Fragmento:
Esa noche, los lamentos comenzaron. El silbido de las puertas, la vibración de las ventanas. Un balbuceo húmedo recorriendo los conductos de aire. Los otros niños decían que veían sombras de muchas piernas arrastrándose por los ángulos de las habitaciones. Yo no vi nada, pero las marcas húmedas sobre el suelo, las pequeñas motas negras pegadas en los umbrales, hablaban por sí mismas. Nuestra gobernanta, la señora Voss, rezaba, pero incluso sus rezos llegaban más viscosos de lo usual, como succiónados por la penumbra antes de que pudieran alcanzar los oídos del Altísimo.
Duración: 10:30
Mi travesía comenzó con un sueño. No uno de esos sueños turbios que la mente regurgita cuando los sentidos se emborrachan de cansancio, sino uno nítido, tan real que aún siento dentro de mis dientes el sabor a cobre frío y ácido terror. En ese sueño, estaba de pie ante la vieja puerta del orfanato Absalón, en las afueras del condado de Schleift, donde trabajé durante años como galeno antes de perder la fe en la ciencia y en el hombre. El edificio se alzaba como una costra podrida sobre la tierra, respirando suavemente, en susurros, bajo la luna. Alrededor, los árboles parecían avanzar, acercándose sin moverse nunca del todo, encorvados por el peso de una especie de conciencia imprecisa.
Me desperté con la garganta seca y un olor extraño en la habitación, un perfume ácido que no se parecía a nada de lo que hubiese conocido. El reloj marcaba las 3:18. Bajé las escaleras, descalzo, guiado por la inquietud electrolítica que dejan los malos presagios. Mi esposa dormía; nunca compartí con ella el terror de esos días, ni tampoco con nadie más. Al mirar por la ventana, la oscuridad afuera era una promesa de revelaciones, de algo acechando justo más allá del ángulo imposible donde la luz de la farola moría.
La primera señal la detecté durante el invierno del cuarto año de mi estancia en Schleift. Habían empezado a aparecer animales muertos, primero ratones, luego aves. Sus cuerpos estaban intactos, pero sus ojos —vigías en miniatura, espejos del miedo— habían desaparecido, dejando solo túneles colapsados por donde alguna vez fluyó nervio y visión. No sabíamos qué animal podía causar tal cosa. Una mañana, el niño nuevo, Emil, apareció sentado en el patio, observando cómo la escarcha marchitaba blanquecinas las hojas caídas. No se movía. Cuando me arrodillé a su lado, vi que su cuello, igual al de los ratones y aves, lucía dos hoyos diminutos, pero profundos, oscuros, pero húmedos. No sangraba.
Le pregunté qué sentía, y su respuesta se deslizó sobre mí como una telaraña húmeda:
—No duele. Solo estoy vacío.
Lo trasladé a la enfermería del orfanato. Sus ojos miraban a través del yeso y las paredes tapiadas. Tuve la impresión de que veía, o que no podía dejar de ver, lo que nosotros no sabíamos que debía observarse.
Esa noche, los lamentos comenzaron. El silbido de las puertas, la vibración de las ventanas. Un balbuceo húmedo recorriendo los conductos de aire. Los otros niños decían que veían sombras de muchas piernas arrastrándose por los ángulos de las habitaciones. Yo no vi nada, pero las marcas húmedas sobre el suelo, las pequeñas motas negras pegadas en los umbrales, hablaban por sí mismas. Nuestra gobernanta, la señora Voss, rezaba, pero incluso sus rezos llegaban más viscosos de lo usual, como succiónados por la penumbra antes de que pudieran alcanzar los oídos del Altísimo.
La segunda señal fue el silencio. Un silencio que cerraja el cráneo desde dentro, atornillando pensamientos, privando a los músculos de toda disposición para moverse, muriendo los gestos y los suspiros. Uno a uno, los niños caían bajo este asedio, y pronto solo los más rebeldes se atrevían a hablar en susurros. Yo mismo sentía crecer en mí la repugnancia hacia cualquier palabra que no fuese estrictamente necesaria. El lenguaje era un mal de ojo, un imán para algo que acechaba.
Mientras tanto, Emil no mejoraba. Su piel tomaba una tonalidad cerúlea. Afuera, la escarcha persistía incluso durante los días cálidos. Su respiración olía a óxido y yodo; de cuando en cuando, pequeñas burbujas negras emergían de sus comisuras labiales en reposo, y explotaban en silencio, liberando una esencia venenosa que me erizaba el vello de la nuca. Le pregunté una vez si sabía por qué se sentía vacío.
—Ellos me miran desde dentro —dijo, y se giró hacia la ventana.
¿Quiénes son ellos? quise preguntar, pero mis labios rehusaron prestarme su servicio.
La tercera señal llegó cuando la señora Voss desapareció. Nadie la vio marchar. La buscamos por todos los recovecos del edificio; sólo hallamos, en su escritorio, una huella negra y húmeda, como si alguna criatura de espinas arrastradas hubiese ejecutado allí una danza de abandono. El color se había ido de la habitación. El aire era una pecera sin agua y sin peces, atrapado en una quietud cruel.
Fue entonces cuando decidí investigar los registros del orfanato. Encontré, en una gaveta lacrada que solo debería abrirse bajo amenaza de muerte, diarios de antiguos médicos. Todos ellos escribían sobre lo mismo: noches rotas por lamentos, cadáveres intactos por fuera pero exhaustos en su sustancia, niños y profesores desaparecidos con lo poco que habían sido. La constante era la mención de "Absalón". La palabra regresaba una y otra vez, como una maldición, o un conjuro de invocación. Nadie sabía qué—ni quién—era Absalón, pero todos coincidían en una cosa: después de la tercera señal, nadie sobrevivía mucho más.
El silencio se había convertido ahora en una enfermedad. Los niños se comunicaban sólo por gestos. Algunos ya habían caído en un estupor de madriguera, encorvados en las esquinas, rascando el suelo en busca de algo que solo ellos sabían, o temían. Una noche, mientras recorría los pasillos, escuché una ristra de crujidos, como un millar de patitas recorriendo el interior de las paredes. Desde la habitación de Emil, salió un hedor intolerable, el de una marisma podrida. Me acerqué despacio, consciente de que mi propia sombra se balanceaba y retorcía de modo anómalo bajo la débil luz de la lámpara. Dentro, en penumbra, lo vi, semiincorporado en la camilla, con la boca abierta no en signo de terror, sino de repugnancia inexpresable.
De su garganta emergían, como surgidos del útero de una pesadilla que desafía toda arquitectura del saber humano, briznas negras, hilillos de carne trenzada en un lenguaje imposible, cada una con una diminuta boca babeante, boqueando aire y soledad. No supe si las criaturas eran reales o proyecciones de una mente atormentada, pero sí supe —lo sentí con la certeza del condenado— que esa cosa se gestaba en el vacío de Emil, alimentándose durante semanas, creciendo, esperando.
Se me escapó un grito, pero fue apenas un gorgoteo suprimido. Los tentáculos, o lo que fuera que hubieran sido, se contorsionaron al contacto con la luz, regresando hacia la garganta de Emil, ocultándose con una rapidez sigilosa, tan natural como un corazón latiendo. Emil me miró suplicante, pero detrás de sus ojos, algo más también miraba, moviéndose, extendiéndose, acechando.
Pasé la noche en vela. Mis libros de medicina eran inútiles. Las criaturas de la carne se comportan de un modo salvajemente coherente cuando se las observa bajo la óptica brutal de los parásitos comunes. Pero en esto —en esto había química, sí, y vida, pero había también algo más. Estos entes no robaban simplemente el sustento: parecían devorar algo intangible, un eco, un rumor de presencia. Su banquete era el alma, el Yo, aquello que nos hace perennes aun a las puertas de la muerte.
Al día siguiente, el silencio era total y orgánico. Todas las habitaciones estaban vacías, incluso la de los niños asustadizos que nunca se atrevían a salir. Los muebles olían a podredumbre. Bajé hasta la enfermería. Allí encontré a Emil, o más bien a su envoltorio: una piel hinchada y seca. El rostro era un amasijo de líneas deformadas, pero aún conservaba, por un instante, el indicio de un grito petrificado en la última comprensión. Dentro del cascarón de su tórax, refulgía fugazmente un brillo negruzco y cálido, como una constelación secreta en un cielo podrido.
Un murmullo subió, ascendente, llenando el lugar. No venía de ningún sitio, ni de todas partes. No era sonido, no era voz, era una idea húmeda, escurridiza, la promesa de un dolor que no se siente en los nervios, sino en el eco de uno mismo. Algo reptaba a la vez fuera y dentro del cuerpo, revolucionando los tejidos, permeando los huecos con la paciente labor del tiempo.
Recuerdo haber huido, pero la memoria es un artefacto ridículo frente a ciertas vastedades. Sentí que las corrientes negras que habían surgido de Emil giraban ahora en el aire, palpando con esmero las fronteras de mi pensamiento y de mi voluntad. Un millar de boquitas invisibles empezaron a lamer la trama de mis recuerdos, escarbando ui el sustrato de los miedos infantiles y las felicidades pasadas. Comprendí entonces que la infección era conceptual, que la muerte venía cuando la mismísima idea del Yo era consumida, cuando ya no había nada que distinguir del resto de la noche.
El orfanato fue cerrado pocas semanas después de mi huida forzada. Quedó abandonado, como una muela negruzca, aún enraizada en la encía enferma del bosque de Schleift. Los niños nunca reaparecieron. Nadie preguntó demasiado. Decían que había habido una epidemia, el tipo de fiebres hemorrágicas que nutre las fábulas locales. Pero los pocos que me han escuchado desde entonces —los he disuadido una y otra vez de buscar Absalón, de curiosear en los cimientos donde se gesta el horror.
Sé que no puedo hacer nada para borrar lo que vi ni restaurar la luz que me quitó aquella noche. Ahora, cada vez que el invierno avanza y la escarcha mancha las hojas, siento que algo dentro de mí también se esconde del sol. Escucho aún los crujidos de aquellas patitas diminutas, la promesa de silbidos en lo oculto. Hay noches en las que, al observar mi reflejo, encuentro que mis propios ojos están cada vez más hundidos, como si desde algún lugar, en la misma profundidad negra donde se esconde el llanto de Absalón, algo me estuviera mirando, esperando, alimentándose lenta, inexorablemente, hasta dejarme vacío como a Emil: sólo una cáscara, memoria marchita de un hombre que fue, mirando de vuelta a su propio vacío, presa de entidades incomprensibles e infinitas.
En la quietud, escucho los rumores indescifrables de sus voces. Entiendo ahora que no hay fin ni refugio, solo la gradual invasión de la incomprensión: la suya, la nuestra y esa otra, la del hambre que nunca sabremos cómo saciar.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.