Fragmento:
A la luz de una lámpara de aceite —¡cuán diferente la atmósfera que arroja esa llama vacilante, propensa a los suspiros del lugar!— eché un vistazo al interior. La estancia era de tamaño mediano, con paredes forradas en tapices que, en un principio, parecían de confección medieval. Sin embargo, al inspeccionarlos, sentí cierto vértigo. Las figuras, indistintas primero, emergían bajo la luz con rostros cubiertos o ausentes, y una sucesión de formas antiestéticas, convergentes, laberínticas, que inducían a la sensación de estar contemplando algo no hecho por manos sino por una imitación de lo humano.
Duración: 10:03
En el año de 1912, encontrándome arrendado durante una temporada en la Fastleigh House, una mansión de sillar gris apretada entre las riberas de Ullwater y un colgante de colinas viejas, fue mi desatino el investigar una cámara de la que la servidumbre hablaba apenas entre cuchicheos. Fue el decano Mavor quien, con una copa ya en la mano y el rostro crepitando de cierta ansiedad adulterada por el vino, me susurró sobre “el aposento de los tapices”, donde, decía, jamás debía uno pasar la noche en soledad ni siquiera acompañado, si el filo de la medianoche se acercaba.
El temor susurrado de los mozos a la luz de la lámpara bastaría para alertar a los menos crédulos. Pero, desde mis años en el Corpus Christi, me ha fascinado cómo la superstición de las provincias destila una suerte de amenaza más aterradora que la bruta ignorancia. Le pregunté entonces al decano, quien apenas me miró antes de murmurar que, muchos años antes, en esa sala se había custodiado una reliquia traída desde la cruzada no por nobles ni frailes, sino por alguien de “afición singular y trato incierto”.
No podía eludir, ni quería, el imán de un misterio cuyo apellido fuese no pronunciado, así que, el siguiente atardecer, comencé la búsqueda de la estancia en cuestión. Fastleigh se disipaba en pasillos sin pudor arquitectónico, retorcidos por el capricho acumulado de siglos. El suelo de madera crujía con la ansiedad de un animal herido. Finalmente, tras lo que debió ser el ala más antigua, encontré una puerta baja y de marco curvado, abarrotada de polvo que negaba el paso conveniente desde hacía largo tiempo.
A la luz de una lámpara de aceite —¡cuán diferente la atmósfera que arroja esa llama vacilante, propensa a los suspiros del lugar!— eché un vistazo al interior. La estancia era de tamaño mediano, con paredes forradas en tapices que, en un principio, parecían de confección medieval. Sin embargo, al inspeccionarlos, sentí cierto vértigo. Las figuras, indistintas primero, emergían bajo la luz con rostros cubiertos o ausentes, y una sucesión de formas antiestéticas, convergentes, laberínticas, que inducían a la sensación de estar contemplando algo no hecho por manos sino por una imitación de lo humano.
Oscuridad, humedad y un aire cargado de antigüedad sin fecha. Mas, lo más acusado era la sensación difusa pero inquietante de que alguien me observaba desde el tapiz mismo. En particular, uno de ellos —colgado en el lado opuesto a la ventana, más grande que el resto— mostraba una escena rural irrecuperable, con antorchas, un carro y una masa indistinta en el centro, sobre la que los bordadores habían ceñido un halo o nimbo de hebras opacas, oro deslustrado. Justo en ese punto, si uno fijaba demasiado rato la vista, era fácil perder la noción de cuánto tiempo había transcurrido.
Volví a mis lecturas esa noche —el folio antiguo de Sandford, las crónicas eclesiásticas que tanto apreciaba el decano—, buscando referencias de un cuarto tapizado o de reliquias y hallé, en una nota pedestre, una alusión a “los que duermen en la urdimbre”, y un texto en latín: “In nocte, somnia pallent, sed in lucem, orbes candidi currunt.” Casi podía traducirse: “En la noche palidecen los sueños, pero a la luz, giran los orbes pálidos.” Me pregunté si tendría relación con la disposición circular de los rostros ausentes en los tapices.
Imprudente, aventuré una segunda visita al cuarto, esta vez pasada la medianoche. El ambiente era tan absolutamente denso, tan procaz en su hostilidad, que tropecé, quedando por unos momentos en penumbra. El tapiz central parecía moverse ligeramente, como si la brisa que no existía en ese encierro animara sus hebras. Me acerqué y, para mi desazón, advertí que la textura de la urdimbre en el centro se deformaba, formando un relieve convexo, apenas apreciable. Me acerqué aún más, adelantando la lámpara, y entonces vi que de las hebras sobresalía, no sé cómo describirlo, una suerte de filamento transparente, invisible a primera vista, que vibraba como el hilo de una telaraña.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí observando aquello. Fue una especie de fascinación paralizante, nuestra especie de estupor cuando el sentido común, asustado, se esconde tras la costumbre y deja la mente abierta a cualquier influjo. En algún momento, sentí una presión en la sien. La lámpara parpadeó. Un estremecimiento subió por mi columna. El tapiz, o lo que fuese que habitaba en él, pareció desprender una respiración húmeda y marchita, un hálito imposible.
Al retroceder, vi que en la madera junto a la puerta habían quedado arañazos finos, como los que podría dejar una mano de dedos múltiples y delgados, o un manojo de raíces. Cerré la puerta aunque sentí que mi movimiento podía ser, en algún modo, irrelevante para lo que allí residía. Recorrí el pasillo a toda prisa, con el sinsabor de haber despertado algo que no habría debido ser molestado.
Al día siguiente, la casa pareció más gris, menos tangible. Me senté en el estudio con mis libros, tratando de racionalizarlo todo, pero la frase del manuscrito seguía zumbando en mi oído: “Los que duermen en la urdimbre”. ¿Podría tratarse de alguna herejía rural, un eco de doctrinas semi-paganas, filtradas por siglos hasta encarnarse en la superstición local? Encontré finalmente una carta, fechada en 1427, enviada desde Fastleigh al priorato de St. Mary’s. Decía, en un inglés artrítico: “El maestro de hilos busca testigos, porque la oscuridad en la sala no se contenta con sombras. Es menester cerrar la urdimbre, que nadie la aparte.” Quise saber más, pero la casa parecía envolverme en un silencio cada vez más aquilatado.
Al tercer anochecer, la situación se hizo insoportable. Cerca de las once, mientras me inclinaba sobre mi escritorio, sentí el frío de una presencia a mi espalda. En el cristal de la ventana vi, por una fracción de segundo, no un rostro, sino un perfil negativo, la huella de alguien que jamás había tenido cara humana, sino el eco de la idea de un ser. El reflejo se disipó inmediatamente, y mi corazón latió con furia.
Me decidí a interrogar a la sirvienta más anciana, la señora Ashford, siempre reticente, que ante mi solapada insistencia terminó por relatarme —no sin roces de miedo— que generaciones atrás los niños de la zona no debían mirar nunca el tapiz cuando la lluvia golpeaba el tejado, pues entonces “la cosa allí urdida buscaba en rostros externos carne nueva para hilar su tapiz”. Quise saber si hablaba en metáfora, pero una mezcla de pavor y determinación me convenció del calado de su creencia.
Esa noche, incapaz de vencer la atracción malsana que el cuarto ejercía sobre mí o, acaso, forzado por una sugestión ya total, regresé al pasillo de los tapices. Sentía —puede parecerle absurdo al lector, pero no he de suavizarlo— la impresión de que no era yo quien caminaba, sino que mis piernas avanzaban por una voluntad ajena, como un títere cuyo titiritero no se presenta nunca a la vista.
Al franquear de nuevo la entrada, vi que cada tapiz parecía más hinchado, moviéndose levemente con un pulso independiente, como membranas respirando con ansiedad contenida. La lámpara osciló. Noté el olor indefinido a tierra húmeda, madera podrida y algo que jamás había olido antes y no sabría describir. De pronto, de la pared contraria, el tapiz central pareció ondular y, por un segundo, una figura emergió de la urdimbre: no una figura humana, ni animal, pero tampoco abstracta del todo. Era una convergencia de líneas, rostros surgidos que, al enfocarlos, se desvanecían antes de poder recordarlos, como recordamos los terribles rostros que el sueño nos niega en la vigilia. A medida que aquél "ser" se acercaba a mi posición, sentí un peso atroz en los miembros. No podía gritar, pero la sala vibraba con un pulso que era no el sonido, sino la pura sensación de audición: sustancia para los oídos.
Finalmente, cuando creía que no podría sostener más aquel contacto, retrocedí a tientas, tropezando con la esquina de un baúl polvoriento. Todo se cerró entonces en torno a mí. No existía ya lámpara, sala ni tapices, sino un espacio que era la pura negación de todo, y en ese abismo noté, al borde de la locura, hebras frías reptando a lo largo de mis brazos, buscando hendir mi piel, abrirse paso hasta el hueso. Quiso mi fortuna, o la misericordia de alguna fuerza rival a aquello, que el canto de un gallo —no sé de qué granja ni cómo alcanzó hasta ese rincón— rasgara el ensalmo. El peso se alzó de pronto y la visión menguó. Caí de rodillas, con un grito que no era mío, sino de la cosa que temía ser devuelta a su encierro.
Me hallaron a la mañana siguiente, rígido, con el cabello escarchado por la humedad, y un hilillo de sangre reseca en la comisura de la boca. Nadie preguntó; la servidumbre me miraba de reojo, y el decano me recomendó, con voz más fina que nunca, que “descansara” un par de días en el pueblo vecino. Cuando me sentí capaz de hablar de nuevo, ordené que sellaran la sala, que clavasen sus ventanas, quemasen la tela si era posible.
Pero Fastleigh House sigue en pie, y sospecho que lo que habita entre sus tapices no es sino uno de muchos canales: tal vez, en cada país, cada siglo, se teje el mismo laberinto de urdimbres —y los que duermen en ellas, por el momento, tan sólo duermen.
No sé si mis palabras servirán de advertencia o serán desechadas como el testimonio de un mente enferma. Si alguien, en algún futuro, encontrara la sala y sus tapices —sea por azares de la guerra, el abandono o la simple curiosidad—, que no permita jamás que la lámpara titile a medianoche frente a los rostros ausentes. Porque aquello que carece de verdadero rostro, siempre busca apropiarse del nuestro.
Y algunos tapices aún guardan lugar de sobra para nuevas figuras en su centro.
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