abre”, musitó la criatura, apenas un hálito.

Jean-Marie no pudo gritar. Sintió que su piel se volvía papel mojado, que su sangre fluía desde sus poros hacia el suelo, uniéndose a la humedad roja del sótano, y que su cuerpo se vaciaba por dentro. Las últimas imágenes que vio antes del desvanecimiento total fueron las del Anciano derramando su propia sangre dentro de la piedra, con dedos de hueso, abriendo de nuevo la grieta para que entrara, cada noche, la incomprensible melodía del horror.

A la mañana siguiente, Lucien, hijo del fontanero, alarmado por la ausencia de Jean-Marie y el hedor a sangre que flotaba por la rendija de la puerta, se aventuró en la casa. Encontró el lugar vacío. En la octava ventana del piso alto, una gota gruesa de sangre recién coagulada colgaba del marco, como el ojo hinchado de un dios ciego.

Lucien apenas pudo respirar; sintió un temblor oscuro bajo sus pies, un silencio preñado de horrores latentes. No halló a Jean-Marie. Sólo en la tapia, allí donde se unían el muro antiguo de la casa y el cementerio, halló una nueva mancha: una línea negra, con forma de boca abierta, supurando un fluido oscuro que sólo los niños, décadas después, volverían a reconocer. Sabían que no debían pasar cerca de la octava ventana. Sabían que nadie, ni vivos ni muertos, estaba a salvo cuando la sangre llamaba a través de la grieta.

Y así la casa, generación tras generación, conservó el rumor de una respiración oscura, un cansancio infinito que ni el paso del tiempo ni la piedad de los hombres lograron aplacar. Las entidades incomprensibles nunca duermen. Esperan, siempre, tras la octava ventana.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.