Portada del relato Raíces del Vellum
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Fragmento:


Mi tarea principal era el inventario y reorganización de los archivos, que estaban formados más por libros hechos a mano, carpetas de cuero repujado y cajas de frascos etiquetados en una grafía singular, que por documentos modernos. Allí comencé a advertir anotaciones crípticas: referencias a “cultivos alternos”, “grupos residuales”, términos como “hipóstasis transgénica”, y, sobre todo, citas reiteradas a la “estancia V”.

Duración: 10:18

Raíces del Vellum
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Texto de ajuste de pausa.

Había aceptado el puesto en el Instituto Vellum por cuestiones de mera necesidad, aunque la carta prometía una remuneración más que generosa y, a decir verdad, la situación de mi bolsillo hacia tiempo que se había tornado más calamitosa que decorosa. La invitación venía refrendada por el propio doctor Hieronymus Dare, un nombre de cierto peso en los círculos bioquímicos, y con ella traía un pasaje para un tren nocturno y una pequeña guía para orientarme por la red de caminos rurales de la comarca de Barson.

Toda la travesía me resultó aciaga, pues en el vagón apenas había otro pasajero que, encogido en sus ropas, no emitía palabra y me rehuía con la mirada baja. El tren se detenía en apeaderos oscurecidos donde la niebla era tan espesa que parecía tallada en piedra, y el silbido, cuando lo había, era un ulular sordo y cavernoso.

Apenas bajé, el cochero del Vellum me estaba esperando, casi un espectro bajo la luz mortecina de su farol, y su carruaje avanzó pesadamente bajo arboledas retorcidas hasta que, tras una hora, la silueta del instituto se reveló: una masa oscura, rodeada por cercas altas y coronada de torretas. Sus cristales relucían con un fulgor aceitoso bajo la media luna.

Los primeros días los pasé entre laboratorios silenciosos, aves disecadas, tanques de líquidos opalescentes y vitrinas con esqueletos de morfología anómala y desconocida. De vez en cuando, en los corredores, veía pasar a otros empleados: algunos envueltos en batas, otros ataviados con monos impermeables, y todos ellos con los ojos fijos en su cometido, nunca cruzando palabras más allá de un fugaz asentimiento.

Mi tarea principal era el inventario y reorganización de los archivos, que estaban formados más por libros hechos a mano, carpetas de cuero repujado y cajas de frascos etiquetados en una grafía singular, que por documentos modernos. Allí comencé a advertir anotaciones crípticas: referencias a “cultivos alternos”, “grupos residuales”, términos como “hipóstasis transgénica”, y, sobre todo, citas reiteradas a la “estancia V”.

Acudí, intrigado, al doctor Dare, un hombre macilento cuyos dedos deformaban los botones de la bata como si sostuviera algo pulsante y apenas contenido. No sonrió cuando me invitó a pasar: la habitación estaba casi a oscuras y apestaba a formol y a sales.

—Me alegra que pregunte —dijo Dare, apoyando una mano de dedos indudablemente largos sobre mi hombro—. La “estancia V” no forma parte de su cometido directo. Es… un entorno experimental que debe, por su propia naturaleza, estar vedado a quienes no hayan sido instruidos debidamente. Pero agradezco su curiosidad. Aquí nos alimentamos de ella, y también, a veces, atravesamos sus límites.

Me sentí repelido y fascinado en idéntica medida: una instrucción así era la semilla segura de la insubordinación. Las noches pasaron y el rumor de la estancia V tomó la forma de ruidos apagados, fugaces presagios a través de las paredes: un roce como de uñas blandas sobre madera, un quejido muy breve sofocado en la penumbra.

La inercia del día a día se vio alterada cuando comenzaron a escasear los asistentess: tres de mis compañeros no fueron vistos durante las jornadas y en la sala de desayuno se percibía una tensión enfermiza, como si la casa, de noche, se hubiera tragado sus cuerpos.

Un anochecer, motivado por el temor y un deseo rabioso de saber, me deslicé por el pasadizo trasero hasta la zona vetada. La estancia V se hallaba al final de una galería revestida de azulejos oscuros y zócalos empapados de humedad. La puerta principal, de madera carcomida, fue fácil de destrabar; el olor me golpeó: era un tufo de huevo podrido y algo más dulce, nauseabundo, reminiscente de carne humana en descomposición.

Dentro, la luz provenía de tubos protegidos por redes de alambre. Vi tanques circulares donde flotaban masas gelatinosas, algunas agitándose débilmente: pedúnculos, garras con membranas, extremidades dispuestas en disposición antinatural, simulacros de ojos palpitantes bajo la película del líquido.

Salté cuando escuché un golpeteo, metálico y rítmico, detrás de un biombo. Me acerqué: lo que encontré fue una amalgama de formas, trozos de torsos suspendidos por tubos, bocas abiertas en gritos mudos y, bajo ellas, cuerpos de rata implantados con colas y apéndices humanos, retorciéndose ciegamente en busca de apoyo o consuelo.

El shock me llevó a tambalearme y, al intentar retroceder, mi hombro rozó una jaula mayor, de placas opacas. El interior fue golpeado repetidas veces desde dentro; una garra, pese a su apariencia casi vegetal, se escurrió por la separación de barrotes y se aferró a mi manga con sorprendente fuerza y calor.

Retrocedí y, entonces, una voz, trémula y confusa, se dejó oír, no desde ningún rincón, sino desde múltiples lugares a la vez:

—¿Puedes…? ¿Puedes responder? ¿Qué… es esto?

La caída casi abrupta del tono me delató que era una construcción artificial, un remedo de la voz humana producido quizá por algún sistema acústico implantado en las propias criaturas.

Me apresuré al corredor. Sabía que sería descubierto, pero ahora la necesidad de comprender era superior a cualquier temor a la represalia.

Los días siguientes empecé a sentirme observado, en especial por los ventanales de mi propio dormitorio, tras los que a menudo veía reflejos de siluetas que se deslizaban entre las sombras, deliberadamente evitando la luz.

Durante una de esas noches, el inconfundible zumbido de las alarmas del laboratorio me despertó. Salí corriendo, junto a otros que aún quedaban en el Instituto, y nos congregamos en torno al despacho de Dare. Allí, los gritos procedían de la estancia V, entremezclados con un gruñido acuoso, tortuoso y cargado de un hambre animal.

La sala era una carnicería. Dos cuerpos deformes, aún cubiertos de tubos y electrodos, se reptaban entre charcos de líquido y sangre, y detrás de ellos una tercera criatura, de lomo abovedado y rostro segmentado, arremetía pesadamente contra las paredes. Vi entonces que los cuerpos de dos de mis compañeros yacían partidos en la base de los tanques, con las extremidades en disposición no humana, como si hubiesen sido forzados a adoptar una morfología ajena tras la muerte.

Los otros empleados forcejeaban con armas rudimentarias y redes. Yo, paralizado, me vi rodeado por los tentáculos de esa carne mutante, que parecía debatirse entre la furia y el terror; uno de ellos se alzó hacia mí, y en breve advertí, en un costado de la piel, los atisbos de orejas humanas, párpados, el trazo familiar de una comisura de boca. Intentó formar palabras, que no eran sino sonidos espasmódicos, borborigmos de un ser a medio camino entre el animal y el hombre, fusionado a la fuerza en aquello.

En medio de la confusión, Dare irrumpió junto con varios guardias. El arma que blandía no era de fuego ni metálica, sino un tubo de vidrio que emergía en haces de luz ultravioleta y que desgarró la masa de la criatura convirtiéndola en residuos humeantes de líquido amniótico y pulpa.

El silencio que siguió fue más horrendo que todo el estrépito anterior. Dare, pálido y visiblemente enfermo, nos dirigió en voz baja a salir de la sala; la explicación fue breve:

—Lo que han visto aquí debe quedar aquí. Estamos en los umbrales de lo que significa fabricar vida, y eso tiene un precio. No lo entenderán ahora. Vayan a sus estancias. Todo quedará en el informe oficial.

No dormí esa noche. Desde entonces, el Instituto Vellum entró en una rutina extrañamente serena y todos parecían actuar como si aquel incidente nunca hubiese existido. Sin embargo, las criaturas mutantes yacían aún en mi memoria y, en ocasiones, creí oír retazos lejanos de su balbuceo, palabras arrastradas por la calefacción de los viejos radiadores de mi dormitorio.

Días después, en la biblioteca, me topé con un manuscrito que nunca recordaba haber inventariado antes: “Praesidium. Sobre la preservación del alma en cuerpos transfigurados.” Era un documento semicifrado lleno de ilustraciones abominables y anotaciones de autores condenados por la ciencia oficial. Comprendí que el propósito último del Vellum era construir nuevas formas de testimonio, huellas vivientes constituidas de carne, memoria y dolor, capaces de registrar y transmitir saberes primigenios, incluso tras el colapso de las especies originales.

Me sobrevino un asco profundo. La idea de que, para salvar unos viejos pergaminos, para conservar los secretos de sabios o criminales, se parchearan cuerpos de bestias y hombres —criaturas destiladas en tanques incubadores, sufrientes, sin consciencia propia más que retazos del dolor o el deseo de sus donantes—, era más monstruosa que cualquier amenaza que hubiese albergado la locura medieval.

Tomé la decisión de abandonar el instituto Vellum. La noche anterior a mi partida, dos figuras —uno de mis oficiales de trabajo y una de las asistentes de limpieza— llegaron a mi puerta. Traían el mismo gesto endurecido por el miedo; susurraron:

—No nos dejan marchar. Los que se han ido han acabado formando parte de las “reservas”, como ustedes… como nosotros, somos...” La frase se desvaneció en un ataque de sollozos que parecía salir de ambos pechos a la vez.

Intenté ayudarlos, pero fui interceptado por los guardias la mañana siguiente, tan pronto como salí del dormitorio: el doctor Dare me esperaba en la verja de salida. Su rostro lucía agotado y, por primera vez, sincero.

—Puede marcharse —me dijo—, pero dudo que olvide lo que ha visto. La memoria, a veces, también muta. Sin carne, sin registro, es polvo; con ella, abismo. Duerma bien.

No respondí. Atravesé la verja, solo, y caminé bajo los mismos árboles torturados hasta el apeadero. Pero cada noche desde entonces, aún lejos de Barson, en cualquier ciudad y lecho, cierro los ojos y percibo, agazapada en mi carne y en mis sueños, la súplica sorda de aquellas criaturas. Y en medio de la vigilia, el horror me detiene un instante antes de dormir: temo ser invitado, una vez más, a esa estancia interminable, de carne, líquido y memoria, donde la experimentación es un rumbo sin retorno y el hombre es apenas el punto de partida de algo mucho más profundo y, seguramente, más antiguo que él mismo.

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