Portada del relato Los ojos tras el cristal
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Fragmento:


Al poco de avanzar, Peterson, quién no poseía el temple de Fenwick, comenzó a inquietarse con la creciente sensación de no estar solos. La linterna de este titiló y murió en un punto exactamente opuesto a lo que luego identificarían como la puerta de servicio del asilo, comunicada, al parecer, por un pasaje sucesivamente tapiado y reconstruido. En ese umbral de indecisión, ambos divisaron, a la luz mortecina, una sombra más extensa que el espacio disponible. Era como si la oscuridad misma, arrastrando su peso desde el pasado, hubiese decidido morar allí.

Duración: 08:36

Los ojos tras el cristal
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Texto de ajuste de pausa.

Como algunos de mis relatos pasados, esto empieza con una carta, aunque en rigor, no me llega sino por una fuerte súplica de su remitente, mi viejo camarada y conocido crítico de arquitectura, Lord Fenwick. Todo cuanto a continuación transcribo resulta de la conversación que mantuvimos, confidencialmente, una neblinosa tarde de octubre, y de la confesión, redactada de su puño y letra, que días después apareció en mi buzón, temblorosa y manchada de un polvo gris que tardé días en limpiar de mis dedos.

Lord Fenwick nunca había hecho gala de supersticiones ni allí donde éstas se solían galopar, entre la sociedad ilustrada y los círculos de arquitectura, ni en compañía menos mundana, como la nuestra. Cultivado, optimista cuando se permitía el exceso, y poseedor de una memoria proverbial para los detalles del neogótico en el sur de Londres, Fenwick era el tipo de hombre al que uno imaginaría explorando ruinas medievales armado tan sólo con su monóculo y una risa ahogada. Sin embargo, lo que ahora traía entre las manos no era risa ni estudio, sino una narración que, por momentos, me hizo cuestionar la realidad misma de nuestra conversación.

Fenwick había recibido, de un colega aficionado y muy probablemente malinformado, noticia sobre la existencia de unos túneles subterráneos, ramales olvidados del antiguo Metropolitan Railway. Aquellos vetustos corredores, sepultados por reformas sucesivas y la codicia municipal, corrían bajo un asilo victorianamente desmantelado, el St. Simon’s Charity Hospital, cerrado tras un escandaloso brote de demencia entre sus internos una década antes. Nadie, me aseguró Fenwick, había cartografiado debidamente esos túneles, y menos aún tras el cierre del asilo. Quizá, me sugirió, en los registros municipales hubiese algún plano, pero era más plausible encontrar un mapa de la Atlántida.

Un día, y en aras de la aventura o el tedio, Fenwick acompañó a su colega —a quien llamaré Peterson— a la boca tapiada de uno de esos ramales, al pie mismo del asilo. Era un edificio que se negaba a caer, tan solo porque no hallaba dignidad en la ruina; con las ventanas selladas y el portón oxidado, miraba al mundo como un anciano privado de voz y dientes. Bastó con encaramarse sobre una valla y unos minutos de forcejeo con una losa semifisurada para que ambos se adentraran no tanto en el pasado, como en lo que, según Fenwick, parecía una latencia de malsano porvenir.

El túnel era bajo; los primeros pasos, ciegos, guiados por dos linternas adquiridas apresuradamente, les llevaron a una plataforma adyacente. Una estación fantasma circulaba aún bajo el subconsciente de la ciudad y en ella una atmósfera de denso polvo, y algo más acre: el olor a medicinas viejas y, si me permiten la precisión, el espeso perfume de la desesperación humana. Las paredes, recubiertas de azulejos aún más sucios que los del hospital, exhibían eslóganes hace tiempo cancelados por la vida o la guerra. Había bancos, aún, y un reloj que se mantenía a las tres y cuarto, pero ni rastro de raíles emancipados de la herrumbre.

Al poco de avanzar, Peterson, quién no poseía el temple de Fenwick, comenzó a inquietarse con la creciente sensación de no estar solos. La linterna de este titiló y murió en un punto exactamente opuesto a lo que luego identificarían como la puerta de servicio del asilo, comunicada, al parecer, por un pasaje sucesivamente tapiado y reconstruido. En ese umbral de indecisión, ambos divisaron, a la luz mortecina, una sombra más extensa que el espacio disponible. Era como si la oscuridad misma, arrastrando su peso desde el pasado, hubiese decidido morar allí.

Decidieron dar media vuelta, aunque no sin antes sentir —esta fue la palabra empleada por Fenwick— un “frío de hueso”; una ráfaga cortante les recorrió desde la espalda hasta la nuca y el suelo, cubierto de polvo y de algo más pegajoso, pareció absorber sus pasos con la resignación de quien nunca ha querido dejar escapar a nada vivo. Ya de regreso, Peterson, con una voz que desconozco en él, susurró: “¿No has visto los ojos?” Fenwick, quien no contestó, me declaró que, en efecto, algo se reflejaba en los cristales partidos de los ventanales del túnel. Había algo en la penumbra: dos brasas agrietadas, parpadeando con un ritmo que nada tenía de humano.

Esta debió ser la ocasión. La última, cabría suponer, pero Fenwick, ya anudado el terror bajo su razón, retornó una segunda vez. Quizá fuera la vanidad, quizá un cierto sentido de la obligación. Fijó día y hora, y esta vez fue solo. Aún llevaba su linterna y una cámara vieja, testigo mudo de muchas incursiones menos funestas.

Describe, en su carta, un pasaje en el que la antes sólida y costrosa losa —la entrada secreta bajo el ventanal— cede de tal modo que sólo puede explicarse por una suerte de voluntad opuesto a la física. Accedió por este hueco a la estación desierta, notando a intervalos crecientes, una vibración similar a la que antecede el paso de un tren en servicio. Corrientes de aire, fugas de esa oscuridad materna que parece imán para los insectos que chillan bajo la piedra, y, finalmente, el eco inequívoco de pasos, no suyos, varias yardas más atrás.

La estación parecía comprender su presencia. Los muros palpitaban, un gemido grave hacía vibrar incluso el polvo. Explica que, por un instante, le asaltó la visión, clara, innegable, de figuras sentadas en los bancos, tan pálidas y rígidas como los cadáveres del asilo, y que, de pronto, una de ellas, cubierta por un sudario mugriento, se puso en pie, y con movimientos que negaban a la carne, avanzó torpemente hacia él.

No recuerda haber tropezado, sin embargo, sintió súbitamente el suelo ceder bajo su pie y descendió hacia una cámara inferior, no mostrada en plano ni esquema. Allí, la oscuridad era total, pero sus oídos detectaron lo que denominó “la marcha lenta de la podredumbre” —un sonido viscoso, entre el lamido y el arrastre, que provenía de todos los vértices del espacio.

Al encender la linterna —en un acto tembloroso, ya no de razón, sino de instinto— vio por vez primera la cosa, o más bien, las cosas que, a falta de otro nombre, poblaron aquel retiro postrero. Imaginad, si podéis, figuras macilentas, con torso y extremidades prolongadas como tubos y bocas vacías donde debería haber gritos, pero sólo escurría un murmullo húmedo. Les distinguió formas, pero no facciones, y, aun sin ojos, percibía en ellas una concentración insana, una tensión innecesaria. Aquello que sabe que es visto y odia ser señalado.

Detalla cómo, en una sucesión de cadencias que no puedo sino resumir torpemente, sintió una presión hormonal, un pánico físico que le obligaba a contener la respiración y avanzar, paso a paso, hacia la otra pared de la cámara. Una de las criaturas —pues a eso debemos recurrir— se acercó, olfateando tal vez, alargando una lengua córnea y bifurcada que se retorcía en el aire. No osaría describir el hedor ni la impresión que eso produce si no fuese porque Fenwick asegura, con frialdad de notario, que entonces escuchó entre los lamentos del túnel palabras, o algo que se les asemejaba, y que parecían dirigidas a él, exigiendo quedarse, invitándole a permanecer, “no dejar nunca el refugio”.

Lo demás es, a la vez, confusión y delirio. Ascendió a ciegas, y aunque lo que sintió en la pierna fue, según él, un zarpazo y no mera fricción, logró eludir los apéndices retorcidos de sus inesperados anfitriones. No sabe hasta el día de hoy cómo accedió a la losa inclinada, ya que la cámara parecía no tener salida visible, y aún menos, cómo fue capaz de empujar el peso pétreo que sellaba la entrada. Cayó exhausto a plena luz de la calle y sólo entonces, tras varios minutos de sollozos y gorjeos propios de un moribundo, se atrevió a mirar atrás. El túnel, aseguró, exhalaba un vapor que ya no era niebla, sino una sombra viviente que le prometía llamadas futuras.

Hasta aquí el relato de mi desventurado amigo. Me permito añadir sólo esto: algunas noches, cuando el último expreso del metro londinense vibra bajo mi ventana, creo percibir ese mismo eco subterráneo, mineral y orgánico. No he tenido la ocasión, ni por cierto las ganas, de acudir en busca de la estación fantasma. Quede dicho, para lectores menos eruditos en la arquitectura del miedo, que bajo las losas agrietadas acecha algo que no reclama ni luz ni comprensión, sino una víctima suficiente y una promesa de silencio eterno.

Quien ose buscar, encontrará, tras el cristal del vagón, unos ojos que no afirman, ni niegan, sino esperan pacientemente su momento. No todos los billetes de regreso, os lo aseguro, son de ida y vuelta.

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